Lloronas de abril

Publicado el Lloronas de abril

Los colores de la eternidad

Por: Federico Acevedo Ramírez

Empezó a dibujar sus propios estímulos. Guardó debajo de su cama un cuaderno repleto de imágenes. Recorría mentalmente aquellas anatomías y prefería desperdiciar su simiente contemplando su propia creación que viendo las escenas pornográficas de la red. Lo suyo era más profundo, más imaginativo, más artístico. Era todo un ritual.

Llegó el día en que las hormonas se hicieron efervescentes. Grandes y poderosas fueron sus sensaciones mientras veía a Gael García Bernal en La mala educación. De ahí en adelante, casi cualquier estímulo le provocaba estremecimientos. Guardaba con devoción, desde muy niño, fotografías del David de Miguel Ángel y de las distintas representaciones desnudas de Apolo. Se había sentido inclinado estéticamente al cuerpo masculino, pero ahora su gusto era distinto, era erótico y se podía desfogar. Sintió mucho miedo. Sintió culpa.

Se fue confinando poco a poco en su habitación. Solo salía para ir al colegio. Lo indisponía la interacción con los miembros de su familia y sus compañeros de estudio. Tenía suficiente compañía consigo mismo; lo hacía todo solo, a pesar de que su mamá le había repetido desde niño que prefería a un hijo con muchos amigos a uno dedicado en cuerpo y alma a las calificaciones.  No se esforzaba por ser lo uno ni lo otro.

El colegio le tenía sin cuidado. Aplicaba juiciosamente la ley del menor esfuerzo. Sus notas escasamente le daban para pasar de año. Solo le interesaba graduarse y marcharse lejos a un mundo más libre; le huía a toda imposición de la educación. Su madre había profesado la sangre y la letra para enseñarle a leer y eso lo había vuelto temeroso e inseguro frente al proceso de aprendizaje. Pero, eso sí, el conocimiento lo obsesionaba. Era un autodidacta y descubría cada tanto, formas creativas de aprender.

Un día, cansado de fingir, le contó todo a la autora de sus días. Se odiaba a sí mismo por haber aparentado lo que no era. La fanfarronería era algo que ocupaba los primeros lugares en su escala de lo indigno. Su madre, una mujer más inclinada al parecer que al ser, se aventuró a sentenciar con evidente frustración: “Todos mueren de lo mismo”.

Jamás pudo sacarse esa declaración de la cabeza. Le pesaba constantemente, incluso en sus momentos de mayor libertad. No sirvió que se hubiera ido del país, ni que se hubiera realizado en casi todos los aspectos de la vida. Cargó con ese fardo de palabras con sufrimiento y resignación. Cuando hizo realidad sus fantasías, lo hizo con miedo y con culpa. Pensando siempre en no darle la razón a su madre, había desarrollado un temor inconsciente a los de su mismo sexo. Nunca pudo tener una relación estable y duradera.

Pero un día,  más por desventura que por lascivia, se dio cuenta de que lo que se dice con odio se convierte en profecía. Estaba solo en su habitación, lejos de todos los que hacían parte de su pasado, y pensó en matarse antes de que eso lo matara. Su madre nunca se enteraría. Pero la idea de provocarse la muerte le parecía monstruosa. Desempolvó el cuaderno con todas las imágenes pintadas de niño, se sentó a mirarlas y se tocó. Cuando acabó, se tiró hacia atrás en la cama, boca arriba, y soñó con desaparecer, con convertirse en sirena y nadar los seis colores por toda la eternidad.

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