Lloronas de abril

Publicado el Lloronas de abril

Efímera belleza

Por: Jesús Rafael Baena Martínez

No se concibe tanta lindura, sin nada que la tonifique. Su rostro es de extraordinaria hermosura, sus labios carnosos y jugosos, sus ojos embriagadores transportan al paroxismo total, en los contornos de una perfección sublime y de piel con alma armoniosa.

Tal vez su espiritualidad la fortalece y la llena de vida. En ella, la belleza deja de ser subjetiva y se torna universal. Ante los ojos del mundo todos la ven igual y de rodillas caen, pues es tal la ensoñación y el embrujo de aquella mirada, que el alma se ennoblece y adormece el espíritu.

Las sensaciones abrumadoras opacan el buen sentido de la razón. El embeleso atrapa los sentidos en los momentos que absorto y extasiado aquel ser la contempla.

El estado hipnótico le pasa, el hechizo desaparece, pero la realidad plasmada se queda en una existencia real. Ella ejercía una fuerte atracción magnética sobre el hombre orgulloso y conmovido de alegría que corría hacia sus brazos, y que la besó, como queriendo arrancar la fuente de su armonía angelical, según su perturbada percepción de amor.

Muy pronto el sortilegio desaparecía. La velocidad vertiginosa del inexorable tiempo a todos marcaba, y sus huellas se pintaban en las frondosas cabelleras de blanco. La ternura y la lozanía pasaban a otro estado, la magia parecía extinguirse en estados mentales alterados por emociones sentimentales, como cosas de ayer, como monotonía diaria en una rutina pesarosa.

A veces le llegaban los recuerdos, fugaces y altaneros, de corazones que explotaban de dicha en plena ebullición. El amor que se profesaban no dejaba pasar a la demencia senil, que juguetonamente se quería posesionar en los dos.

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