Lloronas de abril

Publicado el Lloronas de abril

Atorado en mi piel

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Por: Laura María Rincón Arteaga

Lo tenía atorado en la garganta desde hacía meses y eso era lo que más me sorprendía y aterraba.  No sabía bajo qué extraño influjo había dejado salir diez palabras, una frase y un solo sentimiento que amenaza con destruir mi interior en cualquier momento.

Lo dije tan espontáneamente, como si se tratara de un juego, pero en el fondo sabía que si no lo decía pronto, me asfixiaría con palabras propias.

Sentí el alivio de quien confiesa una enorme verdad.  No esperé nada, no conscientemente, pero la voluntad me llevó a construir una respuesta como si la necesitara para existir, ¿o la necesitaba? ¿Acaso de qué me iba a servir? Lo cierto era que la temía como un niño pequeño teme el sermón de sus padres luego de cometer alguna travesura.  Había ahogado el celular en un mar de almohadas y decidido viajar a un mundo donde no me alcanzara la realidad.

Quise recordarme los motivos por los que estaba donde me encontraba, pero solo me llevaba a pensar que todo esto era absurdo, totalmente contradictorio, porque no era lo que quería, o más bien lo que estaba buscando, y porque había querido ocuparme únicamente de mí, tal vez por egoísmo o por no otorgarme tiempo en el pasado.

Me aterraba el darme cuenta que después del simple interés y la curiosidad llegara la admiración seguida de una atracción y un gusto extraño por una persona que acababa de conocer.  Me aterraba tener sentimientos que tontamente creía desechados en el baúl del recuerdo por un largo tiempo.

Luego de esperar la respuesta que jamás llegaría, decidí que podía sentir lo que sentía aunque fuera o no correspondida, porque tenía la libertad para hacerlo y una simple respuesta no podría cambiarlo.  Era mi decisión.  Seguiría sonriendo al ver un mensaje o la llamada entrante; seguiría imaginándome su rostro frente al mío y esa sonrisa que me transportaba a lugares jamás descubiertos.

Después de su indirecta respuesta, enviada con hermes desde su lugar desconocido, no puedo evitar releer cada palabra, frase, ocurrencia.

No era lo que esperaba. Tampoco es que lo entendiera del todo, pero me limitaba a dejarlo estar, porque así me hacía más fácil las cosas.  El pequeño guiño escrito a mi vida me hizo notar que estaba completamente perdida, que no había vuelta sobre mis pasos, había un sentimiento que no podía ignorar y terminaría matándome uno de estos días, uno que se me salía cada vez que me hablaba y me obligaba a morder deseando con el más ferviente deseo que no lo hubiera escuchado y maldiciéndome por dentro por ser tan débil.

Porque después de todo, esa pequeña nota había aportado un valor incalculable de felicidad a mi vida.  Como muchas cosas suyas, tal vez cosas que él no habría notado, na sencilla sonrisa o el hecho de intentar convencer de que era buena en un juego para el que no había nacido.

Y es que yo jamás he tenido buena puntería.  Estaba tan segura como lo estuve al observarlo durante toda una era del hielo mientras de fondo escuchaba las frenéticas palpitaciones de mi corazón, en un deseoso anhelo de huir del lugar inmediatamente.

Un sentimiento que tal vez pertenecía más a alguna canción de Pedrina & Rio, Elsa y Elmar o Georgina, canciones que tenía en el reproductor del celular para canalizar esos sentimientos en los momentos de soledad que pintaban un sabor a ti, una sonrisa que me recuerda mi enorme defecto para interrumpir cualquier magnífica historia que me estés contando, para decir alguna tontada que pasa por mi mente porque parece que de un tiempo para acá se me han perdido los filtros de conversación contigo.

Sin el menor afán, sonrió mientras me explicas que eso no está bien, sin saber que no me importa, porque para mí, después de todo, tu voz es como una suave canción.

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