En contra

Publicado el Daniel Ferreira

Ser pobre y pagar iva

En los años 90 ser pobre era distinto a ser pobre en 2018. Nosotros éramos pobres. Creíamos serlo. Pero no sabíamos que no éramos pobres. Éramos pobres por necesitar una casa. Éramos pobres porque el dinero no le alcanzaba a mi madre para darnos un nivel de vida que imaginábamos mejor.

En 1986 nos mudamos de la primera casa porque nos desalojaron, a una nueva casa comprada con un préstamo bancario. “Mudamos” es el término con que mi pensamiento lo suaviza, ya que nos fuimos a tan solo ocho días de ser lanzados en desalojo de ley con policía y juez como testigos. Mi madre contrajo desde 1986 hasta 1995 una deuda con un banco que hoy existe bajo otro nombre. Entonces se llamaba Banco Ganadero, ahora BBVA. Mi mamá tomó un préstamo por 400.000 pesos que tardó años en pagar, y eso que un tío le ayudó durante 16 meses a pagar la mitad de la cuota mensual. Yo no lo había entendido del todo, el tipo de vida que teníamos entonces, que se llamaba pobreza, hasta que el de 37 le preguntó en estos días de “economía naranja” a ella cómo hizo para pagar la deuda y entonces entendí que las singularidades de nuestra infancia se deben en gran parte a esa deuda.

Por “singularidades” quiero dar a entender que, debido a esa deuda, ni mi hermana ni yo comprendíamos las limitaciones en que vivíamos y le dábamos explicaciones absurdas a lo que pasaba. Para nosotros no había juguetes. Ni bicicleta. No podíamos ir a vacaciones. Pero el culpable de esto era nuestros papás. Compartíamos el mismo par de zapatos tenis (que yo arruiné al meterme en un tanque de dulce de guayaba de la cooperativa de campesinos organizada por el párroco para que vendieran los productos del agro procesados sin intermediarios) por culpa de nuestros papás. Ser pobre era ser eso: una casa sin muebles, sin teléfono, sin parabólica y no poder viajar y no saber por qué y no tener papá.

Para nosotros, niños, la pobreza estaba en la comida. En aburrirse de una alimentación monótona basada en los productos abaratados por las cosechas (solo jugo de tomate de árbol durante la cosecha de tomate, aguacates durante la cosecha de aguacate, mora en la cosecha de mora, frijol en la cosecha de frijol). Se compraba solo lo abundante porque era lo barato. Se compraba en el IDEMA. Ser pobre, cuando niños, era no comer carne sino lentejas durante algunas semanas (la de fin de mes cuando había que pagar la cuota del banco). Era no ir a fiestas y no poder organizar fiestas. Teníamos televisor, de milagro, porque mi mamá lo ganó en una rifa con el mismo número de la casa nueva (la casa comprada con los tres préstamos ¿no dije que fueron 3?). Lo ganó junto con un betamax, pero vendió el betamax para amortiguar las últimas cuotas de la deuda bancaria. Ser pobre, en los años 90, en un pueblo del Magdalena Medio, era para nosotros eso: tener una deuda.

En 2018 con las mismas condiciones y dificultades, ya no seríamos pobres. Seríamos estrato 3, porque superábamos la variable de vivienda. Pero estaríamos sujetos a vivir, 3 personas, con 3 dólares al día, y el resto para abonar a la deuda. Desde 1985 éramos pobres por tener una familia monoparental. Eso significa que no había suficientes ingresos porque todos los gastos corrían a cargo de un solo adulto. Mi hermana y yo éramos hijos de distinto padre. Y ambos padres tenían otras “responsabilidades”. Con responsabilidades me refiero a bocas que alimentar, otros “hogares”, cosas de esas que hacen los padres, de modo que ambos progenitores tenían la coartada perfecta para no aportar al hogar de sus hijos aparte, o como se nos llame técnicamente en las estadísticas actuales de la pobreza.

Recuerdo que ser pobre también era divertido. Era moler el maíz en una máquina de manivela. Ser pobre era  disfrazarse en Halloween solo con elementos reciclados y no tener fiesta para los cumpleaños pero ir a las de los demás sin llevar regalo. Heredarse las camisetas.

Había una diferencia radical entre ser pobre en un pueblo antes de 1991, y ser pobre en una ciudad antes de 1991, dice mi madre, y yo le pregunto cuál es esa diferencia fundamental para ella (sin mencionar la apertura económica de Gaviria que nos trajo el neoliberalismo como vía al “progreso” y al  “desarrollo sostenible” ni lo que dice el DANE que es ha sido ser pobre en Colombia). Y mi madre supone: “en las ciudades nadie fía”.

A mi mamá le fiaban en ese pueblo. Pero le fiaban, porque pagaba. Ser pobre es no tener crédito, supongo que quiere decir. Hoy es distinto ser pobre, porque hay microcrédito, y los bancos y supermercados se dieron cuenta de que los pobres son capaces de esforzarse para pagar el endeudamiento de una tarjeta de crédito con la que pagan un celular, ropa o un mercado.

A lo que iba es a intentar una definición empírica de la pobreza. Lo que intento decir es que para nosotros ser pobre era estar siempre endeudados, mientras que para el DANE ser pobre era una línea.

Esta, exactamente: “la línea de pobreza es el ingreso mínimo necesario para que una persona o un hogar satisfaga sus necesidades básicas, clasificando como pobres a todos aquellos que no alcancen este ingreso (DANE, 1986). El método consiste en determinar los requerimientos mínimos nutricionales a través de una “canasta de alimentos normativa” y un presupuesto mínimo que satisfaga las necesidades básicas de dicha canasta, que además debe cumplir los siguientes aspectos: Satisfacer los requerimientos nutricionales mínimos. Respetar, en lo posible, los hábitos alimenticios de la población objetivo”.

Por supuesto que ser pobre eran muchas más cosas de las que nosotros de niños nos imaginábamos. No sabíamos que podía haber una frontera sutil entre línea de pobreza y la línea de la indigencia, y que en las zonas rurales al menos 7 de cada 10 eran más pobres que nosotros y que ellos nunca saldrían de las estadísticas.

Ser pobre significa siempre algo peor que lo que creemos vivir. En nuestro caso: no tener la capacidad de endeudarse. No tener la posibilidad de adquirir jamás una vivienda. No tener nada suntuario, entre lo que podría incluirse también los zapatos tenis, la educación, la salud, ni derechos mínimos, educación (que sí tuvimos, creo, pero igual voy a preguntar), significaba que eras más pobre que los llamados pobres.

Ser verdaderamente pobre, era y es, y no lo sabíamos, comer basura, tomar agua contaminada, morirse de enfermedades curables, o de sed, o de inanición.

Eso indica que tú y tu hermana y tu madre no eran tan pobres como creían (me digo). Solo tenían una deuda y podían comprar la canasta básica.

“La metodología de la canasta 1984-1985 consideró como población de referencia al 25% de los hogares más pobres y la norma calórica fue de 2.209 calorías, mientras que en 1994-1995 se elevó a 90% y la norma calórica de 2.294 y se incluyó además que el gasto debía representar el 5% o más dentro del grupo al que pertenece el alimento. La canasta debe incluir cada alimento que cumpla al menos uno de los criterios. Representar por lo menos el 1% del total de los gastos en alimentos. Aportar por lo menos el 1% del total de las calorías o proteínas consumidas. Representar el 0,5% o más del peso total de los alimentos adquiridos por los hogares. Ser consumido por el 30% o más de los hogares.”

La casa terminó de pagarse en 1995. Mi mamá abonó al banco la última cuota en 1994, aunque siguió debiéndole durante dos años más al tío que la ayudó a pagar media cuota 16 meses y la mitad del precio total (del préstamo a mi abuelo que acabó cuando la casa se vendió en 1996 y él asumió un 30% como pago de toda deuda). Es decir que al final salió ganando ella porque no pagó intereses del 70% del préstamo total, pero, pienso, o me digo, sin ese 70% del dinero prestado sin intereses (el que le prestó mi abuelo y mi tío) aquella madre soltera, y su familia, es decir nuestra familia, no había podido tener nunca una casa y saltar al estrato 3, o habría necesitado tres veces el tiempo que le tomó pagar la cuarta parte de la deuda a un banco y sus hijos habrían seguido viviendo bajo “la línea” de la pobreza, es decir con las penurias y limitaciones de las deudas, aún después de alcanzar la edad adulta (cuando empezarían a asumir sus propias deudas para subsistir en la era neoliberal). El efecto inmediato de la adquisición de la casa fue que dejamos de ser pobres, es decir que el poder adquisitivo de las ganancias de nuestra madre se transfirieron a otras prioridades y con eso salimos de las líneas bajas del DANE.

Se me ocurre que en 2018 una madre soltera que se “autoemplea” (a esto lo llaman ser “comerciante informal”), una madre soltera que está trabajando en el subempleo, que no devenga un salario, una madre como mi madre, le sería imposible adquirir una deuda completa y comprar una casa para darle una mínima seguridad a dos hijos en menos de lo que tarden ellos en crecer y aportar al hogar. Esa casa la pudo comprar porque valía entonces 800.000 pesos (unos 80 millones de hoy) y porque eran los años 90 y porque teníamos ingresos por encima de la línea de pobreza y porque mi madre consiguió una fuente de ingresos mejor con los años, trabajando de una manera demencial, sin dormir, sin gastos suntuarios durante al menos cinco años después de la deuda bancaria.

Ser pobre, sea lo que sea que signifique para cada uno, es una condición determinante para la vida de una familia.

Hasta aquí el melodrama familiar.

Ahora pasemos al iva.

Al gobierno actual le parece que los pobres no han contribuido suficientemente a las rentas de los bancos, que las familias monoparentales, las nucleares, de clase pobre o de clase media, deben pagar más impuestos al consumo, mientras que los grandes capitales deben pagar menos impuestos para desestimular la evasión, y por eso ha hecho la más cordial invitación a través de los periódicos de los banqueros y los canales de televisión y de las emisoras comerciales para que todos aceptemos que se nos imponga un iva del 19% a la canasta básica familiar. Un iva así es un impuesto atroz, que recae directamente sobre el consumo básico de las familias, familias de cualquier estrato, que deben pagar a diario: matrículas, alimentos, vestuario, servicios, transacciones, deudas bancarias o de agiotistas. Dicho impuesto ha evolucionado así desde 1963:

“primero a las actividades de manufactura e importación [tras] las crisis económicas hicieron que llegara a los minoristas y al consumidor en 1983, durante el gobierno de Belisario Betancourt, con un 10% y Cesar Gaviria hizo que se extendiera a otros servicios, hoteles y restaurantes, y llegara al 12%. Luego, Gaviria haría otro aumento para que se ubicara en el 14%. Ernesto Samper dejó la tarifa en el 16%”.

Y los secuaces del gobierno actual pretenden extender a toda la canasta familiar en 19%.

El efecto inmediato en la vida de la gente de un iva en la canasta básica familiar es el alza en absolutamente todo. Pero el efecto buscado, suaviza el periódico del banquero, es que la clase media, la asalariada, pague cada vez que consume para subir el déficit del gobierno.

Es difícil saber qué es ser pobre, pero no tiene que ver con las estadísticas. Es distinto ser pobre en 1991 a serlo en 2018. En 1990 Colombia ocupaba el puesto 86 entre 130 países más desiguales y en 2010 el puesto 79 entre los 169 que hacen parte del ranking mundial del indicador GINI. En 2018 Colombia es el segundo país más desigual de América Latina y el séptimo más desigual del mundo. Lo cual demuestra que los métodos de medición de pobreza evolucionan y evolucionan los métodos de empobrecer, pero las necesidades básicas nunca cambian y esto se sigue definiendo con la canasta básica familiar y las condiciones mínimas de la subsistencia.

Con un iva en la canasta básica hubiéramos sido aún más pobres y mi madre no hubiera podido comprar una casa jamás, me digo. Es difícil tratar de ubicar el origen de la pobreza cuando se ha vivido en ella sin entender qué es lo que te lleva a ese agujero negro. Mi amiga Martha que es profesora de Trabajo Social preguntó en 2018 a sus estudiantes de entre 19-20 años cuántos tuvieron abuelos universitarios. Solo tres alzaron la mano. Una de las que alzó la mano dijo que venía de un lugar donde elegían la pareja para casarse entre los padres. Ella se salvó de esa lotería cultural porque su padre se había educado en la universidad, así que se opuso a un matrimonio arreglado y la envió la universidad. Y esa decisión cambió su vida. La estudiante añadió que solo lo entendía, la vida que tenía, al responder a esa pregunta en clase, como consecuencia de que su padre se hubiese educado antes que ella. Algunos dijeron que la educación es la única forma de ascenso social (olvidando que, con esa misma lógica, en el crimen se asciende más rápido). Este ejemplo muestra que la pobreza tiene una lógica contaminada por la del neoliberalismo y aunque tratemos de engañar a la economía no te puedes salir del sistema. Si se estudia para ascender, no hay esperanza tampoco en la educación. Solo si queremos cambiar el mundo hay esperanza. Porque el neoliberalismo no se deja engañar.

El que nace pobre imagina que la pobreza tiene que ver más con su mala suerte que con una línea “estadística”, o con que sus esfuerzos son insuficientes, o que su capacidad para trabajar es menor porque está menos calificado, es decir que la pobreza impide ver las lógicas del mercado que explican que no te alcance el dinero o que no lo puedas conseguir, que la meritocracia legitima el sistema de explotación, que estás menos calificado porque tu formación de pobre te impidió tener más credenciales, lo que implica que trabajas más horas aunque ganes menos, que tener un hijo es aumentar para tu familia el tiempo de la deuda del banco, que ninguna trasnacional te presta un servicio de internet domiciliario si no tienes vida crediticia, y que si la tienes es porque ya has estado endeudado y pagaste y eso indica que tienes capacidad de endeudarte un poco más. Tal vez no puedas ver la lógica económica que afecta tu vida, pero echas a sentirla en el plato que te comes, en la ropa que usas, en el canal donde te desinforman, en el periódico que lees, en el almuerzo que pagas.

El iva a la canasta básica no es otra cosa que un impuesto a la familia. Un impuesto que hace aún más desesperadas las vidas cruzadas por lógicas económicas voraces. Un amigo escribió en Twitter: “Si nos dejamos clavar el iva a la canasta básica familiar, es porque no valemos nada como nación”. La decisión parece estar en manos de aquellos que no son la nación, aquellos que deciden las tarifas de usura, las tasas abusivas de re-conexión de un servicio cortado, los cobros de manejo de tarjeta, la tarifa del transporte público, el alza de la gasolina, las importaciones, los aranceles, las explotaciones e inversiones del sector minero, la altura de la línea de pobreza; es decir los congresistas, gente que respaldó en el cargo a un ministro de hacienda (el mismo que creó en otra cartera una ley de aguas para defraudar a los municipios), en manos de un partido que llegó al poder prometiendo que no subiría los impuestos y con una alianza de políticos tradicionales cuya campaña sufragaron los banqueros y terratenientes y gremios y sector minero y todos los que se han lucrado de las políticas neoliberales y de los efectos económicos de las guerras colombianas.

Imagen: Estampilla Manuela Beltrán, google imágenes.

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