En contra

Publicado el Daniel Ferreira

La Uruguaya, Pedro Mairal

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Según las últimas tendencias de la crítica posestructuralista (feminismo, Freud, deconstrucción, crítica de violencia de género, de modas y de ropa, amor líquido, lenguaje diferencial, identidades indefinibles, normalizaciones) la literatura occidental ha obedecido a un mandato viril, patriarcal, que limita la representación a roles interiorizados. El objetivo de esa crítica es cuestionarlos. Pero al hacerlo, cae en el reduccionismo y el determinismo: todas las normas sociales se rigen por la esfera del hombre, el lenguaje se conjuga en masculino, y el que lo use sin cuestionarlo es un esbirro del machismo al menos en lo que refiere a la tradición literaria. En esa tradición, Henry Miller es el epítome de la instrumentalización del cuerpo de la mujer y ocupa el mismo lugar de los trofeos viriles reservados a Elvis Presley (inventó las groupies), Marlon Brando (que coleccionaba carne de mujer oriental y sodomizaba en performances públicos como El último tango), Hugh Hefner (que popularizó las tetas de las mujeres como gingle publicitario). Miller es un autor misógino y sus epígonos literarios son: Sade (que las infravaloraba), Hemingway (que tuvo 4 esposas a su servicio), Salman Rusdhie (que colecciona novias despampanantes) y toda la literatura que derrocha testosterona. Pero, antes de que lancen la primera piedra, oremos por China. ¿Podría haber una novela de masculinidades hoy? ¿Una novela sobre lo que reúne hipotéticamente la esfera del hombre actual? ¿Podría haberla con una mirada autocrítica? ¿Podría haberla con un protagonista que enfrente las peripecias y los desafíos y consecuencias de sus decisiones, mandatos y modos de actuar? ¿Podría existir como existe el movimiento revisionista Hombres siguiendo su propio camino? ¿Podría haberla siguiendo conductas nuevas con distanciamiento de las de la tribu?

MGTOW

El problema es definir cuáles son los problemas del hombre actual, porque el cuestionamiento empieza por el sustantivo “hombre” y pasa por redefinir “lo actual”. A ese nivel de escolio es difícil deshacerse ya de una ideología. El hombre actual busca lo mismo que su pariente extinto, el homo neandertal: comer. El hombre actual está igual que el Adán bíblico: solo ante las normas del mundo en que vive. El hombre actual tiene dos cojones, testosterona y un cerebro que funciona como tábula rasa de los aparatos de propaganda universal. De modo que no tiene mucho margen que el resto de mortales para cambiar de ángulo: proveer, procurar, ser.

Lucas Pereyra es el protagonista de La Uruguaya: un escritor en la crisis de la mediana edad que lucha por criar a su hijo y sobrellevar un matrimonio cansado en medio de la crisis de la hiperinflación y dólar blue en Argentina. La crisis de la mediana edad, para los no enterados, es la misma de la veintena y de la treintena, pero con menos pelo, y con menos deseo y con más obligaciones económicas: la zona de desilusión consiente entre la vida ideal y la vida que llevas. Lucas cruza el río de La Plata y llega a Montevideo para abrirse una cuenta bancaria y cobrarse unos dólares de regalías de derechos de autor al uso local. Con esa plata, multiplicada por el poder adquisitivo de la moneda vecina, pretende abonar al saldo en rojo de los gastos domésticos que amortigua el trabajo de su mujer en Argentina. Pero entonces conoce a Magali Guerra (Guerra), La Urugaya. Es decir que el título de la novela tiene un correlato: La amante. La historia aparentemente es la del enamoramiento de Lucas con una uruguaya, pero aquel es un amor inmerso en el más viril de los platonismos. Lucas nunca llega a tener nada con La Urugaya, pero pasa todo el libro intentando acostarse con ella. La historia real de la novela es el Iceberg de Hemingway, porque está implícita: es la decadencia de su matrimonio debido a los apremios del mercado internacional en la economía de Argentina y por el adulterio. Decir adulterio es usar ya una categoría del listado de amonestaciones morales judeocristianas: “no desearas a la mujer de tu prójimo” (en vano). El conflicto de Lucas es el mismo de cualquier héroe clásico: arriesgarlo todo para obtener un deseo, no conseguirlo y perderlo todo a consecuencia de su decisión. Pero al final no pierde nada.

Creo, por las digresiones realizadas por el protagonista para expresar su aullido contra la paternidad, el fracaso social, el mandato sexual, la macroeconomía en la vida del hombre común, que La Uruguaya de Pedro Mairal es una novela de masculinidades, escrita con una testosterona incendiaria y con la crisis de los cuarenta y el nihilismo de los valores familiares sublimados y destruidos. Son inquietantes las observaciones sobre la dificultad para escribir y hacer arte en las responsabilidades de la paternidad y las humillaciones materiales “viriles” cuando la mujer provee al hogar. Todo lo que hace Lucas para conseguir los favores (digo favores donde puede ir “pezones” y “clítoris”) de La Uruguaya, parece dictado por un mandato viril colectivo. Y sin embargo es solo un motor imaginario que se impone el hombre acosado por el deseo sexual y la economía. Ese automandato lo deroga uno sí colectivo: el de las leyes del hampa, que igual que el Estado le roba la plata, la amante y la familia sin misericordia. El final de las dobles vidas parece una solución efectista y superficial, porque aquello está fuera ya de las fronteras del relato. Pero hacer que el mundo se expanda de la ceguera de Lucas y por un instante pueda entreverse que la desdichada madre de su hijo ha engañado el desdichado en simultánea (con otra mujer), y el matrimonio triple que es el destino asumido por Guerra, es un gran interrogante sobre otras esferas y roles actuales: el poliamor y esas trampas y búsquedas desesperadas o alternativas al fracaso de los roles de apareamiento de parejas. El estilo directo, personal, diluido en la retórica de una epístola, es un buen ángulo elegido: la misiva permite lo confesional y la primera persona alterna los cálculos mentales con la acción del personaje.

La conclusión final podría ser el efecto del libro sobre el lector. Por averías en la propia masculinidad tras mi lectura, me la reservo para que los interesados saquen sus propias conclusiones sin condicionamientos de la crítica posestructuralista. Después de leer esta novela hay temas en los que reparo ahora y en los que antes no reparaba: paternidad y escritura. Proyectos vitales y proyectos existenciales. Pareja y destinos en común. Desgastes fisiológicos y limitaciones síquicas autoimpuestas: no viajar, no aprender otra cosa, no ir a buscar un destino es la forma de control predilecta del neoliberalismo. El daño que te hace esperar a que el destino elija por ti es la base de las crisis de las decenas trágicas. Creer que es el dinero el que determina todo, es trampa, porque no lo es. El dinero fluctúa, va y viene. Y mientras, el destino elige por ti: elige el precio del dólar y una patada en los cojones y otra en las costillas y el robo de lo poco que te queda y el pudor que te paraliza más que el instinto de supervivencia.

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