En contra

Publicado el Daniel Ferreira

Ir a ver a las ballenas

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Dijeron que los petristas eran gente atiborrada de mariguana cuyo pasatiempo era citar a Boaventura, cantar Silvio o parafrasear a Zizek. Dijeron que el apoyo de Peter Singer a Petro era tener el respaldo de una antiética pragmática. Pero esto no pasaba de ser el eco del fanatismo uribista: una pálida caricatura hecha por una campaña que ha demostrado tener más dinero que imaginación. | Opinión

De la coalición que agrupaba a los Verdes, el Polo y la Fuerza de la esperanza (con una gran base electoral en Bogotá), el sector político de Fajardo (Compromiso ciudadano) es el que parece menos comprometido y más alejado de la realidad. Una enajenación que se profundiza con cada tuit que el ex candidato envía desde las playas donde hace avistamiento de ballenas (en una época donde no hay ballenas) y cada texto lanzado en defensa del #yovotoenblanco destruye lo conseguido. Más allá de excentricidades y fajardismos (sentido cantinflesco), el voto en blanco no comunica nada a más de cuatro millones de votantes. En la coyuntura actual interfiere o se convierte en un dilema para millones: una confrontación con la axiología. Y es que votar por uno de los dos candidatos posibles actualmente es una decisión moral que cambia el horizonte político. Si gana el sector que representa Duque, habrá un complot contra las libertades, y todas las conquistas que se sumaron para ese giro, se habrán esfumado.

El apoyo de Antanas Mockus y de Claudia López a Gustavo Petro podrá dar un pretexto más al uribismo para apelar al fanatismo (la fe da más votos que el saber) en busca de aumentar la distancia entre Petro y el candidato uribista, pero no consigue borrar el cálculo: unidos centro e izquierda pueden derrotar a los corruptos agrupados. En el foro público de las redes sociales el antiintelectualismo se ha vuelto parte de la campaña. Todo lo razonable es ridiculizado, todo sentido social se tergiversa y se presume como indicios de abuso de poder. Cuando a Duque lo invitan a la radio, por ejemplo, eluden ley 100, servicio militar, aumento de edad de pensión y le piden que haga el ridículo con la guitarra ganándose la simpatía con un talento que no tiene, y cuando los mismos periodistas (empleados de medios hostiles a Petro) entrevistan al candidato de Colombia Humana se niegan a oír sus argumentos y las preguntas se convierten en afirmaciones y prejuicios: por qué va a expropiar, por qué va a acabar con las fuerzas militares, crear inestabilidad económica o a perpetuarse en el poder.

Mientras tanto, entre las dos fuerzas sociales que conquistaron más de 8 millones de votos (centro-izquierda) hay un reducto de académicos e intelectuales enfrentados a colegas que pasaron de cuestionar la realidad a hacer activismo político. Ese enfrentamiento es ridiculizado por los sectores populares que han sido excluidos de toda discusión y menospreciados. Los argumentos de ese antiintelectualismo se convierten en memes y argumentos ad hominem que circulan en redes paralelas inmensas y donde se identifica al líder (estigmas que han perdido toda semántica) con sus electores. El líder es un ex guerrillero, el líder es un castrochavista, el líder está con el aborto y además tiene ego. Sus seguidores atiborrados de mariguana citan a Boaventura, oyen a Silvio y parafrasean a Zizek, etc.

Valga anotar que el desprestigio de los intelectuales empezó por los propios intelectuales. Cuando la izquierda no admitía de los intelectuales más que la adhesión a sus tesis programáticas y ninguna crítica, parecía imposible una reunión de los sectores de izquierda. Y lo fue, al menos en tiempos de Carlos Gaviria y en tiempos de Mockus (las dos candidaturas presidenciales con más votación de sectores de centro e izquierda) y lo había sido antes, sin que llegáramos a encontrar, como sí ocurre ahora, caminos para los consensos (y no porque no hubiera líderes capaces de invitar a la unión, sino porque, entre otras, a los candidatos de centro y de izquierda los mataron en los años 80).

Los resultados de la primera vuelta presidencial, demostraron un cambio real en el electorado y en las formas de hacer política: movilización de las bases, iniciativas ciudadanas, manifestaciones culturales (¿solo posibles por el  posconflicto?), y evidencia la mutación de los corruptos: el transfuguismo de los partidos tradicionales que se subastaron al mejor postor y corrieron tras Duque y traicionaron a su electorado. Pero, sobre todo, la primera vuelta mostró esta urgencia: hacer a un lado las diferencias entre corrientes políticas y hacer lo que Petro, aludiendo a una frase de Álvaro Gómez Hurtado, ofreció: “Acuerdo sobre lo fundamental”, que es lo mismo que ya Camilo Torres llamaba, en el fervor de los años 60, un “Frente Unido”.

La derecha, la que prohíbe las libertades individuales, la que promueve el antiintelectualismo , la que dice a los que se atreven a cuestionar sus adhesiones mafiosas evidenciando que vamos a una dictadura de elección popular, la que dice en sus foros que a los intelectuales “los queremos callados o desprestigiados” y suelta hordas de gente que se enorgullece de la ignorancia (esta sí explicable pero desoída las explicaciones por el frenesí electoral), esa misma derecha que dice de todos aquellos que se han convertido en activistas de una Colombia más humanista están llenos de mariguana, esa derecha energúmena, necesita, urge, reclama, una sola cosa: el voto en blanco.

Lo que más les sirve, para conseguirlo, es una inclinación masiva por la tercera vía que no conduce a nada.

Y ahí está el fondo de este clímax electoral. Ante dos opciones electorales definitivas, una de las cuales representa todo tipo de opresión y todo el espectro de la corrupción y hunde la posibilidad de un cambio y una reconciliación (Duque y el uribismo), y otra que representa el humanismo, la ecología y la equidad social (Petro y los líderes del Verde, y sectores del Polo), optar por la tercera vía (votoenblanco), simplemente por desmarcarse de cualquier responsabilidad política, no es solo un individualismo ciego, es también pretenciosidad. Creer que hay una “superioridad ética” y que las determinaciones individuales son lo más importante ante el advenimiento de un régimen que si acapara el poder será capaz de destruir las libertades individuales, será un acto de soberbia que lleva a una deuda histórica.

Mockus y Claudia López y Clara López han actuado sobre lo fundamental y demuestran con su gesto (votar por Petro tras un acuerdo grabado simbólicamente en piedra) ser capaces de comprender la oportunidad del tiempo histórico: solo hasta hoy las fuerzas políticas progresistas, juntas, pueden estadísticamente derrotar a los partidos tradicionales y a los corruptos. Las fuerzas progresistas suman juntas, más de 9 millones de votos, pero separadas no conseguirán sino certificar a las huestes del uribismo.

El electorado de Petro son los olvidados, las negritudes, las víctimas y desplazados, las etnias, los intelectuales, los jóvenes que no van a poder ir a la universidad, los que tienen la vida pendiente de un crédito, ciudadanos considerados “de segunda” por el clasismo.

Y las poblaciones que avalan a Duque son las que recuerdan un antes y un después de los años violentos de Uribe, y asocian a esa pacificación brutal el estado actual de la economía, mientras otros creen que Pablo Escobar es un ídolo sacado de una serie y que un criminal como alias Popeye es un líder de opinión; y otros, que se han lucrado de la guerra, prefieren negar que existieron las masacres; y otros, de esos 7 y pico millones de votantes, son pura mano de obra: empleados, subalternos y codependientes de aquellos que se enriquecieron durante medio siglo con azúcar, palma, ganado, petróleo, armas, monocultivos, coca y tasas de interés. A ellos, se sumaron los fanáticos de las sectas y multitudes de mujeres y hombres que no tuvieron la oportunidad de educarse e idiotizados por Caracol y RCN y BLU RADIO parecen incapaces de interrogar a sus líderes. Ese electorado, sin embargo, también ha sufrido el rigor de la violencia. También se ha endeudado para estudiar, también tiene la vida pendiente de un crédito, también se enferma, también tiene que cotizar pensión después de muertos. Ellos también están al borde de un país sin acuerdos de paz, sin tutela, sin corte constitucional, sin políticas igualitarias. Pero es mejor no saberlo.

No podemos confundir a los dirigentes con el pueblo. Si queremos que el país madure y pase de elegir entre facciones a entender las decisiones políticas tenemos, todos, que volvernos conscientes de cuáles son las consecuencias de una decisión individual.

El 17 de junio, cuando los promotores del voto en blanco sean bienvenidos de nuevo a la realidad, ese país que dejaron para ver a las ballenas y hacer vaca, será un paraíso uribista o un campo de refugiados, dependiendo del tamaño del voto en blanco y del tamaño de tus gafas de sol (aquí un saludo para el profesor Fajardo que no supo entender que el futuro son unas cuantas decisiones en el presente).

Imagen: selfie con ballena muerta, Chile.

 

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