Ella es la Historia

Publicado el Milanas Baena

Hedda Sterne (1910-2011)

En la foto que reúne a “Los irascibles” figura como la única presencia femenina. La mujer que no aparece como discreta, ya que es la única de la foto que no está sentada en una silla, y que en cambio se erige como por encima de ellos vistiendo un enterizo oscuro y una boina negra, solitaria, y quien confesaría años más tarde cuando se le preguntó por la anécdota que acompaña la foto, que el fotógrafo había dispuesto una silla con el nombre de cada pintor, pero que al ser la única que no contaba con su silla propia, se decidió que estuviera parada en la mitad de todos. Ella asegura no sentirse por encima de ellos sino simplemente “detrás”. Así fueron llamados los expresionistas absurdos de aquella época por la revista Life, “Los irascibles”, y en cuya fotografía histórica se destaca la presencia notable de la autora de una obra colorida y absurda que revolucionó su momento. A Hedda Sterne nunca pudo encasillársele dentro de un solo género. Compartía el gusto por los retratos, el surrealismo y otras artes manuales. Desde muy niña mostró un interés y un talento particular por la pintura. Nació en Rumania. Su padre un maestro de escuela y su madre una ama de casa, ambos interesados en que su hija explorara el arte desde muy pequeña, y fue así como Hedda comenzó sus clases de arte a los 8 años, abandonando sus prácticas de piano y dedicándose con pasión a descubrir las distintas formas del arte manual y la pintura. Se interesa por dibujar bocetos a blanco y negro y esculpir la cerámica. Aprende a leer y a escribir por sí sola desde los 5 años, y los 11 ya había leído a Proust y a Dostoievsky. Se le contrata a un tutor que le dicta clases privadas en casa y con quien estudiará hasta los 12 años, y es así como su precocidad la llevará a graduarse antes que el resto de sus compañeras. En 1928 ingresa a la Universidad de Bucarest a la carrera de Filosofía e Historia del Arte. No culmina sus estudios y toma algunos cursos en Viena, y en las librerías se entera por medio de folletos de los últimos acontecimientos artísticos que parecen darse cita en un solo lugar: el pintoresco París bohemio de la década de los cuarenta. En 1938 participa en una exposición independiente, y algunos de sus cuadros llaman la atención a un expositor de una galería en Londres. Viaja a Inglaterra y asiste a una exposición de arte en donde experimenta la reveladora epifanía que la llevaría a descubrir el color. Al regresar solamente imperaba en ella los ánimos convulsos de pintar. A los 22 años se casa con un hombre que entiende poco de arte, pero que se convertirá en su amigo más leal. Viaja a Francia en compañía de su esposo y es allí donde comienza el verdadero despliegue de su carrera, destacándose como una grabadora de mucho talento dentro del grupo de los surrealistas. Después de divorciarse recorrió varios barrios de la capital francesa, y a pesar de que su leal ex esposo siguiera apoyándola económicamente durante toda la vida. Debido a la Segunda Guerra Mundial, Hedda decide embarcarse a Estados Unidos, pero el barco en el que debía partir es torpedeado por submarinos nazis, y toma la ruta alternativa de viajar a través de Portugal. Llegará a Nueva York y de allí no volverá a salir nunca. Todo la realidad americana le resulta inverosímil, atípica, “surrealista”: “De modo que eso fue lo que pinté: primero llegué y me deshice de mi memoria del pasado. Al mismo tiempo me involucré con cosas que veía cotidianamente -mi cocina, mi baño-, los cuales eran completamente distintos de las cocinas y baños de Europa…” Expone sus primeros trabajos en la afamada galería Art of this Century, y unos meses más tarde se une a la nómina de la novedosa galería Betty Parsons, en la cual tendría la posibilidad de seguir exponiendo a lo largo de toda su vida. De sus encuentros con los más notables de la época que se daban cita en la Gran Manzana, se destaca su relación con Antoine de Saint-Exupéry, quien la llamaba por teléfono en medio de la noche para leerle uno o dos capítulos del libro que andaba escribiendo, y para el cual andaba buscando algún ilustrador que pudiera interpretar los garabatos que se la pasaba dibujando y con los que quería acompañar las historias de su principito. Hedda lo convenció de que sus dibujos eran “excelentes”, y lo alentó que fuera él mismo quien ilustrara el libro. En 1944 vuelve a contraer matrimonio, esta vez con el pintor Saul Steinberg, con quien realiza varios viajes en auto por Estados Unidos. Descubre las máquinas agropecuarias: “Me dio el sentimiento de que las máquinas eran autorretratos inconscientes de las psiques de las personas: la codicia, el deseo, la agresión que se encuentra en una máquina. Es por eso que me interesaba pintarlas. Y las llamé antropografías”. Incursiona en la técnica del aerosol, dibuja carros moviéndose a altas velocidades, carreteras desoladas. “Siento que en el arte la necesidad de comprender y la necesidad de comunicar son lo mismo… El arte no es expresión personal sino comunicación. A lo que reaccionas tiene que ser transformado, sin duda alguna, de lo contrario no es arte -pero haces eso aunque no lo quieras-. La intención, el propósito, no es mostrar tu talento, sino mostrar algo”. En la década de los cincuenta adquiere renombre internacional y pasa a formar parte de los expresionistas abstractos, entre los que se destacan figuras notables como Jackson Pollock. Sin embargo la originalidad de sus pinturas y el uso de distintas técnicas, sus temáticas eclécticas y el empleo del óleo, la acuarela, el aguafuerte y el grabado, impiden catalogar a Sterne dentro de un solo movimiento artístico. Mantuvo su estilo independiente y terco y muchas de sus abstracciones son consideradas como ejemplo de arte de “avanzada” o “radical”. En 1970, luego de haber dibujado retratos de sus amigos y conocidos durante toda su vida, expone por primera vez una muestra de caras “que organicé como forma abstracta”. “Yo siempre pinté ideas, debo decirlo. Siempre fueron un conjunto de ideas las que me conducían… A veces reacciono a la realidad inmediata y a veces soy apresurada por las ideas, pero en todo momento he sido movida -parafraseando a Seamus Heaney- por la música de la manera como son las cosas…Y en el transcurso de todo esto domina mi sentimiento de que sólo soy un pequeño granito -apenas un átomo- en el flujo ininterrumpido del mundo que me rodea.” Así era el arte de Hedda Sterne: fluido. Participó en más de setenta exhibiciones colectivas y en más de cuarenta exposiciones individuales, y al momento de su muerte era la última sobreviviente de la primera generación de esa prolífica Escuela de Nueva York, y a pesar de que su obra no haya tenido la trascendencia que mereciera dentro de la cultura estadounidense. Sus obras se encuentran decorando las paredes en el MoMA de Nueva York, en la Galería Nacional de Arte de Washington D.C. y en el Museo Nacional de Mujeres Artistas, también en Washington D.C. Amante del jazz, antigregaria, agnóstica, eufórica y vitalista, Hedda Sterne despertaba para pintar, y en esas se la pasaba gran parte de sus días, hasta ese momento en el que debido a la ceguera ya no pudo distinguir los colores. A sus casi 100 años la oíamos decir que “hubiera deseado tener un enorme estudio -¡O un cielo!- Solía soñar con hacer pinturas en el cielo con aeroplanos… Mi idea es que, para lo sublime y lo bello y lo interesante, no necesitas buscar muy lejos. Tienes que saber cómo ver. Una de las cosas en las que creo mucho es en la presencia total del participante. Así es como me garanticé a mí misma. La única garantía que tuve fue mi intensidad, mi autenticidad, mi urgencia.”

Hedda Sterne

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