El último pasillo

Publicado el laurgar

Ricardo Silva Romero desde la terranía

Publicado originalmente en OtroLunes

A la memoria de Germán Pardo García-Peña.

I.

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Escribiste, Ricardo, en tu novela de 2006, El hombre de los mil nombres, que «todo hombre tiene una ventaja sobre los demás hombres: que nadie lo conoce de verdad». Esa fue la ventaja que el productor de cine de Hollywood, Lester Brown, te llevó a ti mientras escribías su biografía autorizada. Esa es la ventaja que me llevas ahora, Ricardo, mientras escribo esto. Tal vez Germán estaría de acuerdo conmigo ahora y me diría que sí, que conocerte de verdad no es del todo posible, porque quizás la persona que mejor te conoció en el mundo fue él, Germán Pardo García-Peña, tu mejor amigo, «el mejor amigo en la historia de Occidente desde la aparición de Óbelix», como dices en Walkman. Pero, obstáculos aparte, un comienzo es tu familia: y esa familia que está compuesta por tu mamá, Marcela, que es abogada; por tu papá, Eduardo, que es físico; que te leía cómics cuando estabas niño, aunque no recuerdas bien si también trataba de hacer las voces de los personajes; y por  tu hermano mayor, Eduardo, que es abogado y uno por cierto brillante, experto en litigios; esa familia también incluye un hermano menor, que, aunque los apellidos no nos coincidan, lo es: es tu hermano menor: Germán Pardo García-Peña. Un hermano que se fue para siempre muy pronto, cuando aún no cumplía treinta años, pero que si estuviera acá, con nosotros, si estuviera aquí a mi lado para ayudarme un poco con el enorme trabajo en el que se transformó escribir esto, lo sé, me guiñaría un ojo, aunque también me recordaría que tu abuelo, Alfonso Romero Aguirre, fue un político ilustre, senador, Presidente de la Cámara de Representantes en 1936, Contralor entre 1941 y 1942, y Presidente del Senado en 1948. Ahora, en su honor, un puente vehicular de Cartagena lleva su nombre.

Germán también conoció muy bien la historia de tu tío Alfonso Romero Buj, hermano de tu mamá: un abogado brillante que dedicó su vida especialmente a defender los derechos de los trabajadores; gracias a sus gestiones se fundó el Instituto Nacional Sindical (que ya no existe), y se desempeñó en la Federación Nacional de Sindicatos de Trabajadores Públicos y Oficiales, Fenansitrap. Pero un día, el ala más radical del PC, el PC-ML, decidió que debía hacérsele un “juicio revolucionario”, donde finalmente se sentenció que tu tío era un “traidor a la causa marxista-leninista”, lo que en realidad quería decir que les molestaba que trabajara tanto y tan bien, y que no lo hiciera armado como un violento sino como un civil de buenas intenciones, y por eso lo mataron un día de 1976 junto a su esposa, Amparo, embarazada de tres meses.

A pesar de que la tranquilidad es la manta preferida por el tiempo para cubrir los recuerdos dolorosos, tú no has olvidado ni un instante a Alfonso Romero Buj; con su asesinato, la violencia colombiana tocó a la puerta de la casa en donde vivías con tus papás y tu hermano, y se presentó formalmente. Hoy, él es algo más que un recuerdo para ti y así me lo dices: «Mi tío es un fantasma y mi abuelo es un puente».

II.

Germán habría asentido todo el tiempo si hubiese leído lo que me escribió Daniel Samper Ospina, amigo de ambos, acerca de ti, y entre la cascada de cosas que me dijo Daniel resumo esto: que fuiste alumno ejemplar del colegio Gimnasio Moderno; que desde siempre demostraste tener un humor muy negro, cruel y divertido por igual, y que para él eso es muestra de tu inteligencia muy sofisticada; que ese mismo humor te acercaba a las personas, que por ese mismo humor te querían todos en esa época – Germán agregaría que por ese mismo humor también te quieren todos en esta –; que creaste un diario llamado “El Palomar”  y que era letal con alumnos y profesores; que jugabas fútbol y que eras volante de creación y que jugabas muy bien; y que Pompilio Iriarte fue tu gran maestro de Letras y aún hoy tu amigo.

Porque fue Pompilio Iriarte Cadena una de las mejores cosas que te sucedieron mientras estuviste en el Gimnasio Moderno. Él, tu profesor en el “Taller de Letras”, fue el guía, el empujón necesario para darte cuenta de que querías ser escritor; el hombre que leyó con atención los sonetos que escribiste a esa edad y que editaste en un libro que hiciste circular en fotocopias entre tus amigos, y del que Daniel me habla con entusiasmo y orgullo. Ahora, al otro lado del teléfono, eres tú quien me habla de Pompilio. Lo evocas diciendo que te parece que lo conoces de toda la vida, cuando en verdad llegaste a él porque tu hermano mayor, Eduardo, también había tomado el “Taller de Letras”:

«Siempre me ha parecido que todo el mundo tiene el mismo instinto de contar historias, de hacer el mayor esfuerzo porque su experiencia en la vida no se le escape sin más, impune, sin registro. De ahí a volver eso un oficio; reciclar lo que le ha pasado a uno y volverlo ficción, tiene que tener uno unos golpes de suerte, me parece. Además de tener ciertas ideas, cierto talento y cierto instinto a jugar mayor que el de las demás personas, no serviría de nada todo eso si uno no contara con gente que le diera un empujoncito. Creo que, aparte de mi familia, la otra persona a la que no le pareció tan extraño que yo me dedicara a escribir fue a él, a Pompilio Iriarte. La primera clase con él la tuve en el año ’90. Me metí a una clase que se llamaba “Taller de Letras”. Mi hermano mayor, Eduardo, me hablaba mucho de Pompilio, y todo el mundo en el colegio hablaba mucho de Pompilio, y entonces sí era como intimidante. Pero fue muy interesante ese primer año en el que coincidí incluso con Daniel Samper Ospina. Fue interesante darse cuenta de que Pompilio leía los textos de cada uno como si fueran textos ya publicados. Vale decir, textos que uno puede interpretar, que uno puede revistar en detalle: por qué este personaje se llama como se llama, por qué esta frase va aquí y no aquí… Nos leía con el mismo cuidado con el que podía leer sonetos del Siglo de Oro, o caligramas de Octavio Paz, o versos de César Vallejo. Él tenía el mismo cuidado con textos nuestros, de personas de quince años, entonces creo que me probó que escribir no era muy diferente de jugar, es decir, de proponer un enigma al lector para que este lo descifre. Para Pompilio, detrás de todos los textos hay un mensaje que hay que descifrar y hay un juego que se le está proponiendo al lector y eso a mi me pareció particularmente atractivo y útil para mi forma de ser y para mi manera de llegar a los demás…»

III.

Porque una de las maneras para llegar a ti es el cine. Le pregunté a más de veinticinco personas por ti y todos llegaron a la misma conclusión, y el que mejor la resumió fue tu otro gran amigo, tu otro hermano, Julián Saad Pulido: «Ricardo es una wikipedia andante de música, cine y literatura». El biógrafo de Lester Brown, el productor de cine de Hollywood protagonista de  El hombre de los mil nombres – y quien también es, curiosamente, una enciclopedia andante de cine –, dijo esto: «Quien pasa una vida entera en las salas de cine, al mismo tiempo que sospecha que Dios sigue sus pasos, suele pensar que todas las cosas pasan por algo». Tú, que estás allá en Bogotá y me contestas el teléfono de tu casa a mí, que estoy en Santiago, muy lejos, te quedas mudo unos segundos:

«Yo no sé si creo que es por culpa del cine, o llegué al cine porque pienso así», me dices. «Pero sí muy probable que la influencia número uno que yo tengo a la hora de escribir sea Hitchcock. En él yo veo el esfuerzo de hacerle creer a la gente que lo único que él estaba haciendo era contarnos una historia. Es un narrador que siempre está pensando en su relación con el público, con el espectador, pero que en el fondo está invadido por obsesiones y por pesadillas muy personales que están saliendo a flote por medio de sus relatos sin nunca perder de vista al espectador».

El cine, como la literatura, pero el cine antes que la literatura, te persiguen desde muy niño. O tú los persigues a ellos, más bien. Pero es tu cinefilia, sin duda, una característica muy poderosa de ti. Felipe Restrepo, editor de “Esquire Latinoamérica” y quien trabajó contigo cuando fue coordinador de la sección de cultura en la revista “Semana”, me dice que, a pesar de que eres una enciclopedia viviente de cine, nunca lo presumes y siempre escuchas a los demás. Y tú, sin proponértelo, me cuentas más bien el incipiente comienzo de tu carrera como crítico de cine:

«Desde siempre vi películas. Era lo que hacía todo el día. También hubo un momento en el que traté de pensar: si estoy viendo una cantidad de películas, qué películas son las buenas y cuáles son las importantes. Recuerdo que cuando tenía 12 años veía películas que me parecían mucho mejores que las otras y mucho más inteligentes que las otras y ahí comencé a pensar por qué funcionan unas mejor que otras».

Germán, que a estas alturas también es mi fantasma, no me dejaría olvidar que publicaste una biografía de Woody Allen, Incómodo en el mundo, me recordaría que Paddy Chayefsky es uno de tus guionistas favoritos en la historia del cine y que en su película Network (1976) notaste que él «es pretencioso, pero le resulta, le funciona», y que tu película preferida en la vida es The Rear Window, de Hitchcok, porque tu instinto es siempre: «Partir de un personaje y espiarlo en el peor día de su vida».

La simpatía por Spielberg te viene, en todo caso, de una idea concurrente tuya: hurgar en las obsesiones y pesadillas de los creadores:

«Spielberg sufre un poco lo que sufre Hitchcock y que en literatura, guardando las proporciones y viéndolo sólo desde el caso de la literatura colombiana, sufre Jorge Franco, que es el drama de ser muy exitoso: y que es que mucha gente vea lo que uno hace, o lea lo que uno escribe e inmediatamente cree suspicacias, especialmente para un círculo muy reducido de críticos e intelectuales que siempre sospechan de lo que tiene el favor del público.  El drama de Spielberg de es que sus películas son las más famosas de la historia y las que él ha dirigido son extraordinarias.  Tendría que hacerte una lista única, desde Tiburón, pasando por Encuentros cercanos del tercer tipo, ET, El color púpura, la saga de Indiana Jones… Es un director que tiene sus obsesiones muy claras, sus personajes muy claros, siempre cae en los mismos problemas y también logra hacerle creer a la gente que solo está viendo una película entretenida. Consigue no hacer sentir poco inteligente a la gente, lo que a mi me parece todo un logro. Él, como Hitchcok, sienten respeto y también como amor por el espectador. Es como el significado de la palabra “narrar” en su origen que es “traer una persona hacia uno”, como llevarla de un lado a otro».

Para no quedarnos en la lista de directores, guionistas y películas – que por lo demás sería interminable si consideramos que tu cabeza alberga tanta información de cine que estarías listo para romper algún récord del libro Guinness – lo esencial es que el cine te apasiona, entre otras cosas, porque es, desde tu mirada, un milagro:

«Hay una cuestión fascinante en cualquier película y es la certeza de que cualquiera puede ser un desastre, que una película buena es realmente un milagro, que hay tantos involucrados que si falla uno solo la película falla. Si un actor es malo, si un guión cojea, si un director no está en su mejor momento…».

IV.

Pero en este momento Germán me pediría que recuerde que tú, Ricardo Silva Romero, eres más que un profundo conocedor y apasionado del cine, eres un escritor, uno muy joven y prolífico: pensemos en que tienes treinta y cinco años y, como tú mismo escribiste en tu página web en Julio de 2009: «He llegado a la última página de nueve novelas, cinco poemarios, una obra de teatro, dos biografías (una con mi amigo Daniel Samper Ospina) y cinco guiones (dos con mi amigo Carlos Manuel Vesga)».

Entre esas nueve novelas están – y cito haciendo lo indebido: según mi gusto particular y no según un orden cronológico –:

Fin (2003), que nunca se publicó en papel, pero sí en tu sitio web, y que tiene por protagonista a Tobías McIntosh, un físico inglés caído en Bogotá, que se entera anticipadamente del día y la hora en que se morirá – «eso, nada más, era la muerte: dejar una vacante» – y para quien crecer fue comprender que «las rodillas resistían el peso de los niños, sí, pero cedían ante la desolada ansiedad de los adolescentes»; Retrato de Navidad en la Gran Vía,Parece que va a llover,Tic, El hombre de los mil nombres, Autogol (2009), que es la historia de un comentarista de fútbol muy colombiano, muy pintoresco, obsesionado con matar a Andrés Escobar por aquel infeliz autogol en el Mundial de Estados Unidos ‘94, y a quien deberíamos creerle cuando dice, sin vacilar, «Perdónenme la licencia, perdónenme el pesimismo, pero desde niño he creído que la única manera de sobrevivir al mundo es haciéndose a un ladito».

Terranía(2004) es un poemario que reúne tres libros en uno, entre ellos Réquiem, con el que ganaste el premio ITCB, en Bogotá. Si algunas de tus novelas tienen por génesis tus obsesiones, tus pesadillas, tus fantasmas particulares, Terranía, tu poemario más conocido, es lo que quedó de una larga noche de insomnio. Hurgando en tu página web encontré el significado exacto de esa palabra, porque es rara, porque no se usa comúnmente, porque ni siquiera existe, y porque así nació: «Cuando abrimos un diccionario, cualquier diccionario de cualquier biblioteca, no encontramos la palabra “terranía” en ninguna de sus páginas. Es increíble, pensamos, que los expertos hayan olvidado consignarla. No existen muchas palabras que contengan nuestro exilio en la tierra. Pero, así como el sustantivo “lejanía” señala el lugar en donde no estamos, el horizonte que queda en otra parte, podemos pensar que la “terranía” de la que nos habla este libro es la experiencia inalcanzable, el panorama privado de la ansiedad, el ahogo y los amores que compartimos en el paso de las horas». Lo importante de este libro, lo que llama la atención de la palabra “terranía”, es que la preocupación de definir nuestro exilio en la tierra – ¿la vida misma? –, haya nacido en la poesía y no en la filosofía, que nunca se ha preocupado de esas definiciones tan concretas – al menos no me he dado cuenta de que así haya sido –.

Y En orden de estatura (2007), una novela infantil ilustrada que tiene una de las cartas de amor más bellas de la literatura: la que Leopoldo Mendoza Aragón, el protagonista, le envía a su mejor amiga Julia usando como mensajero, nada más ni nada menos que al matón del colegio:

«Julia yo te quiero y si tu quieres quererme estoy de acuerdo y podemos tener dos ijos cuando grandes y no llevarlos si no quieres a sarsuelas pero podemos cantar juntos las canciones que te aprendas y contar las mismas istorias y podemos ser novios y algun dia puedo pagarte que yo se que te gastaste tus aorros en mi y espero que seas mi viuda y mi morena clara asi seas blanca porque nada tiene gracia cuando no nos vemos y tu me alcansas las cosas que no alcanso. Dime que si. Te repito que te quiero, Leopoldo»

La persona favorita en el mundo de Leopoldo, su abuela aragonesa, murió en un día de fiebres y delirios del niño. Además del desconcierto y la tristeza que le causaron el vacío de la pérdida, Leopoldo tuvo que enfrentar lo que para él fue casi una herejía: que todos sus tíos se repartieran las cosas de su persona favorita en el mundo y dejaran completamente desocupada la casa. Como no podía librar solo la batalla para recuperar todas las pertenencias de su abuela, apareció como caída del cielo Julia, una niña mucho más alta que él, bella y astuta, que lo guió y lo acompañó hasta el final.

En orden de estaturase convirtió en tu libro más vendido. Miles de niños colombianos, me cuenta Cesare Gaffurri, solidarizan con Leopoldo Mendoza Aragón y lo acompañan en su cruzada. Sin embargo, paralela a la historia de Leopoldo – o quizás detrás de la historia de Leopoldo, pero no puedes asegurarme eso – hay una historia personal de separación y dolor y también de reparación.

Pero quizás deba hacer un paréntesis, y antes de contar ese episodio extraño y doloroso de tu vida es necesario repasar una parte de la galería de anécdotas que me llegaron cuando pregunté por ti. Andrés Burgos, escritor y amigo tuyo, que trabaja contigo en la adaptación deAutogol a la televisión, y Julián Saad, a quien ya presenté antes, de quien ya dije que es tu otro hermano, me aseguraron, por ejemplo, que tienes una capacidad increíble para trabajar en varios proyectos a la vez y que tu cabeza, como tus manos, no se detienen nunca. Esa disciplina, dice Andrés, es muy escasa en el medio. Esa disciplina, dice Julián, se debe a que escribir para ti es una necesidad. A Andrés lo que lo sorprende realmente es otra cosa, que eres capaz de comer muy mal a unas horas absurdas. Me dice, incluso, que él cree que sabes tanto de comida chatarra como de cine.

Lo que le pasó a Pilar Quintana contigo, prefiero copiarlo tal cual como ella me lo contó: «Mi hermana, la que es ingeniera, era en esa época suscriptora de la Revista SoHo y el artículo lo leí en su casa. Se llamaba “Detrás de cámaras de El hombre de los mil nombres” y lo había escrito el mismo Ricardo después de la publicación de su libro. Al final del segundo párrafo decía esto: “Y mientras pasaba el tiempo, para no sentirme culpable porque mi hermano mayor trabajaba muy duro mientras yo miraba en piyama por la ventana (que es, después me enteré, lo que hacen los escritores), me había visto forzado a inventarme unas ficciones”. Desde ese momento él y yo nos hicimos amiguísimos. Claro que, como nunca nos habíamos visto en la vida, él todavía no tenía ni idea».

Lo que nos une con Álvaro Castillo Granada, además de que sea nuestro amigo en común, es la coincidencia de que él nos conoce a los dos desde que éramos muchachos. Desde que estábamos en el colegio.  Tú le dijiste a Álvaro que escribías y Álvaro te hizo prometer que le llevarías tu primer libro y cumpliste tu promesa. Álvaro recuerda lo que le escribiste en la dedicatoria, pero recuerda más aún ese día que te llamó desde Cuba: había estado en un edificio que se llama Hermanas Giralt, allí vivía una amiga suya y Álvaro notó que en los timbres de los departamentos había uno marcado con el nombre “Ricardo Silva” y entonces te llamó: «Se lo tenía bien guardado», te dijo. «Me descubrió…»,  le respondiste. Y entonces apareció aquello de lo que nunca en esta vida carecerá quien sea tu amigo y esté junto a ti: la risa. En la memoria de Álvaro también está Germán – y Germán, ahora, se sonreiría y lo recordaría a Álvaro también –. «Parecían hermanos – me dice – no se parecían físicamente; era una energía que emanaba de los dos». Cuando Germán murió, Álvaro te llamó para darte sus condolencias y ese día se enteró de que, por lo menos de sangre, no eran hermanos. Cuando frecuentabas más de seguido la librería de Álvaro, hace años ya, lo hacías acompañado de Germán y de la que en ese entonces era tu novia y luego fue tu esposa, María del Rosario.

Y aquí, tal vez pueda comenzar a contar que En orden de estatura es el después de un antes muy particular, compuesto de dos episodios más bien negros de tu vida: la muerte de Germán en 2003 y el divorcio de María del Rosario en 2007. Fue precisamente en 2007 que comenzaste a escribir En orden de estatura, y cuando lo terminaste, tu siquiatra de por aquellos tiempos te llamó la atención sobre algunas cosas del libro: que Leopoldo, el protagonista, tiene siete años, porque siete años duró tu relación con María y que Julia representa un poco a Cristina Puerta, la editora del libro, esa persona que viene a salvarlo todo con su guía. Esto lo leí por primera vez en un reportaje que te hizo en 2009 el entonces estudiante de periodismo Sebastián Jiménez.

«La siquiatra descubrió en el libro esa interpretación que tú dices. Es una interpretación muy sensata y sensible. Mi matrimonio duró de Agosto del 99 a Enero de 2007. Es decir, más de 7 años, casi 8. Fue un duelo fuerte que coincidió con que inmediatamente arranqué yo a escribir este libro que terminé en Marzo de 2007. O sea que es muy probable que haya estado pensando en la relación con María y en cómo superar ese dolor pues era una cosa que yo no conocía y que esperaba no haber conocido y esperaría no volver a vivir nunca. Pero debo decir que también me parece que era un duelo pendiente de relatar el de la muerte de mi amigo Germán Pardo García-Peña que se había muerto en Agosto de 2003. Creo que esos dos duelos eran muy importantes o sea, se combinan en las emociones que siente este personaje. Sobre Cristina Puerta sí podría decir que es lo más parecido a Julia, pero también es la combinación con otra amiga mía que es más parecida en forma de ser y si ella no me hubiera pedido escribir ese libro y si ella no hubiera estado pendiente de que yo escribiera ese libro, pues como que me haría perdido esa oportunidad de hacer terapia sin que nadie se diera cuenta».

Porque Germán está acá. Ahora. Mientras escribo esto. Mientras leí tus libros – es increíble cómo viaja por ellos sin que tú mismo lo notes. No se me olvida que, cuando te lo mencioné por teléfono, no lo habías percibido. «Germán está en todos tus libros», te dije, pero reaccionaste con sorpresa porque Germán es, desde que se fue, un fantasma más en tu vida –. Germán caminando por acá, por estas líneas y allá, a tu lado. Pero… ¿por qué?

«Yo me acuerdo de Germán desde el año 85. Él era un año menor.  En el primer momento lo que nos podía unir más era que nos gustaba Millonarios, que en ese momento no era un equipo tan vergonzoso como ahora. De ahí a que nos hiciéramos amigos pasó hasta el año 93, el año en que me iba a graduar, él se convirtió en el subdirector de la revista de la que yo era director: la revista del colegio, y eso, inmediatamente, nos hizo los mejores amigos y fue una cosa muy extraña realmente porque no fuimos amigos sino hasta que yo tenía 18 años, pero a mi me parecía que fuimos amigos desde siempre y no sabía por qué no fuimos amigos antes pero cuando lo fuimos fue como si hubiera sido de toda la vida. Era como si hubiéramos estado el uno cerca del otro siempre.

«Con él lo que pasó fue que de inmediato todas esas como taras que tiene uno cuando estudia en un colegio de hombres se me fueron pasando. Es decir, uno cuando estudia en un colegio de hombres hace esfuerzos sobrehumanos para tratar de demostrar que sí le gustan las mujeres, por ejemplo. O le tiene mucho miedo a la relación fraternal con otros hombres; o que está desacostumbrado a tener a mujeres de amigas: una cantidad de tonterías por las que yo, en caso de tener un hijo, jamás lo metería a un colegio de hombres. Entonces la relación con él cuando yo tenía ya 18 años y tenía novias, y estaba tranquilo con eso, como que inmediatamente fue la relación con un hombre que no tenía ningún límite, digamos, que era muy de hermanos y muy fresco; y aprendí que uno puede ser cariñoso sin ningún problema, sin que esté en juego nada, sin ningún temor. Era exactamente la naturaleza de la relación: era una comprensión absoluta.

«Uno de los grandes orgullos de mi vida es haber sido tan amigo de Germán y haberlo conocido tan bien, y haber contado con su apoyo de esa manera casi sin tener que hablarnos y en todos los niveles, en lo laboral, en lo personal, él era como un hijo de mis papás; siento que su familia sigue siendo mi familia. Entonces sí fue algo muy fuerte con lo que muy poca gente cuenta y que me acompañó en todas las situaciones de mi vida, con mis primeras novias, con mi matrimonio, era muy amigo de mi esposa, de María, ella lo quería mucho y él a ella. Realmente me hizo mucha falta en el momento del divorcio porque ahí hubiera sido una compañía clave.

«Pero entonces lo que ha pasado es que mi relación con la muerte se ha vuelto muy diferente, y la gente que ha perdido a alguien cercano lo sabe, que uno de alguna manera sigue contando con las personas que se van, y pues Germán es una voz, no en un nivel esquizofrénico ni para que te asustes, pero si es una persona que sé qué me diría en las situaciones de mi vida».

V.

Si sientes que sigues contando con los que se van, entonces más todavía con los que se quedaron. Julián Saad Pulido, a quien también conoces desde el colegio, está acá. No se ha ido. Llevamos, eso sí, muchos domingos sin poder coincidir en el chat. Cuando por fin lo logro, cuando por fin hablo con uno de los protagonistas de Walkman – otra novela que no vio el papel, pero que está a disposición de quien quiera leerla en tu página –, entiendo que, a estas alturas, todo lo que él me dice de ti se está convirtiendo en repetición; ya es redundancia, porque Julián me dice (casi) lo mismo que todos: que escribes porque ese oficio está directamente relacionado con el hecho de sobrevivir; y que más allá de tu necesidad imperiosa de escribir – y de leer, y de ver cine, y de ver buenas series de t.v., y de escuchar música que no es la música que escucha tu generación – está tu talento. Para cuando Eduardo Arias Villa, el editor de Cultura de la revista “Semana” – para la que escribes, cada semana, la crítica de cine – me dijo que sólo abrías la boca para decir algo relevante, veinticuatro personas antes que él me lo habían reafirmado con esas palabras o con algunas muy parecidas como «talentoso», «esencialmente bueno», «con un gran sentido del humor».

A Julián, que te conoce tan bien, le explico que acumulo páginas y páginas de elogios: «Es que él es como salido de un cuento de hadas – escribe –, parece de otro mundo, aunque al mismo tiempo pisa la tierra con más seguridad que ninguno. Ricardo es generoso, noble, ilustre, es todos aquellos lugares comunes que uno pudiera recitar; no fuma, no bebe, no va a discotecas ni a bares: no le interesa. Y todo esto que te digo pareciera indicar, entre otras cosas, que es un tipo jarto, engreído y no hay nada más lejano porque es un tipo sencillísimo».

Y tímido. Fue lo único que le faltó agregar a Julián. Tú, que no tienes ningún problema en reconocerlo, no habías caído en cuenta de que los protagonistas de tres de tus novelas, Fin, Ticy El hombre de los mil nombres, comparten un rasgo característico con el que los condenaste a la timidez infinita: se pisan el pie izquierdo con el derecho mientras intentan mantener una conversación con cualquiera. Tú también podrías, sin duda – así lo crees, así me lo dices – porque eres más tímido de lo que todos piensan.

Que la timidez no llegue a tus columna quincenal en el diario “El Tiempo”, que vienes publicando desde comienzos de 2009, es lo que cada vez más lectores te agradecen en un país en el que puede pasar cualquier cosa y del que tienes muy claras sus desgraciadas taras políticas. Tu paso al terreno de la coyuntura política fue más que exitoso. Alberto Salcedo Ramos, uno de los cronistas más importantes de América Latina, me dijo que tu columna es «lúcida, inteligente, valiente y, además, está muy bien escrita»:

«Uribe tiene un monstruo por dentro que lo hace un dictador, un monstruo que se lo traga vivo. Logra no ser dictador y su cabeza se siente bien: él es un tipo inteligente y se le sale de las manos su forma de ser. Yo llevaba ocho años escribiendo una columna mensual en la revista SoHo; una columna que no era política, pero que se estaba  transformando últimamente en política, porque precisamente hubo un momento en que comenzó a ponerse muy político el país. Siempre lo ha sido, sí, pero con Uribe esto como que se resaltó y los últimos 50 años parecieron estar todos juntos. Todo revivió: desde la toma del Palacio de Justicia, hasta los carteles del narcotráfico. Tal vez SoHo no era el espacio para decir cosas tan políticas y a mí ya me pesaba tener un espacio y hablar de lo rico que es viajar, por ejemplo. Entonces allí surgió la oportunidad de tener una columna en “El Tiempo” y eso coincidió con este período en el que Uribe todavía no se decidía si se lanzaba de nuevo a la presidencia o no. Hay que ver a este país cómo fue en su último gobierno: todo decadente, con un Congreso todavía más mediocre que en los últimos años, compuesto por gente que desprecia la tradición del país, que no tiene respeto por la ley, que pasa por encima de la historia porque la desconoce. Fue una tribu de bárbaros, de verdad, la que se tomó el Congreso.

«Si ser presidente es ser un pedagogo, la lección de Uribe fue que no ha hay que respetar nada, que sólo hay que “ser macho”. Y esa educación negativa la vamos a tener que sacar de encima  con mucha paciencia; un gran trabajo para que todos entiendan que en Colombia que matar está mal porque que la justicia reemplace a la violencia es el paso que da una sociedad de la barbarie a la civilización».

A Germán, a quien no le correspondió vivir esta Colombia que vives tú, pero que está en todas partes en donde estás tú, que no se ha ido del todo, estaría orgulloso de quien eres ahora, así como estuvo orgulloso de quien fuiste mientras él vivió. No lo puedo saber a ciencia cierta, es verdad, porque Germán no está, porque su presencia es tan fantasmal para mi como para ti y porque sólo juego con la sospecha de que así sería, mientras en mis oídos corre una parte de la grabación de lo que conversamos por teléfono cuando hablábamos de algo en apariencia tan simple como mirarse al espejo….

«…Pero si tú me preguntaras, si alguien me preguntara, si un niño que está creciendo me preguntara, si un extraterrestre me preguntara qué es lo que hay que hacer con la vida, yo generalmente le diría que hacer las paces con la idea de que uno no tiene nada en las manos, salvo muy pocas cosas y entre esas cosas: la capacidad de aceptarse a uno mismo.

«Cuando uno, sin estar atado a ninguna de las religiones ni a ninguna de las convicciones que han causado tantos líos en el mundo, cuando uno se ha descargado de esa arrogancia fundamental, sí, de esa prepotencia humana de “yo tengo la vida en mis manos”, ¿qué me queda por hacer?, solamente poderse mirar en el espejo y estar conforme con lo que ha hecho, con lo que ha sucedido. Sí, yo sí creo que es muy probable que los personajes de mis libros aprendan usualmente eso que sea en el fondo el consejo que les estoy dando a los lectores sin darme cuenta. Que sea como le pasó al patito feo: hacer todo el recorrido hasta darse cuenta de que no es fino sino que es así. Y esto en un nivel tanto espiritual como físico.

«Creo que es muy difícil encontrar alguien en el mundo que se mire en el espejo cómodamente. Me parece que es gente muy sospechosa la gente que se mira en el espejo y se ve bonita. Es muy extraña, o se siente feliz, o se siente segura de sí misma, es gente muy extraña. Yo creo que sí puede ser el esfuerzo de toda una vida poderse mirar en el espejo y sentirse cómodo con un mismo».

Puede ser, Ricardo. Esas son cosas que sólo se aprenden cuando se vive desde siempre en la terranía.

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Agradecimientos:

A todos los que me ayudaron: gracias por su tiempo, su paciencia, su generosidad y su amabilidad infinita:

Álvaro Castillo Granada, Daniel Samper Ospina, Andrés Burgos, Eduardo Arias Villa, Felipe Restrepo, Cesare Gaffurri Oldano, Andrés Sánchez, Piedad Bonnett, Antonio García Ángel, Pilar Quintana, Juan Esteban Constaín Croce, Catalina Ruiz-Navarro, Luis Carlos Cifuentes, Julián Saad Pulido, Jorge Franco, Luis Fernando Afanador.

Y un agradecimiento muy especial al maestro Alberto Salcedo Ramos, por todo este tiempo de sabios consejos a pesar de sus muchas ocupaciones.

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