El Peatón

Publicado el Albeiro Montoya Guiral

Una tregua

Signos contra la muerte

Elena Valera, Visión de Ayahuasca.

Un signo lleva a otro y viene de otro en una cadena infinita. El universo, signo de una edificación más grande, está constituido en ínfima porción por cada ser humano, signo a la vez conformado por un lenguaje y una cultura. Allí es donde aparece en el escenario la literatura, indemne de la Historia, exhausta y amable narratófaga, la forma más bella de la memoria.

En esa memoria cabe la ficción y es fotografiada la realidad escurridiza, signos también, almacenados a su vez en una memoria universal, como una biblioteca que lo contiene todo. Cada ser y cada suceso caben allí, cada grito y cada sonrisa, todas las furias humanas, todos los cantos y las derrotas, desde el mismo momento en que alguien valiente sube al monte más alto y consigne en el viento la primera palabra.

Esa cadena infinita, que a mi parecer conforma una unidad cultural, se explica por sí misma, gesta su misma vida porque no requiere de una sustitución por algo fuera de sí misma: “Ningún objeto o concepto posee validez inherente o tiene importancia” decía un señor muy compungido a quien los estudiantes tristes llaman Peirce, quien al mismo tiempo que exhibe esta teoría de la semiosis ilimitada, nos abre los ojos a la posible verdad luminosa de que también es un signo la realidad a la que nos oponemos con las fábulas que creamos.

Así, quienes tengan por oficio contar historias tienen la penosa tarea de conectar a todas las mentes, porque representan la memoria de la humanidad, esa memoria que conformamos porque somos personajes de nuestras propias narraciones y porque la literatura es un personaje viviente, exento de los límites del espacio-tiempo. Fabular no choca con ningún confín ni requiere dimensiones experimentadas o pesadas por las ciencias duras.

En la literatura convergemos los humanos de todas las latitudes, reunidos en un mismo sueño y tejidos en un mismo sistema nervioso con la intención de procurar no la inmortalidad, pero sí, al menos, una tregua en nuestro proceso de extinción.

La literatura es fútil si la califican; se desbordaría de modo inconmensurable y nos ahogaría si la intentaran medir. Cuando el signo es valorado por su efabilidad, es decir, por su materialidad, pierde luz. Sería más veraz hallar al signo durmiendo sobre un viejo tronco y despertarle con el impulso de un soplo iridiscente. Tejemos la semiosis infinita y esta nos teje, somos signos tan solo en la urdimbre del tiempo.

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