El Peatón

Publicado el Albeiro Montoya Guiral

Una oración por el mal

Charles Baudelaire.
Charles Baudelaire.

Hace 150 años murió Baudelaire y tal vez sea el poeta cuyo nombre vaya a invocar todos los días de mi corta vida. El único dios al que me voy a encomendar en las noches que destilen angustia y cuyas Letanías a Satán vaya a murmurar en tiempos como estos en que tanto suena en Colombia la abominable algazara del catolicismo.

Los buenos poetas, por lo general, son presentados por la casualidad, que también es una cita. A este genio incomparable me lo presentó un libro de Barba Jacob. Padre luciferino, lo llamaba, hecho que me hizo anotar su nombre en mi libreta colegial para buscar sus poemas en la única sala de Internet que entonces había en Santa Rosa. Cuando lo hice, la señora que atendía el lugar me dijo que no había papel para imprimir; me vio el espíritu tan afrentado –quiero decir, con la lágrima al borde del ojo– que decidió imprimir algunos de los poemas de Las flores del mal en una delgada hoja amarilla de la máquina facturadora. Y salí de allí con esa especie de caligrama a la manera de Walser a sentarme en el Parque de los enamorados.

El primer poema que leí fue Obsesión

Se hizo entonces la oscuridad. Una oscuridad nueva, transparente, que me permitía verme en el mundo, reconocer mi camino: el de la soledad que uno no quiere que nadie le arrebate: la soledad de quien camina a la deriva. Esa risa amarga del hombre vencido que Baudelaire encontraba en el mar, por primera vez yo la escuchaba en la carcajada de la noche que salía de ese poema, del que ofrezco esta modesta traducción:

Grandes bosques, me aterran como las catedrales;
aúllan como el órgano, y en nuestros corazones malditos,
habitaciones de luto eterno donde vibran estertores antiguos,
responden a los ecos de sus De profundis.

¡Yo te odio, Océano! Tus saltos y tus tumultos,
mi mente los reencuentra en ti; esa risa amarga
del hombre vencido, llena de sollozos y de insultos,
yo la escucho en la risa enorme del mar.

¡Cómo me satisfarías, oh noche! ¡Sin esas estrellas
cuya luz habla un lenguaje conocido!
¡Pues yo busco lo vacío, y lo negro y lo desnudo!

Pero las tinieblas son ellas mismas los lienzos
donde viven, brotando por millones de mis ojos,
ante miradas familiares los seres desaparecidos.

Después de varios años el amor se convirtió en devoción cuando, gracias a la lectura de Walter Benjamin, conocí el gusto de Baudelaire por esa extravagancia en la que consistía caminar. Para escribir el Pintor de la vida moderna –y para fundar la Modernidad– nos cuenta el filósofo que el poeta paseaba por la ciudad en concordancia con les flanêurs de la época: llevando de cabestro, con gran gallardía y ademanes finos, a una simpática tortuga. Este animal ha sido en su reino el hazmerreír, en la historia ha estado más en la oscuridad de su caparazón que a la luz de la vida, de la acción. Pocos, como Zenón, se han preocupado por devolverle la dignidad: dispuso la matemática a su favor, de manera que por más veloz que fuese la liebre, por más astuta que se mostrara y más ágil, llegase siempre en segundo lugar. También el búho se ha llevado los créditos como símbolo de la inteligencia. Pero el búho es inteligente por naturaleza: es bello y nocturno, aéreo y cazador, veloz y silencioso. La tortuga ha sabido esperar, ha tenido que construir su inteligencia con paciencia, con su casa y sus tropiezos a cuestas, con el recuerdo del dedo señalador marcado en su espalda de piedra y aun así ha salido victoriosa. Además, en las líneas continuas y discontinuas de su caparazón un santo sabio de la China antigua tuvo la revelación de los ocho trigramas del I Ching. Por eso los paseantes franceses, tal vez, la escogieran para su compañía. Por eso es bello imaginar a Baudelaire, el mismo hombre que en plena Revolución Industrial salía a la calle armado con un rifle y la intención de matar a su padrastro, el mismo que quiso hacer una hagiografía de Satán con una parte de sus poemas y algunos de sus relatos.  Aquel en quien Rimbaud y Verlaine veían al más alto poeta de su país, el maldito, el nigromante, el opiómano, yendo por los bulevares acompañado de este simbólico animal para que le marcara el paso.

Pero este texto no es una semblanza del genio, es apenas una infidencia, una experiencia de lectura que se comparte. Un atado de razones que hacen que vea en Charles Baudelaire al poeta que me cambió la vida. La poesía nos transforma con una constancia más precisa que la del tiempo. El músico magistral, el poeta, el filósofo, el bohemio que hay detrás de Las flores del mal, me cambió la vida, como lo han hecho también César Vallejo, Szymborska y tantos otros. Pero es este señor a quien recuerdo día a día, a quien llevo conmigo a donde vaya, compañero de paseo por esta ciudad de árboles y atardeceres envejecidos.

Y esta es una oración por el mal, porque a veces el mal es más honesto y tangible que el bien y menos aleatorio. Es una oración por la memoria de Baudelaire, por la memoria de su obra. Porque regrese –por ingenua que parezca, que sea esta súplica– un poeta del mal, tan perverso y oscuro, que pasee por la ciudad tomándose todo el tiempo para la observación de la vida en su esplendor.

Que regresen el peatón y la tortuga.

twitter.com/amguiral

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