El Peatón

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Plegaria para Delfina

La poeta argentina Delfina Goldaracena.
La poeta argentina Delfina Goldaracena.

Delfina, han pasado casi once años desde que la poesía te perdió y apenas, hasta ahora, me llega desde Argentina tu libro Tiempo efímero, titulado con tanto acierto y dolor.  Puedo imaginar bien el accidente, he visto también venir de frente un camión desbocado, he estado inconsciente por minutos que parecían horas. Desperté y vi la sangre, la familia rota. Oí los gritos, crucé la calle buscando a mi hermano menor entre los desconocidos y me sentí vivo, no al saberme respirando de nuevo dentro de este mundo indeseable, sino al encontrar una triste sonrisa en un pequeño rostro. Por eso puedo imaginar bien el momento en que el camión embistió al bus escolar, el instante preciso en que el choque apagó de súbito al día y en que tus ojos se cerraron para siempre. Dos conductores murieron, una profesora, ocho estudiantes, y una poeta. Una pianista estelar, un espíritu con un millar de manos.

«Muere joven aquel a quien los dioses aman», escribió Pessoa en la muerte de Mário de Sá-Carneiro, su gran amigo, evocando a Plauto. «Hoy, falto de ti, soy dos a solas», lamentó. Le dolía la muerte del poeta por ser temprana y sobre todo por la pérdida del genio, por la interrupción de un talento desbordado y original, como el tuyo. Veintiséis años, diez más que tú tenía él cuando se suicidó. Ángeles desterrados que parecieran escribir para poder morir o cuya muerte pareciera ser la única justificación de su escritura.

A los ocho años escribiste estos versos: «La luna va detrás de mí/ impidiendo la muerte/ que se desarrollará mañana a primera hora» (37). A la misma edad, José Asunción Silva hacía su primera comunión y le dedicaba unos versos a las estatuas de los santos que vio en el templo. En ti había autenticidad y en él un hálito de sahumerio español. La poesía en ti era natural, espontánea, la respirabas. A los nueve tomaste la pluma para escribir El tiempo, un poema sublime, que terminaba así: «Yo no hice la escritura/ la hizo mi mano con su mente/ porque la mano tiene tierra en su pecho» (50). Te veías toda como una mano, como una mano de niña en vísperas de la muerte. Cada respiro era una víspera fúnebre, un último respiro.

Delfina Goldaracena, yo quise morir a tu edad. Muchas veces me iba a la cama deseando no despertar. Sentía que la poesía era un peso insoportable, las lecturas me ensombrecían. Sin embargo, sobreviví a las palabras y a los disparos: crucé los caminos de la montaña y quienes me esperaban para enceguecerme se dormían, o se cansaban de esperar porque me desviaba por seguir lo que decían las cañadas. Crecí y aún tengo en mi cuerpo montañero un joven de tu edad, una niña como tú ante el piano, una caterva de perros envenenados por mis pasos cansados. Sé lo que es desear la muerte con todas las fuerzas y no poder morir. Por eso te escribo, me escribo, esta carta.

«[…]lo único que queda son las hojas/ de cada libro» (56), le escribiste a tu madre en 1999. Queda tan poco, poeta, y es tanto lo que queda. Un manojo de palabras desesperadas que alcanzaste a liberar de la jaula del lenguaje, tu voz de niña atrapada en el papel buscándole juego al lector. Rezo para que encuentres muchos corazones dispersos por el mundo que quieran jugar contigo. Yo te ofrezco mis manos para que perpetúes los colores de tu mundo, para que dibujes en los muros y en los tableros lo que sueñas. Yo, que le digo a la gente que no recuerdo los sueños, para que una mujer que amo no se entere de que la sueño soñándome sepultado en un cementerio de elefantes. Te ofrezco la pelota de trapo de mi infancia que corre en mis poemas, los animales y personas que me sobrevivieron y que ridiculizo en mis palabras.

Te ofrezco mis tenis azules para que sigas andando la noche, mi columpio favorito en el Parque Brasil de esta ciudad glacial para empujarte cantándote una canción alegre saturada de color. Una plegaria. Pero no te ofrezco, no te ofrecería nunca mi país, aunque en él pudieran encontrarse un puñado de cosas dignas y unas pocas buenas personas.

Hay más por decir, pero las palabras duelen. Me despido dejándote claro que poetas como tú, aunque nos siembren el alma de impotencia, aunque nos quieran hacer escarbar la tierra con los dientes para encontrarlos, como decía Miguel Hernández, nos impulsan a seguir viviendo para amarlos y defender de la muerte su poesía.

La frontera negra

Las sierras de Egipto que van más allá del horizonte
las lagunas calientes
los caminos desnudos vestidos de gris
(es la frontera inquieta)
los pájaros acabados
las radios calladas
mi mano ya se muere
¿Qué haré sin mi vida?

El poema anterior, como todos los versos citados en esta carta, pertenecen al libro póstumo Tiempo efímero  publicado en Buenos Aires en 2015. El 10 de octubre de 2006 Delfina Goldaracena murió en un accidente de tránsito. Tenía 16 años y ya era suyo el infinito.

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