El Peatón

Publicado el Albeiro Montoya Guiral

¿Para qué escribir poesía?

Como Altazor, le correspondí al llamado del abismo, equipado solo con el paracaídas del lenguaje.

Roque Dalton. Foto tomada de El País.

Hoy, al revisar los apuntes que guardo en mi taller y aquellos que he hecho públicos, no sin cierta vergüenza, a propósito de la vida en comunión con la poesía y apelando a la memoria, encuentro que he escrito, que escribo poesía para construirme con ella un lugar en el mundo, para mí y para quienes amo; reconstruir las casas perdidas por los incendios del tiempo, olvidar los lugares de paso de donde me han echado en la noche como si se tratara de un animal enfermo, sin justificación; evocar las múltiples casas maternas de donde me he ido en las madrugadas para no volver jamás, perseguido por el miedo o el ansia; en fin, edificar con palabras aquel lugar del que ya no soy y que la gente llama tierra natal y que yo busco sin fatiga por la vida.

Escribo porque me duele el desarraigo propio y ajeno, porque me duele revivir la invasión europea a través de la memoria sobreviviente de cantores floridos, de pintores de códices y de mujeres tejedoras y sabias de los pueblos antiguos de nuestro continente, cuyas consecuencias voraces son tan notorias en nuestro tiempo. Tiempo de muros, de caravanas migrantes, de supuestos libertarios que se alzan contra el pueblo que les ayudó a saber qué es el poder y le mata a sus hijos en abril, de poetas asesinados por sus compañeros de revolución. Tiempo de democraturas, de países con soberanías dobles y gobiernos que resucitan a los guerrilleros para inculparlos de sus propios crímenes.

Escribo para evocar la existencia de seres entrañables, pasajeros, mendigos del recuerdo que, como en la novela de José Eustasio Rivera, «jugaron su corazón al azar y se los ganó la violencia». Quiero celebrar la vida en todo el sentido de la palabra, la Vida que sobrevive, la Naturaleza. Gritar dondequiera que nadie más debe ser asesinado en Colombia. Quiero cantar y exaltar el agua que se agota.

Pregonar la libertad por las calles minadas y los campos vacíos. Escribo poesía porque quiero compartir la palabra alrededor del fuego, deconstruir el tiempo, alcanzar su circularidad. Derrumbar las categorías, las etiquetas. Ser lo que mal han llamado un primitivo. Quiero acercar la poesía a las juventudes para que ya no puedan resistirse a vivir sin un atisbo de belleza, de coraje, de grito inconforme por el bien común.

En este momento de mi vida, en que la errancia fortuita y voluntaria sería acaso la mejor representación de mis días, me encuentro con la pregunta que me hice hace ya más de dos décadas y que solo ahora, creo, podré más o menos responder: ¿para qué escribir poesía? La primera vez que hice versos, encantado por las lecturas de entonces, quizá lo hacía movido por un impulso ciego, por el deseo desbocado de buscar belleza, o lo que entendía por belleza, en las cosas que me parecían dignas de volver canción. Esas cosas sugerentes, en comunicación con lo inefable y cuya piel tenía marcada aún la caricia del tiempo, a la manera de José Asunción Silva en su poema Vejeces: «las sugestiones místicas y raras/ y los perfumes de las cosas viejas». Quería, sin saberlo, el decir puro: darle forma de palabra a la inquietud constante de mi yo campesino, aquel que quiero que sobreviva a pesar de la violencia que le desterró. No sabía, como es natural, para dónde iba.

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