El Peatón

Publicado el Albeiro Montoya Guiral

Luciérnagas en el agua

Lagunas de Chacahua, Oaxaca, México, foto de Sara Gaviria Piedrahíta
Lagunas de Chacahua, Oaxaca, México. Foto: Saragapi.

Para Sara

Para llegar había tenido que resistir el miedo y la desolación. Ubicada en el Estado de Oaxaca, a orillas del Pacífico mexicano, la laguna de Chacahua le atraía porque le habían dicho que allí, cuando la noche llega, se ven arder las luciérnagas del agua. Había perseguido cocuyos montañeros cuando era niña en su Pereira florida y rural, en Colombia, y ahora quería detenerse a contemplar cómo el agua dulce seducía a ese océano temible que lleva como nombre una paradoja, en el momento en que la iridiscencia efervescente de estos insectos majestuosos iluminaba la peligrosa quietud.

El mundo parecía estar en toque de queda aquella noche. Parecía estar deshabitado, ser una carretera interminable que ella recorrería en una camioneta a la velocidad de la incertidumbre, hasta ver aparecer casas sin perros, de luces apagadas, a cada lado. El mundo era un caserío llamado San José del Progreso. Allí intentó hablar con niños que corrían al verla como si se tratara de un espanto. Sospechó que, desde las palmeras que custodiaban los jardines dormidos, había ojos que la vigilaban. Logró alquilar una vieja habitación en una casa de tapia con techo de paja cuyo patio era la inmensidad. Estuvo toda la noche bajo una luz mortecina mientras sus manos pequeñas llevaban y traían el lápiz sobre el papel de su libreta. El cielo duerme, anotó. Las palabras siguieron obedientes la corriente para distraer el sueño porque, pensaba que, de quedarse dormida, el miedo podría materializarse.

¿Eran los muertos quienes hablaban afuera? En las paredes había cuadros en sepia que retrataban a hombres con sombreros anchos, bigotes poblados y escopetas. Todos sonreían. Gruesas cadenas se oxidaban a lado y lado de la cama. La única luz que había provenía de una lámpara de aceite que no llegaba hasta el baño. De la mitad de la habitación pendía una soga que parecía estar puesta allí por instrucciones macabras. Los vehículos pesados que pasaban hacia Guerrero dejaban un eco de motores agónicos a su paso, rugidos de animal agonizante que corre hacia el desconsuelo. Hubiera querido que ladraran los perros para que hicieran humano el silencio. Sus propias palabras, el río de su pensamiento, la imagen del Otún cayendo desde la montaña, serpiente de agua que canta mientras acaricia las copas de los yarumos, la entretuvieron hasta que el sol aclaró la realidad y le mostró el camino hacia Chacahua.

Anduvo varias horas por la polvareda que antes era un cauce hacia la mar. También aquel fragmento de México le pareció un cementerio de afluentes. Cerraba los ojos mientras descendía para oír el río fantasma. Imaginaba el agua extinta bajar por las piedras ahora transitadas de modo zigzagueante por sus pies rebeldes.

Ya a orillas de la laguna los pescadores la llevaron en canoa a la playa donde el agua del Pacífico se vuelve de color turquesa por el contacto con la serenidad y la dulzura. Mucho antes de la primera noche del desencanto de la tierra, tanta inmensidad verde era la casa de los Mixtecas. Antes de que los invasores trajeran el faro que alumbraba en la montaña vecina, ellos conocían el mundo a través de las estrellas. No temían la perdición de los navegantes; seres de agua como eran, no veían la mar como un recurso sino como una madre.

Y allí estaba ella, en las puertas de una nueva noche. La canoa la llevó entre manglares hasta la mitad de la laguna donde ancló para esperar que la mujer venida desde el Sur viera a las luciérnagas. La extranjera se sintió pequeña en el mundo pero tranquila. Indefensa, como el océano Pacífico incapaz de entrar a abrazar la laguna de Chacahua. Indefensa en la naturaleza que la reconocía como parte suya. Segura como no podría estarlo en la ciudad. Los peces saltaban, los pájaros hacían una fiesta en las ramas con invitados de todas las latitudes.

Entonces fue la quietud y el silencio. La canoa dejó de mecerse y desapareció la luna. La oscuridad de la primera noche del mundo cayó como una atarraya. Ella cerró los ojos para buscarse a sí misma en sus adentros; cuando los abrió, vio que cardúmenes de luces empezaban a formarse a su alrededor. Todo se fue llenando de luz. Todo era luz turquesa y encandilaba. Su cuerpo empezó a ser nube, ave estelar. El tiempo se detuvo. Empezaba su vida como luciérnaga del agua.

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