El Peatón

Publicado el Albeiro Montoya Guiral

Los libros y la noche

Maneras de renunciar, de César David Salazar Jiménez, es un ejercicio de absoluta honestidad frente a la literatura, el teatro, la estética y la política.

César David Salazar Jiménez con su hermana Tatiana en la cervecería La Villa de Sarria, Ciudad de México, 2016.
César David Salazar Jiménez con su hermana Tatiana en la cervecería La Villa de Sarria, Ciudad de México, 2016.

«Nadie rebaje a lágrima o reproche/ esta declaración de la maestría/ de Dios, que con magnífica ironía/ me dio a la vez los libros y la noche». Jorge Luis Borges, «Poema de los dones».

Fui yo quien le abrió las puertas a la mayor parte de fantasmas que me habita, al mayor número de desposeídos que surcan los caminos de mi mente, caminos sin flores que llevan a ninguna parte, caminos bifurcados; mejor dicho, a la familia de abyectos y desesperados que vive en mí, gracias a las conversaciones que he tenido desde que inició mi intención de ser poeta, con César David Salazar Jiménez. A él le debo una gran parte de mis lecturas; para ser honesto: las lecturas memorables que he hecho en prosa han sido por su recomendación, por culpa suya. Creo, pues, que los amigos entrañables, o los amigos que se van haciendo más entrañables para uno con los años, son aquellos que nos ayudan a formar como lectores.

César Salazar acaba de publicar su segundo libro de ensayos, «Maneras de renunciar», y apenas pude adentrarme en sus páginas supe que era un ejercicio de absoluta honestidad en cuanto lo que piensa de la literatura, de su oficio como hacedor de teatro y sus dilucidaciones estéticas y políticas, todo contado desde el desparpajo voluntario de quien escribe como si conversara en una mesa de la cantina que atiende. Este libro es una de las más bellas formas de la conversación entre amigos, donde no hay mentiras, donde se dice lo que se piensa desde la empatía, aun cuando se postulen cuestionamientos severos a la escritura y a la ética que, en este caso, vendrían a ser lo mismo.

Desde la introducción, «Preámbulo doméstico» (7), sabremos que estos ensayos van a ser un homenaje para las personas que incitaron a su autor, desde la infancia, a apartarse del mundo con la decisión de hacerse escritor. Se formula, desde un recuerdo familiar, el argumento del libro: Aparte del suicidio, ninguna otra renuncia es irrevocable (primera premisa); Toda renuncia exige un compromiso ético con ella misma (segunda premisa) y El compromiso ético con la renuncia es un compromiso vital, afirma la vida en su negación (conclusión). Lo que manifiesta, además de postular los ejes que sostendrán la discusión, que su escritura va a emerger desde las vísceras.

Después de la familia, en este homenaje en que consiste el libro, como trasunto de la argumentación de la renuncia a la luz de las ideas ya expuestas, aparecen Herman Melville, de cuyo «Bartleby. El escribiente» César Salazar es traductor para una edición de lujo de la Editorial Ataraxia (2018), y Robert Walser, el caminante. Ambos autores, en algún momento de sus vidas, contemplaron renunciar a escribir. Al escritor norteamericano le costó esta seducción el encontrarse con su sublime novela corta, y al suizo le hizo genial e inigualable, hasta el punto de convertirse en el mito ante el cual el mismo Franz Kafka se inclinaba con devoción.

Portada de la edición.
Portada de la edición.

Sin embargo, el ensayo «Atisbo de la renuncia: una lectura de infancia» (49) me resulta una pieza maestra dentro de este trabajo. Allí relata cómo los libros que su padre les regalaba a él y a sus hermanos fueron condicionando su perspectiva del mundo. Y de qué modo esta bella costumbre les resultaba en una posición política. Allí me figuro que su autor —me sea perdonada la ficción— no encontró del todo cierta la premisa en mi opinión más bella de las que plantea: Aparte del suicidio, ninguna otra renuncia es irrevocable, porque ni siquiera la renuncia a la vida sería irrevocable si nosotros continuamos a los demás en la escritura. Moriremos cuando no haya quienes escriban de nosotros, es decir, cuando no haya quien nos postergue en la memoria. Así José Manuel Arango, en «Este lugar de la noche», lo sentía (El poseído): «A veces/ siento en mis manos las manos/ de mi padre y mi voz/ es la suya/ un oscuro terror/ me toca/ quizá en la noche/ sueño sus sueños/ y la fría furia/ y el recuerdo de lugares no vistos/ son él repitiéndose/ soy el que vuelve/ cara detenida de mi padre/ bajo la piel sobre los huesos de mi cara».

Desde allí imagino, también, a otro César hablar. Como el joven Jorge Luis Borges que es visitado por el viejo, el conocido a nivel mundial como Borges, a secas: el minusválido de la luz y el corazón que un día en que entraba al paraíso con forma de biblioteca dejó de saber, para siempre, si él en verdad era Groussac o Borges. El mismo anciano de mirada perdida y sonrisa de niño, cuya imagen con las manos en el bastón inspira una lástima muy distante del asombro y respeto que inspira su obra, equiparable solo a la de Homero o Milton, una mañana iba a ser fotografiado muerto en vida por Richard Avedon. La madre del escritor argentino acababa de morir y él, incapaz de contemplarla, tuvo apenas que conformarse con reconocer que sus manos y sus ojos, a través de los que él leía y escribía, se encontraban ahora fríos. Su rostro iba a quedar desorientado, ya no sonriente, helado, en este retrato único que capturaba el fotógrafo neoyorquino por una amarga casualidad. Leonor Acevedo de Borges había sido escritora con su hijo y él había publicado las obras de ambos como solo suyas. Ella, la otra, ahora que moría se llevaba el alma del escritor que se quedaba en el laberinto, de frente al hambriento minotauro de la soledad.

Esa renuncia es la que creo irrevocable: la renuncia de los otros —lo escribo como si conversara con mi buen amigo—, la renuncia que no podemos evitar. Pues creo que nosotros, como decía, continuamos a los demás: estamos tejidos en sus decisiones fatales, cotidianas. Una noche de 2012 renuncié a mi tierra natal y escogí la trashumancia; una tarde, después de un partido de la Selección Colombia en vísperas del plebiscito de 2016, decidí no volver a los estadios ni agitar ninguna bandera. Una noche de este año, casi dormido sobre mi escritorio de reseñista diletante, llamé a una amiga para suplicarle que se quedara con la revista que fundé y alimenté durante cinco años. La idea de fracasar en tantas cosas a la vez me torturaba, de modo que escogí un solo fracaso, íntegro, individual: el fracaso de la escritura, pero en el sentido que lo describe César: «Melville concibe a Bartleby, pues, en el momento en que entiende que su carrera literaria está necesariamente condenada al fracaso —pero no al fracaso poético, sino al profesional, que en cierto sentido es mucho menos grave o doloroso o paralizante—, enfrentado al dilema de seguir juntando palabras y frases, y a punto de quemarlo todo y olvidarlo por completo» (25).

«Maneras de renunciar», en fin, le hace honor a su subtítulo porque sí es un Elogio de mudos, rudos, ausentes y cansados,  un elogio de aquellos personajes que no alcanzan ni siquiera a ser antihéroes de su propia vida. Tanto Roberto Bolaño, Enrique Vila-Matas, como Rigoberto Urán y el mismo Johnny Ramone. Hablamos de una declaración de principios a favor de la ergofobia, de un libro que cuestiona el papel de los intelectuales cuando quieren situarse como portavoces de las víctimas; de un libro que escoge bien entre los materiales del creador y se queda con la vida, como materia prima. Hablamos de un conjunto de ensayos que pareciera haber sido escrito bajo la premisa del punk que él mismo defiende —rápido y mal—, pero que alcanza una armonía insuperable, propia tan solo de los espíritus más virtuosos.

twitter.com/amguiral

 Nota bibliográfica:

Salazar Jiménez, César David. Maneras de renunciar. Pereira: Secretaría de Cultura de Pereira, 2017.

Comentarios