El Peatón

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El aprendiz de tahúr

Aves y nubes en Santa Rosa de Cabal. Foto: @Saragapi.
Aves y nubes en Santa Rosa de Cabal. Foto: @Saragapi.

Yo de pequeño, en vez de cazar pájaros,
construía jaulas para cazar nubes.

Trejos Reyes

Mi primer acercamiento a la poesía se debió a una desaparición. Nuestra niñez estuvo rodeada de palomas hambrientas y de perros flacos. De vez en cuando recibíamos la visita de un tío materno cuya profesión era la de ser andariego. En medio de sus viajes en busca de cosechas de café o de coca aprendía trucos de magia (entre ellos el de la escritura), leyendas y trampas para pájaros, que luego nos enseñaba a mis hermanos y a mí. A finales del siglo pasado subió a un avión con rumbo a lo desconocido y desde entonces hemos estado, sin querer, olvidándonos de su rostro. En medio de mi ingenuidad de niño empecé a escribirle con cierta frecuencia cartas que nunca leería hasta cuando una tarde de escuela nuestra única profesora me regaló, no sé si para mal o para bien, una antología poética de Barba Jacob con el argumento de que las cartas que escribía eran poemas y que, por lo tanto, ese libro me iba a inspirar en el camino que, según ella, estaba emprendiendo.

Tenía miedo: ignoraba a todas luces qué era aquello de la poesía –hoy tampoco lo sé−, y de qué manera un libro de Barba Jacob me iba a ayudar a escribirle a mi tío los percances que tenía al marcar un naipe o la duda permanente al respecto de en qué punto del camino de zarigüeyas era mejor dejar el racimo maduro con el cáñamo fatal. Sin embargo, en muy pocos días, deslumbrado por las Rosas negras de Porfirio cambié mi pelota de trapo y mi caja de herramientas de aprendiz de tahúr, por el camino solitario de la poesía tan lleno de armas macabras. Y así, ese niño pasó de ser cazador de pájaros a víctima de las trampas del lenguaje.

Sin lugar a dudas el primer problema al que me enfrentaba como poeta novato era el de la forma. Ahora, con el paso de los años, ahogado en mis papeles que son la proporción de mis fracasos, reconozco la falta de importancia que encierra esta preocupación. Ya decía Darío: «yo persigo una forma» y agregaría, cuando notó el mal que esta causaba en sus lectores que empezaban a imitarlo: «mi forma es mía en mí…». El hecho mismo de declararse dueño de la forma que usaba era una paradoja, como si escogiera cuáles fueran sus palabras, en un acto egoísta, y las privatizara para su uso exclusivo: recordemos que el modernismo, cuya invención habían puesto sobre sus hombros, no era más que la mezcla del tropicalismo con los mejores recursos de Verlaine y Baudelaire, sin olvidar la influencia innegable de la lírica aérea de Bécquer.

Así pues, admito con vergüenza que el primer inconveniente que tuve que solucionar al momento de escribir fue el de encontrar un molde para vaciar lo que quería decir. Construía jaulas para cazar nubes. No me preocupó lo esencial, en palabras de Giovanni Quessep:

El poeta no teme a la nada. Sabe de la existencia de lo que nunca ha sido dicho, de lo que aún no tiene nombre en los ideogramas de la escritura divina: cree en la palabra, pero también en el silencio, en lo callado, en lo oculto, en lo que podría hacerse fantasma a la luz de la vigilia o abrasadora presencia en la penumbra del sueño…

Ignoraba que pensar en la forma no es indispensable a la hora de escribir poesía. No sabía que la técnica: aprenderse el sinnúmero de figuras literarias que existen, no sirve para nada cuando nos enfrentamos a la creación poética, pero que no existe poeta sin técnica o que no utilice las figuras literarias que más les convengan a sus versos. Mi ignorancia de aquellos días se basaba en escribir como el autor que leyera en el momento; así, por ejemplo, si leía a Lorca, escribía –o simulaba escribir− romances; si leía a Eduardo Castillo, escribía sonetos; si leía a Emigdio Alcázar, escribía versos pareados de odio. Si leía a Baudelaire… Ah, vaya encandilación la que me produjo Las flores del mal, no había acabado de leerlo cuando ya sabía que iba a ser un libro que nunca dejaría de visitar. Sin saberlo, estaba ante la modernidad. Baudelaire era para mí entonces una perfecta anacronía: se me presentaba por delante de todos los poetas contemporáneos de mi país en visión y profundidad. Nacido más de un siglo antes, era la verdadera vanguardia, un poeta imposible de situar: padre de todos e hijo de sí mismo.

En este punto del camino supe que los verdaderos poetas no pertenecían a ninguna época, y que la poesía estaba por encima, incluso, de sí misma. La única preocupación que debía tener era la de presenciar el milagro y dejar su constancia. De esta manera, para mi sorpresa, encontré que aun la prosa era una buena forma para poetizar y que Cervantes era un poeta insuperable. El Quijote es un poema donde realidad y ficción se entrelazan y pasan a ser un solo mundo, cuyos habitantes, incluso nosotros mismos, se confunden en los límites de lo inasible. Si fuéramos los seres humanos invención de un poeta como Miguel de Cervantes, seríamos realmente seres superiores. El mundo que posibilita la literatura es perfecto en contraposición al nuestro.

¿Para qué sirve, entonces, la técnica en poesía? Para saber cómo han funcionado los engranajes de los poemas que nos gustan; para saber, pero no es necesario, cómo escribimos nosotros mismos. Para nada más, porque así mismo como un poeta no es aquel cuya biografía excede todo pronóstico de exceso o miseria, tampoco es quien carga en la memoria todo el peso de la retórica. Un poeta es quien regresa a la infancia a pesar de saber que esto es imposible y, por consiguiente, tal vez la felicidad, y desempolva su caja de herramientas de aprendiz de tahúr y baja del árbol del olvido su pelota de trapo.

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