El Peatón

Publicado el Albeiro Montoya Guiral

Carta de renuncia al fanatismo futbolero

Como parte del equipo de los cojos de espíritu, renuncio como hincha de la Selección Colombia, entrego la camiseta de mi fanatismo futbolero, no puedo cargar más el peso de la incoherencia.

Con el balón, el director de cine y escritor italiano Pier Paolo Pasolini.
Con el balón, el director de cine y escritor italiano Pier Paolo Pasolini.

Hace algún tiempo quería escribir una defensa apasionada del fútbol al encontrarme, de súbito, como con una jauría voraz, con las ideas envenenadas de Jorge Luis Borges en las que dejaba claro que no le encontraba a este deporte nada que valiera la pena. Decía, entre otras cosas menos alentadoras para un devoto suyo: «Detesto el fútbol, es un juego brutal que no requiere un coraje especial porque nadie se juega la vida…». La Selección Colombia acababa de derrotar a Uruguay en el Maracaná en el Mundial de Brasil 2014. Nuestra generación no había visto jamás tremenda hazaña. Me sumo al grupo de quienes de ese campeonato, de esa instancia, de ese partido vamos a recordar toda la vida el gol de volea de James Rodríguez: un pase de cabeza en el área y el diez para el balón en el pecho girándose hasta empujarlo con su zurda envidiable. Una metáfora celebrada a todo pulmón por quienes veíamos el partido, el silencio herido por la belleza.

Quería escribir tal apología pensando en el caso conocido de Albert Camus, guardameta destacado del Racing Universitario de Argel, quien decía haber aprendido en el fútbol todo cuanto sabía sobre la moral y las obligaciones de las personas y quien, en Estocolmo, en la recepción del Premio Nobel de Literatura que le otorgaron con tanta justicia, aseguró que el más grande logro de su vida había sido marcar un gol de tiro libre cuando su equipo perdía uno por cero, faltando cinco minutos para el fin del partido.

Otro caso que quería destacar, con fervor, era el del cineasta italiano Pier Paolo Pasolini, quien en un ensayo llamado El fútbol es un lenguaje con sus prosistas y sus poetas, equiparaba al balompié con la semiótica. «El fútbol es un sistema de signos, o sea, un lenguaje. Tiene todas las características fundamentales del lenguaje por excelencia, al que nosotros nos hemos remitido como término de comparación, esto es, el lenguaje escrito-hablado». Se refería a este juego del mismo modo en que Ferdinand de Saussure se refería a la lengua, el lenguaje en sentido estricto. Y bromeaba, para aterrar a Noam Chomsky: «…el conjunto de las “palabras futbolísticas” forma un discurso, regulado por auténticas normas sintácticas».

Me encandilaban las ideas de estos destacados futbolistas poéticos. Sin embargo, ahora que puedo abordar este tema, debo prescindir de sus premisas al encontrarme en los terrenos de la nostalgia, pues esta es mi carta de renuncia a mi fanatismo futbolero. Las personas más oportunas, tal vez las más apasionadas, y de pronto aquellas que poca idea tienen del deporte, dirán que este desenamoramiento proviene de tener el corazón roto por la derrota de esta semana por el penúltimo partido de la eliminatoria a Rusia 2018, frente a una insípida selección paraguaya. Pero, en realidad, mi decepción por el fútbol, por la Selección Colombia, empezó en las vísperas del 2 de octubre de 2016, el día en que como país perdimos el partido más importante de los últimos años: el partido contra la ignorancia, contra el cinismo y la violencia. Mientras duraron las campañas por el y por el No, día tras día, esperé el pronunciamiento de alguno de los jugadores acerca del plebiscito. Quería confirmar si en nuestro país, también de ellos, iba a aparecer un verdadero líder de barrio que aprovechara su protagonismo mediático para apostarle a la paz.

Sabía que uno podía esperar esto y más de un futbolista; recordaba el caso de Didier Drogba, el talentoso delantero de la Selección de los Elefantes, de Costa de Marfil, que en octubre de 2005 se clasificaba por primera vez a un mundial de fútbol. Cuando la mayoría de personas de su país estaba viéndolo por televisión, este jugador tomó la vocería e imploró el fin de la guerra civil que ultrajaba a su pueblo desde hacía cuatro años: «Ciudadanos de Costa de Marfil, del norte, sur, este y oeste, les pedimos de rodillas que se perdonen los unos a los otros. Perdonen. Perdonen. Un gran país como el nuestro no puede rendirse al caos. Dejen las armas y organicen unas elecciones libres». El gobierno y los rebeldes, una semana después, acordaron un cese al fuego que se volvió definitivo dos años más tarde. Entonces, el mismo Drogba organizó en Bouaké, una ciudad ocupada por la oposición, un partido de la selección. El presidente del país y el líder de los rebeldes asistieron y cantaron su himno nacional uno junto al otro. El fútbol había traído el fin de la guerra e inauguraba la unidad.

Esperaba algo similar de parte de alguno de nuestros futbolistas, pero sólo encontré lo mismo que en la mayoría de votantes y organizadores del No: pechos fríos frente a la dignidad humana. De modo que, desde esa época, desde ese octubre, ya sé que el peor enemigo de los colombianos somos los colombianos mismos.

Por esta razón, sumada al hecho de que el fútbol pone en evidencia lo peor de nosotros: la violencia, la irracionalidad, el poder justificado en la rivalidad, la enfermiza y deplorable xenofobia, y el machismo, yo entrego la camiseta de mi fanatismo.

Tal vez algún día pase por una cancha vacía, tal vez por la misma que ayudó a fundar mi padre en la vereda Partidas, la tierra de mi infancia, donde él fue arquero aficionado y me enseñó –sin pretenderlo– a amar este deporte, donde vi a Roberto Baggio, a través de un televisor a blanco y negro, errar un penalti definitivo en la final del mundial de Estados Unidos 94. El jugador baja la mirada al mismo tiempo que los brazos mientras las lágrimas afloran, reconociendo la extensa amargura que proviene de una ínfima equivocación, y las cámaras, indiferentes, lo eliminan de la transmisión, del mundo, para enfocar al Brasil victorioso. Y, entonces, que la nostalgia, esa asesina azarosa, haga lo suyo conmigo, porque yo no puedo cargar más el peso de la incoherencia.

Hay ideas que mueren de pronto adentro de uno y lo van infectando todo; uno las lleva consigo por cariño o terquedad hasta que lo matan. No se puede querer construir comunidad alrededor del fuego del lenguaje, no se puede creer en la educación y la literatura como herramientas de reconciliación social cuando se sigue escarbando en busca de una brizna de belleza e inteligencia en los hondos pantanos del fútbol.

Como parte del equipo de los cojos de espíritu –con José Sbarra de capitán– conformado por quienes tenemos los sueños hartos de derrotas, de quienes no tuvimos hijos, los solitarios, los que no compusimos sinfonías, los que no supimos hacer estallar en colores nuestra tristeza, renuncio como hincha de la Selección Colombia, entrego la camiseta de mi fanatismo, mi camiseta azul de hincha de El Dorado, y me retiro a defender los incontables colores de la palabra.

twitter.com/amguiral

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