El Peatón

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Camino de herradura

Super Luna. Foto: D4E en Flickr.
Foto: D4E en Flickr.

«Esa luna hijueputa quién pudiera bajarla a piedra».

Después de decirlo se detuvo haciéndome evidente su cansancio. Le animé a andar mostrándole las pequeñas luces en la montaña.

—Quizá sean la señal de que no pasaremos la noche en el monte, o como huéspedes de las vacas que duermen en algún establo.

En el camino de herradura nuestros débiles pies eran agua y blandura. Cada vez que miraba hacia atrás veía su cara afrentada por el llanto. Sólo en la entrada de una fonda pude verlo con un poco de sosiego.

—¿Sabe qué nos va a pasar si nos alcanzan?—, me preguntó de pronto.

—Qué nos van a alcanzar, hombre— le dije. En este momento ni deben intuir que nos volamos.

—Lo saben y nos siguen. Deberíamos regresar.

—¿Está loco? Entremos, mañana será otro día.

—Deberíamos regresar—, insistió.

Atrás, la noche nos mostraba la incertidumbre. Delante, la puerta de la fonda nos hacía una pregunta.

—¡Qué nos van a alcanzar!—, le dije. Cuando sepan de nuestra ausencia habremos llegado a la ciudad.

 —Nos siguen. El trote… puedo oír cada bota, una por una. Puedo oírlo. La textura de ese sonido es como la del cristal de un ataúd.

Al fin entramos. Sólo había una habitación disponible. Nos acostamos con los morrales, vestidos. Aguardamos el sueño con los ojos más abiertos que nunca. De vez en cuando yo entraba al baño sin ninguna intención; la pequeña ventana ubicada en lo alto de él fue lo que me produjo la idea.

De un momento a otro empezamos a oír la llegada de los persecutores. Su trote. También yo pude oír las botas, una a una.

Lo invité al baño. —¡Rápido!

¿Sí ve que nos seguían?—me dijo saltando de la cama y colgándose el morral. Andaba de un lado a otro.

Le pedí silencio. Al ladrido de los perros encarnizados se unieron los disparos y los gritos. Se escuchó que irrumpieron en el salón de la entrada. Quizá quien atendía les dijo dónde dormíamos porque los oímos subir rítmicamente.

Vio la ventana y, a lo lejos, esa luna que lo atormentaba.

Un golpe que derribó la puerta. Vieron la cama donde nadie había dormido y al seguir el rastro de la sangre hallaron el cadáver de uno de los fugados.

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