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El tonito periodistas, el TONITO

Por: Laura Camila Arévalo Domínguez

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¿Qué estudias?, ¿Ya estás trabajando en eso?, ¡Uy!, tu carrera es muy complicada en el mundo laboral, ya hay demasiados. Esas y doscientas frases más son las que se repiten a diario en los oídos de miles de estudiantes universitarios que están cursando un pre grado, pos grado, maestría o alguna opción que alimente más el capital intelectual de la tan importante hoja de vida. El o la cuestionada responden.  Al fin y al cabo es normal que les pregunten esas cosas y seguramente están inquietos por el futuro de la juventud. Se limitan a responder cualquier cosa. Lo primero que los saque de la pregunta incómoda y finalice la conversación.

Todo se complica cuando al que le preguntaron no solo no le interesa responder, sino que no tiene ni idea. Supuestamente todos los seres humanos pasamos por esto y la crisis de las dudas y la desorientación es natural, pero lo realmente grave es cuando ese estado de interrogantes desbordados se potencializa con los guías en las academias, y me refiero a algo más que los libros.  Es decir, cuando las personas encargadas de dictar las clases, antes de ayudar a explorar para encontrar respuestas, levantan los muros y aumentan las limitaciones y miedos que se sienten al no encontrar el sendero que se supone ya debieron ubicar hace un buen tiempo.

Hace poco estuve en una charla que un periodista y escritor dio en la universidad. Asistí porque me gusta cómo piensa, escribe, y sobre todo, me gusta cómo lo dice. Al auditorio asistieron los estudiantes inscritos a la clase que dicta la profesora que lo invitó, algunos otros que se enteraron y yo. Fernando Araújo Vélez, el invitado, comenzó a hablar de sus motivaciones al escribir, de su novela, de los temas sobre los que ha escrito, de sus odios, amores y venganzas. Él hablaba y a medida que iba pronunciando palabra, yo sentía que los sablazos eran más fuertes. Sus convicciones las iba mencionando y sobre todo, las iba lanzando como cuchillos a diestra y siniestra; y a pesar de su radicalismo en algunos temas y su dureza, me puedo quedar horas frente a él recibiendo todas las punzadas con gusto.

Araújo hablaba, se callaba, un estudiante levantaba la mano, formulaba su pregunta y él respondía. Esta fue la dinámica durante casi dos horas en las que estuvimos ahí reunidos. Yo fui a esa charla no solo a escucharlo a él, sino a observar qué ocurría con el resto de nosotros. Llenos de dudas y sedientos por respuestas, lo cuestionaron por los géneros que usa en sus textos, la forma en la que escribe, los manuales que leyó y sobre todo, pidieron luces para escribir bien. Mis compañeros querían que él, de alguna forma, les iluminara el camino para la próxima vez que tuvieran que escribir. Yo callada, me acomodaba y me desacomodaba, esperando atenta sus respuestas. Dijo que no podía responder eso, que encontraran su camino y que no había una fórmula mágica y menos específica para escribir bien. Que leyeran y escribieran siempre, que a medida que iban pasando los textos, los días y las experiencias, lo harían mejor, pero a su manera, no conforme a los manuales y las formas que le pedían responder.

Lo que iba ocurriendo no me sorprendía, sabía lo que iba a pasar y sentía alivio y felicidad cuando confirmé que todos estamos en busca de mejorar nuestras ideas plasmadas en textos. Todos queríamos escribir y eso es más que refrescante. Lo que más me gustaba eran las respuestas del escritor y periodista ahí sentado, las cuales para mí eran más municiones para mis ofensivas contra las injusticias, abusos y confusiones. Mientras él hablaba, yo pensaba en los profesores que había tenido, en sus discursos reiterados. Por dentro me controlaba para no levantarme y pedir que  alguno de ellos me explicara cómo se supone que nos íbamos a dar cuenta,  si en clase nos dicen todo lo contrario.

Todo ese auditorio paga un semestre para hallar luces y sentirse un poco más seguro a la hora de escribir la historia de alguien, una noticia o una idea, ¡UNA IDEA DE ELLOS!, la cual en clase nos desbaratan corrigiéndonos el género, la forma, las palabras,  y no es por lo que discuto. Discuto porque lo que más me confunde es que nos nos corrigen el tono.  No me alcanzan los dedos contando las veces en que me han dicho que le baje al tono, que la irreverencia puede verse hasta ridícula y que deje ser tan obstinada, que tome distancia. “Arévalo, bájele a la indignación que eso no es periodístico”.

No quiero que al leer esto se confundan. No me opongo a que me corrijan, de hecho le muestro mis textos a las personas que sé que me van a fulminar y lo han hecho sin ningún tipo de consideración, pero nunca esperando que sea más suave, sino un poco más clara, descriptiva, focalizada para que  lo que esté intentando decir sea claro y logre su objetivo, atrapar al humano que tenga en sus manos el texto.

La universidad se encarga de prepararnos para ser más profesionales y escribir bien, para que demos la información justa y necesaria, para que contemos lo que pasó y nos limitemos a eso, y creo que puedo hacerlo. Puedo contar y ser responsable con los hechos contando: quien, cómo, cuándo, dónde y por qué, y creo que para estos casos yo también creería que esos grados de objetividad son necesarios,  ¿pero solo entonces puedo aprovechar mi sitio en el mundo y mi profesión para hacer textos bien escritos?

Pueden concluir que mi indisposición no solo se dirige entonces a la academia, preocupada por las formas y el tono, sino también entonces a esas salas de redacción que esperan más periodistas que se quiten por un momento las experiencias de sus vidas para escribir a distancia. Si las universidades están solamente preocupadas por el tono y todas las formas que debe contener un texto, no imagino a las salas de redacción, atentas a que no se meta ningún rebelde que quiera adherirle a sus textos un poco de él.

Yo puedo ser responsable con los hechos y la información, pero también quiero poder escribir textos donde la gente me lea y conozca de mí. Ojalá tuviéramos más facultades corrigiéndonos las formas, sí,pero sobre todo, guiándonos para que en nuestros textos la gente pueda entender, vibrar y sobre todo, logre vernos. Apoyo que seamos escritores de calidad, cuidando nuestra gramática, ortografía y estructura, pero sobre todo, apoyo y lucho porque nos dejen publicar y comiencen a esperar textos donde el lector, el sagrado lector, tiemble.

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