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Manual para dejarlo ir

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Por: Mariángela Urbina Castilla

Lo dejé ir esa primera tarde en la que me detuve en la luz roja del semáforo de la esquina más cercana a mi casa. Era verano. Y qué verano. Stop. No se confundan. Claro que siempre me detengo físicamente en la luz roja de los semáforos cuando conduzco el Volkswagen lila, hermoso y con sillas de cuero que terminó de consolidarme como un encanto. El encanto. En la esquina hay una intersección en la que, de hecho, me detengo mucho. Tal vez más de lo que toca. Vienen los carros por la izquierda, otros por la derecha y los que van derecho hacia ¿el norte? Norte, oriente, occidente. Whatever. Yo sé que voy al sur. En la intersección de la esquina antes de llegar a mi casa, pauso la vida para preservar mi vida. Pauso todo: el qué estoy haciendo en Missouri, y si vale o no la pena. Pausa. El si me compro el shampoo sin sal que hace maravillas y vale el triple. Pausa. El si será bueno volver eventualmente al pelo rubio\tonto que dejé en Colombia. Pausa. Me sentaba tan rico allá, pausa, habría sido un desastre en Missouri, pausa, en donde les encanta esta raíz castaña que me llega a la cintura. Pausa. Lo pauso también a él: ¿Le tocará o no escribir esta noche? Me dejó en visto la última vez. Cómo irán sus miedos. Qué tan grave andará por estos días su pavor inmanente al compromiso y qué tan comprometedor le parecerá el mensaje que quiere escribir y no se atreve, y qué tan comprometida le parece que estoy yo, que tengo un Volkswagen y soy un encanto, y qué tan absurda le parecerá hoy, en la noche, la idea de una relación a distancia. Shhh. Mute, que voy manejando. Vienen los carros. Me acerco al volante. Siento miedo y lo siento en el vientre bajo, a lado y lado del vientre bajo. Ahí abajito le da el miedo a uno.

Nadie se quiere morir en Missouri. Cómo no me va a dar miedo en los ovarios al manejar mi Volkswagen en una intersección, si es que estoy en Missouri. Semejante insignificancia. Prefiero morirme en Colombia, sí, ya sé, aún más insignificante, pero al menos pasan cosas. Detenerme en la intersección es lo que tengo que hacer para no morir. Ahora bien, y aquí viene mi punto, nunca me detengo como quien se detiene, sino como quien sobrevive.

Eso cambió el día que lo dejé ir. El día que lo dejé ir me detuve como quien se detiene. Me ayudó la reparación de la calle conjunta que provocó un tráfico eterno e inusual en esta zona.

Freno. Tomo la palanca automática de cambios, pongo el carro en neutro, y miro el atardecer rojo, rojísimo, que baña la mitad de mi cielo. Se me encharcan los ojos ante tanta inmensidad: el atardecer, la independencia, la independencia adulta en Missouri, la belleza de la gringuez. En la radio de mi carro suena la canción del tipo que se tomó una pastilla en Ibiza y dice que nadie quiere estar tan high como él y que bajarse de la montaña rusa es duro y entonces pienso que detrás de esas canciones comerciales tan producidas hay tremendo trabajo. Pienso que de verdad nos damos garra en Bogotá, inventando que en Colombia tenemos los mejores paisajes del mundo.

Traía las ventanas abajo, porque en mi Volkswagen no hay aire acondicionado y mejor. Qué delicia sentir la brisa. Giro mi cabeza hacia la derecha y ahí está, con una pañoleta negra y unas Ray Ban, tipo piloto, de color café. Es una mezcla de Kurt Cobain y Matthew Mcconaughey. La cara del primero. El cuerpo del segundo. Va andando en una Harley preciosa que no hace ruido, porque está en el mismo semáforo trancado que a mí me permitirá seguir derecho y a él le permitirá cruzar a la izquierda, cuando al fin nos den el paso.  Me está mirando, no sé hace cuanto, pero me mira y me dice que una de mis llantas está rota y que es peligroso y que bueno, que yo voy a necesitar su ayuda. He soñado con que me dijo “you’re gonna need my help, baby”. Pero solo dijo, “you’re gonna need my help” y luego dijo que si me dejaba ayudar. O que me dejara ayudar. No fue una pregunta.

Sonrió. Sonreí. Me vi paseando en esa Harley el resto del verano. Enloquecida. Me vi siguiendo derecho, y a él siguiéndome después de que yo le dijera, sí, ayúdame aquí abajito. Me vi quitándome la ropa esta tarde, en mi cuarto, porque estábamos bien cerca de mi casa. Lo vi una semana después tocándome la guitarra y cantándome, porque fijo este hombre toca y canta, y me vi yo tocándole los abdominales que tiene por debajo de la camiseta blanca. Me vi saliendo con él no solo en el verano, sino en la primavera, porque yo sentí con esa sonrisa un timbrazo interesante. Ya sé, mirándolo así, por la ventana, que no me quiere desvestir y ya. Que no lo quiero desvestir y ya. En el invierno, estaré arrunchada en su apartamento y luego, más luego, cuando se acerque el verano de nuevo, dirá que soy un encanto y que no quiere que me vaya, que tengo un Volkswagen lila con sillas de cuero, come on. Dirá que no va a dejarme ir, que yo no puedo simplemente graduarme de mi curso de inglés, largarme y dejarlo, que no quiere ser mi pasatiempo en Gringolandia, que no quiere ser mi paréntesis. I don’t wanna be your American distraction, dirá. Que además qué putas voy a hacer yo en Colombia, donde ni siquiera tenemos dishwasher. Que nos casemos.

Cierro la ventana. Reviso el celular. Escribo:

—A mí no me parece tan grave una relación a distancia. ¿A ti?

Enviar.

La luz cambia a verde y un oficial de tránsito nos autoriza el paso. Sigo derecho y lo veo por el espejo del lado del copiloto cruzarse de brazos. Enciende la moto, gira a la izquierda.

Y se fue.

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