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Amigdalitis aguda

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Por: Mariángela Urbina

Después de vos, perdí la voz. Me he preguntado si existe la eutanasia cuando se pierde la voz.

Viniste a mi casa y me pediste quedarme. Dijiste que después de tu mamá, yo. “Podemos salir de esto”, me prometiste. Te miré y pensé que moría un poco. Te dije que me estaba muriendo un poco, pero que tenía que irme, para no morirme del todo. Entonces te fuiste de mi casa, para dejarme ir.

Los primeros días no pasó nada extraño. Leí. Vi televisión. Te pensaba en las esquinas con la tranquilidad profunda de saberme bien y saberte bien. Escuché que habías vuelto a nadar y a pintar en tus ratos libres Tú viste en fotos que yo volví al caos de la vida antes de ti, que es desastroso, pero entretenido. Le dije a mi única amiga del corazón: “oiga, yo creo que ya casi vuelvo a mí”. Una semana después, cuando pensaba que iba a poder con esto como puedo con todo, me quedé sin voz.

El nudo en la garganta del que habla el mundo, cuando se va el amor, no es un nudo metafórico en mi caso. Las metáforas suelen esconder imágenes bonitas. Pero mi nudo en la garganta es de verdad y es asqueroso. Es amarillo. Redondo. Viscoso. Son varios, en ambas amígdalas. Y duelen. Los primeros días, el dolor me cortaba la respiración, pero no lo suficiente como para verme obligada a consultar un doctor.

Entonces salí en las noches, intentando esconder mi garganta del dolor. No fue una buena idea. La garganta va conmigo. No hay manera de esconder una garganta que va conmigo. No hay manera de bailar con una garganta que va conmigo. No hay manera de tragar con una garganta que va conmigo. No hay manera de hablar con una garganta que va conmigo sin ti.

La garganta me dolió para recordarme que no estoy lista para la vida, porque si a mí me duele la garganta, me duele todo. Decidí no volver a hablar y tú sabes que cuando yo no hablo, me muero. Me he convertido en una mujer que no habla. Ya era hora. ¿Te acuerdas cuando hablaba mucho? Empezaba historias muy largas con imágenes muy cortas. Me decías: “a veces siento que no puedo seguirte, porque te pones muy densa, muy metafórica”.

Tu pregunta, podía ser, simplemente, “¿desayunaste hoy?”. Yo me soltaba a hablarte de las tostadas con miel de maple que pedí en la panadería esa mañana y luego me acordaba de la conversación que tuve con la mesera, que a su vez me acordaba del ensayo que estoy escribiendo en el que hablo de sexo y amores y mujeres. Y que a su vez me recordaba mi trabajo, que es más aburrido que el ensayo. Hablaba por horas del trabajo y del ensayo. Y mi trabajo te llevaba a la angustia. Y el ensayo también.

Mi trabajo, el de los horarios flexible-demandantes-inciertos-agotadores en la agencia de publicidad. Mi trabajo, el que duerme poco. Y tú decías, “yo no quiero verte solo los fines de semana”. “Yo no me soporto a esa gente choco chévere que hace anuncios para Coca Cola y sabe de metáforas y con la que tú te la pasas todos los días”. Tú decías que yo sé de metáforas y que tú no sabes. No es cierto. Te di discursos enteros sobre cómo armas metáforas hermosas sin darte cuenta.

Miraba tu genialidad absoluta sin entender por qué tan asustado. A ver. A ti no te tocó lidiar con rechazos, bebé. Tú has tenido todo lo que quieres, todas las que quieres y con las que no has estado ha sido porque no quieres. Porque tienes unos crespos divinos y unas nalgas divinas y un tatuaje que te atraviesa el torso, arranca en el brazo y llega a la ingle y yo me muero por morderte el tatuaje cada noche. Eres estereotípicamente bello, en Paisalandia, en Bogotá o en la Grecia Antigua donde había muchos hombres bellos que iban a los gimnasios a estudiar y a cultivar el cuerpo. Te pareces a ellos.

Besas rico las orejas. Besas rico en todas partes. Me has regalado los mejores regalos posibles, la matica, la muñeca, la carta en papel antiguo en un sobre sellado con un sello de lacre, de color lila, con forma de libélula y con mi Helena marcado. Sabes que no me gusta mi segundo nombre y que solo me gusta este, porque así se llamaba mi abuela. Entonces me nombras como me gusta: Helena. Y a nadie le suena mi nombre como a ti te suena.

Eres medio filántropo. Observas, escuchas, sonríes y cuando sonríes, el mundo tiene que detenerse para mirarte. La clave del WiFi de tu casa es Felicidad. Primero solo “Felicidad” con la “F” en mayúsculas, luego “Felicidad2”. La felicidad, la secuela. La felicidad una y dos son tuyas. Y la tres, segurito. Todas las felicidades te pertenecen.

Además, la gente de la agencia de publicidad es aburrida y de mentiras. Tú te frustras porque no te pareces a ellos, pero no has querido entender que lo que me gusta es que no te pareces a ellos. Ya sé que yo también comento sus fotos en Instagram, diciendo, “I love you” y ellos me dicen “I love you” a mí, en agradecimiento, y entonces parece que somos todos iguales. Pero la verdad es que no ahí no hay ni love, ni nada. Entre nosotros, en cambio, hay más que eso, hay amor, en español.

Aquí estoy, muriendo de amigdalitis aguda y lo único que extraño eres tú. Y la comida.

En la clínica he desaprendido a comer. Me trajeron una gelatina, y un caldo, sin nada. Agua con sabor a pollo. Todavía no pasa nada por el conducto (¿conducto?) de la garganta. Tú y la comida me hacen mucha falta, pero hoy, si me pusieran a escoger, entre la comida o tú, te escojo a ti. Tal vez mañana, con más hambre, escoja la comida.

La gente me dice en el trabajo que las amigdalitis no son tan graves. Me tocó hacerles llegar la historia clínica completa, para demostrarles que tengo un suero amarrado a mi brazo y que los antibióticos no quieren hacer efecto.

Dicen que no hay eutanasia para la amigdalitis. Amig. Amiga. Yo le dije a mi mamá, para calmarle la angustia, que la amigdalitis es una amiga. La amiga que me ayuda a llorarte. Son nudos, nudos por los que me van a abrir la garganta. La verdad, no quiero que lo hagan. Quiero que los nudos se me queden para siempre. Son nudos de verdad, bebé. Te prometo que no son metáforas. Cuando digo nudos, me refiero a nudos, tal cual como son los nudos. Y amo a mi amiga. Porque entonces me dueles aquí donde solo tú podías dolerme: en el silencio, en mi silencio. Me dueles sin metáforas. Me dueles de verdad. Me dueles en las palabras que defendí y por las que me fui de vos, y que ahora ya no salen.

 

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