El Hilo de Ariadna

Publicado el Berta Lucia Estrada Estrada

ORLANDO SIERRA, DESCANSA EN PAZ

Amigo, puedes descansar en paz. La sombra siniestra que te segó la vida, y que nos dejó a todos los manizaleños un poco huérfanos, por fin pasará el resto de su vida en la sombra de una mazmorra. *

Todos tus asesinos van siendo capturados, ninguno se escapa a la justicia:

http://www.elespectador.com/noticias/judicial/capturan-eeuu-condenado-crimen-del-periodista-orlando-s-articulo-677072

A MI AMIGO ORLANDO SIERRA HERNÁNDEZ

Nota: Esta reseña sobre Orlando la publiqué el 26.12.2013, y ahora vuelvo a hacerlo como un homenaje al hombre cálido y a la mente brillante que fue Orlando Sierra Hernández.
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El 30 de enero de 2002 un sicario le disparó a mi amigo Orlando Sierra Hernández, Subdirector del diario La Patria de Manizales. El 1 de enero de ese mismo año había perdido a mi hermano, luego de una serie de desastrosas operaciones que tenían como objetivo curarle un cáncer terminal que se lo había comido a pasos de gigante sin que él mismo se hubiese dado cuenta del enemigo que albergaba en su esófago.

Fue Carlos Arboleda Gonzalez, Director del Instituto de Cultura de Caldas para ese entonces, quien me dio la noticia: -A Orlando le dieron dos disparos en la cabeza. Sé que no dije nada. Nunca he olvidado esa frase y lo que yo sentí. Un enorme grito salió de mis entrañas y se quedó atorado en mi garganta. Aún hoy, casi 12 años después, sigue ahí, sin salir. Pensé: -Le han dado en la cabeza, en lo más grande que él tiene. Dos días después moría.

Doce años después lloro sus muertes. Eran dos hombres que yo amaba, con amores diferentes. Uno era el amor filial y el otro la amistad, abierta, transparente, honesta.

Orlando tenía una inteligencia única, de esas que pocas veces encontramos en nuestras vidas. Era lúcido, brillante, culto -con una cultura enciclopédica-, un gran lector y un gran conversador.

Era un duende maravilloso, poseía un gran sentido del humor. Estar con él, así fueran cinco minutos –ya que siempre estaba ocupado- era reírse a carcajada batiente; siempre tenía algo para decir que hiciera sentir a su interlocutor como la persona más importante en el universo.

Pero también era crítico y analítico, no dejaba nada en el tamiz de sus escrutinios. Decidió poner el dedo en la llaga de un departamento que desde los años 80 no ha dejado de conocer el látigo de la corrupción y de la politiquería barata; sobre todo la de tres seudos políticos de baja estofa que hicieron de las arcas del departamento sus alcancías personales. Uno de ellos está muerto, el otro se pasea por las calles tranquilo, con aire burlón y cobrando una millonaria pensión del Senado después de haber desvalijado a Caldas, y el otro lleva en sus hombros un historial delictivo que heredó uno de sus vástagos. No sé cómo se miran a la cara. Lo que uno desea para sus hijos es una herencia de honestidad y trabajo, no de corrupción ni de ambición sin medida. Desafortunadamente esa ha sido un poco la historia de este país de electores que se dejan comprar por una teja -o en el mejor de los casos por un almuerzo- sin ponerse a pensar que no es el minuto siguiente el que hay que resolver, sino la vida entera y la vida de los hijos de los hijos.

Orlando intuía lo que iba a pasarle. En una de sus publicaciones, que rivalizaban con un huracán, le pregunté si no le daba miedo, le dije que era muy valiente, me respondió: – No, no lo soy. Sé con quién debo medirme. En este caso concreto hablaba de un intelectualoide que ha dedicado gran parte de su vida a hablar mal de los escritores. Esa sabia frase se le olvidó muy pronto cuando decidió tomar pulso con la vagabundería que se había tomado los pasillos de la Asamblea de Caldas desde hace más de tres décadas.

Ayer un juez, de eminente no tiene nada, dejó en babia el proceso que se adelantaba por el asesinato de uno de los ciudadanos más ilustres que ha tenido Caldas,y de uno de los mejores periodistas de Colombia. No obstante, me pregunto,¿podrá el asesino, al menos el que dio la orden de matar a Orlando, dormir en paz?
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* Hoy, 25.06.15, puedo escribir:

Amigo: Ese hombre, Ferney Tapasco, el mismo que le ha hecho tanto daño a Manizales y Caldas, el que segó tu vida, ya ha sido condenado a 36 años de cárcel. Eso no te hace regresar a nosotros, ni a tu amado periódico La Patria, pero al menos podemos dormir tranquilos sabiendo que se hizo justicia.
Descansa en paz querido amigo, siempre tendrás mi aprecio y admiración; así ahora tenga los ojos llenos de lágrimas, sigues aquí, en el centro de mi intelecto y de mi cariño.

En cuanto a Tapasco, el otrora todopoderoso, no por su inteligencia y cultura, que no las tiene, sino por el círculo mafioso que creó a su alrededor, huía como el cobarde que siempre ha sido. Es muy fácil dárselas de macho enfurecido cuando se tiene un revólver en la mano y cientos de sicarios alrededor. Otra muy diferente es cuando la justicia falla en su contra y lo declara culpable por el asesinato de Orlando Sierra; recuérdese que no es el único muerto que cabalga sobre sus espaldas de viejo decrépito. Esta condena es también una enorme montaña de lodo que cae sobre los políticos y contratistas que hicieron fortuna bajo su sombra siniestra. ¡Qué verguenza! Sin olvidar que otros cobardes siguen sus pasos, como Hoyos y los Zuluaga. Hay balas que se disparan de muchas otras formas y convertirse en un traidor a la Patria es una forma terrible de disparar una ametralladora o un cañon de extrema potencia.
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A MI AMIGO ORLANDO SIERRA HERNÁNDEZ

Nota: Esta reseña sobre Orlando la publiqué el 26.12.2013, y ahora vuelvo a hacerlo como un homenaje al hombre cálido y a la mente brillante que fue Orlando Sierra Hernández.
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El 30 de enero de 2002 un sicario le disparó a mi amigo Orlando Sierra Hernández, Subdirector del diario La Patria de Manizales. El 1 de enero de ese mismo año había perdido a mi hermano, luego de una serie de desastrosas operaciones que tenían como objetivo curarle un cáncer terminal que se lo había comido a pasos de gigante sin que él mismo se hubiese dado cuenta del enemigo que albergaba en su esófago.

Fue Carlos Arboleda Gonzalez, Director del Instituto de Cultura de Caldas para ese entonces, quien me dio la noticia: -A Orlando le dieron dos disparos en la cabeza. Sé que no dije nada. Nunca he olvidado esa frase y lo que yo sentí. Un enorme grito salió de mis entrañas y se quedó atorado en mi garganta. Aún hoy, casi 12 años después, sigue ahí, sin salir. Pensé: -Le han dado en la cabeza, en lo más grande que él tiene. Dos días después moría.

Doce años después lloro sus muertes. Eran dos hombres que yo amaba, con amores diferentes. Uno era el amor filial y el otro la amistad, abierta, transparente, honesta.

Orlando tenía una inteligencia única, de esas que pocas veces encontramos en nuestras vidas. Era lúcido, brillante, culto -con una cultura enciclopédica-, un gran lector y un gran conversador.

Era un duende maravilloso, poseía un gran sentido del humor. Estar con él, así fueran cinco minutos –ya que siempre estaba ocupado- era reírse a carcajada batiente; siempre tenía algo para decir que hiciera sentir a su interlocutor como la persona más importante en el universo.

Pero también era crítico y analítico, no dejaba nada en el tamiz de sus escrutinios. Decidió poner el dedo en la llaga de un departamento que desde los años 80 no ha dejado de conocer el látigo de la corrupción y de la politiquería barata; sobre todo la de tres seudos políticos de baja estofa que hicieron de las arcas del departamento sus alcancías personales. Uno de ellos está muerto, el otro se pasea por las calles tranquilo, con aire burlón y cobrando una millonaria pensión del Senado después de haber desvalijado a Caldas, y el otro lleva en sus hombros un historial delictivo que heredó uno de sus vástagos. No sé cómo se miran a la cara. Lo que uno desea para sus hijos es una herencia de honestidad y trabajo, no de corrupción ni de ambición sin medida. Desafortunadamente esa ha sido un poco la historia de este país de electores que se dejan comprar por una teja -o en el mejor de los casos por un almuerzo- sin ponerse a pensar que no es el minuto siguiente el que hay que resolver, sino la vida entera y la vida de los hijos de los hijos.

Orlando intuía lo que iba a pasarle. En una de sus publicaciones, que rivalizaban con un huracán, le pregunté si no le daba miedo, le dije que era muy valiente, me respondió: – No, no lo soy. Sé con quién debo medirme. En este caso concreto hablaba de un intelectualoide que ha dedicado gran parte de su vida a hablar mal de los escritores. Esa sabia frase se le olvidó muy pronto cuando decidió tomar pulso con la vagabundería que se había tomado los pasillos de la Asamblea de Caldas desde hace más de tres décadas.

Ayer un juez, de eminente no tiene nada, dejó en babia el proceso que se adelantaba por el asesinato de uno de los ciudadanos más ilustres que ha tenido Caldas,y de uno de los mejores periodistas de Colombia. No obstante, me pregunto,¿podrá el asesino, al menos el que dio la orden de matar a Orlando, dormir en paz?
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* Hoy, 25.06.15, puedo escribir:

Amigo: Ese hombre, Ferney Tapasco, el mismo que le ha hecho tanto daño a Manizales y Caldas, el que segó tu vida, ya ha sido condenado a 36 años de cárcel. Eso no te hace regresar a nosotros, ni a tu amado periódico La Patria, pero al menos podemos dormir tranquilos sabiendo que se hizo justicia.
Descansa en paz querido amigo, siempre tendrás mi aprecio y admiración; así ahora tenga los ojos llenos de lágrimas, sigues aquí, en el centro de mi intelecto y de mi cariño.

En cuanto a Tapasco, el otrora todopoderoso, no por su inteligencia y cultura, que no las tiene, sino por el círculo mafioso que creó a su alrededor, huía como el cobarde que siempre ha sido. Es muy fácil dárselas de macho enfurecido cuando se tiene un revólver en la mano y cientos de sicarios alrededor. Otra muy diferente es cuando la justicia falla en su contra y lo declara culpable por el asesinato de Orlando Sierra; recuérdese que no es el único muerto que cabalga sobre sus espaldas de viejo decrépito. Esta condena es también una enorme montaña de lodo que cae sobre los políticos y contratistas que hicieron fortuna bajo su sombra siniestra. ¡Qué verguenza! Sin olvidar que otros cobardes siguen sus pasos, como Hoyos y los Zuluaga. Hay balas que se disparan de muchas otras formas y convertirse en un traidor a la Patria es una forma terrible de disparar una ametralladora o un cañon de extrema potencia.
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