El Hilo de Ariadna

Publicado el Berta Lucia Estrada Estrada

NADA QUE OCULTAR, DE GLORIA YOUNG: GÉNESIS O TURBULENCIA DE LA PALABRA

 

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Nota: El ensayo que hoy publico hace parte de la conferencia que dicté el pasado jueves 8 de junio en la Casa de América (Madrid-España), con la presencia de los Embajadores de Panamá y Colombia en España, señores sr. Milton Cohen Enriquez Sasso y  sr. Alberto Furmanski Goldstein.

PRIMERA PARTE

Conocí a Gloria Young en el marco del IX Encuentro Internacional de Mujeres Escritoras en Bogotá en el año de 2010. En esa ocasión el Encuentro estaba dedicado a Matilde Espinosa, una de las más importantes voces poéticas de Colombia. Coincidimos en la presentación de dos trabajos, cada una había escrito un ensayo sobre una poeta de su país. La escuché atentamente, no solo conocía a una escritora de la que nunca había oído hablar, sino que ante mí nacía una mujer, Gloria Young, que con el tiempo se transformaría en una de mis grandes amigas.

Dos años después, en el 2012, Gloria me invitó al X Encuentro que se llevó a cabo en su país natal, Panamá, y del cual era su presidenta. El evento conmemoraba a Diana Morán, la escritora que me había regalado hacía dos años. Desde entonces la magia de su amistad no ha hecho sino enriquecer mi vida.

Gloria Young está hoy a mi lado, y como imagino que habrá algunas personas que no la conocen, o que la conocen poco, voy a permitirme hablar un poco sobre ella, sobre ti admirada poeta Young.

Sé que no le gustan los elogios; sin embargo, no podrá evitar que yo los diga.

Así que comenzaré por una pregunta muy simple y a la vez categórica:¿Quién es Gloria Young?¿Young? Dirán algunos de ustedes, pero si ese apellido no es español…

Y ahí comienza el enigma y la veta insondable que es Gloria Young. Una mujer mestiza como lo somos todos los latinoamericanos e incluso los europeos; es decir como lo somos todos los seres humanos. Gloria Young es descendiente de esclavos africanos, de migrantes europeos, no sólo españoles sino húngaros, y como veremos detenidamente es descendiente directa de lo que se ha denominado la diáspora china.

No temas avanzar lentamente, teme solo detenerte. (Confucio)

Su bisabuelo paterno era originario de Manchuria; para ser más exacta pertenecía a la etnia tungú, uno de los pueblos que se sometieron al dominio de Gengis Khan. Tal vez la insignia que más conocemos de este pueblo es su costumbre de rapar el área frontal del cráneo de los hombres y al mismo tiempo dejar crecer una larga coleta (trenza); lo que también ayudaba a identificarlos en los campos de batalla. Esta etnia tuvo el control de China desde 1654 hasta su caída en 1912, en el período conocido como Dinastía Qing; la cual impuso sus códigos vestimentarios en todo el Imperio.

El bisabuelo de Gloria Young, cuyo progenitor lo entregó a una familia que tenía proyectado emigrar a la Guayana Británica -posiblemente para escapar de alguna hambruna- hizo parte de las primeras migraciones de trabajadores chinos –más conocidos como culíes o coolíes- en el Caribe, llevadas a cabo básicamente a partir de la segunda mitad del siglo XIX.

Aunque hablar de “migraciones” es un eufemismo; puesto que en realidad se trataba mano de obra bajo un régimen cuasi esclavista que en no pocos casos fue el germen de la actual presencia china en los diferentes países antillanos y que venía a reemplazar a los esclavos venidos de África, cuyo mercado comenzaba a ser prohibido.

En el año de 1833 el Imperio Británico es el primero en promulgar una legislación que pretendía combatir dicha infamia; en realidad un crimen de lesa humanidad.

Veamos que dice la literatura sobre esta migración que también ha recibido, como acabo de anotarlo, el nombre de La Diáspora China.

El amor en los tiempos del cólera, de Gabriel García Márquez, describe la Cartagena de Indias de 1895, así como la comunidad china que albergaba; un fresco sociológico que cuenta lo que sucedía en el Caribe decimonónico:

“Nadie creyó que el autor fuera el chino premiado. Había llegado a fines del siglo anterior huyendo del flagelo de fiebre amarilla que asoló a Panamá durante la construcción del ferrocarril de los dos océanos, junto con muchos otros que aquí se quedaron hasta morir, viviendo en chino, proliferando en chino, y tan parecidos los unos a los otros que nadie podía distinguirlos. Al principio no eran más de diez, algunos de ellos con sus mujeres y sus niños y sus perros de comer, pero en pocos años desbordaron cuatro callejones de los arrabales del puerto con nuevos chinos intempestivos que entraban en el país sin dejar rastro en los registros de aduana. 

Algunos de los jóvenes se convirtieron en patriarcas venerables con tanta premura, que nadie se explicaba cómo habían tenido tiempo de envejecer. La intuición popular los dividió en dos clases: los chinos malos y los chinos buenos. Los malos eran los de las fondas lúgubres del puerto, donde lo mismo se comía como un rey o se moría de repente en la mesa frente a un plato de rata con girasoles, y de las cuales se sospechaba que no eran sino mamparas de la trata de blancas y el tráfico de todo. Los buenos eran los chinos de las lavanderías, herederos de una ciencia sagrada, que devolvían las camisas más limpias que si fueran nuevas, con los cuellos y los puños como hostias recién planchadas. Fue uno de estos chinos buenos el que derrotó en los Juegos Florales a setenta y dos rivales bien pertrechados. Nadie entendió el nombre cuando Fermina Daza lo leyó ofuscada. No sólo porque era un nombre insólito, sino porque de todos modos nadie sabía a ciencia cierta cómo se llamaban los chinos.” 

García Márquez deja así constancia de la presencia, a veces ignorada, de las comunidades chinas en el Caribe, y por ende en toda Hispanoamérica. Un desconocimiento producto no sólo de la escasez de fuentes sino de la dispersión de las mismas.

La migración china llegó a las Antillas en la segunda mitad del siglo XIX. La prohibición de 1833, que impedía la importación de esclavos negros del África Occidental, tenía como efecto inmediato  el arribo de coolíes para trabajar en las plantaciones. Esta llegada de un nuevo pueblo engendró un cambio fundamental en la sociedad caribeña. Debido a la gran escasez de mujeres chinas, los nuevos llegados crearon familias con esclavas o hijas de esclavos libertos. Los migrantes chinos no sólo se instalaron sino que se integraron en las diferentes comunidades del Caribe, contribuyendo en gran medida a la gran riqueza étnica y cultural de dicha región.

Pues bien, el bisabuelo de Gloria Young era uno de esos coolies que llegaron en un viejo y destartalado barco a las costas de la Guayana Inglesa. En otras palabras fue uno más de los millones de inmigrantes que llegaron a América; no me refiero sólo a los EEUU, sino al continente, a ese continente que Neruda nos describiera en Canto General; esa oda americana que muchas personas de mi generación no hemos dejado nunca de admirar y de leer.

AMOR AMÉRICA (Pablo Neruda)

Antes de la peluca y la casaca 
fueron los ríos, ríos arteriales,
fueron las cordilleras, en cuya onda raída
el cóndor o la nieve parecían inmóviles:
fue la humedad y la espesura, el trueno
sin nombre todavía, las pampas planetarias. 

Y ese hombre debió haber llegado, como muchos otros inmigrantes de todos los tiempos, con una valija en la que guardaba su mayor tesoro: su lengua, su cultura, el pasado milenario de su pueblo; y allí, oculto, imagino a Po Chi-I (372-427) recitándole a su bisabuelo versos que le recordaran a su amada China:

RETENIDO POR UNA NOCHE EN UNA CALETA
Viajando en barco a Chiang-chou
En la oscuridad me trepo a la margen del río, me paro acá,
[solo:
viento sobre el agua, aire helado -una fresca tarde.
Me vuelvo, miro el bote atracado en la caleta –
entre brotes de cañas y ráfagas, un rayo de luz.

Afortunadamente el bisabuelo de Gloria Young no estaría por siempre solo. Él, al igual que muchos otros de sus compatriotas, encontró el amor y dejó una semilla que se fructifica cada vez más. La tierra pródiga que le dio cobijo ha sabido reproducir una y otra y otra vez la simiente que viajó en una antigua nao.

De esa simiente nació su padre, un hombre probo, trabajador incansable, que junto a otra mujer maravillosa horadaron la tierra en busca de la veta que hizo posible que una vez más las semillas germinasen y saliesen a la luz en su tierra, esa tierra llamada América.

*Nota: Este ensayo será publicado en cuatro entregas. Pueden ver el video de la conferencia en el siguiente vínculo:

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