Corazón de Pantaleón

Publicado el ricardobada

Ruinas romanas

Érase una vez – ¿1976, 1977? – en que mi hijo y yo regresábamos del centro de Colonia al pueblito (entretanto ya barrio) de Weiß, donde vivíamos desde diciembre de 1975.

En la línea de tranvía 16 a Rodenkirchen fuimos charlando con mucho escepticismo sobre nuestra excursión a este mundo ya tan lejos del nuestro, el mundo de Weiß, que se había convertido en el centro de nuestras vidas.

Nos sentábamos en la mitad derecha del vagón, uno frente al otro, y a mi mano derecha viajaba una anciana, vestida como para una visita de cumplido, casi solemne, muy seria: una dama que aparentemente hizo todo lo que pudo para hacernos creer que no estaba interesada en nuestra conversación, para nada en absoluto.

El tranvía se detuvo en la parada de Bayenthalgürtel, y de repente la vieja dama se dirigió a mí de una manera absolutamente inconfundible:

“Colonia ser una ciudad muy antigua”, y añadió: “Antiguos romanos fundar Colonia”.

La miré, con los ojos grandes como platos, pero de inmediato entendí su razón de estar conmigo en infinitivos. Aunque se había comportado como si estuviera ausente voluntariamente de lo que estábamos hablando, se dio cuenta de que yo era un extranjero, mi acento me traicionó sin ninguna duda. ¿Pero cómo es posible que no se diera también cuenta de que yo hablaba alemán con fluidez e incluso era bastante rico en léxico.

Lo que es seguro es que ella se asombró un poco de mi consideración lógica, leìda en mis ojos,  y no tanto de sus palabras, de sus afirmaciones, usando el método del ejemplo y señalándome una construcción al otro lado de la orilla del Rhin, la mayor parte de la cual estaba oculta por los altos árboles, y ella me dijo con una voz triunfante y orgullosa:

“Ruinas romanas”.

“¿Está usted segura?”, le pregunté.

Me miró como si yo fuese un niño grosero que cuestiona lo que dice un adulto.

“¿Está segura de que esa construcción son ruinas romanas?”, le pregunté de nuevo.

“¿Pus qué si no?”, contestó ella, aún muy confiada.

“Verá, llevo viviendo en Colonia varios años y creo poder asegurarle que la construcción que se ve entre los árboles es el monumento a Bismarck”, le dije.

“¿Quéeeeeee? ¿El monumento a Bismarck, dice usted?”

“No sólo lo digo, lo sé con seguridad. Y esa es también una de las primeras razones por las que aprendí a amar a Colonia. Tenga en cuenta que la ciudad no pudo escapar a la obligación de erigir un monumento a Bismarck, pero lo hizo a su manera. Lo erigió en el el extremo sur de la ciudad en ese momento, y lo colocó en la orilla izquierda del Rhin, mirando a la orilla donde ya empieza Siberia, y no contenta con ella, plantó alrededor del monumento unos árboles altos de tan rápido crecimiento que pronto lo escondieron. Creo firmemente que las ciudades se saben expresar a través de su arquitectura”.

La anciana me miraba ahora con ojos que se hacían cada vez más grandes con la revelación, y finalmente me dijo, sin infinitivos:

“No se lo va a creer, pero toda mi vida he estado convencida de que eso eran ruinas romanas”.

Desde entonces, no ha habido muchas ocasiones en las que mi hijo y yo hayamos pasado juntos por delante del monumento, pero cada vez que lo hacemos, nos miramos sonriendo y diciendo al unísono:

“Ruinas romanas”.

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