Corazón de Pantaleón

Publicado el ricardobada

Herman Braun-Vega

Hace años, de camino a Holanda en el tren de Colonia a Ámsterdam, a nuestra derecha, al otro lado del pasillo, viajaba un hombre joven con la computadora portátil abierta ante sí, y los auriculares de un walkman taponándole los oídos. Sentado frente a él, en diagonal, un viejo holandés de cara como sacada de un cuadro de El Bosco, pantalones de recia pana, camisa a cuadros, chaqueta de un corte anticuado, y leyendo un libro alemán asimismo de antigua data, lomo de piel y filetes dorados, ¡y todavía en alfabeto gótico! Casi parecía que estuvieran posando para un cuadro del peruano Herman Braun–Vega, como los que habíamos visto pocos días antes en París, en una exposición de su obra en  la Maison de l’Amerique Latine.

Herman Braun–Vega no es, por cierto, un desconocido para los colombianos. En fecha tan temprana como 1972 expuso en la Bienal de Coltejer, probablemente ya a la sombra del edificio que los medellinenses llaman “la aguja”, cerca del Parque de Berrío; y en 1976 volvi a presentar su obra en la Bienal Americana de Artes Plásticas, en Cali.

Y ahora vaya por delante la aclaración de que no soy un entendido en pintura, nada más puedo hablar de unas sensaciones experimentadas en presencia de unos cuadros. Y los de Herman Braun-Vega me dejaron una impresión duradera. No son de los que se olvidan fácilmente, porque concilian el destello de la creación personal con la canibalización, como la llamaba Raymond Chandler, de toda la historia de la pintura anterior a él. O al menos de la obra de aquellos pintores que parecen ser sus más queridas referencias: Rembrandt, Vermeer, Picasso, Goya, y sobre todo Velázquez, a cuyas Meninas les ha dedicado Braun–Vega 53 variaciones visuales y un estudio minucioso, por escrito, del misterio de su composición. Confieso que me seduce más la interpretación que nos diera en su día Antonio Buero Vallejo, pero ya dejé dicho que no soy experto en la materia.

Volviendo ahora a las impresiones que me produjeron los cuadros de Braun–Vega vistos en París y readmirados en el precioso catálogo de la exposición, no puedo dejar de referirme a su flagrante sentido del humor. En una variante muy conseguida del cuadro de los jugadores de naipe que Georges de la Tour titulara Los tramposos, Braun–Vega coloca como fondo de la partida de cartas las banderas de los Estados Unidos y la extinta Unión Soviética.

Y me pareció una auténtica maravilla lo de ubicar su visión de La muerte de Marat, el cuadro de David, entre el cuerpo de un animal desangrado en una carnicería y el lujo de unas frutas tropicales, titulándose el conjunto Naturaleza muerta. Así como fue sorpresa fue la de encontrar a Alfredo Bryce Echenique con la mano afianzándose los lentes en presencia de La Venus del espejo de don Diego de Silva y Velázquez. O descubrir a la lectora de la carta de Vermeer detenida delante de una carnicería como si en vez de andar leyendo las palabras de su novio holandés del siglo XVII estuviese consultando la lista de las compras que ha de hacer en el mercado.

Fenomenal asimismo la recreación de esa obra maestra de Rembrandt  que es la Lección de anatomía del Dr. Tulp teniendo presente la foto que ya casi es un icono del cadáver del Che Guevara en la escuelita boliviana donde lo asesinaron. Y en fin, hay un cuadro de Braun–Vega que es de los suyos que más me gustan, donde se funden la Venus velazqueña en primer plano con la Betsabé de Rembrandt en el segundo, y en el fondo están las “señoritas” (entre comillas) de una calle de lupanares en Barcelona, la calle de Aviñó: esas “demoiselles” con las que Picasso certificó el nacimiento de una nueva pintura, aunque luego los franceses –a quienes tanto les gusta barrer para dentro– convirtieran el Aviñó catalán y callejero en un Avignon provenzal y citadino.

Se nota, pienso, por estos pormenores que recuerdo para ustedes, cuánto me gustó y qué impresiones perdurables me dejó la pintura de Herman Braun–Vega, hasta el punto de llegar a visualizar unas imágenes de mi viaje en tren, de Colonia a Ámsterdam, como si fuesen un cuadro suyo. En gran parte se debe a que lo creo un desmitificador y al mismo tiempo un gran respetuoso, y esas dos me parece que debieran ser las características más requeribles en un artista de nuestro tiempo. Lo demás es expresionismo abstracto, y arte por amor al, al dinero que da el arte.

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Para acceder al taller de Herman Braum–Vega, abrir este enlace :

http://www.braun-vega.com/en/artwork.htm

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