Corazón de Pantaleón

Publicado el ricardobada

Hemingway y la teoría del iceberg

Hace años escribí un cuento y se lo envié a un amigo, en Bolivia, quien lo leyó y me dijo lo siguiente: «Tu cuento está muy suelto y con un final bueno. Mis observaciones: ciertos paréntesis relacionados con idiomas, lugares, citas de autores, que me parece están demás, o me saben a demasiado intelectualismo que no es necesario para el relato. Obviamente esto te sale porque vives en un medio así, pero mejor ocultarlo, como quiere Hemingway en su teoría del iceberg».

Pero qué quieren ustedes que les diga: a mí, esa teoría de Hemingway, la del iceberg, la de que el relato sólo debe mostrar la novena parte de su magnitud, me parece tan sólo una artimaña del viejo Hemingway para encubrir que sus historias eran exactamente éso: tan sólo novenas partes de lo que hubieran podido ser.

No sé si recuerdan que en las Selecciones del Reader’s Digest había una sección (y aún puede que todavía exista) dedicada a algo así como a resumir novelas famosas por el procedimiento de los indios jíbaros: Los hermanos Karamasov se podía quedar en diez páginas del número de Selecciones. Y yo afirmé una vez que los editores de Selecciones le habían dado el encargo a Hemingway de jibarizar Moby Dick con el resultado de que, a pesar de todo, le salió El viejo y el mar.

Naturalmente se trata de una broma, pero ilustra muy bien lo que quiero decir de la manera de escribir de Hemingway. Nunca he logrado entender las razones de su éxito a no ser porque convenciera a muchos de que un relato podía ser la novena parte de lo que hubiese podido llegar a ser en otras manos. Con ello le abría las puertas al campo sin vallado del blablabla, y conste que no quiero ser injusto, porque pienso que lo poco que Hemingway sabía hacer lo hizo muy bien.

Hay además un libro suyo, Death in the Afternoon (Muerte en la tarde), que me parece que es el mejor que haya escrito sobre las corridas de toros alguien ajeno a nuestro mundo hispano: sobre todo su léxico es algo que merecería editarse como libro aparte porque en él están resumidas, de manera fenomenal, las mejores cualidades de la prosa del viejo don Ernesto. Alguna vez he escrito largo acerca de ello en las páginas santafereñas de El Malpensante.

Pero volviendo al tema. Yo descreo de todo tipo de recetas para escribir. Descreo de la teoría del iceberg de Hemingway en la misma medida que desconfío de que, como dijo Stendhal, una novela deba ser un espejo colocado a la vera de un camino. Sigo creyendo, como dijo una ilustre autoridad, que “el estilo es el hombre”, o más a ras de suelo, que “cajún es cajún”, “cada uno es como es”, la frase clave de la metafísica de los gitanos. Pensemos en Dostoiewsky escribiendo según las fórmulas de Flaubert o en una Madame Bovary salida de la pluma de John Dos Passos. ¿Se imaginan El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha escrito por Jorge Luis Borges?, y como contrapartida. ¿se imaginan El Aleph escrito por Cervantes?

Aunque, después de todo, ¿por qué no?  Borges sabía de sobra lo que hacía cuando nos propinó ese iceberg cervantino que es su Pierre Menard, autor del Quijote, y es bastante seguro que don Miguel espoleó el aleph borgiano desde los ijares de Clavileño. Quiero decir con esto que cada autor debe aspirar, en la humilde medida de sus fuerzas, a ser él mismo, a que su voz suene suya, propia, inconfundible. Y sólo así serán posibles los icebergs, cuando la magia de su prosa nos induzca a seguir buscando las ocho partes sumergidas que esa prosa nos sugiere. Lo demás es teoría, y si hay algo que mata la literatura, es la teoría.

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Hace años escribí un cuento y se lo envié a un amigo, en Bolivia, quien lo leyó y me dijo lo siguiente: «Tu cuento está muy suelto y con un final bueno. Mis observaciones: ciertos paréntesis relacionados con idiomas, lugares, citas de autores, que me parece están demás, o me saben a demasiado intelectualismo que no es necesario para el relato. Obviamente esto te sale porque vives en un medio así, pero mejor ocultarlo, como quiere Hemingway en su teoría del iceberg». (más…)

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