Corazón de Pantaleón

Publicado el ricardobada

El Butacón

La primera noticia que tuve de El Butacón fue en septiembre de 1976, en Sprendlingen, una ciudad cercana a Fráncfort del Meno y en la que se celebraba un encuentro con intelectuales latinoamericanos; entre ellos Eduardo Galeano, escapando –amenazado de muerte– con su esposa de la dictadura argentina como antes tuvo que hacerlo de la uruguaya. Yo pertenecía al grupo de periodistas acreditados y en él conocí a quien llegaría a ser uno de mis más entrañables amigos, José [=Pepe] Moral, quien a la sazón dirigía los servicios en lengua española de la agencia de prensa alemana, la dpa.

Desde el primer momento hubo entre nosotros una corriente de simpatía mutua que crecía a ojos vista para desesperación de los compañeros alemanes que compartían nuestra mesa y no podían entender cómo Pepe y yo nos pasábamos el tiempo intecambiándonos versos satíricos acerca del encuentro y de algunos de los participantes empezando por ellos mismos, como con toda seguridad se temían, y no sin motivo, pobres hijos, como diría Cortázar.

Aproximadamente mes y ½ después, y atendiendo a su invitación, viajé dos días a Hamburgo, que no pudieron ser más porque, una vez terminados el encuentro y la feria del libro que le seguía, Galeano y su esposa se habían refugiado en nuestra casa de Colonia hasta regularizar su situación en Europa y encontrar trabajo. Me alojé esa única noche en casa de los Moral y como llegué mientras Pepe trabajaba en la redacción, me pasé toda una mañana y gran parte de la tarde conversando con Hilde, su esposa, otra amistad nuestra para toda la vida.

Y al día siguiente de yo marcharme fue la fecha inaugural de la tertulia El Butacón, que nacía, como dice su lema, «para mantener vivas en la emigración las lenguas iberoamericanas». Poco después de ello Pepe se vio obligado a pedir su jubilación anticipada porque en la dpa comenzó el proceso de digitalización del trabajo, y las pantallas hubiesen acabado con la poca vista que aún le quedaba a ese lector voraz. (En muchas fotos de Pepe, unos primeros planos donde lee de un libro, uno cree estar viendo la famosa de Joyce leyendo un manuscrito con una lupa).

Pepe y Hilde se marcharon a vivir a un cortijo, La Chucha, que habían comprado en la costa granadina, al Este de Torrenueva y al pie del cabo Sacratif; es lo más parecido al paraíso terrenal que he conocido en mi vida, y gracias a él y a su calor humano he disfrutado allí algunas de las horas más maravillosas de esa vida mía. Entre ellas se cuentan las que Pepe y yo dedicamos a la discusión de los tres tomos de la obra periodística de García Márquez, que él y yo antologamos para la editorial alemana de Gabo, y que Hilde tradujo a ese idioma. También recuerdo entre las mejores, aquellas en que chequeamos de principio a fin el volumen de cuentos de Heinrich Böll que Pepe tradujo por recomendación mía, aterrado como yo estaba por la mala calidad de las traducciones al castellano de la obra de Don Enrique, así lo llamé siempre.

Estábamos continuamente en contacto, Pepe, Hilde y yo, por cartas y llamadas telefónicas, y no se cansaban de pedirme que cuando hiciera mi próximo viaje de servicio a Hamburgo lo ubicara de tal modo que fuese en un segundo o cuarto viernes de mes, que son las dos fechas canónicas de los encuentros de la tertulia. Y así fue como un buen día aparecí por allí, no sin haberme ya anunciado previamente, y me acogieron como a alguien de la familia. En el sentido más literal de esa expresión, porque no pocas veces, a lo largo de los años que siguieron, me alojaban en su propio apartamento; hablo muy en especial de una pareja tan especial como la de Pepe y Hilde, y es la que siguen formando Nono Carrillo y su esposa Cheme, hoy ya también jubilados, y asimismo residentes en Torrenueva.

Y una vez roto el fuego ya de mi primera asistencia a una de las tertulias, se fueron sumando mis aportes a la revista de la misma, Viento Sur, que Cheme y Pepe publicaban contra viento (sur o norte) y marea pero sobre todo se fueron sumando más y más conferencias y lecturas poéticas que pronuncié en la tertulia sobre tantos temas que me resulta de lo más dificultoso recordarlos. Sí destacaré uno, fue la lectura de unas cartas familiares inéditas de Ortega y Gasset, que hacía poco me había confiado su hija Soledad para un programa que la Radio Deutsche Welle –donde yo me desempeñaba como redactor– iba a dedicar al fundador de la Revista de Occidente. Los facsímiles de las cartas, ça va sans dire!, aparecieron en Viento Sur, como está mandao.

En junio del 84, inesperadamente, murió Pepe «Compañero del alma, tan temprano»–, pero las amistades anudadas a partir de nuestro hoy ya lejano conocimiento, en septiembre del 76, se han mantenido sin solución de continuidad hasta la fecha.

Y El Butacón sigue. A cargo ahora de un equipo que, desde la jubilación de Nono, conducen fundamentalmente el salvadoreño José Napoleón Mariona y su esposa alemana, Gesine, todos los segundos y los cuartos viernes de cada mes se reúne el grupo de tertulianos, como desde finales del 76. Pronto serán 40 años de labor ininterrumpida, y a la que me cupo el honor de contribuir no sólo con mis trabajos, sino también el placer de que visitasen la tertulia y participasen en ella figuras como Camilo José Cela y Álvaro Mutis, para sólo nombrar dos.

El Butacón mantiene viva en Hamburgo, en el seno de la emigración, la llama de las lenguas iberoamericanas, bajo el logo de la tertulia, un pícaro dibujo magistral de Nono donde se ve todo un señor butacón en cuyo testero puede leerse «Poesía eres tú. Sí. Y yo también». Debajo hay, abierto, un libro grande, porque sus extremos se apoyan en los brazos del sillón. Y a su vez debajo del libro dos piernas de otros tantos lectores acéfalos; la del hombre está de frente, y la de la mujer montada sobre la otra y sosteniendo el lomo del libro con la rodilla. Y lo definitivo: epilogando el dibujo, una invitación, una incitación y un reto: «Lee tu obra y oye a los otros».

************************************************************

Comentarios