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03
11
2014
Vicente Pérez

Leyendo a Patrick Modiano

Por: Carlos Vicente Pérez

Cortesía: Editorial Anagrama

Cortesía: Editorial Anagrama

No seré de los que cada segundo jueves de octubre, cuando la Academia Sueca anuncia el Premio Nobel de Literatura, fingen haber apostado por el nombre elegido. Tampoco diré que cada año, al igual que muchos columnistas presuntuosos, conozco la vida y obra del nuevo Nobel. No, de hecho, todo lo contrario. Este año, cuando anunciaron a Modiano, no sabía quién era él. Por culpa mía, sí, pues no es que Modiano antes del 9 de octubre fuera un don nadie. Por eso esta vez quise hacer un ejercicio de humildad intelectual.

El año antepasado, cuando anunciaron a Mo Yan y los medios no se cansaban de repetir el curiosísimo dato de que su nombre significa «cállate» en chino, esperé a la siguiente FilBo, medio año después, y compré una edición de Sorgo Rojo recién reeditada y lanzada con la propaganda de rigor por Anagrama. Leí, una noche, cuatro páginas y dejé el libro en la mesa de noche, para luego ponerlo a decorar un estante. Ni más. Creo que lo mismo le pasó el año pasado a muchas personas con los libros de Munro, los cuales, dicho sea de paso, no compré porque preveía que sus historias de amas de casa terminarían acompañando con poco decoro a Sorgo Rojo.

Este año dije que esperar a que la industria editorial hiciera el lanzamiento de los libros de Modiano era más ganas de pertenecer a una moda literaria que de leer a un autor premiado. Busqué en internet un libro de Modiano y quise leerlo para conocer al autor francés. Hay muchas formas de leer libros en internet o de descargarlos. Por pudor diré que lo descargué en iBooks store, aunque no es verdad.

Modiano me cayó bien: no es un escritor irrespetuoso del lector, como Murakami, quien no repara en escribir novelas de más de 800 páginas. El libro más famoso de Modiano, Trilogía de la ocupación, reúne tres novelas en 350 páginas, En el café de la juventud perdida tiene 130 páginas, siguiendo la tradición francesa de Camus o Saint-Exupéry, en la cual con pequeños libros se hacen grandes obras.

El texto elegido fue En el café de la juventud perdida, una novela con una prosa limpia y recursos audaces para recrear los barrios parisinos y el carácter de sus personajes. No es un texto que enganche al lector y lo haga leerlo de un tirón. Es más bien un texto de lectura suave pero deleitante, en el que se puede disfrutar ser el espectador de un drama de la vida común, sin épica, sin héroes: con personas que viven para pasar el tiempo sin esperar grandes gestas.

Narra las reuniones de un grupo de jóvenes parisinos de los años 60 que se reúnen en el café Le Condé, pero luego enfoca el relato en una mujer fascinante, Louki, una joven asidua de Le Condé que está llena de misterio y de belleza, sobre la cual recaen las miradas y el interés de los demás personajes, los cuales no llegan a saber mucho de su enigma.

En el café de la juventud perdida es una novela con capítulos intitulados, escrita en la franca primera persona pero con unos narradores mentirosos. Cada narrador en cada capítulo ofrece una visión diferente de aquella mujer y de su tiempo. Ningún narrador regala sus secretos y el lector pasa las páginas soportando las mentiras de sus personajes, que se mienten entre sí y le mienten al lector.

Una novela parisina de la posguerra, protagonizada por una juventud desocupada que se reúne en un café, centrada en una mujer que inspira deseo; una novela sobre el sentimiento literario de la frivolidad de la vida pero también una novela sobre la memoria, sobre el recuerdo: no son los jóvenes los que están perdidos, es la juventud, el tiempo que ya no está. Por eso está llena de regresiones y progresiones, movimientos en el tiempo que le dan dinámica a un relato con una estructura extraordinaria, donde se compacta lo que cualquier escritor desea: un tema fundido en la forma narrativa.

Qué bueno fue conocer a Modiano. Se lo recomiendo.

 

@VicentePerezG

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15
09
2014
Vicente Pérez

Las series sobre la mesa

Por: Carlos Vicente Pérez

Juego de tronos

Las carteleras de cine están pareciendo una máquina recicladora. Muchos personajes reencauchados, temas trajinados, y en general, muy poca innovación. Poca expectativa me causa saber cuál será el Óscar a la mejor película del próximo año, porque en lo que va corrido de este, no recuerdo haberme emocionado con alguna película en el cine.

En cambio sí, con varias películas que siempre es bueno ver (o volver a ver). Por ejemplo, Sueños de libertad (1994) me causó más impresión que unos cuantos libros y pienso que he despreciado grandes cintas que nunca es tarde para conocer.

Algo similar pasa con la narrativa contemporánea. Tal vez sea injusto decirlo, pero el mercado editorial se mueve mediocremente en su necesidad por sobrevivir. Sólo por mencionar a Colombia (y claro, sin restarle mérito a importantes esfuerzos como los de Juan Gabriel Vásquez y Jorge Fránco) poca innovación se ve en la literatura y cada vez es más inusual animarse a leer a alguien nuevo por sincera curiosidad y no por mercadeo o amarillismo. Ya desaparecido García Márquez cuesta imaginar parangón literario que hable y sienta un país de este siglo. Mientras, resulta más fascinante leer la masacre de las bananeras, las historias de gallos de mitad de siglo pasado en aquel tono mágico o buscar los autores que nunca se terminan de conocer: Tolstoi, Kafka, Rushdie, etc. Es cierto que en literatura la cinta está muy alta, y da la falsa sensación de que todo está hecho.

En cambio muchas sorpresas me he llevado este año con las series y novelas para televisión. Un género como ese siempre ha sido visto con desdén, como intento de arte y quizás esa arrogancia colectiva, ese esnobismo inútil, me haya cegado de ver producciones tan interesantes como las que se están rodando no sólo en Estados Unidos o Europa, sino también aquí, hace unos años se está haciendo un trabajo meritorio desde una perspectiva local con guionistas como Gustavo Bolívar o la producción de Escobar, que pueden tener sus pecados (¿qué no los tiene?) pero son trabajos que han sobrepasado con suficiencia las críticas agrias de la élite cultural y política que se vieron en los diarios, mayoritariamente opuestas a una versión subjetiva de la historia, más cercanas a la censura que al debate.

Si es válido entender el arte como producto creativo de la conexión entre los sujetos y la realidad, como expresión de un momento, manifestación de una actualidad y de una sociedad, creo que los trabajos que se están haciendo para televisión son arte verdadero que tienen, a más del mérito democrático de no requerir mucha instrucción para entenderlo, la capacidad de reflejar los sueños y las miserias de la sociedad occidental de modo tan importante (y mordaz) como la literatura o la pintura lo han hecho por mucho tiempo, con la adición nada despreciable de que la industria audiovisual se ha adaptado mucho mejor al consumo en línea con plataformas como Netflix o Amazon (para enfrentar la piratería) que sus pares editoriales.

El primero que vi romper la arrogancia con la televisión fue Mario Vargas Llosa. Hace un tiempo dedicó una columna en El País a la serie colombiana Escobar, haciendo una crítica positiva en el mismo espacio que ha dedicado tantas veces para hablar de Isaiah Berlin, Martín de Riquer, etc. Luego, en una entrevista con ocasión de su retiro, Daniel Samper dijo que se dedicaría a ver las producciones recientes para televisión (aunque también, por ejemplo, a leer La montaña mágica).

Tal vez haya llegado un momento para que la televisión sea más que entretenimiento soso y alharaca noticiosa. Con House of Cards, Breaking Bad, Juego de tronos y varios actores que ya han sido premio Oscar como Matthew McConaughey y Kevin Spacey, las series se han puesto sobre la mesa para hablar fuerte. Y sí que vale la pena escucharlas.

 

@VicentePerezG

 

 

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12
08
2014
Vicente Pérez

Huelga de hambre en la santamaría

Por: Carlos Vicente Pérez

Hace una semana, abrigados bajo una carpa frente a la plaza La Santamaría, un grupo de novilleros está en huelga de hambre porque piden que regrese la temporada taurina a Bogotá, pues desde que fue suspendida en 2012, las consecuencias han trascendido el orden cultural afectando seriamente un complejo gremio de trabajadores y empresarios que dependen de las corridas de toros para su sustento.

La escena es impactante: con pendones que defienden su causa colgando de las paredes de la plaza de toros, estos hombres pasan día y noche a la vista del público, en un acto válido de protesta que es de los más desgarradores: renunciar a comer, porque dicen no querer comida si tienen hambre de toros, habiendo tenido que ser trasladados algunos de ellos a centros asistenciales por su estado de debilidad.

Cualquiera puede estar en desacuerdo con las corridas de toros, y pueden sobrarle los argumentos para condenarlas y rechazarlas rotundamente, pero nadie puede desconocer que el público y los trabajadores que sostienen esta tradición son una minoría y que como tal merecen al menos ser escuchados y respetados. Los argumentos en contra de las corridas de toros -muchos de ellos ignorantes y frívolos, en realidad, pero otros tantos muy serios-, parten de una consideración subjetiva de la justicia y rondan un sistema de valores que causa controversia con los simpatizantes de la tauromaquia. Eslóganes estúpidos como que las corridas no son arte ni cultura restringen los conceptos solamente a lo que creen que es o que debe ser el arte o la cultura y desconocen una tradición antiquísima que ha creado una identidad alrededor de esa costumbre, que, de nuevo, puede ser desagradable para muchos, pero no por ello debe ser silenciada con el autoritarismo o con el capricho populista.

Todo lo anterior no es para defender la tauromaquia, pues mejor que lo que lo haría yo lo hace, por ejemplo, Fernando Savater en su libro Tauroética: un ensayo interesante para conocer un punto de vista serio y depurado del calor pasional que defiende puntos elementales del uso de animales en espectáculos como las corridas de toros o las carreras de caballos. Todo lo anterior es para reprochar la actitud de la alcaldía mayor de Bogotá, en cabeza de Gustavo Petro, por su actitud pedante y sorda, que, si bien no rechaza el derecho a la huelga de los novilleros, tampoco ha dado ni una palabra de conciliación y diálogo para una comunidad que es minoría y que como tal ha sido protegida por la Corte Constitucional en al menos dos sentencias, teniendo en preparación otra que muy seguramente volverá a proteger las costumbres de los seguidores de la fiesta brava. Es curioso que Gustavo Petro se haya martirizado como cumplidor de una sentencia de la Corte Constitucional para defender su modelo de basuras y omita la jurisprudencia que, entre otras cosas, ha declarado constitucional la ley que reglamenta las corridas de toros. Tal cual, la ley es ley cuando nos conviene.

El alcalde de Bogotá ha cumplido con una propuesta de campaña y ha complacido a una gran mayoría de bogotanos que creen que es una crueldad hacer de la muerte de un animal una fiesta, pero a la vez ha mostrado su cara autoritaria, recalcitrante y populista al negarles el mínimo derecho a la controversia con argumentos y sin esconder un ataque a la comunidad taurina detrás de unas obras y otras estrategias que sólo tienen por fin evitar que las corridas de toros regresen a Bogotá.

No escondo que en lo personal me horroriza la muerte de un animal. Pero me dolería más la muerte de un novillero.

¿No se prohibirían también el boxeo, unas cuantas religiones y muchas costumbres indígenas si lo permitido dependiera solamente de la estética y las creencias mayoritarias o de las de un gobernante?

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13
03
2014
Vicente Pérez

La renuncia de Juan Manuel Galán

Por: Carlos Vicente Pérez

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Es difícil entender cómo, sin ninguna necesidad, Juan Manuel Galán se autoexpuso a un harakiri político al decir que si no obtenía la primera votación en las pasadas elecciones legislativas, renunciaría a su credencial de congresista.

No alcanzó a ser el primero, y ni siquiera el segundo en el Partido Liberal, pero con particular astucia dijo haber puesto a consideración del presidente del Partido, Simón Gaviria, su credencial. No cumplió, en todo caso, con su promesa, pues de haber querido sostener su palabra debió presentar su renuncia irrevocable y punto final, sin poner al pobre Simón en la tarea de cubrir con halagos su ligereza de palabra.

Pero supongamos, por un momento, que hubiese cumplido su promesa y ya hubiese renunciado. ¿Habría hecho lo correcto? Tampoco. Juan Manuel está en un laberinto que él propio se diseñó porque renunciar, o amenazar con renunciar —si es que no era una promesa sino una amenaza— también puede ser interpretado como un menosprecio a las más de setenta mil personas que votaron por él. ¿Por qué ese afán de ser el primero, por qué creer que con cien mil o ciento cincuenta mil se es más congresista que con cuarenta mil? Tiene tanto rango como respeto —incluso más respeto— la primeriza senadora Claudia López, con ochenta mil votos, que aquellos senadores de la U que obtuvieron una votación increíble.

El caso es que el senador Galán ni renunció, ni la puesta en disposición de su credencial será aceptada. La verdad, tampoco debe ser aceptada, pues resulta desproporcionado sacrificar una elección por una ineptitud pueril como esta, y no tanto por la dignidad de senador de Juan Manuel Galán, sino por el respeto que merecen sus electores que responsablemente se molestaron en participar en una democracia en la que pocos creen. Hay que invertir la premisa según la cual los políticos son los dignatarios de los cargos en vez de entender esos cargos como la representación de un electorado que merece ser honrado. Y honrar al electorado es precisamente no escupir promesas insostenibles.

En opinión de otros el senador sí debe renunciar, y —omitiendo un juicio de racionalidad— están en toda la legitimidad lógica y moral de decirlo: un político debe caracterizarse por sostener su palabra; y más cuando se trata de un político que se llama renovador del Partido Liberal. (A propósito, el Partido Liberal no necesita una renovación sino un poco de memoria para recordar a líderes como Francisco Javier Zaldúa, único presidente muerto durante su ejercicio, quien prefirió sostener su palabra y perder con rectitud antes que ganar con trampa, cuando tuvo que lidiar con los límites con Venezuela).

No se entiende si el mensaje de Galán fue un reto para motivarse o un desafío, una promesa o una amenaza a sus posibles electores. No se sabe si fue un capricho político o producto de la imprudencia. Sus palabras recuerdan el desafío de maleante que le hizo Rafael Correa a un caricaturista ecuatoriano: «si es valiente, póngase de candidato. No saca ni un voto», porque parece estar difundida la idea de que más es mejor y una votación astronómica legitima más que una modesta votación de esa que se llama «de opinión». Pero las palabras de Juan Manuel Galán no aclaran su intención.

Y en un oficio como el de él las palabras son importantes.

@VicentePerezG

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06
02
2014
Vicente Pérez

“Hay que callarle la boca a los analistas”: Gustavo Bolívar

Por: Carlos Vicente Pérez

A pesar del despliegue mediático de la campaña reeleccionista y de los demás candidatos, todavía ninguno alcanza dominar en las encuestas al menos el 30 por ciento de la intención de voto. Por el contrario, ha sorprendido que el voto en blanco encabeza actualmente las encuestas sin gozar del mismo cubrimiento mediático de las demás opciones. Al parecer por esa vía se está canalizando el descontento con la clase política en general, por encima de quienes han intentado hacer campaña como una alternativa fresca y descontaminada.

Es de resaltar que sea el voto en blanco el que canalice esa falta de identificación ciudadana y no, por ejemplo, la apatía o el abstencionismo. De todos modos, el triunfo del voto en blanco (la obtención de más de la mitad de los votos) se ve como algo lejano, pero entendiendo la política como más que un resultado en votos, el mensaje que reflejan las encuestas es poderoso y marca un símbolo que seguramente está siendo tenido en cuenta por las distintas campañas.

El diseño constitucional del voto en blanco lo debilita: por ejemplo, en caso de ganar unas elecciones, éstas deben repetirse con distintos candidatos, pero en el supuesto de que en las segundas elecciones vuelva a obtener la mayoría el voto en blanco, esta vez no gana, y la otra opción que haya tenido la siguiente votación ganaría las elecciones. Esto obedece a distintas razones, como la economía, aunque en detrimento de la legitimidad democrática, en esta hipótesis. A pesar de esto, el voto en blanco (que no deja de ser cuestionado) es una opción totalmente válida a la luz de las democracias modernas.

Gustavo Bolívar, además de su reconocimiento como escritor y guionista, en los últimos años ha promovido movimientos contra la corrupción, como la revocatoria del congreso y la propuesta de un congreso unicameral. Desde la fundación Manos Limpias ha abierto la campaña, con fuerte eco en las redes sociales, a favor del voto en blanco.

Vicente Pérez: Usted es la cabeza visible del movimiento por el voto en blanco en las próximas elecciones. No ha faltado quienes tachen esta propuesta como antidemocrática, utópica, etc., y por otro lado los medios poco han cubierto este movimiento. ¿De dónde surge y qué busca esta propuesta?

Gustavo Bolívar: Hace tres años alguien me dijo en Twitter que yo criticaba mucho y no hacía nada. Esa bofetada me llegó al alma. Le dije a esa persona, una estudiante del Externado, que tenía razón y que hiciéramos algo. Planeamos entonces una marcha contra la corrupción. Le fuimos dando forma a la idea, convocamos a otras personas y nos reunimos en un andén de la calle 124 con carrera 7 en Bogotá. Allí, de esa reunión nació la Marcha de los antifaces. Recorrimos el país organizando comités organizadores y al final la hicimos en 30 ciudades. El grupo se mantuvo unido y resolvimos constituirnos en una ONG con una exclusiva y única misión: luchar contra la corrupción, de ahí nació Manos Limpias, Indignados Colombia. Desde la primera reunión contemplamos la idea de trabajar un proyecto de voto en blanco pero decidimos emprender una primera etapa que consistía en desprestigiar más a la clase política para abonar terreno a la idea. Entonces hicimos la “Corzotón” en la Plaza de Bolívar hasta donde le llevamos a los Congresistas un surtidor de gasolina y billetes con la figura de Juan Manuel Corzo para subsidiarles el combustible. Fue todo un éxito. Luego nos inventamos los Premios Carroña cuya segunda versión se celebra este viernes 7 de Febrero y que consiste en premiar con el “Buitre de oro” a los peores hijos de la patria en 10 categorías. Hicimos campañas intensas en las redes sociales para frenar la reforma de la justicia, la construcción de un hotel en el Tayrona, la reelección del Procurador, para frenar el precio de la gasolina, etc. Algunas las ganamos otras las perdimos pero al final nos queda el orgullo de haberlo intentado todo para frenar tanto desmán de nuestra dirigencia.

V. P.:En la encuesta más reciente de Datexco el primer lugar en las presidenciales se lo llevaría el voto en blanco, que sin embargo no alcanza la mitad de la intención de voto que necesitan quienes proponen el voto en blanco, ¿cómo interpreta esta encuesta?

G. B.: Positiva desde todo punto de vista. Sirve para entusiasmar a los indiferentes, para motivar a quienes han perdido la fe, para despertar a la ciudadanía pesimista. El voto en blanco nos está llenando de esperanza, nos ha devuelto la confianza en los procesos nacidos de la sociedad civil. Procesos pacíficos que podrían desembocar en una revolución sin precedentes ni en Colombia ni en el mundo. De hecho ya la prensa internacional se empieza a interesar en el fenómeno. Periodistas de países donde no existe el voto en blanco ya indagan por esta valiosa herramienta electoral que amenaza seriamente con derrotar al tercer presidente más poderoso de Latinoamérica en su aspiración de reelegirse.
Analizando las votaciones del boto en blanco en las últimas elecciones, 1.1% en 1.998; 1,6% en 2002; 1,9% en 2006, 1,5% en 2010, y ahora 30,5% en 2014, podemos concluir que estamos ante un fenómeno sin precedente siquiera cercano en la historia. Para tener en cuenta, las encuestas medían en esas épocas entre 2 y 3% para el voto en blanco.

V. P.: Sin embargo en el caso de las elecciones al Congreso no sucede igual. Usted ha sido promotor de la revocatoria del Congreso, una Corporación totalmente desacreditada ante la opinión pública pero en la que, por los resultados de la encuesta, el voto en blanco no ha logrado calar. ¿Cree que con los candidatos a congresistas sí haya identificación política?

G. B.: En las presidenciales el voto en blanco se enfrenta a cinco o seis candidatos. En las elecciones para congreso nos enfrentamos a más de dos mil candidatos. Cada uno dueño de su feudo, de muchos empleados públicos a quienes obligan a conseguir votos so pena de perder sus puestos, a unas maquinarias enquistadas hace décadas en las regiones y que, como en anteriores ocasiones, ha sido aceitada por la mermelada que reparte el gobierno en su afán de asegurar la reelección. Además, en estos comicios se presenta con mayor intensidad la compra de votos. En la última elección para Congreso en 2010, el voto en blanco obtuvo 391 mil votos. Si sacamos 1.500.000 votos, es decir, si casi quintuplicamos esa cifra, nos daremos por muy bien servidos y seguramente en las elecciones del 2018 ya podamos aspirar a un triunfo en las elecciones para congreso.

V. P.: Algunos analistas políticos creen que este triunfo del voto en blanco es parcial y que es una corriente que tarde o temprano terminará decantándose por alguna opción con nombre y apellido. ¿Cree que por el contrario en las próximas mediciones aumente la tendencia al voto en blanco?

G. B.: Es un punto en el que le hacemos mucho énfasis a los seguidores, simpatizantes y promotores del voto en blanco. Es un reto lo que nos plantean los analistas, les digo. Tenemos que callarles la boca y eso se hace con hechos, saliendo masivamente a votar. Si el movimiento se desinfla pierde Colombia, pierde la dignidad, pierde la esperanza de un país digno. Tenemos que demostrar a esos analistas, que por lo sucedido en el pasado parecieran tener razón, que esta vez sí es en serio. Que estamos listos para producir el hecho político más grande en dos siglos de vida republicana. Les digo que se sientan orgullosos de escribir como protagonistas la página más gloriosa de nuestra democracia.

V. P.: El ejemplo de la victoria del voto en blanco es Bello, Antioquia, donde en las pasadas elecciones de alcalde el voto en blanco superó por unos veinte mil votos al único candidato conservador. Paradójicamente, luego de la segunda votación ganó el candidato del mismo partido conservador y de la misma extracción política. ¿No cree que algo similar pasaría en el Congreso? Ya se ha visto cómo ciertos caciques logran endosarle sus votos a sus herederos políticos, las hijas de los condenador por parapolítica Javier Cáceres y Vicente Blel pueden ser los próximos ejemplos.

G. B.: Eso va a suceder seguramente, pero el elector ya ganó un pulso a su clase política. Esto empodera. Sabe que lo volverá a hacer cuando las circunstancias lo ameriten. El cambio de actitud en el elector, la consciencia política que adquiere con un triunfo del voto en blanco es muy grande y le servirá en futuros procesos. Sin embargo no se puede negar que esos triunfos son románticos y que solo sirven para deslegitimar a los politiqueros, rechazarlos y decirles que la ciudadanía no los acepta. Por eso hemos pensado en un proyecto que le de valor real al voto en blanco: las curules vacías. Consiste en que el elector vea reflejado su voto en curules que no ocupe nadie, tal y como lo exigió con su voto al no depositar la confianza en nadie. Alguien que vota en blanco está renunciando a que lo representen. Porque precisamente la democracia representativa está en crisis porque la gente se cansó de elegir a quienes solo van a representarse a ellos mismo, a sus familias, a sus amigos y a los que financian sus campañas. Si logramos hacer una reforma electoral que de pureza al voto y permita que la voluntad del elector se refleje en curules que nadie ocupe, muy pronto veremos concejos asambleas y el mismo Congreso con sillas pintadas de blanco que nadie ocupará, nadie aprovechará para enriquecerse.

V. P.: Por derecho constitucional, los promotores del voto en blanco tienen iguales garantías que los demás contendientes en campaña. Dentro de esos derechos está la reposición de votos para reconocerles los gastos hechos en campaña. Esto ha sido visto con suspicacia por la opinión, ¿cómo se repartirá ese eventual dinero? ¿Ustedes están inscritos como promotores del voto en blanco ante el CNE?

G. B.: No estamos inscritos. No ganaremos un solo peso. Esta lucha es de puro aguante y corazón. Consideramos desde un principio que el voto en blanco era una expresión democrática tan pura que cobrar esos votos reñía con la filosofía misma del voto en blanco. Esta campaña se hace con dinero de todos los miembros de Manos Limpias y de otros movimientos que hacen parte del movimiento. Aquí todos ponemos porque sabemos que a la final todos ganamos. De hecho, creo que no hay movimientos de voto en blanco inscritos para estas elecciones. Estamos preguntando a la Registraduría.

V. P.: Por último, existe una tensión de indignación en el país contra la clase política y la forma como se está conduciendo el país en general, pero esta corriente no ha sido canalizada por ningún partido ni por ningún candidato. ¿Ustedes se plantean ser una futura opción política?

G. B.: Los partidos de oposición están desaprovechando una gran oportunidad de acceder al poder por la vía de la indignación ciudadana debido a sus pugnas internas. Es increíble cómo una izquierda tan pequeña como la nuestra en un país derechizado por 20 años de gobiernos de derecha, está dividida en tres y de pronto en 4 partes: El Polo, los Progresistas, la UP, la Marcha Patriótica y el ala izquierdista del Partido Verde. Por eso no hay una tercería y por eso ningún candidato termina de entusiasmar al electorado que ve en el voto en blanco la oportunidad de hacerse sentir con mayor fortaleza frente al Presidente Santos.

En lo que respecta a nosotros, hemos decidido marginarnos de los procesos electorales por dos razones. La primera, porque nos parece asqueroso explotar electoralmente la indignación. Revolucionar al país contra toda la clase política para al final capitalizar el descontento en busca de votos nos convertiría en algo igual o peor a aquello que combatimos. Es como decir, los demás son malos pero nosotros sí somos buenos. Da pena hacer eso. Y lo segundo porque sabemos, y este es uno de los puntos por los cuales votamos en blanco y no apoyamos candidaturas de candidatos responsables y honestos, que las minorías poco o ningún chance tienen de hacer las reformas que necesita el país. Hacen grande debates, votan en contra de proyectos negativos para el país, denuncian y se hacen sentir pero de ahí no los dejan pasar. No les aprueban proyectos de ley, a veces no los dejan hablar y, cuando se presentan las votaciones los aplastan las mayorías untadas de mermelada. Es perdido ir al Congreso en esas condiciones. Hacemos más desde la sociedad civil y sin necesidad de embolsillarnos una cantidad de privilegios y 25 millones mensuales por “trabajar” 12 días al mes. Los que asisten, que son pocos.

Los miembros de Manos Limpias saben que cuando tengan aspiraciones electorales, algo normal, legítimo y válido, tienen que abandonar la fundación y la bandera de la indignación. Así lo hemos aceptado todos con una sola excepción: si hay un proceso constituyente, ahí sí nos metemos de cabeza a buscar unas plazas que nos permitan proponer reformas que hemos venido trabajando juiciosamente como el Congreso Unicameral, las curules vacías, la silla vacía por corrupción, la imposibilidad de que el congreso haga reformas constitucionales a través de actos legislativos sin que estos sean refrendados por el pueblo, una reforma a la justicia verdadera que elimine la comisión de acusaciones y permita a la rama independizarse realmente del ejecutivo y del legislativo. No es ético ni conveniente que el Presidente proponga la terna de la que resulta elegido al Fiscal General, o que los congresistas elijan al Procurador que los investiga disciplinariamente y al Contralor que los vigila desde el punto de vista fiscal.

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28
01
2014
Vicente Pérez

De izquierda a derecha

Por: Carlos Vicente Pérez

Se ha convertido en un lugar común renunciar a la izquierda y a la derecha como posiciones políticas, buscando un centro inexistente que es como un balcón de fantasía para ver con objetividad la riña política.
Sin embargo, la polarización subsiste: en entrevista a El País de España, Iván Cepeda habla de la derecha maquiavélica que se opone a la paz, encabezada por Uribe, a quien además dice que espera que se condene por delitos de lesa humanidad. De otro lado, los defensores del alcalde de Bogotá hablan de un plan del procurador para acabar con la izquierda. Y continuamos así, etiquetando no sabemos qué con esos motes de izquierda y derecha, que pueden servir para tanto como para nada, que son como esas palabrotas que de tanto pronunciarlas pierden su significado y pasan a ser un insulto banal.
Se diría que la izquierda es aquello que es progresista. ¿Pero no todos son progresistas, o algún Gerlein se llamaría a sí mismo retardatario? No solo eso: ¿era progresista Stalin, o lo es Castro (da igual, Fidel o el otro)? Quizás la diferencia entre izquierda y derecha vendría siendo cuánta libertad permitan a los individuos, pero curiosamente lo que tradicionalmente se conoce como izquierda política ve con desconfianza el libre comercio, y la derecha es neoliberal.
Hay otra alternativa que me parece más sencilla: la derecha es el poder y la izquierda es la oposición. ¿Así ha sido básicamente la historia de Colombia, no? Entonces las ideas del gobernante le dan contenido a la derecha y las críticas al poder son la izquierda. Pero esto plantea dos problemas más: diríamos que Maduro es de derecha y que Bush es de izquierda, lo cual recuerda el mal chiste del loco que pregunta dónde queda la acera de enfrente, y cuando se la señalan dice que lo mismo le dijeron allá.
Tal parece que las definiciones del espectro político son como los fantasmas: nadie sabe cómo son pero cuando aparecen, los reconocen. Se sabe que la ley Veil que se acaba de aprobar en Francia es de izquierda (además de respetuosa de las mujeres) y la reforma al aborto que se propone en España es de derecha. Claro que no es cuestión matemática, ni la derecha pura existe ni la izquierda pura tampoco. Hitler promulgó leyes que defendían los derechos de los animales y a Lenin su progresismo bolchevique no le llegaba hasta defender la libertad sexual de las mujeres. Se puede ser de izquierda en unos asuntos y de derecha en otros, pero no existe una línea intermedia entre el ser y el no ser, sin ponernos tan metafísicos.
Luego el centro no existe en temas importantes en los que se requiere un sí o un no, nunca un sí pero no, dependiendo de lo que convenga. Parece más un comodín que una propuesta responsable. Sin embargo los fantasmas de la izquierda y de la derecha al final no sólo sí existen sino que también asustan, y pocos se atreven a decir que son de izquierda para evitar ser tachados de guerrilleros o terroristas, ni los otros se llaman de derecha porque el estigma con el paramilitarismo es automático.
Es cierto que la clasificación del espectro ha ocupado a estudiosos durante mucho tiempo sin lograr consenso, e incluso la división entre izquierda y derecha resulte insuficiente, pero si con las palabras nos quedamos, hay que darles contenido y perderle el miedo a tomar posición para evitar la descalificación ridícula bastando usar un nombre-insulto que no dice más.

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13
11
2013
Vicente Pérez

Hasta cuándo

Por: Carlos Vicente Pérez

En esta dirección han sonado las voces de algunos expresidentes latinoamericanos, amplificadas por las de un par de presidentes en ejercicio, entre ellos el colombiano con un discurso envalentonado (que con los días ha ido callando) y el del más resoluto presidente uruguayo, quien avanzó con más que discursos y desafíos. Todos ellos ya han empezado a ver lo evidente: la criminalización de las drogas ilícitas, y peor todavía, la criminalización de su consumo, es un camino que no conduce a ningún lado. Digo que han empezado a ver lo evidente, pero tal vez tampoco sea esto cierto: ya lo habían visto, pero no lo habían reconocido. ¿Por qué? No lo sabemos: la criminalización iniciada hace casi medio siglo por el criminal Nixon es una de las farsas mejor sostenidas y con peores resultados de nuestra época, y sin embargo seguimos sin obtener respuestas más o menos razonadas de por qué continuar sosteniendo un edificio tan absurdo como este.
Ya sé, o creo saber (lo que no digo es porque no lo veo, mi ceguera no es tan a propósito): porque las palabras de los anteriores son rugidos de gato a la espera de que el verdadero tigre responda con un rugido de indudable autoridad. Pero no hay tigre que ruja cuando tiene el negocio perfecto, el sartén por el mango: ellos consumen mientras otros ponen los muertos, pero ellos criminalizan y venden las armas, y luego califican a los demás países por no seguir correctamente sus políticas. No rugirá pronto, no en vano es el tigre.
Mientras tanto otros gatos con más o menos garras rugen también. Ahora es el secretario general de la OEA, José Miguel Insulza. Qué digo, el secretario general de la OEA próximo al retiro, José Miguel Insulza, quien al igual que los gatos anteriores ha empezado a decir lo que hace décadas ya decía el economista Friedrich Hayek: la criminalización de las drogas y la criminalización de su consumo no conducen a ninguna solución. Sólo empeora el problema pero, como se sospecha hace décadas, siempre hay quienes se benefician de los problemas. Y lo que dijo Insulza fue a propósito de los consumidores: hay que empezar a verlos como enfermos, como víctimas del narcotráfico y no como cómplices del narcotráfico. Tal vez sean bienintencionadas las palabras del secretario general, pero no dejan de ser peligrosas y desviadas.
En un extremo está ver a los consumidores como criminales que hay que hacerlos purgar su vicio con un tanto de represión policial, visión autoritaria que enbuenahora se ha ido eliminando en varios países, entre esos Colombia, gracias al esfuerzo de los jueces constitucionales. Esa visión está en un extremo, pero la del secretario (y muchos más) se va al otro extremo: victimizar al consumidor y partir de premisas de inferioridad o vulnerabilidad del consumidor, no verlo como un criminal sino como víctima, que es una visión que va disparada por espejo, y en contravía de los mismos consumidores a quienes manifiestamente busca defender, para su despecho.
Los consumidores no son víctimas ni victimarios: son consumidores, y punto. No son buenos ni malos, son consumidores. Son personas con dignidad, con capacidad de razón, que pueden autodeterminarse y decidir si toman decisiones que vayan en contra de su salud. Precisamente eso es lo que busca permitir una sociedad liberal: que las personas puedan determinar su plan de vida de acuerdo con sus preferencias sin que el estado ni la sociedad les impongan un modelo moral, un modelo paternalista que parta de la comprensión de los ciudadanos como subhumanos. No. El que fuma lo hace porque quiere, porque le gusta, y hay que respetarlo, hay que aprender a vivir en una sociedad de riesgos. Porque lo contrario nos puede llevar a empezar por imponer un modelo de vida sana a los fumadores y ¿luego qué? ¿Pancartas en McDonald’s para que me digan lo que no sé, que es poco saludable para mí? En otras palabras: una sociedad liberal es la que permite que cada uno viva su vida y deje vivir la vida a los demás.
De ahí que la visión proteccionista que propone Insulza sea, al igual que la visión criminalista, sesgada. Y sin embargo no hay que olvidar que es una declaración política importante, que puede ser una declaración paulatina. Quién sabe.
El péndulo se movió para un extremo, y ahora se propone otro. Hasta cuándo tendremos que esperar para que llegue al equilibrio.

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29
10
2013
Vicente Pérez

Cien años de agonía

Por: Carlos Vicente Pérez

Debo confesar el sentimiento de culpa que tengo por tener que haber esperado a que Antonio Caballero escribiera en su columna sobre Cúcuta para animarme a continuarlo. A subsanar:

La situación ha sido poco abordada, incluso reviso la web de La Opinión de Cúcuta y tampoco. Renson Said es uno de los pocos buenos periodistas que hay en Cúcuta (como pocos buenos periodistas hay en todos lados). Este hombre ha sido amenazado por sus críticas: cuenta Caballero que hace días entraron unos hombres a su apartamento en Cúcuta, cerca de la Catedral, y le orinaron sus libros. Que se cuide, a ver qué le pasa si no.
Said es periodista de la Javeriana, un hombre respetado por la minúscula e intrascendente intelectualidad cucuteña, que es como una isla en la isla cucuteña. Imagínense: peor que el artista de Platón que está a dos pasos de la realidad. Así son, no digamos insensibles, sino poco influyentes por falta de autoridad moral en una sociedad que no admite autoridad. De tal modo que el columnista de La Opinión es conocido dentro de lo que cabe, y aquí el apoyo y la defensa son proporcionales a la popularidad.
Ahora, no sé qué tan conocido sea en realidad. Le pregunto a mis paisanos y si no saben quién es Caballero –hombre conocido y reconocido en el país-, mucho menos van a pasarse los dedos por la página de opinión de La Opinión, un diario que, según vi una publicidad hace días cuando estuve en Cúcuta, tiene seis lectores por ejemplar, es decir, más de cien mil lectores diarios en Cúcuta de las columnas de opinión. ¿De verdad? Falta poco para que dejen de hablar de toche y pasen a recitar a Dickinson. Y el diario no es que sea muy independiente, ni que haya hecho mucho por defender a su periodista, a pesar de que es un periódico que, como El Espectador, ha sufrido en tinta propia la violencia de quienes los han querido callar. Pero La Opinión es un periódico local que reproduce información nacional e internacional, de triste redacción y, si no es muy predecible, sin Opinión.
La situación de Cúcuta es muy interesante porque ilustra en casi todos los aspectos los problemas de la periferia colombiana: una ciudad decadente, narcotizada y corrupta, con una cultura de evasión de normas increíble, una falta de legitimidad del Estado, una ciudad que vive de los alimentos que ingresan por toneladas irregularmente desde Venezuela. Cúcuta es una ciudad que desde hace décadas se está muriendo y nada que se muere, que tiene relámpagos de lucidez cuando algún milagro le revive la economía, que es una economía sin futuro por sostenerse del contrabando y la informalidad y de una moneda foránea sin suelo, podemos seguir… Con los mismos problemas de la costa norte, ni que decir del pacífico, del sur. Hablando de futuro, uno camina por Cúcuta como por El desbarrancadero (cito de memoria, seguro fallo): “sin ver adelante nada, ni a los lados nada, ni atrás nada, y yendo hacia la nada, hacia el sinsentido…”.
Hace unos meses seguí una de las polémicas del periodista, esa vez con el alcalde de Cúcuta. El tono era de arrabal y unas críticas no eran más que insultos de peluquería. No es ese el tono de una discusión entre un alcalde y un periodista serio, pero no juzgo: ese tono es indicador de la verdadera decadencia colombiana: la decadencia moral. Y no hablo de la moral ordoñista e hipócrita, similar a la propuesta por el alcalde cucuteño (un político que sigue de campaña, ora con los evangélicos, ora recogiendo aplausos en misas populistas e improvisadas por un sacerdote Restrepo de-no-se-sabe-dónde). Hablo de la moral liberal, del respeto al disenso, de la protección del malpensante, de la respuesta razonada.
Una sociedad que ignore a los críticos nacidos en su seno, que sea indiferente ante las amenazas, en suma, una sociedad que no se indigne cuando buscan callar con amenazas lo que no se puede callar con ideas, está condenada a cien años de agonía.

A pesar de todo lo anterior, hay en Cúcuta –en Colombia, en general- una generación joven que trabaja y se esfuerza. Ahí está Liliana Cárdenas, una querida amiga. A ella esta triste reflexión.

@VicentePerezG

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15
08
2013
Vicente Pérez

Hasta aquí las sonrisas

Por: Carlos Vicente Pérez

Este martes se cumplió otro año de la muerte (asesinato) de Jaime Garzón. Ya van catorce y contando. La verdad no es que esté muy olvidado, Garzón, aún sigue siendo visitado en YouTube, aunque quién sabe por cuánto tiempo. Es extraño, lo de Garzón: que siga siendo recordado 14 años después de su asesinato (a un señor Pizarro, y a otro, Gómez, hace rato los olvidaron), y lo sigan buscando y lo sigan viendo, es extraño, en este país sin memoria. Pero no juzguemos al país, pobre Colombia, «país de mierda», ¿no?, no tiene memoria quizás porque su historia no cambia de contexto, sólo de nombres, y lo que debería ser el pasado es un eterno presente de muertes y robos y mentiras. Lo que ayer fue Frente Nacional hoy es Unidad Nacional, lo que ayer era Estado confesional hoy lo llaman Procuraduría General de la Nación. ¿Y allá procuran de qué? (más…)

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22
06
2013
Vicente Pérez

El Nobel de Vallejo

Por: Carlos Vicente Pérez

Nunca he escrito sobre Fernando Vallejo. Ni una palabra, quizás porque creo que es un error inevitable empezar sobre su literatura para terminar con sus posiciones políticas o morales. No. Es como escribir sobre García Márquez para terminar reprochándole lo mismo. Allá ellos. Pero hoy quiero hacer un quiebre.
Sobre la literatura de Vallejo hay mucho que decir, pero se resume en que es un escritor que marcó la literatura hispanoamericana, y la mejor manera de conocerlo es leyéndolo, luego hacer juicios sobre sus libros a partir de lo que otros escriban es arrogante.
No voy a escribir sobre su literatura, pero no dejo de recomendarla. Y me refiero a sus novelas más que a su conocido libro sobre el cristianismo. Decía, quiero escribir sobre una característica suya, independiente de su orientación: su capacidad de decir lo que piensa y defender su verdad, aun cuando es incómoda, aun cuando no es verdad.
Hace unas semanas escribía Daniel Samper Pizano que hay ciertas personas que hablan y arriesgan su posición a favor de su sociedad, cuando nadie es capaz de hablar y denunciar las injusticias. La gente les suele llamar sapos, Samper es más consecuente y rescata una palabra valiosa para ellos: atalayas.
Las posiciones de Vallejo son bien conocidas, y por ellas es fácil sentir apego, como es fácil sentir rechazo –otros, como un apreciado amigo, dicen que sólo es un fastidioso que está contra todo-, pero es importante resaltar su actitud, no como un medio para transmitir sus ideas, sino como un imperativo: decir y enunciar la propia verdad sin violencia, promover el debate y nunca cansarse de denunciar, nunca cansarse de repetirse.
Algunos se preguntan si Vallejo, quien ya está viejo, podrá ganar el Nobel. No lo creo, ni lo veo medianamente posible. No recuerdo quién dijo que a los señores de la Academia no les gustaría tenerlo despotricando contra todos en Estocolmo. Es verdad, aunque su literatura sea valiosa y probablemente sí merecería la distinción. De todos modos es cierto lo que él ya ha dicho: para los escritores en español es objetivamente poco importante el premio Nobel, puesto quienes lo otorgan no hablan español, luego no conocen la obra original del autor. Tiene más sentido entonces un premio como el Cervantes, o un premio como el de la FIL en Lenguas Romances, que Vallejo ya recibió.
Esto lo digo porque luego de ver a Vallejo pronunciando su discurso de aceptación del premio queda una imagen importante: sale del atrio y camina a su puesto, donde se sienta al lado de Herta Müller y Vargas Llosa.
El Nobel, se dice, es un premio con una fuerte carga política. Vallejo no lo recibirá, aunque haya tenido a dos nóbeles aplaudiéndolo por tener la valentía política más evidente.

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21
06
2013
Vicente Pérez

El turno de Brasil

Por: Carlos Vicente Pérez

Un mundial de fútbol vale un mundo de plata, luego no es el mismo mundial el que puede pagar Catar al que puede pagar Tahití –tan de moda luego de tremenda goleada-. De todos modos hay países que seguramente sienten más un mundial que otros, independientemente de la plata que tengan: anhelan más un mundial de fútbol en Paraguay que en Nueva Zelanda, pero en fin, el mundial del próximo año lo tendrá Brasil, y la gente no está muy contenta con el mundo de plata que hay que gastar –plata que no se gasta en salud o en educación sino en estadios y logística- y por eso sale a marchar. No sólo.

También dicen el El País de España que subieron menos de un cuarto de euro al pasaje en autobús –algo así como quinientos pesos?- y por eso también la gente sale a marchar… Pero la alza al precio del transporte ya la echaron para atrás. ¿Entonces por qué siguen marchando casi medio millón de personas diarias?

Desde hace unos años el gobierno de Brasil ha aprovechado y promovido una imagen de Brasil como si estuviera más cerca de Portugal que de Venezuela, como si fuera antes un país de la OCDE que del Alba, y de repente todos empezaron a hablar de Brasil como un milagro económico, que tiene evidentes avances en su PIB, produce aviones y tiene el ejército más grande de Latinoamérica, no tiene un índice de desigualdad como el de Colombia o Haití, que ve atrás el tercermundismo, etc., y de pronto Brasil es la maravilla, todos quieren aprender portugués, Río es más interesante que San Marino, entonces no solo es un nuevo rico sino también es un country play. Pero ya lo decía Oppenheimer hablando del desarrollo de Brasil: es un gigante de barro.

Ya va a completarse una semana de protestas multitudinarias en Brasil y es hora de preguntarse, ¿cómo es el Brasil real? Sería faltar a la verdad negar que ha avanzado, y que promete más para los especializados que Colombia o Argentina, incluso muchos creen que este puede ser el siglo de Brasil, que es una potencia emergente, pero no hay que olvidar que hay gente en las calles quejándose de la corrupción, de la pésima salud, de la educación, etc., entonces Brasil no es sólo el país al que de repente fueron a producir películas internacionales: es un país latinoamericano preocupante, con pobreza y desigualdad y falta de oportunidades como Bolivia, como Perú.

La gente está manifestando por los costos del mundial, sí, por la alza al transporte, sí, pero esas son gotas que rebozaron la copa, es lógico que el fondo del asunto es mucho más grave.

Tal vez sea hora de reinterpretar el Brasil actual, sin desconocer que es un país líder en Latinoamérica y con un potencial enorme, pero que el país idealizado con crecimiento estable y una clase media creciente y con oportunidades de empleo y educación está siendo cuestionado en sus propias calles sencillamente porque no existe.

Ojalá se escuche a la gente en Brasil, la que ha sido omitida por el mundo sólo por no ser tan encantadora como el cristo de Río, ojalá los brasileños tengan un espacio libre y eficiente para redireccionar su riqueza hacia toda la sociedad. Y ojalá sus países vecinos sean solidarios y sigan su ejemplo de franqueza ante la ostentación.

@VicentePerezG

P.S.: Ya es una realidad la unión igualitaria en Colombia, gracias a la decisión acertada -aunque ambigua- de la C. Constitucional. A los notarios les quedó grande estar a la altura de la oportunidad, ojalá los jueces sí puedan interpretar inteligentemente la orden de la Corte y no responder a la discriminación con un poquito menos de discriminación.

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28
04
2013
Vicente Pérez

Pataletas de ahogado

Por: Carlos Vicente Pérez

Poner sobre la mesa del Congreso el debate sobre el matrimonio homosexual sirvió, principalmente, para dos cosas: para cuestionarnos sobre el estado actual del concepto de igualdad que manejamos y para reencauchar y desempolvar del jurásico al ya emérito senador Gerlein.
Al fin, el proyecto se hundió por una amplia diferencia: 51 contra 17, y deja en un limbo jurídico la situación de las parejas homosexuales, a quienes la Corte Constitucional ya les ha reconocido amplios derechos por vía jurisprudencial pero, dicho sea de paso, no es la vía ideal de reconocimiento de esos derechos: no podemos acostumbrarnos a que sean los jueces constitucionales quienes salven y recuerden el Estado de derecho en estos temas fundamentales para la discusión social, mientras hay una cantidad de congresistas costosísimos que han elegido para representar a la sociedad en esos debates. El papel de la Corte Constitucional ha sido fundamental y necesario en nuestro país, pero no debemos olvidar que es el Congreso el legitimado para transformar a la sociedad con sus decisiones legislativas.
Y al respecto de esto, ¿qué queda? Un Congreso incompetente, inepto, que con dos años de plazo vino a dejar la discusión para última hora, que la pospone por demagogia, que no la concluye, que la hunde. Bien, eso ya se sabía, ¿no había uno que otro godo por ahí haciendo lobby para hundir el proyecto? Hundirlo, ¿para qué? Igualmente lo que se temía con este proyecto sucederá, habrán parejas homosexuales con su relación formalizada en dos meses, pero lastimosamente no será gracias a la diligencia de los voceros de la opinión social sino de los intérpretes de la Constitución.
Por otro lado, es totalmente sano estar en contra del matrimonio homosexual, como lo es estar a favor, pero con una cuestión clara: la discusión no es prohibir o permitir (guardar silencio en este caso es una forma de prohibir), ni definir si las parejas homosexuales son familia: eso es tema viejo, la Corte Constitucional sentó jurisprudencia al respecto aceptando que son familia, y envió una exhortación, que es más bien una orden, al Congreso para que legislara al respecto, pero esto quiere decir regulando cómo se organizarán estas familias en Colombia.
Estos días ha sorprendido tanto constitucionalista, sociólogo y psicólogo amateur que con no-sé-qué argumentos prejuiciosos han escondido sus taras en interpretaciones oscuras de la Constitución, o en preguntas incómodas: ¿qué les dirán a los niños en el colegio al saber que sus padres son dos mujeres, o dos hombres? La respuesta sólo la tendrán los niños (si es que la tienen) en caso de aprobarse el matrimonio igualitario (entiéndase por igualitario, igualitario, lo mismo que un matrimonio blanco y cristiano entre un hombre y una mujer), pero, tratándose de niños adoptados, asombra el egoísmo de quienes prefieren que los niños crezcan en el Bienestar Familiar a que crezcan en una familia.
De todos modos, los argumentos en contra del matrimonio homosexual recuerdan la discusión sobre la abolición de la esclavitud, que tuvieron un buen retrato recientemente en Lincoln, recomiendo pasar por la película y pensar en lo vergonzoso que podía ser para esos hombres blancos y de ascendencia europea sentirse iguales a sus esclavos.
Las parejas no heterosexuales, más que sexo, son amor, y el amor no construye sexo, construye familia.
Gerlein, el escatológico Gerlein y sus adláteres pueden seguir el tiempo que sea exteriorizando sus traumas: de todos modos son pataletas de ahogado, pues tarde o temprano sus diatribas quedarán sepultadas en el olvido.

@VicentePerezG

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26
02
2013
Vicente Pérez

No discriminen a los discriminadores

Por: Carlos Vicente Pérez

A pesar de las considerables críticas que pueda tener la ley antidiscriminación, especialmente porque resulta muy difícil de determinar (o sea, se determina según el intérprete: según se venga en gana) la sutil línea entre libertad de expresión y el tipo penal que la ley contempla, y su evidente ineficacia (“invertirle al Chocó es perfumar un bollo”), la regulación es destacable en los términos que diré al final.

Como sucede con cualquier norma en Colombia, su inconstitucionalidad se acusa no bien ha empezado a regir, nada extraordinario, pero lo curioso del caso presente es que el procurador colombiano, adalid de las buenas costumbres y la moral tridentina más característica de este país blanco y cristiano, ha dado concepto negativo a la constitucionalidad de la ley, porque viola los derechos fundamentales de libertad de expresión y libertad religiosa.

El procurador general, como se sabe, un abogado de pocos argumentos racionales (para qué la razón si tenemos la Fe verdadera) está muy preocupado porque al prohibirse la discriminación, los padres verían limitada la educación de sus hijos (?) y bueno, en el fondo, en el fondo, la preocupación es que en Colombia todavía subsiste esa clase estúpida que se opone a la propagación de la Fe y con artilugios leguleyos truncan la necesaria condena pública a los homosexuales, los liberales, los ateos, los negros, los indios, mulatos, zambos, procuradores y toda esa gentuza que no necesitamos.

A quién, por Dios, a quién se le ocurre prohibir, por ejemplo, la quema pública de libros de Voltaire y de García Márquez, malditos escritores ateos corruptores de la moral occidental, si es un acto simbólico necesario para dar ejemplo a la ciudadanía. Nuestro procurador es un personaje de carácter. Y de cuidado, cuidado se monta a la presidencia (que la Virgen nos cuide).

En fin, no soy gurú constitucional pero me atrevo a vaticinar que la Corte declarará la constitucionalidad de la ley, cosa saludable, pero más saludable el ejercicio de interpretación y determinación necesario para entender si es legal quemar el Corán y no, por ejemplo, escribir la palabra “negro” en este espacio, o cómo es la cosa. Ojalá se deje de lado el inútil lenguaje políticamente correcto y se refuercen la condena a las expresiones materiales de discriminación, entiéndase, la discriminación legal a los homosexuales. Ay qué peligroso futuro le espera a este buen país, señor procurador.

Decía que la interpretación del intérprete muchas veces es la interpretación que se nos dé la gana. Así lo hizo el procurador, así lo hago yo. Que así no lo haga la Corte.

 

ADEMÁS: 1. Buena jornada la de hoy, Maratón de blogs de El Espectador en conmemoración del tercer aniversario de este espacio. Me uno y lo saludo.2. A propósito del tema de los homosexuales, en junio se cumple el término de dos años para que el Congreso legisle sus uniones civiles y nada de nada.

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19
02
2013
Vicente Pérez

El regreso del comandante

Por: Carlos Vicente Pérez

Ernesto Villegas, ministro de comunicaciones de Venezuela, en entrevista con Blu radio confirmó la llegada de Hugo Chávez a Caracas en la madrugada del lunes. Su tono era de evidente precaución, de medición en cada palabra cuando respondía a preguntas precisas y necesarias.

Hay mucha tela por cortar, pues se sabe que cuando se habla de Chávez, trátese en el país que se trate, los comentarios rara vez son cortos. Desde luego el ministro, al igual que el vicepresidente Maduro, no ocultaban el optimismo en las respuestas, pues necesitan hacer ver en este arribo una esperanza, una luz que no debería apagarse. Pero cuando se le formuló la pregunta principal, dadas las fuertes voces que en Colombia han asegurado que Chávez juramentaría el poder, para luego renunciar y convocar elecciones (nótese la similitud con el también altisonante Benedicto XVI, en la otra orilla), el ministro se quedó corto, vago, incómodo: que no hay que hacer elucubraciones, que hay que someterse al hecho periodístico “objetivo” (¿cuándo ha sido objetivo algo relacionado con Chávez?) que es que el presidente está en Caracas. Pero faltó lo infaltable, nunca negó esa posibilidad, lo cual no la afirma, pero el hecho de no rechazarla es ya una sospecha mayor. Más cuando quien habla es el cuñado del presidente.

También, ante el escepticismo sobre las fotos publicadas a modo de prueba de supervivencia del presidente, el ministro aseguró que eran verídicas, aprovechando la pregunta para recordar el bochornoso error de El País de España y las fotos falsas publicadas en la edición impresa hace pocos días. Y Villegas, en el único momento de elocuencia de toda su intervención, dejó claro una opinión difícil de controvertir: cuando se trata de Chávez, para bien o para mal, siempre se va a desconfiar; si se publican fotos convaleciente, serán falsas; si está de pie, más falsas; si no se publican fotos, está muerto, pero si se publican puede que también, como dijo el ministro, se trate de un “muñeco”.

Claro que la figura de Chávez es polémica, claro que es apasionante, claro que es un personaje y quizás en ese sentido William Ospina haya hecho bien elevando su figura a los altares callejeros de América Latina, haciendo la precisión de que en los altares callejeros se puede tanto alabar como agraviar, sin que por eso el santo sea menos santo, ni el diablo menos… Decía que Chávez es opinión inevitable de doctos y legos, pero también es desconfianza, incertidumbre, misterio. Por eso el “hecho periodístico objetivo” no lo es tanto, porque solo cree quien quiera creer. Con todo, es más creíble que haya regresado a Caracas, a que esté en ejercicio de sus funciones y “dando órdenes” de manera no verbal (?).

Desde luego la situación es más que Chávez: es la legitimidad política del gobierno venezolano, la estabilidad social y económica de este país (y sus socios, sus fronteras) lo que se debate con su misterio. Y vale que un personaje sea misterioso, lo cual le merecerá biografías y películas, pero sumir en la verdad de nadie la vida de un país, de sus exiliados, sus sobrevivientes, su vida, en fin, no es un hecho novelesco, esto quizás sí es un hecho objetivo. Y doloroso.

El comandante ha regresado, quizás no tanto, con la certeza de que tarde o temprano tendrá que partir. Y tampoco lo será tanto.

 

ADEMÁS: ¿cuánto dinero gastará el Gobierno Nacional contratando un nuevo abogado para resucitar lo perdido con Nicaragua?

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14
01
2013
Vicente Pérez

Las canciones más lucrativas

Por: Carlos Vicente Pérez

Fuente: internet.

Medir la calidad de una producción por la cantidad de dinero que recaude es un error bastante grave, tan grave como frecuente. Decir que una canción de Justin Bieber es notablemente superior a una composición de Wagner porque el primero arrasa en ventas mientras el segundo es un nombre almidonado reservado a intelectuales e intelectualoides es tan falso como falaz. Con esto quiero significar lo que Judt tan bien supo expresar: sabemos qué cuestan las cosas, pero no tenemos ni idea de lo que valen.

(más…)

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09
10
2012
Vicente Pérez

Novelas judiciales

Por: Carlos Vicente Pérez

Muchos medios cubrieron con sobrado interés “el fin” de una novela judicial –es decir, el proceso ambientado con sentimentalismo y morbo- cuyos protagonistas son una mujer de la farándula nacional y una tristemente célebre familia costeña de confesa corrupción.

Al igual que esta novela, muchas otras se han desenvuelto y se desenvuelven con un público ansioso por conocer su final: por ver en la televisión a los vencedores y a los vencidos, las caras de arrepentimiento o cinismo, las declaraciones de los abogados y la sentencia de un juez en medio de aplausos y silbidos al mejor estilo de un estadio de fútbol. Eso es, en eso se ha convertido la ya achacada justicia colombiana: un circo mediático de indiscutible rating que ofrece en los noticieros incluso mejores historias que las repetitivas y sosas telenovelas de los horarios triple A. No falta recordar el drama de unas niñas bogotanas –al igual, tristemente célebres- que ya llevan también, a pesar suyo, bastante tiempo enriqueciendo titulares de prensa y franjas noticiosas en la televisión.

Es decir, inevitable es que la gente se preocupe, mejor, se interese por escándalos y debates propios de la vida pública (por el contrario, suele ser saludable): la enfermedad de un presidente, las deformidades de un expresidente, la extradición de un general a Estados Unidos, cómo no. Pero lo que suele encontrarse, al lado de los siempre abundantes escándalos de la vida política, tan llena de corruptos y de dedicatorias de libros a criminales, son unos cuantos personajes inflados por los medios, quienes se encargan de ambientar una trama, una historia que, independientemente de si sea real o no, cuando es sobreexplotada, tiene principalmente dos efectos dañinos: por un lado, expone aun irresponsablemente la vida de los implicados (sin embargo, a veces parece que no les desagrada del todo) promoviendo el sensacionalismo y rebajando la dignidad de esas personas a la de un artículo de jet-set, y por otro lado, entorpece y frivoliza el sistema judicial, convirtiendo las decisiones de un juez en picante para la novela en cuestión, y no pocas veces, atribuyéndole a los medios de comunicación la función de investigar y juzgar, funciones indiscutiblemente propias del juez y del ente acusador.

Entre novelas serias y novelas frívolas, recuerdo que en  El Extranjero, cuando al protagonista se le procesa por el asesinato de un árabe, tanto la prensa como el juicio se desvían hacia aspectos de su vida personal: «Señores jurados: al día siguiente de la muerte de su madre este hombre tomaba baños, comenzaba una unión irregular e iba a reír con una película cómica. No tengo nada más que decir» dice el Procurador. Nada más pareciese que se tuviera que decir hoy al respecto de la corrupción y el detrimento de los fondos públicos, en principio destinados a los campesinos y en últimas aprovechados por unos cuantos latifundistas, producto de una pésima campaña gubernamental. Pero eso no es importante, preocupante resulta la vida amorosa de los implicados en el proceso o los fantasmas que ronden cerca al lugar del presunto asesinato del joven universitario, hoy, al igual, reducido a personaje novelesco.

Exagerado y absurdo sería pretender que la función de los medios se limite a informar sólo noticias serias y nunca a especular o a investigar (mejor), no, dado que cabe dentro de su función y libertad. Pero sí sería conveniente una actitud más consciente de su ejercicio, recordando que la prudencia no debe ser ajena a los medios de comunicación. Prudencia, cualidad tan importante en los diálogos que se avecinan.

Desde luego, es una crítica constructiva que se le hace a los medios rescatables de este país. Los pasquines pueden seguir viviendo de su baja tinta.

No tengo nada más que decir.

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16
08
2012
Vicente Pérez

Un congreso al estilo sueco

Por: Carlos Vicente Pérez

Démosle a Colombia un Congreso similar al Parlamento sueco, pensé luego de ver el contraste entre las condiciones laborales de los diputados suecos con sus homólogos colombianos. Sin secretaria, sin plan de teléfono móvil, sin un sueldo superior a los 20 salarios mínimos, en fin, un Congreso tal que los congresistas tengan condiciones más cercanas al resto de colombianos para quienes ellos legislan, y un Congreso que cueste menos, es decir, un Congreso austero.

Pero no: sabemos que es poco menos que fantasía imaginar al senador Corzo bajarse de su carro particular a tanquear con su traumático salario, por ejemplo. Además, Colombia no es Suecia, como comentan justificadamente algunos: aquí necesitamos que los congresistas tengan choferes para que no nos hagan pasar la vergüenza de verlos a ellos mismos manejando ebrios. ¿O no?

Sin embargo, ¿se puede legislar (esto es, imponer conductas) sobre personas en condiciones diametralmente opuestas a las propias? Mejor: ¿no es saludable que un congresista (un mandatario de un pueblo mandante) esté en condiciones más o menos similares al resto de personas? No es una idea denigrante, creo que a nadie se le ocurriría que un representante a la Cámara esté en su casita sacando con baldes el agua como le ocurrió a no pocos colombianos en los inviernos pasados. Pero sí quizá, y recordando a Jaime Garzón a propósito del aniversario de su hasta ahora impune asesinato, que los congresistas –los funcionarios públicos en general- estén en condiciones tales que puedan legislar, vivir bien, conservar su estatus-dignidad que merece quien hace las leyes en un país, pero a la vez con su estilo de vida cambiar las percepción que tiene el ciudadano común y corriente de ellos: cuando alguien va a pedirle al Estado mira hacia arriba, situándose debajo de la condición gubernamental (como es de hecho) en vez de hablar de igual a igual, de colombiano a colombiano, en una relación que a propósito es políticamente de subordinación por parte del mandatario (de ahí que se llamen funcionarios o como suena mejor: servidores).

Dejemos de lado el ejemplo sueco, no muy lejano del finlandés, donde la sede de gobierno no es tan ampulosa como acostumbran ser las latinoamericanas y es uno de los países con menor percepción de corrupción. Decía, dejando de lado ejemplos escandinavos no deja de ser alarmante el costo del mantenimiento de nuestro congreso, el contraste de la calidad de vida de los congresistas con la cantidad de pobres en Colombia, en fin, y no solo refiriéndose a los miembros del Congreso (es un ejemplo de tantos, pero el contraste se hacía con sus homólogos suecos) sino también al desproporcionado sueldo del secretario del senado, y otro aspecto preocupante: conocer el costo de los congresistas, ministros, presidente, magistrados, etc., es un dato de revelación periodística, de difícil acceso, cuando conocer cuánto cuesta mantener a los empleados del Estado debería ser información de dominio público, transparente.

Un modelo escandinavo, es verdad, no es propio de un país como Colombia, pero el mismo Congreso debería plantearse este debate honestamente, si en algo le importa su vergonzoso descrédito ante la opinión pública. Es preocupante, preocupante que cuestionarse sobre estos temas no suene en serio.

P.S.: se desequilibró la balanza en la hasta ahora progresista Corte Constitucional, el Senado reemplazó a un magistrado liberal -Juan Carlos Henao- por uno marcadamente conservador -Luis Guillermo Guerrero-. Se nublan las próximas decisiones de esa Corporación.

@VicentePerezG

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04
08
2012
Vicente Pérez

Merienda de negros

Por: Carlos Vicente Pérez

La historia cada vez se hace más popular, con más o menos los mismos elementos que la del diputado de Antioquia: un concejal de Bogotá en una sesión de dicha Corporación (que él preside) llama la atención porque cualquiera pueda entrar a tan honorable recinto, porque «se nos está volviendo una merienda de negros».

Naturalmente, podría suponerse que el señor (Jorge Durán) no usó su expresión con la alevosa intención de ofender a la población negra. Naturalmente, lo anterior no lo exime de responsabilidad. La Procuraduría se encargará de investigar disciplinariamente al señor Jorge Durán y Silva, un concejal con 35 años en funciones: hasta al mejor panadero… O quién sabe si el mejor ¿será un político tan antiguo lo que precisamente necesitamos?

Hubo quienes reaccionaron ante la frase en cuestión minimizando su efecto: es un adagio muy extendido, leí en un foro. El narcotráfico y la corrupción también lo son, pero las cosas no necesariamente son lo que deben ser, y de ciertas personas se esperaría una conducta más apropiada, máxime si se refiere a una población discriminada e impávida, maltratada y olvidada, que, el año pasado fue objeto de protección por medio de una ley antirracismo, pero una ley no es la panacea. En otras palabras: no se desconoce el derecho de cada quien a pensar como quiera (conciencia) pero expresar ciertas opiniones o expresiones en público varía sustancialmente la cuestión.

Vamos un poco más al fondo: condenar políticamente al señor Durán es una reacción esperada, pero ahí no acaba el pozo: podemos entender muchas cosas de una sociedad partiendo de sus dichos. ¿No es curioso el contraste entre la imagen que los colombianos tenemos de nosotros mismos y la que las demás naciones tienen de nosotros? Veamos: Colombia es un país de blancos y cristianos, criollos pero blancos, rodeados por países con indios y negros. Que haya mestizaje es excepción ¿Francia no tiene población afro? Por otra parte: sabemos que hay que trabajar como negro para vivir como blanco, «desconocimiento histórico» alegarán: me repugna escribir estas palabras, respondo.

Esta situación recuerda la tensión desatada hace pocas semanas en el Cauca: «Muchos indios» título un periódico de blancos por esos días. Hay que rechazar el racismo, sí, pero es hipócrita hacerlo como un prejuicio externo, un mal menor. No. Este país es racista, su cultura es racista y regionalista, sus canales de televisión son racistas, y especialmente sobre este último punto: vender la imagen de protagonistas de porte más europeo que colombiano (¿recuerdan la adaptación de The Grey’s anatomy?) es influir en esa tara de pureza racial, cuando es quizá el mestizaje nuestra nota más característica.

Leo los periódicos: cuánto me enorgullezco del récord olímpico de Óscar Figueroa, orgullo colombiano en Londres, un afrodescendiente de disciplina ejemplar.

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26
06
2012
Vicente Pérez

Una colecta por la Constitución

Por: Carlos Vicente Pérez

La Constitución colombiana es una carta de muy buenas intenciones. Lástima que quienes la reforman y aplican, no todos tengan esas mismas buenas intenciones. A veces, al leerla, es más que una carta de buenas intenciones: una pieza de ficción:

Artículo 22: la paz es un derecho y un deber de obligatorio cumplimiento.

¡Pregúntele a un campesino del Caquetá a ver qué piensa del artículo 22!

También es, por supuesto, una ley superior, pero poco respetada. ¿Qué ley hay sido más reformada en los últimos veinte años que la propia Constitución? ¿No se ha apelado a ella para quedarse en el poder cuatro añitos más, sin importar la legitimidad del trámite de la reforma? Ahora, el Honorable Congreso de Colombia -que de Honorable no tiene nada, y ciertos congresistas le quitarían la hache al «Honorable», algunos medios le quitan la mayúscula: sé que nosotros le quitamos el «honorable» y la mayúscula-, mejor dicho, el Congreso, en sus funciones de Constituyente derivado aprobó una reforma constitucional (acto legislativo) sobre los temas de justicia. Esta reforma que, hoy por hoy ya está aprobada y tiene plena validez (que no vigencia por no haber sido insertada en el Diario Oficial).

Los medios han abordado profusamente el tema del texto de conciliación entre el Senado y la Cámara, con el éxito de haber hecho aceptar al presidente de la Cámara que vota proyectos constitucionales sin leerlos, sólo porque el gobierno se lo pide, ¿no es el colmo de la deshonra? Y, en buena hora, se propone un referendo para revertir aquél engendro jurídico: tarea difícil, desesperada, por parte de quienes aún damos un peso por la Constitución. Pero quizá nada de eso sea necesario, porque nuestro siempre alerta presidente supo anunciar, en un drama televisado, que devolvería el Acto Legislativo al Congreso por razones de inconstitucionalidad e inconveniencia: figura aplicada a las leyes, ¿pero a las reformas constitucionales, presidente? Hablar de inconstitucionalidad de lo que, con su apoyo, se convirtió en Constitución suena tan lógico…

«Esto es legal, lo que pasa es que nunca se había utilizado antes, no hay antecedentes, pero estoy convencido (de) que si uno actúa siempre dentro de lo que la Constitución y las leyes le permiten buscando el bien común, esa es la fórmula acertada(…)», dijo el presidente refiriéndose a su olímpica solución (¿invención?). Juan Manuel Santos, el mismo que tantos meses insistió en su dichosa re(de)forma a la Justicia, buscando, supuestamente, solucionar los problemas de los ciudadanos del común. Es que las discusiones por los beneficios a los magistrados y congresistas era algo «superable». ¿O son ellos los ciudadanos del común?

En fin, sobre la Constitución algunos la refieren con orgullo y ampulosidad, otros, como una norma utópica y lejana; incluso un profesor mío define constitución como «conjunto sistemático y organizado de mentiras». Yo prefiero pensar que sea lo que sea, es necesaria y por su importancia, merece respeto. La colecta que apoya esta nota no busca dinero —tampoco rebajemos todos la dignidad de este país tan descaradamente: ya está el Congreso—: busca firmas el día que se requieran, no solo para revertir es adefesio mencionado. Ojalá con las firmas de esa gran colecta se pudiera conseguir la renuncia de esos congresistas que votan proyectos sin leerlos, de los que legislan en causa propia, de los magistrados lobbystas que cómodamente buscan para sí cuatro años más de funciones. Vergüenza por mi país ya se convierte en vergüenza ajena.

@VicentePérezG

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15
05
2012
Vicente Pérez

#Chávez(asesino)

Por: Carlos Vicente Pérez

Un día una familia se fue de viaje, dejándole su casa a cargo de un amigo de la familia, que, por falta de un nombre, llamaremos Álvaro. Éste, aprovechando la semana de vacaciones, organizó fiestas, dañó y desapareció pertenencias de la familia, abusó del cuarto nupcial, entre otras cosas. Al regresar la familia, notaron solamente la pérdida de los objetos, y el hombre acusó a unos amigos suyos que había invitado. Al mismo tiempo, otra familia hizo lo propio (el personaje de esta familia se llama Hugo), contando con tan mala suerte (o tan malos amigos) que su casa por una semana fue también una casa de lenocinio. Al cabo del tiempo, Álvaro inicia una cantidad de reproches a Hugo, tratándolo de ladrón, abusivo, insensato, e incluso y sin mayor prudencia, asesino. (más…)

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16
04
2012
Vicente Pérez

Liberen a Ublime

Por: Carlos Vicente Pérez

Sí señores: no bien la guerrilla de las Farc anunció el cese de los secuestros extorsivos, la cantante Shakira, a grito herido entre alaridos y gemidos, en el encuentro continental más importante para Colombia, aprovechó un espacio en el himno nacional para iniciar una nueva causa, filántropa por supuesto, con el fin de obtener la libertad de Ublime. ¿Quién es Ublime? ¿Dónde está? ¿Es la versión melódica de la novela colombiana? Nada se sabe del susodicho. La guerrilla lo reclama como preso político, la derecha colombiana como una nueva víctima del secuestro extorsivo que las Farc dijo abandonar.

Otros, más ingeniosos, por supuesto, vieron en Shakira singular clarividencia. Según dicen, la barranquillera en trance estaba haciendo una profecía, pero algo le salió mal. Sospechan los conspiracionistas que no existe tal Ublime: ella quería hablar de Uribe.
“Cesó la horrible noche, la libertad de Uribe”. ¿Cómo así que está Uribe consiguiendo un viaje urgente destino a Panamá?

Por favor, Shakira, sácanos de esta confusión. Colombia ya está más preocupada por Ublime que por los indigentes de Cartagena, quienes luego de pocos días de vacaciones vuelven a las sórdidas calles. En todo caso, esta cumbre fue un enigma: nadie sabe cuánto costó, ni qué se debatió. Lástima, país ingrato, sólo se fija en los defectos. ¿No?

Preguntémosle a un ciudadano cualquiera qué supo de la cumbre: nada. Que Evo sirve más para futbolista, y que lo de Santos es el golf; que en Cartagena no hubo indigentes, y que los agentes de seguridad americanos tuvieron un desliz con las prostitutas cartageneras; que una ingenua gente de Turbaco llevó un burro para regalárselo al presidente Obama, esperando que éste se lo llevara. ¿Para qué querría Obama un burro? Suficientes burros hay en Estados Unidos, el mayor consumidor de drogas del planeta. Y a propósito del tema de las drogas, ¿qué pasó? Pobre Santos, resultó más ingenuo que los señores del burro: Obama, ni por más burro que fuera, nunca cedería un centímetro en la millonaria e hipócrita lucha americana contra el narcotráfico en año electoral. Es como si el mismo Santos en 2010 hubiese admitido que el peor error del uribismo no fue el fracasado referendo del 2003, ni el mismo Uribe: fue Santos, su candidato presidencial.

Y bien, señor ciudadano, ¿qué quedó, qué quedó?

-Nada, hombre, nada. Deje de molestar con la cumbre.

-¿Nada? ¿Y los de la anticumbre qué? ¿Verdad que aquí no dejan ni saludar al presidente porque ya hay protesta contra el imperialismo? Obama, protesta. TLC, protesta. TransMilenio, protesta, protesta, protesta.

-Ah, sí, sí. Es que usted sabe, hay gente que no entiende que de vez en cuando los presidentes se reúnen a hacer en la distancia lo que hacen en sus países. Nada. Pero bueno, deje de escribir bobadas en su blog.

-¿Bobadas? No, hombre, respete que aquí estamos por una noble causa: porque estamos buscando a Ublime y queremos que Shakira no le robe las corbatas a Piqué.

A los conspiracionistas ilusos les digo que Uribe no va para ninguna cárcel. Pero, vea usted, ya no estamos en su gobierno: cesó la horrible noche. Grande Shakira, augur encorbatada.

Y tú, Ublime, donde quiera que estés, aparece, Colombia te espera, si estás en la guerrilla, desmovilízate. Por ti quizás no hagamos otra cumbre, pero quizás sí una fiesta sublime.

@VicentePerezG

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12
03
2012
Vicente Pérez

Fernando Hinestrosa: un caballero radical

Por: Carlos Vicente Pérez

El 10 de marzo de 2012 fue un día aciago para la academia colombiana en general, y para los estudiosos del derecho en particular. Fernando Hinestrosa, quien para algunos es el contemporáneo más relevante en el estudio del derecho en Colombia; el académico que durante casi medio siglo dirigió la Universidad Externado, conduciéndola en los momento de orgullo y satisfacción, y en los de tristeza y penuria (como los funestos días del 5 y 6 de noviembre del 85, cuando en medio del holocausto del Palacio de Justicia, el Externado perdió casi una decena de personas entre catedráticos y exalumnos); el colombiano que hace dos años fue orgullo nacional al ser el primer latinoamericano en recibir el doctorado honoris causa de la universidad de La Sorbona; el magistrado, el ministro, el diplomático; pero por encima de lo anterior, el hombre cordial, sencillo, que además de rector y decano también era profesor de la facultad de derecho, el que se consideraba amigo de sus estudiantes, el defensor de los valores liberales y de la ética radical. Él, ya no está.

«Tendrán tropiezos, caerán», les dijo a los estudiantes de primer semestre en la última bienvenida que dio a la universidad, y en efecto, la universidad no se siente igual y la pérdida que no se circunscribe a un claustro académico es invaluable. «Pero lo importante es levantarse», concluyó él mismo.

La única vez que vi a Fernando Hinestrosa fue en esa bienvenida, y un detalle —por el cual escribo estas líneas— me marcó de sus palabras: dijo creer en la juventud. Y no se refería a creer por resignación o creer por creer: creer con convicción. Y eso, venido de un hombre octogenario con las credenciales que él tenía, realmente motiva no sólo a estudiar, sino a creer también en las jóvenes generaciones. A creer para hacer.

A él lo llamaron varias veces «el último caballero radical», resaltando su liberalismo férreo, liberalismo puro que propende por la democracia, la separación de los poderes, el respeto al otro, la ética radical, la independencia, en una sola palabra (necesaria aunque redundante): libertad.

Sin embargo, a él no le gustaba por completo ese título, pues no esperaba ser el «último», sino que aparte de él cada vez fueran más los radicales de la libertad, de la disciplina. Sí: Fernando Hinestrosa fue un caballero radical, seguramente el de mayor trascendencia.

Aparte de su destacada obra jurídica, y otros escritos como Reflexiones de un librepensador, el legado del doctor Hinestrosa trasciende las letras. Paradójicamente es un legado de fe, viniendo de un hombre de laicidad indiscutible. Él mismo lo describió en una entrevista para El Tiempo: su legado es «fe en la patria, fe en la juventud, fe en la libertad y fe en la democracia». Hasta en la fe era liberal este caballero radical.

El 10 de marzo de 2012 fue un día aciago, pero también el día en el que con excelsos méritos culminó la vida de nuestro personaje, abriéndole las puertas de la posteridad a través de su legado y su indeleble marca en generaciones de colombianos.

@VicentePerezG

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06
03
2012
Vicente Pérez

El otoño de Gabo

Por: Carlos Vicente Pérez

Las efemérides relacionadas con García Márquez son una suerte de astros alineados: el Nobel cumple hoy 85 años; este año, 30 de su premio Nobel, 45 de publicado Cien años de soledad y 65 de publicado su primer cuento “La tercera resignación” , que en 1947 (en ese tiempo para honor de García Márquez y hoy para honor de este diario) EL ESPECTADOR por medio de Eduardo Zalamea Borda, imprimió en su sección dominical.

A propósito de cómo empezó a escribir, García Márquez dice en su libro Yo no vengo a decir un discurso: “A mí nunca se me había ocurrido que pudiera ser escritor pero, en mis tiempos de estudiante, Eduardo Zalamea Borda, director del suplemento literario de El Espectador de Bogotá, publicó una note donde decía que las nuevas generaciones de escritores no ofrecían nada, que no se veía por ninguna parte un nuevo cuentista ni un nuevo novelista”. Y continúa: “a mí me salió entonces un sentimiento de solidaridad para con mis compañeros de generación y resolví escribir un cuento, nomás por taparle la boca a Eduardo Zalamea Borda, que era mi gran amigo, o al menos después llego a ser mi gran amigo. Me senté y escribí el cuento, lo mandé al EL Espectador. El segundo susto que obtuve el domingo siguiente cuando abrí el periódico y a toda página estaba mi cuento con una nota donde Eduardo Zalamea Borda reconocía que se había equivocado , porque evidentemente  con “ese cuento surgía el genio de la literatura colombiana” o algo parecido”.

Así fue como el más importante novelista latinoamericano de todos los tiempos inició su carrera literaria. O al menos así eso como él lo relata.

Hace pocos días Gabo volvió a ser noticia, pero no por sus cualidades literarias, sino por críticas, entre otros del historiador mexicano Enrique Krauze, respecto a su amistad con el retirado dictador cubano Fidel Castro y su gusto por estar cerca a los círculos de poder.

Dicen también que a estas alturas, cuando Gabo poco se presenta ante los medios por razones fisiológicas, nadie lo defiende. No, nadie lo defiende ni nadie debe defenderlo; ni él mismo debe hacerlo simplemente porque no hay por qué.

A los artistas, lo mismo que los filósofos, no hay que pedirles una vida heroica ni mucho menos políticamente correcta. Ellos no valen por lo que fueron sino por lo que dejan. O mejor, ellos no son su vida sino su obra. Y García Márquez es el coronel Buendía, el coronel que no tiene quien le escriba, es Remedios la bella, es Melquiades. Y ése Gabo, el literario, el novelista, el periodista, es el que nos respecta y el que quedará para la posteridad, como de Hemingway quedó su lucha feroz con los tiburones y no su execrable caza de osos. Lo demás es morbo casuístico.

Hoy es un día importante para la literatura colombiana, pues su máximo exponente y parte de su obra cumplen fechas memorables. Y aunque se discuta si la obra de Gabo es colombiana o mexicana, vale decir que ese país ha recibido e impulsado a grandes escritores colombianos, pero su obra es tan colombiana como Pedro Páramo es mexicano.

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25
02
2012
Vicente Pérez

El vídeo de la infamia

Por: Carlos Vicente Pérez

Un vídeo hecho por un reportero ciudadano en Colombia que en dos días acumule más de seiscientas mil reproducciones marca un precedente en nuestra concepción de internet. Me refiero a “El vídeo que el gobierno colombiano no quiere que veamos”, titulado así por razones meramente propagandísticas, pero que eliminando su título nos deja una sensación mayor a la visión de un gobierno o de una fuerza pública, o de los intereses de una transnacional. Es un vídeo que deja un sabor amargo, una impotencia rabiosa, una bofetada en la cara para reaccionar sobre una situación.

Ser hecho por un reportero ciudadano tiene ya sus limitaciones de forma y los cuestionamientos que los más dogmáticos harán de su veracidad. No obstante, quienes lo vean o lo hayan visto, quizás coincidan conmigo en que resulta carísimo hacer un montaje tan realista, con tantas personas y elementos lejanos del alcance de un ciudadano común y corriente. Lo anterior lo digo para prevenir las objeciones que cada vez se hacen más comunes, y que consisten en descalificar toda información desfavorable para un grupo de altos intereses como falsa, como una farsa, una conspiración o en términos más célebres: una “venganza criminal”.

Este vídeo, el vídeo de la infamia, consiste básicamente en un reportaje sobre el desalojo de unos ciudadanos —mineros, pescadores— del río Magdalena. Según la información dada, el motivo del desalojo es la construcción de una hidroeléctrica en el Quimbo, negocio de las transnacionales EMGESA, ENDESA y ENEL. No corresponde aquí analizar lo nefasta que puede ser esta hidroeléctrica no sólo para el propio río, sino también para la economía de los campesinos, trabajadores y para la población quimbiana en general. Pero eso no importa, pues a vista de todos es notoria la diferencia entre las ganancias de un pescador artesanal, con las de una transnacional energética. Eso sí importa.

Lo triste no es sólo el desalojo, también las formas: miembros del denigrado cuerpo especial ESMAD con sus armaduras de película reverberantes en el calor de la ribera, atacando con gases a la población. Despojando a los huileños de lo suyo, a los colombianos de lo de Colombia. Qué bonito es pensar que parte del 6% del PIB que se invierte en seguridad se devuelve en contra de la población. En contra de los contribuyentes. ¡Ah! Quién sabe si los heridos son contribuyentes, bueno, en caso contrario no tributarían en su contra, por lo menos.

—Si me van a matar que me maten —dijo un señor, resumiendo en una pequeña frase todo lo necesario para entender la impotencia de alguien que no encuentra otra subsistencia.

—El río y la mina, con eso es con lo que nos mantenemos nosotros. Mantenemos la familia porque sin eso no podemos trabajar, y dónde va a buscar trabajo uno —dice un pescador artesanal. El río y la mina. ¡Pero qué más podemos hacer!, de eso también viven los pobres empresarios extranjeros, además ellos sí saben explotar los recursos eficientemente. Para los tradicionales trabajadores de la zona el Estado no es que no tenga nada. Sí tiene, que nadie se equivoque. Tiene al ESMAD para que los atienda.

Resulta tremendamente doloroso pensar cuál imagen se puede hacer de la policía uno de los niños que fueron víctimas de ese desmedido desalojo. Qué decir de lo que afirmó la reportera de La Nación: que la “personera del pueblo” no habló con las comunidades, y se transportó en una lancha de ENGESA hacia el otro lado del río.

Un profesor de la universidad Surcolombiana concluye el –digámoslo de una vez- atropello diciendo que “la forma violenta con que nos agredieron hoy es al mismo tiempo un honor y una victoria de nosotros, porque fuimos capaces de responder pacíficamente a la violencia institucional”. Queda zumbando en el aire la palabra institucional, que conduce a pensar en instituciones legítimas, contrapuestas a la violencia del ESMAD.

Dice el jurista Francesco Carnelutti que la diferencia entre la fuerza del policía y la del bandido estriba en que el bandido combate para sí, y el policía para los demás. Pero de ser así resulta complicado diferenciarlos en el vídeo. Es apenas notorio el terror de los ciudadanos. ¿No reprocha tanto el Estado el terrorismo? ¿Terrorismo no es en últimas causar terror? Las deducciones de estas preguntas son peligrosas.

Con la iglesia católica puede tenerse cualquier tipo de discrepancia, pero no se pueden ignorar los argumentos de monseñor Jaime Tovar, quien alude que estos atentados contra los campesinos no son tolerables en un Estado de derecho: “yo llamo es al pueblo a que no sea indolente”.

Las razones últimas de todo lo anterior quizás no lleguemos a conocerlas. Muchas cosas quedan vedadas a la opinión pública cuando se desmonta la indignación de la sociedad y se acaba la película. Sí, quizás todo ese vídeo sea mejor una muy buena película , como quizás esta imagen (http://on.fb.me/zas9Ll) sea un montaje. Farsa, en fin, todo lo que no nos conviene.

Imagen de previsualización de YouTube

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17
02
2012
Vicente Pérez

Evadir y atacar

Por: Carlos Vicente Pérez

Admiro al excomisionado Luis Carlos Restrepo. Lo digo con timidez, en balbuceos. Lo admiro a él no tanto como admiro a Álvaro Uribe y a José Obdulio Gaviria. Resultan incomprensibles las críticas al primero, injustas, luego de que ayudara a desmovilizar a 62 guerrilleros del bloque Cacica La Gaitana de las Farc, para que posteriormente éstos pobres hombres ingresaran a la vida civil exitosamente: sin prejuicios ni discriminación, con trabajos estables y sin riesgo de terminar bajo órdenes de nuevas bandas criminales. Los admiro, a pesar de que sean unos burros. Quienes los critican, quiero decir.

Es más, si tengo un hijo lo llamaría Luis Álvaro José Francisco, habida cuenta de que mi respeto por el exvicepresidente es único. Tal vez sea un error ponerle cuatro nombres a un bebé. Sí, es un despropósito porque pensándolo bien, ¿cómo lo llamarían?: ¿Varito, Luchito, Pachito? No sé, es rara esa manía fea de los apodos.

Ya no le pienso poner Luis Álvaro José Francisco, quizás los amigos por la indecisión le terminen llamando Fachito, o Avarito. O tal vez el niño no quiera pistolas de balines sino juguetes de alto voltaje (una grabadora, quizás), o metralletas de balines. Quién sabe si de aquí a allá ya existan las motosierras de juguete. Para cortar árboles y abrir carreteras imaginarias. En fin, ¡qué sé yo de los juegos del futuro! Sólo sé que los del presente —jugar con la tierra de los campesinos, con las libertades sexuales de las mujeres o con los contratos públicos— me parecen poco divertidos.

Dije que los que critican a estos varones son unos burros, sí, si entendemos por burro a una persona poco inteligente, pues ¿quién con más de tres neuronas no entiende que todo lo que éstos varones hacen es por el bien de la patria, por «defender la democracia, maestro»? Ellos —que lo entiendan bien los columnistas y periodistas que los atacan— sacrifican su buen nombre por los principios más valiosos de Colombia. Principios centenarios, como la honradez de los funcionarios públicos, la santa fe católica, el amor al Estado y sus contratos, las buenas desmovilizaciones, los buenos paramilitares. ¡Qué horror! Los buenos para militares, pues en las FF.MM. no hay soldados ignorantes que maten animales por juego. ¡Qué malos juegos los de hoy!

Pero también pueden ser burros todos ellos, si tenemos en cuenta que no hay burro mudo, y como adalides de la razón responden a la sociedad con comunicados o comentarios. Lástima (no me gusta aceptar errores en mis personajes) que no respondan lo que deben: Uribe en una audiencia en la Comisión de Acusaciones gritaba eufórico que él no era ningún asesino, cuando no se le cuestionaba eso. Luis Carlos Restrepo salió en los medios proponiendo asamblea constituyente y un movimiento antipresidencial, como cualquier Chávez de derecha, cuando se le cuestiona por evadir la justicia colombiana al mejor estilo uribista, al estilo de la patria: yéndose del país. Buena estrategia: evadir y atacar.

Luis Carlos Restrepo —como en el 2010 lo hizo María del Pilar Hurtado, quien hoy continúa en Panamá protegida por un buen gobierno que entiende a los perseguidos políticos— se fue disimuladamente para Estados Unidos mientras tenía compromisos con la justicia colombiana, y su abogada dio explicaciones vagas y falsas sobre su ausencia. Ahora reaparece sin mencionar una palabra sobre los cuestionamientos que se le hacen (falsa desmovilización del frente Cacica La Gaitana de las Farc en marzo del 2006), y por el contrario —con la autoridad que merece un excomisionado para la paz, término que Colombia no conoce— propone un decálogo político «para retomar el rumbo», en el que se va lanza en ristre contra el presidente Santos, el presidente «de la mentira».

Admiro la inteligencia de Restrepo, lo que me lleva a apoyar a cualquier conductor embriagado o cualquier evasor de impuestos que con malicia indígena sepa defenderse de la injusta Justicia colombiana.

Pero creo que ningún particular con implicaciones menores que Restrepo tiene voz en los medios, ni amparo en viajes, así que hace inviable la reivindicación anterior y con dolor me hace pensar que Restrepo fue un deshonesto ventajoso.

No. No puedo admirar a Luis Carlos Restrepo.

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06
02
2012
Vicente Pérez

«Mantener la democracia maestro»

Por: Carlos Vicente Pérez

Una guerrillera y el administrador de la cafetería del Palacio: Irma Pineda y Carlos Rodríguez, respectivamente, son los dos desaparecidos que fueron reconocidos como víctimas por el Tribunal Superior de Bogotá el 30 de enero de 2012 —en sentencia ratificatoria del fallo proferido por la Juez Tercera Especializada de Bogotá, el 9 de julio de 2010—, por los hechos ocurridos el 6 y 7 de noviembre de 1985, durante la retoma del Palacio de Justicia, el cual había sido ocupado por miembros de la guerrilla M-19.

Sólo dos víctimas más que la justicia colombiana logra esclarecer, luego de que el fallo de la Juez contemplara once víctimas, cuyos procesos el Tribunal ordenó proseguir la investigación. Pero por falta de pruebas el Tribunal estableció la culpabilidad del coronel (r) Alfonso Plazas Vega, respecto al delito de desaparición forzada sobre las dos víctimas nombradas.

Sólo dos víctimas más, y 26 años después, muestra de la gran celeridad del proceso y de la impartición de justicia relacionada con estos sucesos, teniendo en cuenta que todavía hay varios desaparecidos sin establecer y muchos implicados cuya responsabilidad probablemente juzgue en menor tiempo —aunque, quizás, con menor precisión— los anales de la historia colombiana.

La sentencia del Tribunal reavivó la antigua polémica en la sociedad colombiana por los hechos relacionados, pues toca directamente aspectos sensibles de la sociedad, especialmente, de las élites dirigentes.

Además de la ratificación de la condena por 30 años de cárcel para el coronel (r) Plazas Vega, la sentencia incluye los siguientes actos simbólicos de reparación: «publicar la sentencia durante un año en las páginas web del Ministerio de Defensa y del Ejército Nacional, ofrecer unas disculpas públicas y que ninguna unidad militar tenga el nombre del coronel (r) Luis Alfonso Plazas Vega», y fundamentalmente, una «exhortación al fiscal principal ante la Corte Penal Internacional para que estudie sobre el caso del expresidente Belisario Betancur Cuartas y su relación con estos hechos»[1].

Las reacciones mediáticas —lamentablemente— no se ocuparon de las víctimas ni de la reivindicada condición de sus familias luego de lo mínimo necesario, pero en este caso tan difícil y retrasado: la justicia. No, las reacciones polarizaron el asunto entre el Tribunal y el Ejército, o a lo sumo, entre partidarios y detractores de la sentencia —cuando una disposición judicial es para ser acatada y no debatida—, encabezados por el presidente Juan Manuel Santos, quien en abierto acto de desacuerdo (y en cierta medida —como máximo jefe de las Fuerzas Armadas—, de desacato, dijo: «más bien le pido al Presidente Betancur a nombre de los colombianos, que lo hayan puesto en esa situación nuevamente» y «más bien nosotros le pedimos perdón al Ejército por no haber sido lo suficientemente enfáticos en la admiración que le tenemos[2]».

Otras personas, como el Alcalde de Bogotá y antiguo miembro de la guerrilla M-19, Gustavo Petro, propuso que en la ceremonia de perdón que el Ministro de Defensa debe oficiar, participen los sobrevivientes del M-19 y el expresidente Belisario Betancur[3].

Sin embargo, si de discutir la decisión judicial se tratase, ésta socialmente podría ser rebatida, pues una encuesta virtual recogida por ElEspectador.com muestra que más del 70% de los colombianos considera injusta la condena.

Cuando se ordenó la retoma del Palacio de Justicia, las Fuerzas Militares actuaron desmedidamente, sin cuidar la vida de los civiles que estaban adentro, sacándolos del Palacio con vida, en algunos casos, y torturándolos e incluso asesinándolos posteriormente, según testigos:

«—El Presidente de la República dio la orden de respetar la vida delos rehenes, pero como os militares estaban sedientos de venganza —y esos mandos militares de esa época eran siniestros— fueron a lo que querían. A ellos no les importaba que se tratara de magistrados, o que fueran mujeres (…) Allí hubo un golpe de Estado de los militares»: Bernardo Ramírez, ministro de Estado y el asesor más cercano al presidente (sic) Betancur.

«—Un uniformado me agarró por el pelo y cruzamos por el centro de una fila de militares que nos decían, “hijueputas” y nos daban golpes con las culatas de sus fusiles. El militar que me arrastraba por el pelo me arrancó la cadena de oro que llevaba en el cuello»: Eduardo Matson[4].

La sentencia del Tribunal Superior de Bogotá marca una pauta en el largo recorrido —quizás generacional— en el que se irán aclarando judicialmente los hechos de la toma y la retoma del Palacio de Justicia. No concilia mucho un acto de perdón a regañadientes, pero recuerda el lugar primordial de las víctimas en la enquistada violencia colombiana. Y la discusión zanjada alrededor del carácter continuo de la desaparición forzada abre la posibilidad de cambios en las decisiones futuras siempre que el delito sea vigente (o que no concluya, esto es, que los desaparecidos aparezcan…).

Las decisiones judiciales deben ir enmarcadas exclusiva e intrínsecamente con derecho, sin miramientos en las reacciones políticas. Los jueces en Colombia deben tener ese principio en letras doradas para —como lo dijo el día de la retoma el entonces teniente coronel Plazas Vega— «mantener la democracia maestro».

@VicentePerezG


[1] http://www.elespectador.com/opinion/editorial/articulo-324075-plazas-vega-betancur-y-cpi

[2] http://www.semana.com/politica/santos-haya-pedido-perdon-belisario-ejercito-desacato/171357-3.aspx

[3] http://www.elespectador.com/noticias/judicial/articulo-324294-gustavo-petro-propone-pedido-conjunto-de-perdon-masacre-del-pala

[4] CASTRO CAYCEDO, German, El Palacio sin máscara, Ed. Planeta, 2008, p. 14 y 15.

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01
02
2012
Vicente Pérez

Clases LGBTI

Por: Carlos Vicente Pérez

Con las vestiduras rasgadas han posado recientemente algunos políticos, líderes religiosos o educativos, padres de familia, entre otros grupos, por la reciente discusión sobre las clases LGBTI (aquí cabe resaltar que la sigla siempre quedará incompleta). ¿Cómo van a promover —argumentan algunos— a nuestros niños estas posturas sexuales? Viene dándose una discusión maniquea sobre esta cuestión a la cual es difícil encontrarle el motivo de polémica. Es bueno o es malo; son desviaciones que no deben proponerse. En fin, se reitera el error de juzgar determinada condición tomando la propia como cierta o legítima y aplicable universalmente. No, pero ni ser homosexual, transexual es bueno, como tampoco es malo. Simplemente diferente. Alrededor de la discusión sexual cabe hacer analogía a la discriminación que se aplica a quienes son de tal tendencia ideológica, o hinchas fervientes de tal equipo de fútbol, digamos, del América. Son cuestiones de gustos que caben en las libertades individuales.

¿El América todavía es un equipo de fútbol? ¡Ah! Ya ni sé.

Hace unos años luego de terminar una comisión de evaluación final, en el colegio La Salle de Cúcuta el entonces rector me comentó que para el siguiente año el colegio —por decreto— debía dictar una cátedra sobre afrocolombianidad.

—¿Afrocolombianidad? —le pregunté sin entender para qué.

—Sí, ya veremos qué nos inventamos para eso.

La supuesta cátedra de afrocolombianidad nunca la vi, y no por ello ignoro la importancia histórica del talante trabajador de los afrodecendientes. Ni tampoco estaba mal la propuesta (no diré que simplemente era diferente), pero valía preguntarse si era más importante (o no digamos importante, llamémoslo útil) para una adolescente saber y repetir las crueles atrocidades a las que fueron sometidos los esclavos africanos en América, o saber qué y cómo hacer en caso de quedar en embarazo. O sin llegar a tal, cómo prevenir un embarazo no deseado y aprenderse a cuidar, cuestiones que poco se enseñan en Colombia, país en el que aproximadamente el 51% de los embarazos son no deseados.

Respecto a las clases LGBTI sucede algo similar. Las comunidades de distinta orientación sexual a la heterosexual sufren discriminación, es verdad, de manera aceptada por fracciones de la sociedad, cuando por ejemplo, le niegan la oportunidad de adoptar a un homosexual a dos niños de infancia avanzada quienes estarán seguramente en mejores condiciones con él que en el ICBF. Pero salen los adalides de las buenas costumbres a ventilar las tentaciones de un homosexual con dos niños, como lo dijo un alto representante de la iglesia católica. Bueno, quiénes más que ellos para saber de tentaciones con los niños.

Cuando se habla sobre educación, la discusión debe ser seria, y como tal, debe saber priorizar. ¿Es necesario invertir aunque sea una hora semanal en clase de derechos indígenas cuando no sabemos qué es un derecho, o peor, cuando este país tiene tan bajo nivel de compresión lectora? Yo no juzgo, pero la respuesta se torna obvia.

A los LGBTI, como a los afrodescendientes, indígenas, desmovilizados, discapacitados, entre otros, debemos asegurarles la inclusión y respeto (es absurdo decir esto, es decir, es absurda la realidad) en la sociedad. Pero con acciones y no con letra muerta. Por ejemplo, nombrando a un homosexual en la dirección del ICBF. Oigo las vestiduras rasgarse con desespero, “por qué”. Bien, ¿por qué no?

La educación básica en Colombia necesita una operación de urgencia, para que aprendamos, por lo menos, a leer y escribir bien. “Primero lo primero”. Luego de eso bienvenidas las cátedras transversales que incluyan conocimientos prácticos, como cómo defenderse y cómo actuar frente a un abuso de la policía, para que luego los productos de los embarazos no deseados no mueran bajo las balas de un policía irresponsable.

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10
01
2012
Vicente Pérez

El crimen indignado

Por: Carlos Vicente Pérez

Hace pocos días alguien me escribió un tuit: «Los urabeños son un equipo de futbol de la B? y nadie va a proponer una marcha contra ellos? (sic)», entonces le respondí «Difícil. Contra las Farc sí, porque andan en el campo. En cambio estos están aquí. La gente teme que la maten. ¿No?»

Pero era un error: las Farc también están en la ciudad, y ni las bandas (que bien pueden ser ejércitos) criminales ni las guerrillas responden a unas marchas, pero sí pueden sacar comunicados diciendo sentirse “conmovidos”. Por el contrario, pienso ahora, si hay que marchar contra alguien (entiéndase en todo contexto), es contra el Estado, pues ese monstruo abstracto que no identificamos es el que debe responder, al que le dieron un poder y el que lo debe cuidar. Claro que todos tenemos que cumplir equis y ye cosas, pero eso no nos obliga a responder ante una protesta: el Estado sí debe hacerlo.

Pero tampoco. ¿Para qué marchar? Yo no creo en las marchas, aunque se ven muy bonitas, eso sí. ¿Y todo esto a qué va? Pues a que el Frankestein colombiano, el adefesio narcoparaoligo (aquí se agregan muchos prefijos), en fin, paramilitar, resultó posando como el crimen indignado, sí, y reivindicándose organizó un paro armado la semana pasada en el occidente del país. ¿No es mucho descaro? Pero para qué marchar, si el Gobierno respondió rápido (que ya era tarde) y organizó consejo de seguridad en Santa Marta, y ahora dice que la estrategia contra las Bacrim está funcionando y por eso ellas quieren dialogar. ¿Dialogar? ¿De qué? Bien hace el Gobierno —entre otras cosas porque no puede— negando de tajo esa posibilidad.

Lo evidente es que la Ley de Justicia y Paz del gobierno de ese personaje retirado que esporádicamente hace noticia con unos trinos desubicadísimos, no sirvió para mucho. O sí, para extraditar a los cabecillas que tanto terror sembraron aquí. Y para acabar (con el nombre) con los paramilitares, que se reorganizaron en muchas bandas que ahora cobran muchas extorsiones. Al excelso varón del gobierno anterior deberían darle dos premios por esa ley que apoyó en su gobierno: el Nobel de Paz por acabar con los paramilitares, y el de Literatura por titular con inigualable ficción dicha ley: ni justicia ni paz, pues impunes están quedando delitos atroces y por las paz pregúntele a los campesinos de Córdoba o del Urabá antioqueño. Pregúntele. ¡Ah! Se me olvidaba: pregúntele a cualquier colombiano, que nosotros nunca hemos vivido eso.

En fin, puede resultar que muchas, la mayoría de las bandas criminales se entreguen viendo su accionar reducido, y el Gobierno debe preparar tanto los planes militares para reducirlos como los judiciales para asegurar el respeto de la ley.

Por otro lado, las Farc en un comunicado ha invitado a reiniciar la cachetada que le dieron al país en el Caguán, pero ellos saben que aquí no se cree en su palabra, faltan los hechos. Hace unas semanas León Valencia escribió en Semana invitando a ‘Timochenko’ a que marcara la historia de Colombia con la paz. Sólo esperar, nos queda, a que el Gobierno maneje con inteligencia el asunto, pues inteligencia es lo que ha faltado en esta guerra de bala y machete. El fin del fin está por verse.

Volviendo al tuit que cité, creo que con lo de equipo de fútbol hacía una broma. Yo no la he entendido. Pero lo que sí entiendo es que mucha gente en Colombia todavía no habla de lo que le pasa, de lo que ve; no marcha, no escribe, no se inmuta por un miedo antiguo. Por el miedo a que los maten.

P.S.: leí un aviso de movilidad en Cúcuta en el cual pedían «respete las señales de transcito». Bien, yo las respeto, pero las de tránsito. Que por favor ellos respeten las de gramática.

@VicentePerezG

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12
2011
Vicente Pérez

2011, 2012

Por: Carlos Vicente Pérez

El 2011 quedará para la historia como un año de agitación social, quizás como 1848 o 1968. En este año se demostró que todavía es posible la movilización a través de las ideas, o de un sentimiento generalizado que se acuñó luego de ¡Indignaos!, y un señor novenario, Stéphen Hessel le dio un toque de apoteosis a su vida con este pequeño y potente aporte a las letras.

Por otro lado, los acontecimientos económicos fueron desastrosos, y a bien o mal, fue un año con importantes noticias: la muerte de Bin Laden, la retirada americana de Irak, la masacre en Noruega, la deposición de Mubarak y Gadafi en el marco de lo que se llamó La primavera árabe, entre otras cosas. Un año movido, como no, incluso en Colombia donde se adelantó en temas importantes (como esa difícil ley de víctimas), y en Latinoamérica, donde Chile conmocionó con protestas y el cáncer ha ido menguando bríos al bolivarianismo.

Con este irremediable transcurrir de los años, es habitual desear un mejor año nuevo, sucesivamente, y ésta no será la ocasión para desaprovecharlo: que a pesar de las dificultades con las que se inicie, y las que seguramente llegarán en el transcurso, tengamos una meta para este 2012 y que no falten los motivos para sonreír y continuar con este devenir temporal que llamamos vida.

Puede que el año entrante no sea tan movido como este, puede que sí. Pero si hay cosas que en este no se movieron y deseo que el siguiente sí, son las cadenas de los secuestrados en Colombia, para que se acabe esa infamia de la degradación humana; la voluntad de los países por retomar el control de su economía acabando con la nefasta dictadura de los mercados; la hipocresía de las potencias económicas que evitan comprometerse con el cambio climático, y con su humo y su polución nos están matando a todos poco a poco; el corazón de lo fundamentalistas religiosos y la fe deje de defenderse con sangre.

Sea esta la ocasión, amigo lector, para recordar que en este año iniciamos este diálogo por este blog. Así que ofrezco agradecimientos por la lectura, esperando continuarla en el 2012, y deseando para usted un año de éxito.

@VicentePerezG

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21
12
2011
Vicente Pérez

Dulce navidad…

Por: Carlos Vicente Pérez

Navidad, feliz navidad: esa fiesta —religiosa— que con tanta tradición celebramos, por estos días no deja de tener sus sinsabores. La tradición católica en Colombia —a despecho de la laicidad del Estado— está tanto en los villancicos, como en la llegada de los Reyes Magos, como en quedarnos callados ante las protestas de un grupo ultramontano para evitar que una persona de condición homosexual adopte.

Vaya, qué peligro con los niños, que puedan abusar de ellos, que los vuelvan maricas. No. Qué horror, ¿verdad? Qué peligro —dirán tal vez— que un hombre heterosexual adopte a una niña (siguiendo el ejemplo de H. Abad). No vaya a ser que abuse de ella. Qué horror.

Por alguna razón no dejamos de ser hipócritas y doblemoralistas. No sé por qué se prefiere que los niños crezcan en hogares de paso, sin saber de dónde son ni adónde van, a que tengan una familia, o un acudiente, o un respaldo, o un futuro. Porque no nos mintamos ante lo evidente: los colombianos que crecen en hogares de paso lastimosamente no tienen muchas posibilidades de progresar, de superarse. Aunque esto es de los colombianos en general, pero con ellos las esperanzas se reducen, pues no tenemos un Estado que responda por nosotros. No existe.

La Corte Constitucional le pasó el trabajo al Congreso para decidir si el hecho de que nos gusten o no las personas del mismo sexo sea razón para decidir si podemos amar a un niño, si lo podemos criar, si él pude tener una familia. Es como el juego de la papa caliente, quien se quemó fue el Congreso, digo, el Honorable Congreso, del que no mucho podemos esperar…

Volviendo a la navidad, tan querida con sus familias de pesebre, las noticias no dejan de transmitir familias de pesares: sin casa, sin enceres, sin agua, sin muchos motivos para celebrar, esto es: gente atropellada por el invierno, la época que casualmente coincide con la dulce navidad.

Estos días, al caminar por la calle y encontrarme uno de los millones de indigentes que hay en Colombia me pregunto cómo pasarán la navidad. O mejor, cómo verán desde el frío de las calles los carros con música, las casas decoradas, las cenas servidas. Lo pienso como una idea descabellada, claro, porque el mugre, los cartones en el piso y el olor a bóxer pueden sugerir que ellos son una subespecie humana.

No pretendo aguar fiestas, ni mostrar la navidad como un sinsentido, ni un lastre del catolicismo. Nunca Es una fiesta, que debe estar llena de alegría y de esas ocasiones que sólo los momentos especiales traen: el perdón, los recuerdos, las risas, etcétera.

Sólo pretendo que usted, amigo lector, en la nochebuena, cuando esté cenando, compartiendo, o celebrando (o no haciendo nada) recuerde que son muchas las tareas pendientes, y que con sinceridad podremos hablar de una feliz navidad cuando sea universal: cuando para todos sea feliz.

Feliz navidad les desea Criterio Incólume.

@VicentePerezG

A propósito: estamos buscando un nuevo nombre, más fresco y que refleje mejor lo que somos en este blog. Por lo tanto estamos abiertos a sugerencias y construcciones. Esperamos las propuestas en el foro o en Twitter.

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