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Una equivocación propia del ejercicio de la política contemporánea es la de incorporar en el discurso palabras que pertenecen a visiones de mundo que en ocasiones no solo pueden ser diferentes según los intérpretes, sino incluso contradictorias. Dentro de los distintos conceptos que se repiten a diario como verdades de a puño, la idea del “desarrollo” posiblemente es aquella con la que más se manipula a las sociedades. El “desarrollo” en medio del ejercicio de la política se busca corporeizar en normas, instituciones, cifras, indicadores y sobre todo “modelos”. Como si las complejidades de las poblaciones cupieran en informes, reportes o declaraciones de gobiernos de turno. En medio de las crisis políticas actuales, globales y locales; es imperativo precisar que los órdenes políticos son órdenes humanos, y que no se puede hablar de desarrollo sino se habla de equidad e incluso de igualdad.
La idea de legitimar como norma, formas de “desarrollo” que incuban fenómenos sociales de desigualdad es más reciente de lo que la mayoría de las personas en la modernidad creen. La historia de las revoluciones humanas se ha generado precisamente a partir de contradicciones políticas surgidas por inequidades que latían permanentemente en distintos órdenes sociales. Es solo en las últimas décadas que la promesa sistémica del consumismo ha desplazado el debate político sobre la igualdad, y con ello, los gobiernos han matizado la injusticia con la construcción de estratos sociales con demandas asimétricas.
Hoy en día es falso pensar que temas fundamentales de los órdenes políticos han pasado al olvido y han sido reemplazados con la promesa del crecimiento económico. La desigualdad política y económica de las personas es un eje fundamental para medir el grado de desarrollo de un país; la madurez de su democracia. En este concierto de variables, los colombianos, y en general los latinoamericanos, deben analizar con mesura los “modelos de desarrollo” de las agendas de turno. La desigualdad en cualquiera de sus manifestaciones crea formas de explotación e injusticia incompatibles con la idea de un orden humano civilizado.
Tener ciudadanos desiguales, es algo que no solo corresponde a la esfera económica. La desigualdad como componente fundamental del desarrollo se manifiesta en diversas formas, algunas de ellas incluso asociadas a la cultura. En medio de dinámicas globales complejas, saberse desigual, con privilegios, o desposeído de ellos, es un punto fundamental para el posicionamiento del individuo en el entorno. El sitio de partida para un debate honesto en escenarios de democracia real.
En Colombia, por ejemplo, la desigualdad se expresa cuando espacios políticos esenciales como la presidencia de la república, están asociados a un origen económico, a un apellido, o a un círculo social. Cuando el consumismo promueve cánones físicos o étnicos que operan en contra de las posibilidades de inclusión y ascenso socio económico de poblaciones, razas, culturas o comunidades marginales. Cuando se alimenta intelectualmente a las capas sociales bajas con televisión e irracionalidad, mientras que a las altas con privilegios injustificados y una lógica racional que convierte al desposeído en instrumento. O cuando las posibilidades de ubicación laboral de un joven dependen de la universidad en la que estudió, y no de su disciplina y rendimiento académico.
El desarrollo de una sociedad no puede existir sin igualdad, y la igualdad debe configurarse tanto en la esfera política como en la económica. La ciudadanía debe rechazar con ahínco y firmeza, tanto el desarrollo que promueve la desigualdad económica (Colombia – EEUU), como aquel que facilita la desigualdad política (Venezuela – Cuba). Las dos variables están entrelazadas. Ignorarlas es someterse a verdugos de turno.
El destino del mundo está aún por escribirse. Es falso pretender que la democracia en un país “desarrollado” se limita al ejercicio del voto. Colombia y Venezuela saben de ello. Hoy más que nunca, las nuevas generaciones son conscientes de que muchas veces los partidos políticos o las instituciones de gobierno, son escenarios de democracia famélica y lastres en la configuración de formas de desarrollo alternativo. Ser un país democrático no significa tener procesos electorales, “instituciones”, “representantes” o partidos políticos. Significa primero y fundamentalmente construir espacios de debate racional, discutir, escuchar, pensar, analizar e incorporar en el curso del desarrollo de una sociedad, las ideas, criterios, sentimientos y puntos de vista de los ciudadanos. Un proyecto que hoy en día existe embrionariamente en contadas sociedades. Una dirección a la que Colombia y Latinoamérica deben apuntar y que solo se puede lograr si existen condiciones de igualdad entre seres humanos.
El autor contesta inquietudes o sugerencias en el correo rruedac.opinion@gmail.com
Renny Rueda Castañeda
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