Por: Leonardo Fabio Martínez Pérez*

En el año 2003, John Cornwell publicó una majestuosa obra titulada Los científicos de Hitler: Ciencia, guerra y el pacto con el diablo, en la cual realiza un análisis histórico de la ciencia alemana en la primera mitad del siglo XX. El escritor británico se pregunta si es cierto que el desarrollo científico y tecnológico genera seres humanos más racionales, desapasionados, internacionalistas y objetivos. Al mismo tiempo, si dicho emprendimiento es empleado de forma más ética en regímenes democráticos que en dictaduras. Las conclusiones de su análisis histórico develan la subordinación de las investigaciones científicas a las atroces prácticas antisemitas, dictatoriales y genocidas del programa político nazista.

La idea romántica de que, la ciencia en manos de la democracia aliada al mercado, contribuya a la libertad y a la paz mundial, se cae de su peso al estudiar el proyecto Manhattan, las nuevas generaciones de armas nucleares, las sistemáticas violaciones de las libertades democráticas en guerras globales contra el terrorismo, la agresiva creación de patentes sobre elementos de la naturaleza, las discusiones éticas y morales sobre la clonación y el diagnóstico genético preimplantacional, entre otros,   son algunos ejemplos que ilustran el uso antiético de la ciencia y la tecnología más allá de uno u otro proyecto político.

La teoría crítica demostró claramente que la institucionalización social de la ciencia y la tecnología en la era del capitalismo constituyó una nueva fuerza productiva que contribuye categóricamente a la generación de miles de mercancías que sostienen el hiperconsumo global aportando a la degradación y destrucción del planeta.

Especialmente desde la Segunda Guerra Mundial, existe suficiente evidencia histórica para establecer que la ciencia y la tecnología se ha utilizado para multiplicar en cientos de millones de veces la capacidad destructiva del armamento disponible.

Paradójicamente, se puede hacer un contraste del uso de la ciencia en la Alemania nazi para exterminar judíos, con el uso de la ciencia y la tecnología por parte del moderno estado judío, conocido como Israel, para exterminar palestinos en la franja de gaza.  En el primer caso,  científicos alemanes de alto prestigio académico, como Fritz Haber contribuyeron con investigaciones para la producción a gran escala de gases tóxicos usados para el genocidio  en campos de concentración, hoy asistimos a una escalada de militar de una de las fuerzas armadas mejor equipadas del mundo que cuentan con sofisticados aviones de combate, blindados, tanques, submarinos, buques de combate y el conocido sistema de defensa cúpula de hierro diseñado para interceptar misiles de corto alcance. El uso del sofisticado armamento ya cobró la vida de más de 14.000 palestinos desde el inicio de la fuerte confrontación entre Hamas e Israel registrado el 7 de octubre.

Frente al peligro evidente de la subordinación de la ciencia y la tecnología a determinados intereses políticos e ideológicos se hace imperioso reivindicar el papel central de la ética, la responsabilidad y justicia social como elementos centrales de la defensa de todas las formas de vida del planeta y de la dignidad humana.

Justamente el pasado 10 de noviembre se conmemoró el Día Mundial de la Ciencia para la Paz y el Desarrollo en medio de las noticias de muerte y desolación que se naturaliza con el pasar de los días.

De la misma forma como científicos de alto prestigio como Albert Einstein, Bertrand Russel, Linus Pauling, Joseph Rotblat, entre otros, dedicaron sus esfuerzos a educar al público y a los políticos sobre los peligros de la carrera armamentista nuclear, debemos insistir en el redireccionamiento del desarrolló tecnológico para atender los grandes problemas del planeta y desistir de su uso bélico.

*Profesor titular, Universidad Pedagógica Nacional.

@LeoMartinezUPN

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