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16
11
2012
Juan Gabriel Gomez Albarello

¡Diez Mil por la Novena!

Por: Juan Gabriel Gómez Albarello

A mí la Novena me conmueve. Me conmovió mucho cuando Bernstein, luego de la Caída del Muro, con una orquesta plurinacional, nos invitó a escuchar Ode an die Freiheit (la Oda a la Libertad).
No me había vuelto a conmover tan profundamente hasta ayer cuando escuché a un coro formado por diez mil personas entonar en la ciudad de Osaka Seid Umschlungen, Millionen! Diesen Kuß der ganzen Welt! (¡Abrazaos, millones! ¡Este beso es para todo el mundo!) Curiosamente, el director de la orquesta, Yutaka Sado, fue discípulo de Leonard Bernstein.
Como se puede ver en este video, más de la mitad del auditorio componía el coro.

A mí la Novena me conmueve. Me conmovió mucho cuando Leonard Bernstein, luego de la Caída del Muro, con una orquesta plurinacional, nos invitó a escuchar Ode an die Freiheit (la Oda a la Libertad).

No me había vuelto a conmover tan profundamente hasta ayer en la noche cuando escuché a un coro formado por diez mil personas entonar en la ciudad de Osaka, “Seid umschlungen, Millionen! Diesen Kuß der ganzen Welt!” (¡Abrazaos, millones! ¡Este beso es para todo el mundo!) Y oh, coincidencia, el director de la orquesta, Yutaka Sado, fue discípulo de Bernstein.

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Este concierto no fue un mero evento musical. Fue un rito religioso, una antorcha en la oscuridad, un testimonio a favor de la raza humana, una plegaria de alegría en medio de los ominosos signos acerca de la merecida desaparición de esta especie, plaga de la tierra.

Daiku, como es conocida la Novena Sinfonía de Ludwig van Beethoven en el Japón, tiene una historia extraordinaria, tan extraordinaria como la interpretación de su parte coral por diez mil personas. Se remonta a comienzos del Siglo XX, época en la cual Japón ya había entrado como jugador de pleno derecho en las grandes ligas de la política mundial.

En la primera gran guerra del siglo pasado, Japón derrotó al Imperio Ruso. Era la primera vez que el imperio de un pueblo caucásico caía derrotado por una nación oriental. Se puede decir que en las planicies y colinas de Manchuria despuntó el ocaso de Occidente.

Lleno de confianza en sí mismo, el Japón se embarcó en otras empresas político-militares. Aliado de Inglaterra, le declaró la guerra a Alemania en 1914. Ese año, después de un prolongado sitio, las tropas japonesas lograron que las alemanas capitularan y entregaran la ciudad de Tsingtao (hoy Qingdao), la que había sido su colonia. Los numerosos prisioneros fueron llevados a varios campos, donde permanecieron hasta 1920.

Varias circunstancias parecen haber influido en el trato amable que los alemanes recibieron de los japoneses durante el tiempo de su reclusión. De partida, el Japón tenía una reputación que quiso conservar: la de haber tratado humanamente a los prisioneros que había tomado durante su enfrentamiento con Rusia. A esto se suma el hecho de que la Primera Guerra Mundial afectó muy poco a la nación nipona: comparado con el de la tragedia europea en los frentes oriental y occidental, su sufrimiento fue poco. No había pues sentimientos que endurecieran el corazón de los guardianes hacia sus prisioneros.

La historia no termina aquí. Aunque aliados de Inglaterra, los líderes militares japoneses tenían una especial admiración por Alemania. Estaban impresionados por su victoria sobre Francia en 1871 y, en general, por todo el proceso que le permitió a ese país unificarse y constituirse en breve lapso en una potencia europea y luego mundial.

Además, para fortuna de los alemanes recluidos en el campo Band?, el comandante a su cargo, el Capitán Toyohisa Matsue, provenía de la provincia de Aizu, la cual había sido azotada por una dura represión. El padre de Matsue fue uno de los samurais que participaron en la Guerra Boshin, en la que se enfrentaron los partidarios del Sh?gun contra el Emperador, y quienes luego fueron recluidos en penosas condiciones en Tonami, en la provincia de Toyama. Matsue se propuso evitarle a sus prisioneros las humillaciones vividas por su padre.

En el campo Band?, los prisioneros alemanes pudieron criar gallinas, tener panaderías e interactuar con la población local, a la cual le enseñaron a hacer queso, practicar gimnasia y jugar al fútbol. También pudieron representar dramas de Shakespeare, Lessing, Goethe y Schiller, y comedias ligeras; así como interpretar obras del repertorio clásico con instrumentos hechos, en algunos casos, por ellos mismos. Los registros del campo dan cuenta de la existencia de tres orquestas sinfónicas y una banda, un grupo de música de cámara y otro de mandolines. Gracias a la generosidad de Matsue, el 1o. de junio de 1918, se interpretó por primera vez en el Japón la Novena Sinfonía de Beethoven.

Desde entonces, la Novena se convirtió en todo un acontecimiento en el Japón. Extrañamente, el gobierno imperial promovió su interpretación con el fin de cultivar un espíritu nacionalista. Joseph Rosenstock, quien a la sazón era el director de la Nueva Orquesta Sinfónica, hoy la Orquesta Sinfónica NHK, escogió la Novena para celebrar el 31 de diciembre de 1940 el aniversario 2600 de la fundación del Japón. Cuando le preguntaron por qué la Daiku, Rosenstock aseguró que en Alemania era una pieza obligada al final del año (en realidad, esta es una tradición sólo de la Orquesta de la Gewandhaus de Leipzig).

Después de la Segunda Guerra Mundial, la Novena cambió de significado. Apelando al mito propagado por Rosenstock, muchas orquestas la incluyeron en su programa de diciembre. Como en el Japón era tradicional que los acreedores buscaran a los deudores el último día del año, los músicos tenían un incentivo para interpretar una pieza tan popular: Beethoven les ayudaba a saldar sus cuentas. Sin embargo, a diferencia del periodo anterior, lo que convocaba a la gente ya no era el orgullo nacional ni la expansión imperialista. Era un ansia de comunión y acaso de igualdad.

En la década de los 1960 se hizo popular que muchos aficionados se unieran al coro y que, por lo tanto, su número se expandiera considerablemente. Hoy esos coros populares son una tradición singular del Japón. Muchos ensayan laboriosamente desde el mes de mayo y todos se sienten orgullosos de entonar las estrofas de la Oda a la Alegría. Como sucede con la Ceremonia Japonesa del Té, la Novena le permite a hombres y mujeres, todos por igual, desde el más prominente hasta el más humilde ciudadano, hacer parte de la aristocracia del espíritu.

Se precisaron todas estas cosas para que nuestras voces se encontraran, quisiera escribir parafraseando al poeta – pero no me ha sido dado publicar una frase tan feliz, al menos no todavía. Lo que yo escribo esta noche es otra cosa, ¿en qué rincón de la historia encontrarán sus causas nuestros Diez Mil por la Novena?

Categoria: General

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