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08

2012

Juan Gabriel Gomez Albarello

¿Qué hay en la traducción de una palabra?

Por: Juan Gabriel Gómez Albarello

El 28 de julio de 1945, el Primer Ministro japonés Kantaro Suzuki usó la palabra mokusatsu para referirse a los duros términos de rendición que habían usado los Aliados con respecto al Japón. Como tantas otras palabras en tantos otros idiomas, los lingüistas nos dicen que mokusatsu admite varias interpretaciones. Una es, “me reservo los comentarios”; otra muy distinta, “no es digno de comentario”. ¿Qué quiso decir el ministro Suzuki: que el Japón no se rendía y que mandaba al carajo el ultimátum de los Aliados o que no tenía una respuesta clara y prefería omitir cualquier declaración?
Un informe de un oficial de la Agencia de Seguridad Nacional de Estados Unidos destaca el problema de entender qué fue exactamente lo que dijo el ministro japonés. Ese informe también refiere que quien tradujo la palabra mokusatsu omitió informarle a sus superiores que su significado era ambiguo. Antes bien, se inclinó por una mala interpretación, aquella según la cual el Japón rechazaba los términos de los Aliados. En Washington, D.C., los oficiales del Estado Mayor asumieron que la respuesta de Suzuki confirmaba todo lo que suponían acerca de la postura del Japón: su espíritu militarista haría que la guerra se prolongara y a un alto costo. Por lo tanto, a sus ojos era perfectamente legítimo ponerle fin al asunto prontamente arrojando la bomba atómica en dos ciudades.
El mencionado informe de la ANS (por sus siglas en inglés) no contempla muchos de los aspectos morales que a todos nos parecen relevantes. No puede haber duda alguna de que lo ocurrido en Hiroshima y en Nagasaki fue un crimen de guerra. Los Estados Unidos usaron un arma de destrucción masiva contra dos ciudades con el fin de obtener la rendición del Japón.
Las armas atómicas no distinguen combatientes de civiles. Son un instrumento que permite un uso desproporcionado de la fuerza. A pesar de contradecir todos los principios del derecho internacional humanitario, varios estados siguen empeñados en mantener esas armas en su arsenal: Estados Unidos, Rusia, el Reino Unido, China, Francia, India, Pakistán, Corea del Norte e Israel. Aunque el Ayatolá Jameini ha pronunciado un decreto religioso contra la fabricación de armas atómicas, si Irán no le pone límites a su programa nuclear, adquirirá pronto la capacidad de fabricar armas de ese tipo. La posición del régimen iraní, sin embargo, no puede verse aislada de la renuencia de Israel a ratificar el Tratado de No Proliferación de Armas Nucleares.
Bien es sabido que las tensiones que hay en el Medio Oriente son muy altas. Cada día que pasa, Israel parece acercarse más y más a una decisión que podría precipitar una guerra de proporciones incalculables. Y si esto fuera poco, en varios momentos los problemas de traducción han jugado un papel en el agravamiento de esas tensiones.
Por todo lo anterior, recordar el incidente mokusatsu es necesario, si no urgente. El informe citado de la ANS nos pide que tengamos en cuenta las dificultades de todo proceso de traducción y nos exhorta a que hablemos con más precisión (la versión completa, traducida al español, la he publicado al final de esta entrada). Esto, desde luego, no es cierto en todos los contextos. Hay algunos acercamientos y acuerdos que solamente se logran a la sombra de la ambigüedad. Sin embargo, estando de por medio el uso de armas nucleares, los problemas de interpretación pueden ser fatales.
La incomprensión puede ser una fatalidad misma del lenguaje. En “La Biblioteca de Babel”, un cuento de Jorge Luis Borges, el narrador se pregunta, “Tú, que me lees, ¿estás seguro de entender mi lenguaje?” Pero ésta no es una fatalidad letal. Lo letal está en las armas que tenemos y en el ánimo para usarlas. Es la hora de desarmar la letalidad, antes de que la dispare la fatalidad de nuestra incomprensión.
Hace una semana se conmemoró otro aciago aniversario del uso de la bomba atómica contra la ciudad de Hiroshima y la de Nagasaki. Conviene recordar que la mala traducción de la palabra mokusatsu precipitó a los Estados Unidos a cometer semejante crimen.

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