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12
03
2012
Juan Gabriel Gomez Albarello

Grafitis en la Universidad Nacional–sede Bogotá (I): la socialización en el odio, la frustración y la mediocridad

Por: Juan Gabriel Gómez Albarello

Los grafitis pintados en casi todos los lugares del campus de Bogotá de la Universidad Nacional son uno de sus aspectos más sobresalientes (otro elemento conspicuo es el alto número de ventas ambulantes y de ventas de minutos de celular). Algunos colegas consideran los grafitis parte del paisaje académico de una universidad pública que expresa las tensiones de la sociedad. Yo disiento. Me parece que la mayoría de esos grafitis son una expresión mediocre de odio y de frustración.


Ha habido momentos en los cuales los grafitis en las paredes de las universidades han sido el vehículo de un gran ingenio. Mayo del 68 en París fue el escenario de una extraordinaria producción de grafitis, uno que todavía no tiene paralelo. Al leerlos y releerlos uno siente el gusto por el pensamiento agudo, la palabra certera, la polisemia y el humor. Tan finos fueron muchos de ellos que el escritor Julio Cortázar les hizo homenaje recopilándolos en su libro Último Round (una selección de grafitis de Mayo del 68 no muy completa pero que sirve de iniciación es la de esta página de Andrés Moreira de la Universidad de Chile. Otras selecciones están disponibles en la red en francés y en inglés).


La mayoría de los grafitis de la Universidad Nacional carecen de vuelo. Son como la figura del Ché. Muchos han caído en la categoría de cliché: la consigna gastada, el gesto repetido que pretende ser intimidante, la pantomima de la indignación y la resistencia. Aquí van un par de ejemplos:

Si nos condenan a la ignorancia, los condenamos a la violencia

El que quiera un mundo que tire la primera piedra

Algunos con más paciencia y más pintura han podido escribir más de una frase, pero parece que en términos de pensamiento no van más allá de seis líneas.

Cita atribuida a Antonio Gramsci

Un rasgo típico de sociedades autoritarias es la extraordinaria vigencia que tienen los argumentos de autoridad. Un pensamiento no vale por sí mismo sino por cuenta de quien lo enunció. No importa que ese pensamiento encierre una verdad trivial. “Si lo dijo Gramsci, póngale la firma.”


Puede ser que la cita sea también una señal de status: “hemos leído a Gramsci”. El problema en todo esto es creer que ir a estudiar a una universidad es algo así como ir a leer a los clásicos, los clásicos de lo que sea: del marxismo, del neoliberalismo, del siglo de oro, qué se yo.


Uno podría ir a la universidad a cultivar su espíritu, su conciencia cívica, a la par que uno desarrolla destrezas profesionales que le servirán a la sociedad y a uno mismo.


Pero no, tal no es el caso. Aquí y en muchos otros lugares del planeta, a la universidad llega un buen número de gentes a aprender a repetir consignas en las paredes o en las publicaciones. Grafiteros como los que citan a Gramsci expresan un problema más general, uno que cunde incluso entre los mismos académicos: la incapacidad para pensar por cuenta propia.


No exagero. Algunos profesores parecen meros exégetas del pensamiento de otros. Mucho de lo que es llamado filosofía parece más bien crítica literaria. Filosofar, pensar por cuenta propia es una actividad que no produce el mismo efecto que impresionar la mente de otros con la figura de Jacques Derrida o con el embeleco de la bío-política o la multitud. Mejor que los conceptos sean ambigüos y las hipótesis indeterminadas. De esa forma siempre se estará en lo cierto; siempre se podrá hacer pasar los meros prejuicios por verdades afiladas; siempre el séquito de acólitos aplaudirá. Quizá se me comprenda cuando digo que una de las mayores tribulaciones de una cultura académica autoritaria es tener que vérselas con profetas de la catástrofe, de la revolución, de la democracia radical, etc., eso sí, valga la aclaración, profetas de profecías prestadas y con sus huestes milenaristas, que se componen de tres gatos.


Si los hechos no se adecúan a la teoría, tanto peor para ellos.” Mas la obstinación de los hechos llega incluso a la academia. Lo más valioso que hay en algunos de los grafitis del campus es la pertinacia por expresar una verdad que nadie quiere oír o que nadie quiere asumir.

Denuncia de la violencia sexual contra la mujer en el conflicto armado 1

Denuncia de la violencia sexual contra la mujer en el conflicto armado 2

Denuncia de la violencia sexual contra la mujer en el conflicto armado 3

Ahí están los hechos, los que algunos académicos meta-empíricos o post-empíricos quieren escamotear con sus teorías sin método. Su repugnancia hacia la metodología proviene de resistirse a los encajonamientos y disecciones analíticas que pierden de vista la conexión con el todo. Pero en la ambigüedad del todo, todo resulta ambigüo y todo termina siendo aceptable.


Una universidad así es abono para la persistencia de las justificaciones de lo injustificable. El problema no es sólo el contenido; es también la falta de metodología. La teoría del cambio violento continúa siendo justificada porque sus adherentes carecen de un método para evaluar las consecuencias de sus acciones; para examinar la relación entre los fines que dicen perseguir y los medios que sirven a esos fines; y para reflexionar sobre los mismos fines. En esta falla de la Universidad creo que hay una parte de la respuesta a la pregunta, ¿por qué se justifica la violencia en el espacio público de la universidad pública?


Si hay algo indignante en el campus de la Universidad Nacional es la ubicua apelación a la violencia como medio legítimo para promover el cambio social y político. La formas de esa apelación son múltiples en texto y en imagen.

Estalla

No queremos la paz burguesa sino la paz revolucionaria

Biblioteca Camilo Torres

Entre todas las imágenes posibles de Camilo Torres, a quien se ha honrado llamando por su nombre a la biblioteca central, se ha escogido la más desafortunada de todas: la de Camilo Torres portando un fusil. Camilo Torres con campesinos o con trabajadores o con estudiantes, ninguna de estas imágenes sirve al propósito de darle crédito al sentimiento de que vale la pena ser un mártir. La extrema izquierda milenarista, supuestamente revolucionaria, es en sus formas mentales de lo más conservadora. Vive a expensas de íconos y perpetúa de este modo todo lo que ofende a una conciencia secular: la fe ciega y la intolerancia.


Una de las formas ciegas e intolerantes que tienen algunos estudiantes de expresar su odio y su frustración es tirar a las paredes bolas de pintura, como lo muestra la imagen de la biblioteca Camilo Torres. Estos estallidos de pintura y de rabia me recuerdan al doctor Antonio Mazzuolo, el católico que abomina la carne y ve pecado en la sensualidad, el censor que le tira bolas de alquitrán a la valla con la imagen de Anita Ekberg.


¿Que tienen en común los estudiantes que tiran bolas de pintura con el doctor Antonio Mazzuolo? Abominan la discusión en la que la verdad no esté establecida de antemano y ven pecado en el desacuerdo y el pluralismo. Estos estudiantes son censores tan religiosos como las religiones que dicen haber superado con su metafísico materialismo.


Entre estos monjes de la insurrección armada hay quienes han tratado de darle status de íconos del martirologio a los líderes de las FARC, a pesar de que varios de ellos no tuvieron nada de mártires porque murieron simplemente de viejos.

Reivindicación y contra-reivindicación de las FARC

Afortunadamente, como puede verse en la anterior imagen, además de la indignación y el rechazo a consignas pro-icónicas, con muy buen humor y con una mancha de pintura unos iconoclastas han sabido desbaratar todo el esfuerzo sacralizador de algunos monjes de la revolución.


Con un signo de interrogación otros iconoclastas han sabido poner en cuestión el significado de las acciones del abatido líder de las FARC Alfonso Cano y con un par de letras han sabido trocar en su contrario a la organización que lo reivindica.

Reivindicación y contra-reivindicación de Alfonso Cano y de la JUCO PC

Categoria: General

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yerman071

12 marzo 2012 a las 17:29
  

Excelente escrito, siempre he pensando lo mismo de esos estudiantes a los cuales pagamos con nuestro dinero (impuestos) y que realmente no aportan nada constructivo para el pais. Alguna vez, el primer dia que recibia mi clase de filosofia, la profesora se presentó y nos pidio que hiciecemos lo mismo agregando las espectativas sobre la clase. A mi turno me presenté y le dije que esperaba que esta clase no fuera la simple transferencia de pensamientos de Platon, Socrates, etc,etc, y terminé diciendole que realmente no entendia como pudieran existir filosofos en estos dias que se dedicaran a ese simple oficio de transferencia de pensamiento, y no a la creacion de una mente critica y filosofica….desde ese momento no le caí bien a la profe y por poco pierdo la materia

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pepeguapo

12 marzo 2012 a las 17:31
  

Zas en toda la boca

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johann kaspar schmidt

17 marzo 2012 a las 16:03
  

1. No le falta verdad a su escrito, profesor Gómez. Justo esta semana, un egresado de Derecho de esa universidad, que hace más de 30 años no visitaba el campus me dijo, a propósito de los grafitis, con las mismas consignas de siempre, que parecía que el tiempo se hubiera detenido en algún punto por esos lares. Sin embargo, el fenómeno admite varias interpretaciones. Más que una condena visceral por su falta de originalidad o su apelación a la violencia, deberíamos empezar por preguntarnos por qué persisten. Seguramente eso nos llevaría a plantearnos preguntas un poco más generales, con un nivel de abstracción superior, aunque seguramente menos interesadas políticamente. Es decir, tal vez el fenómeno obedece a una causalidad menos obvia que la falta de inventiva o la proclividad

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johann kaspar schmidt

17 marzo 2012 a las 16:10
  

2. a la violencia de algunos estudiantes de izquierda, y tal vez plantearnos esa pregunta nos pueda enseñar algo sobre el país y el rol que en él juega esta universidad. No seré yo quien sustente las tesis de ese análisis, pues más allá de los grafitis, me interesa otro fenómeno: por qué usted decide escribir sobre este tema de forma tan furibunda. Es decir, no comprendo por qué todo un doctor en ciencias políticas sale con este tipo de análisis, tan de corto vuelo y tan parcializados. Usted supone que todo el mundo debe tener un método, hasta para escribir un grafiti. Pues bien, su “método” se restringe a mostrar algunas fotografías de grarfitis y comentarlas, ¿acaso debemos confiar (tener fe) en su análisis, dadas sus eminentes cualidades académicas (argumento de autoridad)? Además,

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johann kaspar schmidt

17 marzo 2012 a las 16:16
  

3. sus argumentos de peso son la falta de inventiva y el hecho de que los grafitis no son tan geniales como los de mayo del 68. He visto varios grafitis bastante geniales, incluso uno debería detenerse en las orejitas que les pintan a los supuestos retratos de los comandantes guerrilleros, antes que en esa falta de inventiva, digo, es un problema mucho más interesante. Pero no, usted ve otra cosa. Tiene afán en mostrar lo “atraviliarios”, lo brutos, incapaces de pensar por sí mismos, que siguen siendo ciertos estudiantes. No se detiene a ver, por ejemplo, si el país ha cambiado tanto como para anular las consignas de siempre. Es más, el tema si es que se va a comparar con algo como mayo del 68 daría para preguntarse qué ha cambiado en el grafiti como medio de expresión política y estética

Opinión por:

johann kaspar schmidt

17 marzo 2012 a las 16:20
  

4. y eso nos permitiría preguntarnos por qué ahora los espacios para el grafiti político se restringen a los muros de ese campus, porque tal vez ello esté en la raíz de la explicación de por qué no han cambiado. Por ejemplo, en este sentido, el Camilo de la biblioteca central, ¿qué nos dice, más allá de que quienes lo pinten lo prefieran poner con un fusil? En fin, habría muchos matices en un posible análisis del fenómeno, que usted pasa por alto, porque no tiene método, su pensamiento no es tan original como para formular hipótesis más comprensivas y con un ánimo menos polémico. A propósito, eso de señalar a algunos académicos, sin nombre propio, sin siquiera decir cuál es su unidad académica, no cae ni siquiera en la falacia. Muestra que sigue habiendo gente que cree que por tener un

Opinión por:

johann kaspar schmidt

17 marzo 2012 a las 16:23
  

5. doctorado ha ascendido a las alturas del pensamiento, o como usted lo llama, el filosofar propio. Le pediría entonces, así como usted en algún escrito le pidió a Héctor Abad transparencia respecto del poema de Borges, que denominemos estos académicos, por debajo de su nivel, con nombre propio. Le propongo que plantee un debate con altura, tal vez así alguien, a parte de mí, le ponga cuidado.

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