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24
03
2011
Juan Gabriel Gomez Albarello

El Gobierno Invisible: Propaganda en la Guerra y en la Paz

Por: Juan Gabriel Gómez Albarello

En economía, el liberalismo se adhiere a la idea enunciada por Adam Smith según la cual cada individuo, al obrar motivado por su propio interés personal, contribuye sin embargo a la prosperidad general, como si fuera movido por una mano invisible. Ciento cincuenta años después, un publicista austríaco mucho menos célebre que el economista escocés, Edward Bernays, acuñó una idea poco conocida pero, aparentemente, muy efectiva: la del gobierno invisible.


Según lo afirma Bernays en su libro Propaganda, si funcionara como lo querían sus proponentes, la democracia conduciría al caos. No habría manera de que gente tan dispar pudiera ponerse de acuerdo en cómo debería funcionar el gobierno. Además del gobierno propiamente dicho debe existir otro gobierno, uno invisible, que ejerza suficiente influencia sobre el público mediante la creación o el moldeamiento de eventos con el fin de obtener su adhesión a una causa o proyecto.


El primer uso sistemático y a gran escala de la propaganda tuvo lugar con ocasión de la Primera Guerra Mundial. Ambos lados se propusieron convencer a sus respectivos públicos de que la lucha contra el enemigo era la causa más meritoria, tan meritoria que valía la pena arriesgarlo todo en el combate. Ese uso sistemático de la propaganda convenció a un observador muy agudo, Walter Lipmann, de otra cosa: de que la teoría de la democracia no tenía nada que ver con su práctica.


Según Lipmann, la idea de una opinión pública que discute y delibera razonablemente acerca de los diferentes asuntos que el gobierno tiene que tomar en consideración era falsa. La teoría no tenía asidero. Él, que había acompañado al presidente estadounidense Woodrow Wilson a la negociación del tratado final de paz en Versalles, había sido testigo de la manera como el público en los Estados Unidos había sido continuamente manipulado para que diera su apoyo a una guerra en otro continente que nadie consideraba justificada.


Su libro La Opinión Pública, publicado en 1925, hizo trizas el credo democrático. En su lugar propuso la constitución de una verdadera tecnocracia, de un cuerpo de expertos que formulara las opciones que el gobierno debería considerar basado en un análisis riguroso de los datos de la realidad. A su vez, la élite política debería encargarse de persuadir al público acerca de cuál de esas opciones era la mejor.


Un gran exponente del principio según el cual la gente está incapacitada para deliberar razonablemente y que debe ser instruida acerca del curso correcto en la política es Adolf Hitler. Su libro Mi Lucha contiene un capítulo, el sexto, dedicado a la propaganda. Hitler sostiene que las masas son incapaces de razonamientos complejos y que, por lo tanto, ellas deben ser abordadas con mensajes elementales que apelen a sus sentimientos, no a su capacidad para razonar. A lo largo de este capítulo, Hitler insiste una y otra vez en este mismo principio: hay que despertar la imaginación del público y apelar a sus sentimientos; hay que darle mensajes estereotipados y hay que repetirlos una y otra vez.


Si una persona, independiente de su existencia física, vive y perdura siempre y cuando sus ideas sigan teniendo seguidores, entonces la conclusión que hay que sacar es clara: Hitler está vivo. Hitler está en el corazón de todos los publicistas que se adhieren a su método: apelar al sentimiento, no a la razón; atraer y cautivar la imaginación de las personas mediante símbolos culturales que todos entienden y que nadie cuestiona; y hacerlo mediante la continua reiteración del mismo mensaje.


Uno de esos publicistas es Kevin Roberts. Mientras que Al Gore llenaba un auditorio en Bogotá el miércoles pasado, en otro lugar de la ciudad lo hacía este infame personaje. No lo digo por tirria. Kevin Roberts podría ponerse un brazalete con una svástica o con el logo de su método publicitario: las lovemarks o sellos de amor. Roberts transpira fascismo. Insisto, no es inquina ni bronca. Cuando estuvo a cargo de la campaña de Pepsi en Canadá hizo un pomposo y virulento lanzamiento: cautivó a un auditorio de ejecutivos y empleados de Pepsi al disparar una sola vez con una pistola contra una máquina dispensadora de Coca-Cola con la suficiente precisión como para vaciarla de las latas que tenía adentro. Si hubiese vivido en Alemania en los años veinte y treinta, creo que habría vestido un uniforme pardo, se habría puesto botas y habría salido a patear a todo lo que le pareciera enemigo del nazismo.


Roberts vino a Bogotá a dar lecciones acerca de su evangelio. Según Roberts, los empresarios y publicistas tienen que ir más allá del concepto de marcas. Basados en el misterio, la sensualidad y la intimidad, tienen que cautivar a los consumidores en torno a sellos de amor. Tienen que lograr que el consumidor establezca con su marca “una lealtad que vaya más allá de la razón.” ¡Recórcholis! Ya no se trata solamente de que la teoría democrática no cuadre con la práctica. A la práctica de una sociedad plutocrática orientada hacia el consumo ahora Kevin Roberts le quiere dar su teoría.


Desde el punto de vista de la teoría social y política, ¿cuál es la sociedad ideal de Kevin Roberts? Es justo decir que no es la de autómatas del consumo porque los autómatas no tienen sentimientos. No, es otra. Su sociedad ideal es la de personas que establecen un vínculo afectivo con lo que consumen y, gracias al consumo, le dan sentido a sus vidas. El suyo es un nihilismo activo: el de un mundo en el cual la felicidad reside en la gratificación de los deseos en el mercado. No importa nada distinto de la capacidad de consumir, adobada y acendrada por los símbolos que los publicistas son capaces de crear o de manipular. Con elecciones o sin elecciones, aunque es bueno que la gente crea que tiene el poder de decidir. Sin embargo, si el ideal es una lealtad más allá de la razón, ya no hay que decidir nada. Todo ya está decidido. Como en el caso de Edward Bernays, decide el gobierno invisible de quienes fabrican el consenso. (La expresión original es de Walter Lipmann. Noam Chomsky y Edward Herman la retomaron para usarla como título de su libro La Economía Política de los Medios Masivos de Comunicación.)


Kevin Roberts sostiene que “el consumidor es el que manda.” ¿Cómo cuadra esto con todo lo anterior? ¿Acaso Roberts dice esto simplemente para rascarnos la espalda, para darnos contentillo? De ninguna manera. La invención del control remoto se convirtió en una pesadilla para los publicistas. La audiencia cautiva que se aprendía de memoria los jingles y los slogans se convirtió en un público agresivo que no soportaba la interferencia de los comerciales, de la propaganda. Gente como Roberts y Clotaire Rapaille, otro gurú del vínculo emocional con el consumo, se han encargado de redifinir los términos de la relación con los consumidores y de restablecer el orden. En todo momento los consumidores tenemos el poder. Ellos lo saben y quieren que sigamos creyendo en ello porque esta creencia se ha convertido en una nueva pieza de su estrategia. Somos nosotros los que establecemos el vínculo emocional, los que nos tragamos el cuento, “Hay cosas que el dinero no puede comprar. Para todo lo demás, MasterCard.”


Es sobre esta misma premisa que podemos invertir de nuevo la relación que existe entre manipuladores del consenso y consumidores. Se trata de una pelea que durará mucho tiempo. El mismo Bernays lo había predicho en la conclusión de su libro Propaganda. Según Bernays, al descifrar las estrategias de publicidad, el público tiende a hacerse sofisticado y cínico, a no tragar entero. Sin embargo, ese público siempre está propenso a caer presa de los llamados a las emociones más básicas. Lo que se necesita es gente inteligente capaz de reinventar el arte de la propaganda. Gracias a ellos, afirma Bernays, es que la propaganda continuará siendo usada “para luchar por fines productivos y para ayudar a crear orden del caos.”


Esa es la consigna de los propagandistas. ¿Y cuál podría ser la nuestra? No tragar entero, sospechar, criticar, analizar, discutir, resistirnos a otorgar una lealtad más allá de la razón, crear, inventar, resignificar, reírnos, burlarnos todo el tiempo… y, también, echar el televisor a la basura.


Esto último, ya lo sé, es muy drástico. Igual, solamente produce un efecto provisional. ¿Se han dado cuenta de las nuevas estrategias de publicidad en internet? Comerciales que invaden súbitamente la pantalla cuando uno entra a una página. Una fuga masiva de los televidentes hacia internet hará que internet lo colonicen los publicistas más y más. Pero como con el control remoto, uno siempre tiene la opción de no morder el anzuelo, no importa cuán atractiva sea la imagen que le quieran meter a uno en la cabeza. Solamente hay que recordar, “el consumidor es el que manda.” Lo que hay que hacer es mandar, de verdad. Hay que acabar con la tiranía del consumo. Finalmente, lo que hay que hacer es acabar con la tiranía de nuestros deseos. Esa tiranía le quita la autenticidad al querer, erosiona el verdadero brío de la voluntad.


Como corolario de lo anterior, quiero cerrar esta entrada al blog con una discusión acerca del “documental” Restrepo. Si no ha visto el documental, le sugiero que pare aquí su lectura. Mi propósito no es decirle qué tiene que pensar acerca de esa película. Si lo hiciera, lo mío sería propaganda pero al revés, la de mi propia visión. Prefiero que vuelva a abrir esta entrada después de ver Restrepo y que considere el punto de vista que ofrezco aquí después de haber formado el suyo propio. Con eso tendremos más material para la discusión.


Siendo la guerra un proyecto tan costoso, una empresa tan arriesgada, si uno se mete en la guerra, uno tiene que tener un buen aparato de propaganda. El ícono propagandístico de la guerra, creo yo, era el poster en el cual el Tío Sam decía, “TE NECESITO en el ejército de los Estados Unidos.” (I WANT YOU for the US Army.) El poster fue creado para motivar al pueblo estadounidense a apoyar el esfuerzo bélico durante la Primera Guerra Mundial. Fue tan exitoso que luego, por orden de F. D. Roosvelt, fue usado en la Segunda Guerra Mundial.


Desde entonces, hasta ahora, mucha es el agua que ha corrido bajo el puente. Es suficiente pensar en la Guerra de Vietnam, en las protestas estudiantiles de costa a costa en los Estados Unidos, la masacre en la Universidad Estatal de Kent, los jóvenes que quemaban las tarjetas de reclutamiento y los que aceptaron ir a prisión antes que ir a servir a su país en una guerra injusta. ¿Cómo hacer propaganda en favor de la guerra cuando la conexión directa entre público y guerra ha quedado rota por cuenta del fin del reclutamiento obligatorio y la consiguiente profesionalización de las Fuerzas Armadas? ¿Cómo hacerlo cuando los resortes morales del patriotismo se han ablandado bastante por cuenta de discursos humanistas y cosmopolitas?


Los hombres de Bernays estaban listos para poner en marcha nuevas ideas cuando los necesitó su gobierno. Al inicio de la guerra en Iraq, Donald Rumsfeld, a la sazón secretario de Defensa, puso en circulación el concepto de periodismo engranado (embedded journalism – la traducción literal sería algo así como periodismo incrustado). ¿Engranado a qué? A las unidades militares. Aparentemente, la idea era proporcionar la mayor transparencia posible en relación con la conducción de las hostilidades. En realidad, el efecto fue el contrario. Los periodistas que acompañaban las unidades militares, al compartir la suerte y destino de éstas, terminaron adoptando su punto de vista. De ser observadores y reporteros, los periodistas quedaron atrapados en el rol de participantes. Tan cerca del frente de batalla era virtualmente imposible que un periodista hiciera reportajes críticos de quienes le protegían de las balas enemigas.


Después del periodismo engranado, Hollywood nos ofrece en Restrepo una extraordinaria pieza de documental engranado (embedded documentary). Es difícil aceptar que este sea un documental “inocente.” Ninguno lo es. Pero éste es en varios respectos singular. Parte de la premisa de mostrarnos la realidad de la guerra tal cual es, desde el punto de vista de una unidad en un puesto de avanzada llamado “Restrepo”.


Restrepo nos entrega en realidad una abstracción de la guerra. En la primera parte del documental, el capitán Daniel Kearney, el oficial a cargo de la unidad, aparece diciendo que cuando lo asignaron a luchar en el lugar más peligroso de Afganistán, el valle de Karnagal, no quiso leer nada ni indagar nada porque quería enfrentar esa experiencia con la mente abierta. Así es como los directores de esta pieza cinematográfica, creo yo, quieren que veamos su historia: con la mente abierta de quien no sabe nada acerca de la guerra, nada de la población que vive en la zona donde se desarrollan los combates, nada de la motivación de los países que han desplegado un extraordinario esfuerzo bélico durante ya casi diez años sin haber alcanzado el objetivo declarado de su intervención militar: capturar a Osama Bin Laden.


Uno puede concederles a los directores de este film el beneficio de la duda. Podría afirmarse que los espectadores saben muchas cosas acerca de la guerra en Afganistán que no es necesario explicar. ¿De veras? ¿Qué sabemos de los Talibanes? ¿Qué sabemos de los afganos? Al considerar las divisiones tribales en las que se insertan los talibanes, por un lado, y las fuerzas de la OTAN, por el otro, Afganistán parece la cosa más arbitraria y artificial del mundo, como si lo único que mantuviera unido a ese país es la guerra. Restrepo, sin embargo, sofoca esas preguntas. Nos sumerge en la tensión de los combates. En la parte final del documental, nos hace testigos de la muerte de uno de los miembros de la unidad y también del dolor que experimentan sus compañeros. Sin embargo, en una secuencia previa, el film es mucho más escueto en relación con la simpatía que suscita (o deja de suscitar) la población civil. Niños heridos en un ataque contra los talibanes – lo que eufemística y engañosamente se denomina “daño colateral”, son presentados casi en conjunción con las armas que los soldados estadounideneses incautan en la aldea de las víctimas. La conclusión sugerida es casi obvia: esas no eran víctimas inocentes. Nosotros, familiarizados con una realidad tan brutal como la de nuestro conflicto, no podemos tragar entero.


A juzgar por muchos comentarios en la página de Restrepo en la Base de Datos de Películas de Internet (Internet Movie Data Base – imbd.com), el efecto de este documental entre algunas personas es el de apoyar sin reservas la guerra en Afganistán. A modo de ilustración, quisiera citar al crítico que escribe bajo el seudónimo doctorlightning:


Está más allá de toda discusión que tenemos que apoyar a los soldados en Afganistán. Es el cliché de los discursos políticos, pero este film muestra que esto es más que palabras cuando uno le pone una cara humana y un contexto. Restrepo no intenta ni trata burdamente de dar argumentos en relación con que el conflicto en el cual están involucrados los Estados Unidos vale la pena o que deberíamos salir de ahí inmediatamente. Los realizadores dejan que los soldados hablen por ellos mismos y la situación es mucho más reveladora acerca de lo que realmente está ocurriendo allí.”


En IMDB hay, desde luego, muchos otros comentarios que subrayan la forma vívida en la cual es presentado el horror de la guerra y que descartan cualquier clase de tono apologético de parte de los directores. Esta disparidad de interpretaciones es un fenómeno común a muchas manifestaciones culturales. En efecto, con una obra como Tormentas de Acero, de Ernst Jünger sucede algo similar.


Algunos pensamos que este libro es superior al melodrama pacifista de Erich Maria Remarque Sin Novedad en el Frente. Aunque algunos ven en Tormentas de Acero una reivindicación de la guerra y de los valores marciales, otros encontramos un testimonio literario acerca de una actividad terriblemente humana: realizar el acto de matar de forma premeditada y organizada en nombre y a favor de un estado. Jünger nos arrastra a las trincheras, nos somete a lluvias de morteros, nos muestra no pocas veces los muertos y las heridas, y unas tantas veces a los enemigos: los “Tommies” - los soldados británicos e incluso los soldados indios que llegaron al final de la guerra y cuya aparición en el campo de batalla causó asombro entre los alemanes. La presencia del enemigo es, sin embargo, tan fugaz que uno no logra asir la gravedad de su drama. El drama uno lo vive metido en la piel de Jünger, el narrador.


¿Es prejuicio entonces contra Restrepo lo que hace variar mi juicio? Tal vez sea mi prejuicio contra el mayor grado de verismo de las producciones de video comparado con el de las producciones literarias. Lo mío es finalmente la sospecha hacia lo que considero un supuesto realismo: uno que, por abstracción del contexto, deja de ser realista.


En Restrepo no hay nada “literario”, no ocurre nada fatal. Es muy distinto del film La Boca del Lobo, del director Francisco Lombardi. En esta película, un destacamento del ejército peruano en la villa Chuspi tiene que enfrentarse a un enemigo que no se ve: a un Sendero Luminoso siempre al acecho, sigiloso y terriblemente efectivo. El jefe de la guarnición, sumido en el desespero y el miedo, decide asesinar a miembros del pueblo y bajo sus órdenes sus hombres cometen una masacre.


Nada parecido ocurre en Restrepo. En este documental uno no ve a los talibanes, pero sí ve varias veces a oficiales que tratan de persuadir a los hombres viejos del poblado vecino a su puesto de avanzada. Restrepo incluso muestra a uno de los soldados cuestionar la torpeza del oficial “de mente abierta” que no logra entender los problemas que le plantean esos hombres viejos. El eco de otro documental lo puede apabullar a uno: “Los corazones y las mentes” (Hearts and Minds). Es como si uno estuviese viendo una versión reeditada de la guerra en Vietnam, como si todo fuera una repetición de la incapacidad de comprender por qué los insurgentes continúan teniendo apoyo de la población local. Empero, el documental no le da mucho material a la reflexión. El tono burocrático, más familiar, más conocido, el del discurso acartonado del oficial de turno, termina por ahogar la voz de esos extraños sospechosos de colaborar con los talibanes. Son los oficiales y soldados quienes tienen la última palabra.


Restrepo lo hace a uno pensar que la capacidad para considerar el punto de vista de todos los involucrados es un lujo de observadores que miran los hechos desde la distancia que otorga el tiempo. Clint Eastwood es el autor de una extraordinaria obra cinematográfica: la puesta en escena de la interpretación de un mismo hecho, la batalla de Iwo Jima, desde el punto de vista estadounidense, en La Conquista del Honor (Flags of Our Fathers), y desde el punto de vista japonés, en Cartas desde Iwo Jima (Letters from Iwo Jima). Eastwood pudo aproximarse a ese evento histórico con la perspectiva de más de cincuenta años. Tim Hetherington y Sebastian Junger, los directores de Restrepo, han tenido que hacer su trabajo en medio de una campaña militar que todavía no termina. Sería heróico que hicieran lo que hizo Homero: transmitirnos no sólo la voz de Aquiles sino también la de Héctor.


¿Hago yo demandas heróicas? No lo creo. Me limito a sospechar, a criticar, a analizar, a discutir, a resistirme a otorgar una lealtad interpretativa que me figuro está más allá de lo razonable. Restrepo, con su extraordinario formato verista, me parece una muy bien lograda pieza de propaganda. ¿Podría uno hacer documentales engranados sin la anuencia de aquellos a quienes uno se engrana, sin servir a sus propósitos?


Puedo estar equivocado. El periodista noruego Paul Refsdal también hizo otro documental engranado, Detrás de las Máscaras (Behind the Masks), pero con los talibanes. Refsdal nos muestra a los combatientes del otro lado. Los videograba luchando contra todos sus enemigos: disparando día a día contra un convoy militar y disparando contra el tedio, involucrándose en juegos elementales como tirar piedras para no morirse de aburrimiento. En una secuencia dedicada a la charla que da el líder talibán Darwal a su unidad, Detrás de las Máscaras nos abre una ventana para ver el espíritu que los anima, la motivación que tienen para estar en armas. Darwal le dice a sus hombres:


Luchamos por nuestra libertad, nuestra religión y luchamos por nuestra tierra sagrada. Estamos luchando por estos objetivos. ¿Cuáles son sus objetivos [los de la OTAN]? ¿Para qué luchan contra nosotros? ¿Están oprimidos? ¿Han sido tratados injustamente? ¿Viven en una dictadura?”


En una entrevista con Michael Hughes, Refsdal afirma que los talibanes, a diferencia de los muyahidines que lucharon contra los soviéticos en los 1980s, parecen más maduros y son mucho más serios. Son más devotos, pero su devoción parece ser mucho más nacional que religiosa. Mientras que los muyahidines tenían el apoyo de Estados Unidos, los talibanes se enfrentan a la coalición militar más poderosa del mundo.


¿Por qué no he de pensar que Refsdal es un propagandista de los talibanes? Tengo que admitir que a Refsdal le concedo más generosamente el beneficio de la duda. Desde 1984, como periodista, ha cubierto el conflicto en Afganistán. Hetherington es periodista gráfico y Junger es autor y documentalista, ambos con una amplia experiencia en la guerra en Afganistán, pero con una trayectoria más corta que la de Refsdal. Lo decisivo para mí es la forma como Hetherington y Junger nos piden que aceptemos una realidad fraccionada, incomprendida y que asumamos luego que hemos entendido algo de ella. Con lo dicho no quiero poner en cuestión el sufrimiento de los soldados que aparecen en el documental. Eso es absolutamente verídico. Lo que no me parece verídico es que Hetherington y Junger posen de apolíticos cuando nos presentan una guerra cuya motivación debemos suponer y no cuestionar. Aquí es donde yo creo que comienza la propaganda.

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