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31
12
2010
Juan Gabriel Gomez Albarello

El Premio Nobel de Paz de 1935 le fue otorgado a un wikileaker

Por: Juan Gabriel Gómez Albarello

En 1936, de manera retroactiva, Carl von Ossietzky fue la persona galardonada con el Premio Nobel de Paz de 1935. Cuando recibió el premio, Ossietzky padecía de tuberculosis. Se encontraba en un hospital, a donde había sido remitido por las autoridades nazis que lo habían tenido como prisionero del campo de concentración KZ Esterwegen desde 1933.

En 1931 había sido condenado por el delito de traición y espionaje. Había sido puesto en prisión y liberado gracias a una amnistía navideña para los presos políticos, otorgada por el entonces presidente Hindenburg en 1932. Su delito: haber permitido la publicación en el magazín del cual él era editor, La Escena Mundial, de un artículo que documentaba la manera como Alemania se estaba rearmando, en abierta violación de las obligaciones que había contraído en el Tratado de Versalles.

Esta foto corresponde a su estancia en el KZ Esterwegen. Aunque tiene la mirada gacha, aun en esta imagen Ossietzky aparece con la frente muy en alto.

En KZ Esterwegen, Ossietzky sufrió toda clase de maltratos. Para hacerse una idea de lo que fue su estancia en ese lugar, vale la pena referir lo que dijo Gustav Sorge, un oficial de las SS que sirvió allí como guardia, al declarar ante la corte que lo condenó por crímenes de guerra: él le pegaba a los prisioneros cuando tosían, cuando estaban de mal humor y también cuando estaban de buen humor porque siempre había justificación para pegarles.

Los nazis consideraban a Ossietzsky un antipatriota. El poder judicial durante la república de Weimar lo había considerado un traidor. ¿Lo era?

Ossietzsky, su amigo y co-editor de La Escena Mundial Kurt Tucholsky, y muchos otros, fueron los mejores representantes de lo que bien puede llamarse La Otra Alemania: la que no dejó seducirse por los cantos de sirena del patriotismo más siniestro. Ellos se enfrentaron al chauvinismo que quiso realizar los sueños, cargados de resentimiento, de quienes querían ver una Alemania vindicada después de la derrota. Ossietzsky y Tucholsky también tenían sueños con Alemania, pero de otra clase: la de una nación grande y justa, ocupando un lugar de honor entre las demás naciones.

A pesar de ser un pacifista, Ossietzsky se vió obligado a servir a su país como soldado en la Primera Guerra Mundial, en uno de los batallones de refuerzo. La guerra, sin embargo, únicamente sirvió para reafirmar sus ideales. Fue uno de los fundadores de la “Asociación de Veteranos de Guerra por la Paz” y luego sirvió como secretario de la “Sociedad de Paz Alemana”, cargo que dejó para encontrar su verdadera vocación: periodista. En La Escena Mundial escribió artículos sobre la política y la cultura del momento. (Gracias al apoyo del semanario Der Spiegel, el Proyecto Gutenberg de Alemania provee acceso a muchos de los artículos que Ossietzsky publicó a lo largo de su vida: 1911-1933)

El discurso del director del Comité del Premio Nobel de Paz, Frederik Stang, en 1936, describió con gracia la obra periodística de Ossietzsky: como la de un actor en el escenario. Podemos revivir el contexto en el cual fueron escritas las palabras del periodista mientras repasamos las páginas de antiguas ediciones, pero “la chispa de la vida está perdida porque las palabras pertenecen a su propio día.” En su elogio de Ossietzsky, en esa comparación con el actor en el escenario, Stang apeló al impacto que sus artículos dejaron en la mente de todos aquellos que los leyeron. Ese impacto fue el que hizo que Ossietzsky se convirtiera en el símbolo de una idea porque él era la idea y su encarnación.


Walter Kreiser logró documentar la manera como el gobierno alemán incumplió su obligación de no crear una fuerza aérea. Encontró que las Fuerzas Armadas habían creado el Batallón M, el cual entrenaba en Alemania y en la Unión Soviética y contaba además con financiación del presupuesto del gobierno alemán. Con el apoyo editorial de Ossietzky, el 12 de Marzo de 1929 Kreiser reportó estos hechos en La Escena Mundial. En esa publicación refirió como el parlamentario Krueger había preguntado acerca de las funciones del Batallón M pero no había obtenido ninguna respuesta. En las notas finales, Kreiser dijo que el Departamento de investigación Albatros y el Batallón M tenían cada uno entre treinta y cuarenta aeronaves.

Las contradicciones entre el Ministerio de Defensa y el Ministerio de Relaciones Exteriores impidieron que se iniciara un proceso penal contra Kreiser y Ossietzsky. Para el Ministerio de Defensa, la inacción significaba dejar la puerta abierta a futuras filtraciones. Para el Ministerio de Relaciones Exteriores, la acción penal significaba admitir públicamente que Alemania no honraba las obligaciones que había contraído con la comunidad internacional. La opinión del Ministerio de Defensa prevaleció y en agosto de 1929 se inició la causa contra Kreiser y Ossietzsky. En marzo de 1931 se presentaron formalmente los cargos y en noviembre del mismo año se llevó a cabo el juicio. Kreiser se fue a Francia para evitar cumplir con la condena. Como Sócrates cuando decidió beber la cicuta, Ossietzsky permaneció en Alemania. En diciembre de 1931 afirmó que un periodista que criticara a las fuerzas armadas había de esperar ser juzgado por traición, lo cual era un “riesgo ocupacional natural.”

No le faltaban la razón. Los juicios por traición en Alemania se multiplicaron después de la Primera Guerra Mundial. En ese entonces, el poder judicial era el bastión de la reacción antidemocrática: bastante laxo con los crímenes de la extrema derecha, extremadamente riguroso con los críticos del orden social y político. En efecto, Berthold Jacob, uno de los articulistas de La Escena Mundial, y el mismo Ossietzsky ya habían sido condenados por el escándalo provocado por las revelaciones de un disidente de un grupo paramilitar, la Defensa Nacional Negra, creado con la autorización del gobierno del entonces presidente Friedrich Ebert y del primer ministro Wilhelm Cuno. El disidente, un tal Carl Mertens, admitió haber participado en el asesinato de muchos de sus correligionarios acusados de traidores. Jacob, con el respaldo editorial de Ossietzsky, publicó varios artículos en los que implicó a altos oficiales como responsables de los asesinatos. Antes que investigar estos hechos, el poder judicial procesó a Jacob y a Ossietzsky quienes fueron condenados a penas de prisión de dos meses y un mes, respectivamente. Luego, una corte de apelación redujo esta pena a multa y finalmente la conmutó en 1928.

Nada de esto intimidó a Ossietzsky. El consideraba que era su deber hacer público el incumplimiento de las obligaciones internacionales contraídas por Alemania. De hecho, el artículo 4o. de la Constitución de Weimar, la Constitución de Alemania de 1919, estipulaba que las normas del derecho internacional generalmente reconocidas se consideraban parte vinculante del estado alemán. Por lo tanto, denunciar el rearme alemán era denunciar la violación de la Constitución.

Los jueces no se dejaron persuadir. Los testigos presentados para acusar a Kreiser y Ossietzsky, el mayor Himer del Ministerio de Defensa y un funcionario del Ministerio de Transporte, afirmaron que todo lo publicado en La Escena Mundial era cierto. El mayor Himer, además, afirmó que estaba convencido que gobiernos extranjeros y agencias noticiosas foráneas habían evaluado el artículo antes de ser publicado. Sin embargo, no proporcionó ninguna prueba en apoyo de esta acusación. La defensa quiso probar que los hechos publicados eran de conocimiento de otros países desde antes de la publicación del artículo de Kreiser y citó a 19 testigos. Los jueces se negaron a escucharlos.

El nombre de Ossietzsky no fue olvidado en Alemania. La Universidad de Oldenburg lleva su nombre. Pero más que este registro monumental y que todas las efemérides y medallas con él asociadas, el nombre de Ossietzsky está grabado en el corazón de todos aquellos que defienden la libertad de expresión.

En 1962, el semanario Der Spiegel publicó un artículo en el que reveló que el ejército de la República Federal Alemana estaba, de acuerdo con la OTAN, en el grado más bajo de preparación para asumir la defensa del país en el caso de un ataque: preparado para la defensa en grado limitado. Der Spiegel fue acusado de traición. Sus oficinas fueron allanadas y ocupadas por casi tres meses, tiempo durante el cual la revista dejó de circular. El editor en jefe de la revista, Rudolf Augstein, y el autor del artículo, Conrad Ahlers, fueron detenidos. La detención de Ahlers, que estaba de vacaciones en España, se hizo de una manera “de algún modo por fuera de la legalidad”, como lo dijo un alto funcionario del gobierno crítico de la forma como procedió el Ministro de Defensa. El escándalo producido por este ataque a la libertad de prensa no le costó la renuncia al primer ministro, Konrad Adenauer, pero éste se vió forzado a formar un nuevo gobierno sin su hasta entonces Ministro de Defensa, Franz Josef Strauss.

El jurista alemán Heinrich Jagusch, bajo el seudónimo Judex, en noviembre de 1964 publicó un artículo comparando la persecusión contra Der Spiegel con el caso de Ossietzsky. Un experto en derecho penal comentó posteriormente que, al escribir ese texto, Jagusch logró llamar la atención del público general acerca de la legislación sobre traición, una legislación que fue diseñada sobre la base de los conceptos de seguridad del estado del derecho penal de los nazis.

En enero de 1966, el Tribunal Constitucional alemán estudió el caso de Der Spiegel en relación con las órdenes de arresto y de allanamiento. Según la edición en inglés del artículo de Wikipedia sobre el asunto Spiegel, esa decisión es un hito en la historia de la jurisprudencia de la libertad de prensa. Yo no lo creo así. Expertos que han escrito sobre este fallo lo consideran inferior al estándar que ese tribunal había establecido en 1958 en el caso Lüth. El Tribunal, dividido, dejó de resolver los asuntos más espinosos.

Tal vez, si hubiese decidido de forma diferente, otro gallo habría cantado cuando le llegó el turno al poder judicial de revisar el caso de la condena por traición a Carl von Ossietzsky. Su hija, Rosalinde, promovió, sin éxito, que los jueces modificaran el fallo condenatorio y repararan el mal que habían cometido sus antecesores. Nada… En 1992, la Corte Suprema alemana afirmó que la ilegalidad de las acciones cometidas por el gobierno no cancelaban la obligación de mantener el secreto. Según esa corte, todos los ciudadanos le deben a su estado un deber de lealtad en relación con la información y deben procurar que el cumplimiento de las leyes existentes se lleve a cabo mediante la utilización de los órganos domésticos responsables y nunca mediante la apelación a los gobiernos extranjeros. ¿Ah?

El vocero de la Canciller alemana Angela Merkel dijo que el gobierno alemán seguiría presionando [al gobierno chino] para obtener la libertad del disidente Li Xiabo, quien fue galardonado con el premio nobel de paz en 2010. Ojalá, para ser consistente con los valores que dice defender, la misma canciller promoviera, nuevamente, la revisión del caso de Carl von Ossietzsky.

Categoria: General

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vorinus

2 enero 2011 a las 10:51
  

muy buen articulo, lo felicito, queda uno pasmado del conservadurismo de las cortes alemanas.

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