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Archivo de octubre, 2012
La de la gorra azul soy yo; mi cara de felicidad no la podéis ver porque estoy de espaldas pero os puedo asegurar que cuando me tomaron la foto mi sonrisa ocupaba de oreja a oreja porque, vamos a ver, ¿habrá mejor plan que bajar un río cómodamente acoplada en uno de estos neumáticos sin tener que hacer otra cosa que relajarte, disfrutar del paisaje y dejarte llevar por la corriente?
El río en cuestión se llama Palomino, nace en la Sierra Nevada de Santa Marta -al norte de Colombia, Reserva de la Biosfera y Patrimonio de la Humanidad y la única en todo el mundo al lado del mar que tiene nieve perpetuas durante todo el año- y desemboca en el mar Caribe. Dicen que lleva el nombre de un sanguinario guerrero español que se ahogó en sus aguas. A saber.
Para llegar hasta donde empieza nuestra excursión hay que recorrer un trecho del Camino Real, principal acceso a la sierra de los indígenas que viven en ella. Hace mucho calor así que celebro la hora en la que llegamos a las frescas aguas del río y comenzamos nuestro descenso. Qué temperatura tan deliciosa; el cauce está cuajado de árboles: caracolíes, macondos, guayabates, palmas de cera, higuerones, ceibas y maestres, una especie que sólo crece en esta región y que puede llegar hasta los 63 metros de altura. No se oye un alma, tan sólo el sonido del agua y de las garzas y otras aves que sobrevuelan la zona. La corriente es muy suave así que el descenso es muy relajado; lo podría hacer hasta un niño.
Todos vamos felices: Juan, Raquel, Nono, Chris y nuestro amigo californiano del que he olvidado el nombre. Chamaco, nuestro guía y pionero en Palomino en esto del turismo y del tubing como le llaman por ahí, cuida de nosotros. Tras cerca de dos horas de relajada “navegación” desembocamos en el Caribe donde les tomo la foto. Bendito río y bendita mañana.
Contacto: Chamaco 3146160818
Podéis seguir mis viajes por Colombia en mi blog, en twitter @toyaviudes y ver mis fotos en mi Fan Page de facebook.

En el Amazonas colombiano aprendí que en la selva no hay nada mejor que una hoja de platanillo para refugiarte de la lluvia; que la corteza del laurel sirve para curar las picaduras de escorpión y las mordeduras de araña, lo que son los ticunas, los huitotos y los bora; cómo se vive en una maloca; lo nutritivos que son los jugos de copoazú; que a los indígenas no les gusta el arroz sino la fariña hecha a base de yuca; a distinguir entre el trinar de un mochilero y un azulejo; lo bien que se navega por el río en un peque-peque y tantas y tantas cosas.
Mambeé la hoja de coca con la ceniza de yarumo, probé el rape, navegué por el Amazonas, pesqué pirañas, dormí sobre un árbol en plena selva y a 40 metros de altura, conocí a un chamán, me picaron mucho los mosquitos y comprobé la importancia que tienen para el indígena la comunidad y su familia. Pero lo más importante es que volví a comprobar que no es más feliz quien más tiene sino quien menos necesita.
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Construido en 1941 fue cine, sala de varietés y sede del grupo teatral El Buho y más tarde del legendario Teatro Popular de Bogotá, cuna de artistas como Fanny Mickey. Con los años, fue cerrado y olvidado hasta que el año pasado cuatro jóvenes y valientes emprendedoras colombianas decidieron después de muchos años de abandono absoluto en los que sirvió hasta de parqueadero sacar al Teatro Odeón del olvido y convertirlo en el Espacio Odeón, un interesante espacio cultural en pleno centro de Bogotá dedicado al fomento de las artes que funciona todo el año con una programación de música, cine, arte y teatro y que en octubre, coincidiendo con Artbo, acoge unaferia de arte contemporáneo.
Ayer me di una vuelta con Jorge y Juan por la feria y me gustó mucho. El espacio es único con su jardín carcomido por la vegetación e intervenido para la ocasión por el artista colombiano Oscar Santillán, las escaleras en forma de caracol, y las paredes rosadas rematadas con unos coquetos arcos blancos en lo que fue el escenario y patio de butacas. Y si además los tres pisos del edificio los llenas debuen arte contemporáneo mejor que mejor. Ví mucha obra que me interesó pero si tengo que elegir sin duda me quedo con el trabajo de los cubanos Ernesto Javier Fernández y Juan Carlos Zaldívar, y las fotos de la serie Bookscapes del colombiano Max Steven Grossman y las de Jairo Llano. La feria ha cerrado pero el Espacio Odeón sigue abierto todo el año esperándote.
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Para mí el centro de Bogotá es otra ciudad dentro de la ciudad a la que me gusta ir cada vez que puedo a callejear sin rumbo fijo, con los ojos bien abiertos y preparada para la sorpresa que puede aparecer en cualquier esquina.
El otro día salió el sol así que rápidamente agarré la cámara de fotos y me planté en la Plaza de Bolívar que viene a ser tan céntrica como la Plaza Mayor de Madrid. Y, como siempre hago, empecé a andar sin dirección esperando emocionada como una niña chiquita el regalo del día. Y ahí estaba el Pasaje Hernández, en la manzana ubicada entre las carreras 8 y 9 y las calles 12 y 13, con sus muros crema y aguamarina y ese aire moderno y parisino que le hacen presumir, y con razón, entre todos sus vecinos.
Hagamos un viaje en el tiempo. A finales del siglo XIX Bogotá era una ciudad de poco más de 100.000 habitantes que miraba con envidia a Europa, soñaba con sacudirse la pesada herencia colonial y ser como París, Londres y Milán. ¿Y cómo parecerse aunque fuera un poquito a estas grandes capitales? Construyendo en lo que era el eje central de la ciudad un galería comercial al estilo de las europeas. Los arquitectos Juan Ballesteros, Arturo Jaramillo y Gastón Lelarge se pusieron manos a la obra y diseñaron el Pasaje Hernández. Dividido en dos plantas con diecisiete locales cada una, en la de arriba se instalaron oficinas de médicos, ingenieros, abogados y también sastrerías, y abajo, almacenes y cigarrerías que vendían las mejores bebidas de importación.
De todo este glamour queda bien poco. En la planta baja ahora huele a pandebono y tamales y se vende ropa barata, minutos de celular, fotocopias y llamadas internacionales. Arriba la mitad de los locales están cerrados y tan sólo sobreviven dos o tres sastrerías y un zapatero. Pero sigue siendo una delicia pasear por este pasaje, oír crujir la madera de los suelos, ver colarse la luz por las marquesinas de vidrio de su techo, apoyarse en la barandilla de latón cromado, tomar fotos de sus faroles y helechos colgantes y soñar con románticas historias de la época.
Podéis seguir mis viajes por Colombia en mi blog y también en twitter @toyaviudes. Encontraréis más fotos del pasaje en mi página de facebook Colombia de una.


Lo que veis en la foto es una kayak de policarbonato completamente transparente. En alquiler sólo se puede encontrar en Saint Martin, en Las Bahamas, y en la colombiana isla de San Andrés donde hice la foto. ¿Me acompañas de excursión?
Víctor Sepúlveda, su hija Tammyth y la pequeña Ann Mae Leanme me recogen junto a Mónica, mi anfitriona en este viaje y alma mater de Paradise -Guía de Vacaciones, guía imprescindible no sólo de esta isla sino también de Providencia y Santa Catalina. Estamos en el Parque Regional Old Point y nos vamos de exploración por los manglares. Siempre me ha gustado remar y además hoy hace un día precioso en San Andrés así que voy feliz a bordo de esta cómoda embarcación y de fácil manejo con la que nos perdemos entre los bellos manglares. Qué paz hay en este lugar. Pero lo más impresionante es que el kayak, como os he dicho antes, es todo transparente así que mientras remo voy viendo estrellas de mar, ostras, praderas de pasto marino, caracoles, sardinas y un montón de cosas más como la medusa invertida que sólo vive en maglares y en lagunas de poca profundidad del Golfo de México y el Caribe. Nos encontramos muchas en nuestro paseo. La llaman invertida porque se pasa el día con su campana hacia abajo, a modo de ventosa, apoyada sobre el fondo marino pero con los tentáculos hacia arriba. ¿Y por qué así? La culpa la tienen unas diminutas algas que habitan en sus tentáculos, encargadas de proporcionarle oxígeno y nutrientes, pero que necesitan luz para realizar la fotosíntesis.
Si te animas, vas por San Andrés y quieres conocer los manglares a bordo de uno de estos novedosos kayaks puedes localizar a Víctor Sepúlveda en el teléfono 316 624 33 96, en su e mail ecofiwi@gmail.com o en su página de Facebook.
A mi llegada a Bogotá hace ahora un poco más de un año viví con dos paisas -así se llama a la gente de los departamentos de Antioquia, Caldas, Risaralda y Quindío- que me enseñaron a hablar parlache, una jerga popular que nació en la esquinas de los barrios populares y arrabales de Medellín y que ahora utilizan los jóvenes de media Colombia. El libro del escritor colombiano Alonso Salazar No nacimos pa´semilla, -por cierto, ahora este tipo es alcalde de esta ciudad-, y la película de Víctor Gaviria Rodrigo D. No Futuro ayudaron hace años al parlache a dar su salto nacional.
En parlache a la persona asesinada con violencia se le dice muñeco; un poli es un polocho y un parce o parcero, un amigo. Si te enfadas por nada te llaman asao, si tienes mal genio eres un ácido y si vistes mal, una valija. A un trabajo bien difícil se le llama gallo y una peluda es un asunto difícil de resolver. El que vende marihuana es un jíbaro y lo que te fumas, un cacho o un bareto. Cuchibarbie es una mujer bonita mayor de 35; cocodrilo, mujer fea; pintuco, la que va muy pintada; bandida, la que sale con cualquiera, y fufa es la prostituta. Chimbiar significa molestar; patota, reunión y pirrieles, tenis caros. Chimbiar es molestar y arepa, vagina. Un hombre muy listo es un avión que vuela con los motores apagados; una navaja, patecabra; un puñal grande, chuzo. Metralleta es gaga y un arma de fuego, fierro. A un lugar peligroso se le llama calentura.
Si eres tacaño te dirán chichipato y si eres presumido, picao. Al galán se le llama cuquiperro; a la abuela, cuchita; al entrometido, encholao y al chivato, sapo. Si te echan los perros quieren ligar contigo y si te maman gallo te están vacilando. Mil pesos es una luca; un millón de pesos, un melón. Si te mandan a la finca es que vas para la cárcel. Todo ray significa que está todo bien. ¡Esto del parlache es una chimba! Que me gusta, vamos.
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Me entristece leer mensajes como éste que nada tienen que ver con la realidad: “Al centro de Bogotá no puedes ir sin un arma a la cintura. Si vas por la calle no te dejes abordar por ningún desconocido ni le permitas que te dé conversación porque al cabo de unos minutos te estará quitando tu dinero con una navaja en mano. Y no se te ocurra parar a un taxi en la calle porque no se detienen y si se detiene te recomiendo que no subas”. Reconozco que estoy harta de oír que Bogotá es una ciudad donde no se puede vivir y Colombia un país de guerrilleros y narcotraficantes.
Qué queréis que os diga, yo he nacido y crecido en una pequeña ciudad española así que lo de los paseadores de perros me suena a rollo Hollywood. Me acuerdo de una película, En sus zapatos, en la que una divina Cameron Diaz se ganaba la vida paseando a un grupo de canes. Americanada total.
Hace unos días, dando una vuelta por el Parque del Virrey de Bogotá, me topé con un tipo, llamado Jorge Sandoval, y los ¡¡¡ 10 perros !!! que llevaba a su cargo. Os podéis imaginar la cara que puse ante semejante cuadro y lo poco que tardé en abordarle e interrogarle. Muy amable, como todo el mundo aquí, pero también alucinado de verme tan sorprendida, el tipo me contó que comienza a recoger a los perros sobre las seis de la mañana y los devuelve a eso de las 12 del mediodía. Se los lleva en furgoneta hasta el Mirador de la Calera, un precioso enclave ubicado en la sabana bogotana, y allí, además de pasearlos, los adiestra y les enseña técnicas de obediencia. Y ellos, como marqueses. Para no quedar como una tonta puse la mejor de mis caras y le expliqué que en España eso de contratar a paseadores de perros se empezó a poner de moda hace relativamente bien poco y que además allí no se atreven con tanto animal junto.
Pasear perros es un trabajo bien rentable en países como Colombia en donde el salario mínimo ronda los 536.000 pesos, ya que si tenemos en cuenta que por cada perro paseado se paga 160.000 pesos al mes y tipos como Jorge pasean hasta 10, pues no hay más que echar la cuenta. A mí lo que me sorprende de esta vaina, como dicen aquí, es que los perros, cada uno de su padre y de su madre, no se maten a “bocaos” cada vez que salen juntos a la calle. Pero claro, para eso está el paseador de perros que, como meexplicó muy bien Jorge, tiene que tener mucha fuerza en las pantorrillas para frenar un rottweiler, autoridad para controlar un pitbull y psicología para entender a un bulldog. Lo tengo claro: yo no sirvo para esto. ¿Y vosotros?
Para terminar dos curiosidades que he leído en internet: la primera es que al gobierno argentino no le quedó más remedio en 2001 que abrir un Registro de paseadores de perros para controlar el oficio que se había ido de madre con tanta gente que quería dedicarse a esto; y la segunda es que hay publicado un libro del escritor peruano Sergio Galarza que se llama Paseador de perros y que está ambientado en Madrid. Me quedo con una frase del protagonista: Al comienzo pensé que pasear perros me alejaría de la gente y sus taras. ¿Alguien se apunta? A lo de pasear perros, digo…..
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