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Todo empezó con un libro, Los secretos de la Virgen de Guadalupe, de J.J. Benítez; “Te dejo este regalo, sé que te va a servir” le dijo su tía monja, después de una discusión teológica-religiosa-filosófica y en la que no llegaron a entenderse porque Nazareth, a sus 8 años, ya tenía las cosas muy pero que muy claras. Y claro que le sirvió cuando veinte años después abrió el libro y encontró una nota. Pero empecemos la historia por el principio. (más…)
“Siempre que hacía cumbre, mi padre se fumaba un Piel Roja”. Y ahí está, en la foto. A su hijo lo conocí el fin de semana pasado en Barichara; a Erwin Krauss le sigo la pista desde que llegué aColombia porque, como él, soy una apasionada de la montaña y la fotografía. Para estecolombiano de padres alemanes subir una montaña no era “un deporte como tal sino una filosofía, uno encuentra un reto en la montaña, pero no es ella la que lo plantea sino que el reto está dentro de uno mismo. Uno trata de escalarla y de verla, de sentirla e intenta compaginarse con ese tipo del globo terráqueo y tiene acceso a cosas que los demás mortales no ven porque no van. ¿Que se trata de una relación espiritual? ¡Indudablemente!”. De padres alemanes, Erwin Kraus nació en Bogotá en 1911. De adolescente pasó varios años en Suiza y Alemania donde aprendió a escalar montañas, pintar y a trabajar con piedras y metales preciosos, siguiendo una tradición familiar de joyeros orfebres. A su vuelta a Colombia comenzó una afición que lo llevaría a convertirse en pionero del montañismo colombiano y a dedicarse en sus vacaciones, como dijo alguna vez, a escalar los nevados del país en vez de irse a Cartagena de Indias. En 1937, en Sumapaz, fue el primero en hacer cumbre en un cerro de 4.400 metros llamado El Nevado; al año siguiente, junto con Anton Lampel, subió los 5.160 metros del Pan de Azúcar, en el Nevado del Cocuy; en el 39 coronó los 5.775 del pico Simón Bolívar, en la Sierra Nevada de Santa Marta, en compañía de Guido Pichler y Enrico Praolini, y en 1942 volvió al Cocuy para conquistar, antes que nadie, el Ritacuba Negro, junto a Heriberto Hublitz. En el 43 ascendió a los nevados delTolima, Santa Isabel y el Ruiz y en marzo del 1944 pisó por primera vez la más alta de las cumbres del Nevado del Huila. Y siempre con sus botas de suela de cuero provistas de clavos de 10 centímetros, sus materiales para pintar y la cámara Rolleiflex con la que inmortalizó paisajes misteriosos y desconocidos. Porque Krauss, además de montañero y alpinista, fue todo un artista que nos regaló algunas de las imágenes más bellas de los nevados de este país, muchos de ellos hoy tristemente desaparecidos. Dicen que a finales de los sesenta dejó la montaña por una enfermedad en sus ojos pero su hijo me contó que decidió no volver a ella después de estar varios días perdido en la Sierra Nevada mientras su mujer permanecía sola, embarazada y más que preocupada en Bogotá. Su nieto, que vive en Alemania y ha heredado su afición, seguirá subiendo picos por él. Podéis seguirme en mi blog, en twitter @colombiadeuna y ver las fotos de mis viajes por Colombia en mi página de Facebook.
“Me desazona tener que romper a veces los caminos de los españoles y cortarlos con mi propio camino cuando no logro seguirlos en la misma dirección. No sé por qué pero me parece estar mutilando un ser vivo, un depósito de recuerdos de todas las gentes que los transitaron”. Ingeniero, aventurero, colonizador y terrateniente, el alemán Geo Von Lengerke llegó a Colombia hacia 1852 huyendo de la justicia que lo buscaba por haber matado a un tipo en un duelo. Se instaló en el entonces Estado Soberano de Santander donde se dedicó a la explotación y comercio de la quina, la colonización de tierras y al trazado de puentes y caminos, obsesionado por doblegar esa “soberbia topografía”. Pero es que además abrió en Bucaramanga bazares a modo de misceláneas donde se vendían machetes, porcelanas chinas, sillas inglesas para montar, licores pólvora, jabones, paté, salón, quesos, especias y hasta reproducciones de obras de arte. Yo no había oído hablar del tal Lengerke en mi vida hasta que el otro día Juanita lo nombró mientras recorríamos el camino que mandó construir entre Barichara y Cabrera, muy bien conservado por cierto y donde me tomé la foto de arriba. A la vuelta a casa me he puesto a investigar y vaya, vaya con este alemán bipolar y bebedor compulsivo, amante de la lectura y del piano, al que le gustaban tanto, tanto las mujeres que llegó a tener hasta 500 hijos naturales. En su Hacienda Montebello, en el municipio de Betulia, vivió como un auténtico señor feudal, rodeado de lujos y excentricidades como la moneda propia que mandó acuñar para las transacciones internas y un cañón que se trajo desde Europa y que disparaba cada vez que se cantaba el himno. Toda una vida de película que inspiró la novela de Gómez Valderrama “La otra raya del tigre” y que tengo ya anotada para próxima lectura. En 1863 Lengerke firmó el contrato para la apertura del camino desde Zapatoca hasta el puerto fluvial de Barranca que incluyó la apertura de un puente sobre el río Suárez que llevó su nombre, inaugurado en 1872, funcionó hasta 1946 y que permitió la fácil comunicación entre Guane y Zapatoca. Su sueño fue comunicar Santander con el río Magdalena, el mar y, desde allí, con el resto del mundo pero no lo consiguió lo que, unido al declive de la quina, le hizo perder toda su fortuna y morir en la auténtica ruina. Lo que son las cosas. Podéis seguirme en mi blog, en twitter @colombiadeuna y ver más fotos de éste y de otros viajes en mi página de Facebook.
Lo tenía más que decidido antes de viajar a Barichara pero voy y leo ayer en la prensa un informe de la FAO que asegura que muchas especies de insectos tienen tantas proteínas como la carne y que son una fuente de alimento muy nutritiva y saludable con alto contenido en grasas, proteínas, vitaminas, fibra y minerales. Así que dicho y hecho: a comer hormigas culonas, reinas criollas de los insectos y bocado por excelencia del departamento colombiano de Santander donde he pasado feliz este puente, aunque supongo que para tenga sentido lo del filete y la ONU hay que comerse kilos y kilos de bichitos y no unos poquitos como hice yo. Y ahora la pregunta del millón: ¿están ricas estas hormigas aladas Atta Laevigata? Sí, riquísimas, aunque al principio da bastante impresión llevártelas a la boca y eso que antes de cocinarlas les quitan el pico, las alas y las patas, pero aún así hay que echarle valor. ¿Y a qué saben? Algunos dicen que a maní; yo no sabría decir a qué, creo que tienen un sabor único. Crujientes son muy crujientes claro porque para prepararlas y que no se quemen las tuestan muy despacito en recipientes de barro (como el de la foto de abajo) para luego rociarlas con sal y comerlas en casa, venderlas en el mercado en paqueticos que pueden llegar a costar hasta 100.000 pesos, unos cuarenta y pico euros o exportarlas a Estados Unidos, Canadá, Portugal, México y Alemania donde enloquecen con estos insectos. Los santandereanos las toman desde niños, así sin más, aunque Sandra me contaba que en casa de sus abuelos las servían con maíz y panela. Lo de culonas les viene por su enorme abdomen y ya los indígenas guanes hace más de 500 años las devoraban después de tostarlas al calor de las fogatas, las ofrecían como regalo de bodas para que los hijos nacieran fuertes y vigorosos y las usaban como cataplasmas para los dolores de cabeza y estómago. Hay quienes están convencidos de sus poderes afrodisiacos y otros las incluyen en la dieta de sus hijos porque dicen son excelentes para la memoria. Entre abril y mayo -época de lluvia-, la culona abandona su retiro invernal y sale de su hormiguero en las mañanas soleadas o después de una noche lluviosa para aparearse en el llamado vuelo nupcial. Y es entonces cuando, zas, hay que cazarla eso sí teniendo mucho cuidado con las obreras y soldados que no se comen pero que atacan sin piedad a los intrusos con sus temibles tenazas para defender a sus reinas. En Bogotá se consiguen en paquetes con sabores a limón y BBQ; creo que en mi próximo viaje a España me llevaré unas cuantas para tomárnoslas allí con unas cervecitas aunque no sé si tendré mucho éxito. Y tú, ¿has probado las hormigas culonas? ¿Y qué te parecen? Podéis seguirme en mi blog, en twitter @colombiadeuna y ver más fotos de éste y de otros viajes en mi página de Facebook.
Soy feliz haciendo fotos y para mí el mejor de los planes es salir por ahí con mi cámara pero después de ver la exposición del colombiano Leo Matiz en el Museo Nacional mejor me dedico a otra cosa. El sí que fue un fotógrafo con mayúsculas, de los que hacen historia, y cada uno de sus trabajos es una obra de arte. Envidio sus maravillosas fotos, claro que sí, pero también su vida en la que recorrió el mundo entero y en la que además fue pintor, actor, dibujante, galerista -Botero realizó su primera muestra de pinturas en su galería de Bogotá- publicista, agricultor, criador de pollos y caballos y hasta trabajó en el cine. Matiz nació en Aracataca en 1917, en el Magdalena, y la verdad él trabajaba de caricaturista y nunca pensó en dedicarse a la fotografía hasta que en 1937 Enrique Santos, entonces director de El Tiempo, le animó a ello, le regaló su primera cámara y lo contrató. Fue éste el punto de partida de una intensa trayectoria profesional de más de 50 años en la que captó con su cámara Rolleiflex algunos de los momentos más decisivos de la historia contemporánea, lo llevó a reunir cerca de 300.000 imágenes y lo convirtió en una de las personalidades más originales e innovadoras de la fotografía universal del siglo XX. Cómo disfruté ayer recorriendo la muestra del Museo Nacional, con esas preciosas fotos -todas en blanco y negro- de Cartagena de Indias en los 50, los atardeceres en Taganga y los retratos de pescadores, recolectores de papa, mineros, llaneros e indígenas. También me gustaron mucho sus imágenes más abstractas y experimentales en forma de construcciones, tuberías, rollos de metal, tanques y fábricas, y los retratos de artistas e intelectuales como Frida Kahlo, Chagall, Neruda, Lucho Bermúdez, Walt Disney o Buñuel. Si estáis por Bogotá no os perdáis esta exposición que lleva el título de Leo Matiz, mirando al infinito porque alguna vez el artista confesó: “Me he salvado de los huracanes, de los volcanes nacientes, de los ríos que se salen de su curso, de los atentados. Pero yo no puedo dormir. He venido a ver el infinito”. Podéis seguirme en mi blog, en twitter @colombiadeuna y ver más fotos de éste y de otros viajes en mi página de Facebook.
“Claudia, tienes que verlo; es un animal grande, de color verde, muy fuerte y creo que ciego porque se estrella contra las ventanas”. Y vaya que sí lo vio porque su padre, imaginativo y soñador donde los haya, le envió no uno sino dos ejemplares machos de estos “extraños especímenes” que no eran otra cosa que escarabajos y que llegaron sin vida a su destino después de un largo viaje encerrados sin ventilación en un minúsculo tubo de pastillas. Claudia Alejandra Medina estudiaba entonces biología en Cali y después de este encuentro que le cambiaría la vida decidió realizar sus experimentos de biofísica con estos insectos así que se plantó en la vereda del Valle del Cauca -donde su padre era maestro y los había encontrado-, y después de no sé cuántas mediciones de velocidad y aceleración llegó a conclusiones científicas tan increíbles como que estos bichitos empujan 40 veces, sí 40 veces, su propio peso. Empezó así una larga y amorosa historia de ya más de 22 años entre Claudia y los escarabajos coprófagos -los que se alimentan de los excrementos de otros animales- que le ha llevado descubrir muchas especies nuevas, que han sido bautizadas con su nombre, y a convertirse en una de las mayores especialistas del mundo y en la coordinadora científica de las colecciones de la sede del Instituto Humboldt en su sede de Villa de Leyva, ubicado en un monasterio del siglo XVI de precioso claustro del que prometo escribir otro día. ¿Sabías que el 40 por ciento de las especies que existen en el planeta son escarabajos? Pues así es y ya lo dijo hace años el británico Haldane, experto en biología evolutiva: “Si Dios ha creado a todas las criaturas hay que reconocer que siente un extraordinario cariño por los escarabajos”. Capricho o no divino los escarabajos -idolatrados por los egipcios- llevan millones de años sobre la tierra y existen más de 6.000 especies de coprófagos de las que 400 habitan en Colombia, según me contó Claudia que se define como una investigadora reprogramada interesada en acercar y comunicar la ciencia, que va resolviendo este rompecabezas pedacito a pedacito y que sueña con poder clasificar todas las especies de escarabajos coprógafos y conocer mejor sus relaciones evolutivas. Te deseo toda la suerte del mundo, te la mereces. Por cierto, ¿qué sabéis vosotros de escarabajos?
¿Te gusta la palabra filigrana? A mí me encanta; es sonora, elegante y hace volar mi imaginación hasta alguna recóndita calle del antiguo Damasco donde comenzó este refinado arte que más tarde llegaría a mi querido país, España, y desde allí, surcando los mares, hasta Mompox, ese mágico e intemporal rincón colombiano a orillas del Magdalena en el que tantas veces se inspiró García Márquez. Siempre he sido un desastre para los trabajos manuales, paciencia desgraciadamente tengo bien poca y con la edad estoy perdiendo vista así que mal fichaje sería yo para trabajar en uno de esos talleres momposinos moldeando los finísimos hilos de oro o plata hasta conseguir una pieza como la de la foto. En Mompox la filigrana se trabaja como hace cientos de años, no hay maquinaria nueva ni herramientas sofisticadas y el tintineo de los martillos sigue sonando como antaño. El oro y la plata se funden y se aplanan hasta obtener unos delgadísimos hilos del grosor de un cabello que serán enrrollados en forma de espirales y hábilmente encajados dentro de un marco hasta convertirse en delicadas lágrimas, corazones, mariposas, pescaditos, flores, caracoles que harán incluso más bellas a muchas mujeres. ¿Precioso trabajo, verdad? Podéis seguirme en mi blog, en twitter @colombiadeuna y ver más fotos de éste y de otros viajes en mi página de Facebook.
La conocí en su casa a orillas del río Palomino, en plena Sierra Nevada de Santa Marta, a dos horas y media caminando desde el pueblo más cercano. Estaba acompañada de su hija y sus nietos, inmaculadamente vestida como dicta la tradición arhuaca, descalza, con su hermosa cabellera color azabache y sus collares. No hablamos; sólo nos saludamos y ella desapareció. Al poco la vi sentarse en un rincón de la vivienda, todavía alumbrado por la luz del sol que se colaba por las rendijas, y me acerqué; me coloqué a su lado y permanecí en silencio mientras la veía desenredar el hilo con el que estas mujeres tejen desde niñas sus mochilas (foto de abajo). Así estuve un buen rato, admirada de su habilidad y destreza, hasta que al final le pedí permiso para fotografiarla y aceptó. Y entonces, como por arte de magia, se rompió el hielo y empezamos a hablar mientras ella no dejaba de hacer rodar los carretes de hilo por sus piernas y movía sus brazos de un sitio a otro sin parar; Lo confieso, me hubiera quedado horas y horas a su lado, en su casita apartada del mundo, aprendiendo a tejer, a escuchar y a vivir en paz. Podéis seguirme en mi blog, en twitter @colombiadeuna y ver más fotos de éste y de otros viajes en mi página de Facebook.
No sé lo que tiene que ser vivir a orillas de un río así; levantarte bien temprano y darte un delicioso baño en sus limpias y templadas aguas; irte a hacer tus cosas y regresar más tarde a sumergirte de nuevo. Vivo en Bogotá pero estoy segura que algún día me retiraré a un lugar como éste, apartado del mundo, y sé que lo conseguiré porque es lo que deseo con todo mi corazón y los deseos siempre se cumplen. Este río se llama Palomino y nace en la colombiana Sierra Nevada de Santa Marta, Reserva de la Biosfera, Patrimonio de la Humanidad y la única en todo el mundo al lado del mar que tiene nieves perpetuas durante todo el año; desemboca en el Caribe y cuentan que lleva el nombre de un sanguinario guerrero español que se ahogó en él. Pero bueno, eso es lo que dicen. Qué bendita sensación la de flotar en sus aguas, dejarte llevar por la corriente -suave en esta época del año- y con los ojos cerrados, como yo hice, disfrutar de los sonidos de la selva, el viento, la ropa al golpear las piedras cuando la están lavando, las risas de los niños indígenas y, sobre todo, de esa profunda y poderosa calma que emana en este lugar acariciado por la gracia divina. Podéis seguirme en mi blog, en twitter @colombiadeuna y ver más fotos de éste y de otros viajes en mi página de Facebook.
¿Cuántas personas caben en un Willys? Todas las que puedan poner su dedo gordo en el piso del carro. ¿Y cuánta gente ha llegado a subir al suyo? le pregunto a Fredy mientras Maite, Pep, Arturo y yo damos un delicioso paseo por los cafetales encaramados, y nunca mejor dicho, a esta fiera de las carreteras: Veintiseis -me dice-; aquí se acomoda a todo el que quiera subir. Fredy aprendió a conducir con 8 años, si 8 años; ahora tiene 33 y cuida como la niña de sus ojos a su Willys rojo modelo 56 que lleva el nombre de su hijo Juancho que por cierto, y siguiendo la tradición familiar, aprendió a manejar, como dicen aquí, con sólo 10 años. Anécdotas de su Willys, Fredy tiene miles como cuando se lo llevó de trasteo hasta Ipiales, frontera con Ecuador, cargado con una cama, armario, menaje de cocina, sillas, mesas, dos niños, dos adultos y tres gallinas. ¿Qué cuanto tarde?, me dice, 8 días y 8 noches; fue tan cansado que no lo volvería a hacer en mi vida. Le pregunto a Fredy que es lo que más le gusta en el mundo y me contesta de seguido: los carros. ¿Y cuál es el mejor del mercado? El Willys, me dice, es lo máximo. Pocos coches han resistido a tantos años y a tantas cargas como éste de pequeño tamaño, peso ligero, gran fuerza y tracción a las cuatro ruedas fabricado en Estados Unidos durante la Segunda Guerra Mundial y que llegó a Colombia en los años cincuenta cuando el gobierno de Rojas Pinilla importó 1.000 de ellos para incentivar el desarrollo campesino. En el eje cafetero son todo un símbolo nacional y también se los conoce con el nombre de yipaos. Lo mismo sirven para transportar descomunales cargas de café -como los 25 sacos de 40 kilos cada uno que caben en el de Fredy-, arroz, plátanos, bombas de agua, abono, material de construcción o pasajeros. Qué delicia por estas veredas entre plantas de café, frijoles, lulos, bananos, granadillas, yucas, maracuyás y aguacates encima de uno de estos coches del que alguien alguna vez dijo que es fiel como un perro, ágil como una cabra y solidó como una mula. Podéis seguirme en mi blog, en twitter @colombiadeuna y ver más fotos de éste y de otros viajes en mi página de Facebook.
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