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28
07
2013
catrecillo

Por: Ana Cristina Vélez

El misterio de la conciencia. Por Sam Harris

Esta es una traducción de los dos artículos sobre la conciencia puestos en su blog, realizada con permiso del autor.

 

Parte I

 

No eres consciente de los eventos electroquímicos que ocurren en cada uno de los trillones de sinapsis que existen en tu cerebro; pero sí eres consciente, así sea sutilmente, de las visiones, los sonidos, las sensaciones, los pensamientos y los estados de ánimo. Al nivel de tu experiencia no eres un cuerpo de células, organelas y átomos; eres conciencia, con sus siempre cambiantes contenidos, que pasan por los diversos estados de vigilia y de sueño, y desde la cuna hasta la tumba.

 

El término “conciencia” es notoriamente difícil de definir. Por ende, muchos debates sobre su carácter han sido librados sin que los participantes encuentren siquiera un tópico como base común para la argumentación. Por “conciencia” quiero decir simplemente “la capacidad de sentir o percibir” en el sentido menos adornado. Para usar la construcción del filósofo Thomas Nagel: una criatura es consciente si hay tal cosa como “qué tal es ser como” esa criatura; un evento es conscientemente percibido si hay tal cosa como “qué tal es eso” de percibirlo (N.T: en otras palabras, presuponemos que una criatura es consciente si tiene sentido pleno preguntarse qué tal es ser como esa criatura. La pregunta no tendría sentido pleno si nos preguntamos qué tal es ser como una piedra. Si somos occidentales típicos y suponemos que las piedras no tienen conciencia). Sea lo que pueda ser la conciencia en términos físicos, la diferencia entre ésta y la inconciencia es antes que nada una cuestión de experiencia subjetiva: Las luces están prendidas, o no lo están. [1].

  •  [1]. Es cierto que algunos filósofos y neurocientíficos quisieran aplicar los frenos en este punto. Daniel Dennett, con quien estoy de acuerdo en muchas cosas, me dice que si no me puedo imaginar la falsedad de la afirmación anterior, es que no lo estoy intentando lo suficiente. Sin embargo, sobre una cuestión tan rudimentaria como la ontología de la conciencia, el debate a menudo se reduce a intuiciones irreconciliables. Se llega a cierto punto en el que se tiene que reconocer que uno no entiende lo que los adversarios están diciendo.

Decir que una criatura es consciente, por tanto, no es decir nada sobre su comportamiento; no tienen que oírse gritos, ni verse contracciones de dolor, para que una persona sufra. El comportamiento y el enunciado verbal son completamente separables de la conciencia: podemos encontrar ejemplos de la presencia de ambos sin que haya conciencia (como en el caso de un robot primitivo) y de conciencia en ausencia de ambos (como en el caso de una persona que sufre el síndrome de encerramiento [2]

  • [2]. Es posible que algunos robots sean conscientes. Si la conciencia es el tipo de cosa que se da en virtud del procesamiento de información, entonces hasta nuestros teléfonos celulares y cafeteras podrían considerárseles conscientes. Pero pocas personas imaginamos que hay “tal cosa como ser como” incluso el computador más avanzado. Sea cual fuere su relación con el procesamiento de la información, la conciencia es una realidad interna que no necesariamente puede ser apreciada desde el exterior y que no necesita estar asociada al comportamiento o a la capacidad de respuesta a los estímulos. Si dudas de esto, lee “La escafandra y la mariposa”, la sorprendente y desgarradora descripción que Jean Dominique-Bauby hace de su propio “síndrome de encerramiento”, en un texto dictado a una enfermera mediante señales hechas con su párpado izquierdo; luego trata de imaginar la dificultad que hubiera tenido que enfrentar si incluso este grado de control motor se le hubiera negado.

Que la discusión sobre la conciencia no tenga que empezar por un debate sobre su existencia es con seguridad un signo de nuestro progreso intelectual. Decir que la conciencia podría solo parecer existir es admitir su existencia de lleno—pues si las cosas parecen ser de una u otra forma, cualquiera que sea, eso ya es conciencia. Incluso si es el caso de que yo soy un cerebro en una probeta— todas mis memorias son falsas; todas mis percepciones son de un mundo que no existe— el hecho de que estoy teniendo una experiencia es indiscutible (para mí, al menos). Esto es todo lo que yo requiero (o lo que requiere cualquier otro ser consciente) para establecer de lleno la realidad de la conciencia. La conciencia es lo único de este universo que no puede ser una ilusión [3].

  • [3]. Aunque Descartes es probablemente el primer filósofo occidental en formular este punto, otros han seguido haciendo hincapié en él—notablemente los filósofos John Searle y David Chalmers. No concuerdo con el dualismo de Descartes, ni con algunas de las cosas que Searle y Chalmers han dicho acerca de la naturaleza de la conciencia, pero estoy de acuerdo en que su realidad subjetiva es tanto primaria como indiscutible. Por supuesto, esto no excluye la posibilidad de que la conciencia sea, de hecho, idéntica a ciertos procesos cerebrales.

A medida que nuestra comprensión del mundo físico ha evolucionado, nuestra noción de lo que cuenta como “físico” se ha ampliado considerablemente. Un mundo lleno de campos de fuerza, fluctuaciones de vacío y el resto de los enmarañados engendros de la física moderna, no es el mundo físico del sentido común. De hecho, nuestro sentido común parece estar detenido en algún lugar en el siglo 16. En general también hemos olvidado que muchos de los patriarcas de la física de la primera mitad del siglo 20 impugnaban con regularidad la “fisicalidad” del universo. Puntos de vista no reduccionistas como los de Eddington, Jeans, Pauli, Heisenberg y Schrödinger, parecen no haber tenido ningún impacto a largo plazo. [4] De cierta manera podemos sentirnos agradecidos, pues una buena cantidad de sin sentidos flotaban en el aire.

  • [4]. Y, de nuevo, debo decir que filósofos como Daniel Dennett y Paul Churchland simplemente no creen esto. Pero no entiendo por qué. El que yo no vea cómo la conciencia pueda ser una ilusión implica que no pueda entender cómo ellos (o cualesquiera otros) puedan pensar que a lo mejor pueda ser una ilusión. Estoy de acuerdo, por supuesto, en que podemos estar profundamente equivocados sobre la conciencia, en cuanto a cómo surge, a su conexión con la materia, acerca precisamente de qué somos conscientes y cuándo, etcétera. Pero esto no es lo mismo que decir que la conciencia misma pueda ser enteramente ilusoria. El estado de vernos completamente confundidos acerca de la naturaleza de la conciencia es de hecho una demostración de la conciencia.
  •  El contenido del mundo es el contenido de la mente. (Eddington, The Nature of the Physical World)
  • El viejo dualismo de mente y materia… probablemente desaparecerá… con el proceso mediante el cual la materia sustancial revele su propio carácter de creación y manifestación de la mente. (Jeans, The Mysterious Universe)
  • El único punto de vista aceptable parece ser el que reconoce ambos lados de la realidad–el cuantitativo y el cualitativo, el físico y el psíquico –como compatibles entre sí, y los abarca de forma simultánea. (Pauli, Escritos de Física y Filosofía)
  • La concepción de la realidad objetiva de las partículas elementales se ha evaporado para convertirse no en la nube de un nuevo concepto oscuro de la realidad, sino en la trasparente claridad de unas matemáticas que no representan ya más el comportamiento de la partícula, sino más bien nuestro conocimiento de este comportamiento. (Heisenberg, en La representación de la naturaleza en la Física Contemporánea, The Representation of Nature in Contemporary Physics)
  • Simplemente no podemos ver cómo eventos materiales pueden transformarse en sensación y pensamiento, sin importar cuantos libros de texto sigan diciendo tonterías sobre el tema. (Schrödinger, en Mi visión del mundo, My View of the World).

 

Por ejemplo, Wolfgang Pauli, aunque fue uno de los titanes de la física moderna, también fue un devoto de Carl Jung, quien al parecer analizó no menos de 1.300 sueños del gran hombre. [5] Los pensamientos de Pauli acerca de la irreductibilidad de la mente parecen haber tenido que ver tanto con las ideas menos creíbles de Jung como con las ideas de la mecánica cuántica.

Tales influencias sobrenaturales finalmente se hundieron. Y una vez los físicos se dieron a la seria tarea de construir bombas, nos devolvieron, al parecer, a un universo de objetos—y a un estilo de discurso, en todas las ramas de la ciencia y la filosofía, que hizo que la mente pareciera lista para una reducción al mundo “físico”.

  • [5] Dyson, F. (2002). The Conscience of Physics. Nature, 420(12 December), 607-608

El problema, sin embargo, es que no existe evidencia de la conciencia en el mundo físico. [6] Los eventos físicos son simplemente mudos sobre si hay tal cosa como “qué tal es ser como” lo que son. La única cosa en este universo que da testimonio de la existencia de la conciencia es la conciencia misma; el único indicio de la subjetividad, como tal, es la subjetividad. Absolutamente nada acerca de un cerebro, cuando se le examina como un sistema físico, sugiere que se trata del lugar donde ocurre la experiencia. Si no estuviéramos nosotros mismos rebosantes de las experiencias de la conciencia, no encontraríamos evidencia de ella en ninguna parte del universo físico—ni tendríamos noción alguna de los muchos estados experienciales que éste genera. La calidad dolorosa del dolor, por ejemplo, aparece sólo en la conciencia. Ninguna descripción de las fibras C o del comportamiento para evitar el dolor revelarán la realidad subjetiva.

  • [6] Leibniz fue quizás el primero en hacer explícito este punto, en su analogía del molino:

Por otra parte, hay que confesar que la percepción, y lo que depende de ella, son inexplicables basándose en sus razones mecánicas, es decir, por medio de figuras y movimientos. Y suponiendo que hubiera una máquina, construida de tal manera que pensara, sintiera, y tuviera percepción, esta podría ser concebida de tamaño mayor pero manteniendo las mismas proporciones, de modo que uno pudiera entrar en ella como en un molino. Siendo así, al examinar su interior encontraríamos sólo piezas que actuarían unas sobre otras, y nunca algo con lo cual explicar una percepción. Por tanto, es en una simple sustancia y no en un compuesto o en una máquina, donde la percepción debe buscarse. Más aun, nada más que esto (es decir, las percepciones y sus cambios) se puede encontrar en una simple sustancia. También es en esto solo en lo que pueden consistir todas las actividades internas de sustancias simples. (La Monadología y otros escritos filosóficos, párr. 17)

Si buscamos la conciencia en el mundo físico, lo único que encontramos son sistemas cada vez más complejos que dan lugar a comportamientos cada vez más complejos —los cuales pueden o no estar acompañados por la conciencia. El hecho de que el comportamiento de los demás seres humanos nos persuada de que son (más o menos) conscientes no nos acerca más a vincular la conciencia con eventos físicos. ¿Es una estrella de mar consciente? Una explicación científica del surgimiento de la conciencia podría responder a esta pregunta. Pero parece claro que no progresaremos si dependemos para ello de las analogías entre el comportamiento de las estrellas de mar y el nuestro. Es sólo en la presencia de animales lo suficiente parecidos a nosotros cuando nuestras intuiciones (y atribuciones) sobre la conciencia comienzan a cristalizarse. ¿Hay tal cosa como “qué tal es ser como” un cocker spaniel, ¿siente este sus dolores y placeres? Seguramente que sí. ¿Cómo lo sabemos? Por comportamiento, analogía, economía explicativa. [7]

  • [7] Algunos científicos y filósofos han creado la impresión errónea de que siempre constituye más economía explicativa negarle la conciencia a los animales que atribuírselas. He sostenido en otra parte que esto no es así (The End of Faith, pp 276-277). Negarles la conciencia a los chimpancés, por ejemplo, es tener que asumir el problema de explicar por qué sus similitudes genéticas, neuroanatómicas y conductuales con nosotros son base insuficiente para la conciencia (buena suerte resolviéndolo).

La mayoría de los científicos confían en que la conciencia surge de la complejidad inconsciente. Tenemos razones de peso para creerlo, porque los únicos signos de conciencia que encontramos en el universo se encuentran en organismos evolucionados como nosotros. Sin embargo, esta noción de emergencia se me hace que no es otra cosa que postular un milagro. Decir que la conciencia surge en algún momento de la evolución de la vida no nos da ni la menor idea de cómo podría surgir de procesos inconscientes, ni siquiera en principio.

Creo que este concepto de emergencia es incomprensible —algo como una concepción ingenua del big bang. La idea de que todo (materia, espacio-tiempo, sus causas antecedentes, y las mismas leyes que rigen su aparición) simplemente surgen repentinamente de la nada luce peor que una paradoja. “Nada”, después de todo, es precisamente lo que no puede dar lugar a “algo” y mucho menos a “todo.” Muchos físicos se dan cuenta de esto, por supuesto. Fred Hoyle, quien acuñó el “big bang” como término burlón, es famoso por oponerse por razones filosóficas a este mito de creación, porque tal evento parece requerir un “espacio y tiempo preexistentes”. Siguiendo lineamientos similares, Stephen Hawking ha dicho que la noción de que el universo tuvo un principio es incoherente, porque algo puede comenzar sólo con referencia al tiempo, y aquí estamos hablando de principios del espacio-tiempo mismos. Él se imagina el espacio-tiempo como una variedad cerrada de cuatro dimensiones, sin principio ni fin, algo así como la superficie de una esfera.

Naturalmente, todo depende de cómo se defina “nada.” El físico Lawrence Krauss ha escrito un libro maravilloso en el que arguye que el universo en realidad surge de la nada. Pero en el contexto actual, me imagino una nada todavía más vacía —una condición sin leyes antecedentes de la física o de cosa alguna. Podría aún ser cierto que las leyes de la física mismas surgieran de la nada en este sentido, y el universo con ellas —y Krauss lo dice. Tal vez eso es precisamente lo que sucedió. Estoy afirmando simplemente que esta no es una explicación de cómo el universo llegó a existir. Decir “Todo salió de la nada” es afirmar un hecho bruto que desafía nuestras intuiciones más básicas de causa y efecto —un milagro, en otras palabras.

Así mismo, la idea de que la conciencia es idéntica a (o surgió de) eventos físicos inconsciente es, yo diría, imposible de concebir correctamente —lo que quiere decir que podemos pensar que estamos pensando, pero estamos equivocados. Podemos decir las palabras correctas, por supuesto: “la conciencia emerge del procesamiento de la información inconsciente.” También podemos decir “Algunos cuadrados son tan redondos como círculos” y “2 más 2 es igual a 7.” Pero ¿estamos realmente pensando estas cosas total y detalladamente, pensándolas en su totalidad? No creo.

La conciencia —el mero hecho de que este universo esté iluminado por percepciones y sensaciones—es precisamente lo que la inconsciencia no es. Y creo que ninguna descripción de la complejidad inconsciente pueda dar cuenta de ello plenamente. Me parece a mí que así como “algo” y “nada”, yuxtapuestos como se quiera, no pueden funcionar como explicación, un análisis de los procesos puramente físicos no producirá jamás una imagen de la conciencia. Sin embargo, esto no quiere decir que alguna otra tesis sobre la conciencia deba ser cierta. La conciencia puede muy bien ser el producto legítimo del procesamiento de la información inconsciente. Pero yo no sé lo que significa esa frase — y no creo que nadie más la entienda, tampoco.

El misterio de la conciencia Parte II

 El universo está lleno de fenómenos físicos que aparecen desprovistos de conciencia. Desde el nacimiento de estrellas y planetas, a las primeras etapas de la división celular en el embrión humano, las estructuras y procesos que encontramos en la Naturaleza parecen carecer de una vida interior. Sin embargo, en algún momento en el desarrollo de ciertos organismos complejos surge la conciencia. Este milagro no depende de un cambio de materiales —usted y yo estamos hechos de los mismos átomos que un sándwich de jamón o un helecho. Más bien, debe ser una cuestión de organización. La organización de los átomos de una cierta manera parece causar la existencia de la conciencia. Y este hecho es uno de los misterios más profundos que nos ha sido dado contemplar.

Muchos lectores de mi ensayo anterior (Parte I) no entendieron por qué el surgimiento de la conciencia constituye un problema especial para la ciencia. Cada característica de la mente humana y del cuerpo van surgiendo durante su desarrollo: ¿Por qué ha de ser la conciencia más desconcertante que el lenguaje o la digestión? El problema, sin embargo, es que la distancia entre la inconsciencia y la conciencia debe ser franqueada en un solo paso, si es que es posible de franquear. Así como la aparición de algo de la nada no puede ser explicada diciendo que las primeras cosas eran “muy pequeñas”, el nacimiento de la conciencia no se hace menos misterioso porque digamos que las mentes más simples tienen apenas un atisbo de ella.

Esta situación se ha caracterizado como una “brecha explicativa” y un “duro problema de la conciencia”, y es sin duda ambos. Yo simpatizo con aquellos que, como el filósofo Colin McGinn y el psicólogo Steven Pinker, han juzgado el impasse como total: tal vez la emergencia de la conciencia sea simplemente incomprensible en términos humanos. Cada cadena de la explicación tiene que terminar en algún lugar —por lo general en algún hecho bruto que pasa por alto explicarse a sí mismo. La conciencia puede representar un límite de este tipo. Rehusándose a cualquier análisis, el misterio de la vida interior a lo mejor deje de molestarnos algún día.

Sin embargo, muchas personas se imaginan que la conciencia va a sucumbir a la investigación científica de la misma forma que otros problemas difíciles en el pasado lo han hecho. ¿Cuál es, por ejemplo, la diferencia entre un sistema vivo y uno muerto? En la medida en que la cuestión de la conciencia misma se pueda mantener fuera de la discusión, parece que la diferencia es ahora razonablemente clara. Y, sin embargo, en 1932, no lo era. El fisiólogo escocés JS Haldane (padre de J.B.S. Haldane) escribió:

¿Qué explicación inteligible puede dar la teoría mecanicista de la vida sobre… la recuperación de enfermedades y lesiones? Simplemente ninguna, excepto que estos fenómenos son tan complejos y extraños que todavía no los podemos entender. Es exactamente lo mismo que con los fenómenos estrechamente relacionados con la reproducción. No podemos por ningún lado imaginar ni concebir cómo un mecanismo delicado y complejo, un organismo vivo, es capaz de reproducirse a menudo e indefinidamente.

Pasaron escasamente veinte años antes de que nuestra imaginación se estirara debidamente. Queda mucho trabajo por hacer en biología, por supuesto, pero cualquier persona que continúe con el vitalismo a estas alturas será declarada culpable de ignorancia básica sobre la naturaleza de los sistemas vivos. Ya no hay quien esté para hacerse preguntas de este tipo, y ha pasado más de medio siglo desde que las criaturas de la tierra requerían élan vital para propagarse a sí mismas o para recuperarse de una lesión. ¿Existen dudas de que lleguemos a una explicación física de la conciencia, análogas a las dudas acerca de la viabilidad de explicar la vida en términos de procesos que no tienen vida?

La analogía es mala: la vida se define de acuerdo con criterios externos; la conciencia no (y, no puede serlo, creo). Jamás diríamos de algo que no come, ni excreta, ni crece, ni se reproduce que no obstante podría estar “vivo.” Sin embargo, podría ser consciente. Pero otras analogías parecen ofrecer esperanza. Consideremos nuestro sentido de la vista: ¿No surge la visión de procesos que en sí son ciegos? ¿Y tal milagro de la emergencia no hace que la conciencia parezca menos misteriosa?

Desafortunadamente, no. En el caso de la visión, estamos hablando simplemente de la transducción de una forma de energía en otra (electromagnética en electroquímica). Los fotones hacen que proteínas sensibles cambien las tasas de disparo espontáneas de nuestros bastones y conos, dando comienzo a una cascada electroquímica que afecta las neuronas en muchas áreas del cerebro —con lo que se logra, entre otras cosas, una cartografía topográfica de la escena visual en la corteza visual. Si bien esta cadena de eventos es complicada, el hecho de que se produzca no es misterioso, en principio. La aparición de la visión en un aparato ciego nos parece una idea problemática, simplemente porque cuando pensamos en la visión, pensamos en la experiencia consciente de ver. Con que los ojos y las cortezas visuales surgieran en el transcurso de la evolución no hay problema; que debería haber tal cosa como “qué tal es ser como” la unión de un ojo y una corteza visual es en sí mismo el problema de la conciencia —y es tan intratable de esta forma como de cualquier otra.

¿Pero no podría sin embargo una neurociencia madura ofrecer una explicación adecuada sobre la conciencia humana en términos de sus procesos cerebrales subyacentes? Tenemos razones para pensar que reducciones de este tipo no son ni posibles ni conceptualmente coherentes. Nada acerca del cerebro, estudiado a cualquier escala espacial o temporal, sugiere que albergue conciencia. Nada acerca del comportamiento humano, del lenguaje o de la cultura demuestra que esos productos son mediados por la subjetividad. Simplemente sabemos que lo son. Un hecho que apreciamos directamente en el caso nuestro, y por analogía, en los demás.

Aquí es donde la distinción entre estudiar la conciencia y estudiar sus contenidos llega a volverse de primera necesidad. Es fácil ver cómo los contenidos de la conciencia pueden entenderse a nivel del cerebro. Consideremos, por ejemplo, la experiencia de ver un objeto —su color, contorno, movimiento aparente, ubicación en el espacio, etcétera, surge en la conciencia como una unidad consistente, a pesar de que esta información se procesa en muchos sistemas separados en el cerebro.

Así, cuando un golfista se prepara para golpear, no ve primero la redondez de la bola, después su blancura, y entonces y sólo entonces su posición en el tee. En vez de eso, él goza de una percepción unificada de la pelota. Muchos neurocientíficos creen que este fenómeno de “unión” lo explica el hecho de que los grupos diferentes de neuronas se disparen en sincronía. Sea o no cierta esta teoría, es perfectamente comprensible, y sugiere, como lo hacen muchos otros hallazgos de la neurociencia, que el carácter de nuestra experiencia pueda ser a menudo explicado en términos de la neurofisiología subyacente. Sin embargo, cuando nos preguntamos por qué en primer lugar ver es algo sobre lo que podemos preguntar “qué tal es ver”, regresamos al misterio de la conciencia de lleno.

Por estas razones, es difícil imaginar cuáles hallazgos experimentales pudieran hacer comprensible el surgimiento de la conciencia. Esto no quiere decir, sin embargo, que nuestra comprensión de nosotros mismos no vaya a cambiar sorprendentemente al estudiar el cerebro. Parece no haber límite a cómo una neurociencia en proceso de maduración pueda remodelar nuestras creencias a cerca de la naturaleza de la experiencia consciente. ¿Somos plenamente conscientes durante el sueño y meramente dejamos de formar recuerdos al respecto? ¿Se pueden duplicar o fusionar las mentes humanas? ¿Es posible amar a tu prójimo como a ti mismo? Una neuroanatomía precisa y funcional de los estados mentales ayudaría a responder estas preguntas, y las respuestas seguramente nos van a sorprender. Y, sin embargo, sea cual sea la idea que surja de correlacionar acontecimientos mentales y físicos, parece poco probable que una parte del mundo se reduzca por completo a la otra.

Si bien sabemos muchas cosas acerca de nosotros mismos en términos anatómicos, fisiológicos y evolutivos, no sabemos por qué es “como alguna cosa” ser lo que somos. El hecho de que el universo esté iluminado donde tú estés —que tus pensamientos y estados de ánimo y sensaciones tengan un carácter cualitativo— es un misterio, sólo superado por el misterio de que en este universo hay algo en vez de nada. ¿Cómo puede ser que acontecimientos inconscientes den lugar a la conciencia? No sólo no tenemos idea, sino que es imposible imaginar qué clase de idea podría caber en el espacio dado. Por tanto, aunque en última instancia la ciencia nos muestre cómo maximizar verdaderamente el bienestar humano, todavía puede fallar en disipar el misterio de nuestra vida mental. Esto no deja mucho espacio para las doctrinas religiosas convencionales, pero sí ofrece fundamentos profundos (y motivación) para la introspección. Muchas verdades sobre nosotros mismos tendrán que ser descubiertas en la conciencia directamente, o no serán descubiertas en absoluto.

 

http://www.samharris.org/blog

 

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Opinión por:

3142390942

28 julio 2013 a las 23:49
  

Yo también puedo copiar y traducir de wikipedia que es la consciencia, pero eso es repetir como loro. https://en.wikipedia.org/wiki/Consciousness

Eso es ser consciente. consecuente también. ¿Que es lo que quiere realmente?

Opinión por:

catrecillo

29 julio 2013 a las 7:04
  

Como el tema de la conciencia es tan interesante, traduje a Sam Harris para ver si decía algo nuevo. Su aproximación me pareció filosófica. Es mejor que juzgue el lector…

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