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08
11
2012
catrecillo

La muerte

Por: Ana Cristina Vélez

La muerte es una quimera: porque mientras yo existo, no existe la muerte; y cuando existe la muerte, no existo yo.

 Epicuro

La muerte es lo que les ocurre a los otros. Si es a nosotros no vamos a saberlo. Y cuando ocurre a esos otros que son nuestros, nos enfrentamos a lo irreversible, a lo absolutamente definitivo.

Lo que comprendemos de la realidad son fragmentos a los cuales respondemos como si se tratara de un todo coherente. Las personas amadas retroalimentan con sus actos, presencia o imagen el amor que una vez empezamos a sentir y sentimos. Cuando él o ella mueren, el amor que experimentamos y la memoria están todavía intactos, pero la retroalimentación ha cesado; entonces, los sentimientos y la memoria se van modificando necesariamente, pero de forma muy lenta.

Y aunque realmente consuelo no hay, la mente humana está diseñada para olvidar, para habituarse a la rutina y para desear la vida y querer sobrevivir. Los “anticuerpos” para el dolor sicológico (de estos habla Dan Gilbert) en el mejor de los casos se activan. De no hacerlo, no queda más que aguantar la pena, tratando de no sentir demasiada piedad por nosotros mismos, repitiendo y recordando que nuestra tristeza dejará en algún momento de ser útil.

Richard Dawkins dice que es un consuelo pensar que si alguien ha muerto es porque tuvo la improbable suerte y felicidad de haber nacido, y de ser ese que fue, dentro de la posibilidad infinita de nunca haber sido esa combinación especial que lo hace único; y además, contar con la improbabilidad de ser entre todos los seres vivos un ser humano, con la cualidad particular y asombrosa de tener consciencia de su frágil y fugaz situación de vivo.

Otras consideraciones

El “yo” está en el cerebro. Cuando este funciona parcialmente debido a un accidente o a una enfermedad desaparece el yo; cuando se enferma aparecen otras identidades, la mayoría de las veces patológicamente terribles. Aunque el cuerpo viva, sin cerebro el individuo ha desaparecido. Una persona es el resultado de ese número y orden único de neuronas, sinapsis y reacciones químicas. El yo es frágil, puede enfermarse o morir, aunque el cuerpo continúe viviendo.

En tiempos pasados, la muerte presentaba los mismos estadios: la respiración se volvía difícil, el corazón dejaba de latir y entonces la respiración cesaba, y con esta, la actividad cerebral. Hoy, el cerebro puede estar inactivo y el cuerpo seguir funcionando durante años. La muerte no es solo un estado, es también una zona de transición, un proceso gradual cuyos límites se han vuelto difusos. El colegio federal de médicos de Alemania la ha definido como “El estado de la irreversiblemente extinta función total del cerebro, cerebelo y tronco cerebral”.

Cómo lograr hacer un consenso sobre la muerte cuando existen el estado de coma y estados como el vegetativo permanente, en el cual no hay ni percepción ni conciencia, pero todavía el tallo encefálico que controla la respiración y algunos reflejos funcionan. Muchas personas consideran vivas a esos pacientes cuyo “yo” ha desaparecido, otros se preguntan si estos no se han muerto ya y, en muchos casos, desde hace largo tiempo.

Respiración y alimentación pueden suministrarse para alargar la vida de un paciente en estado vegetativo irreversible o coma. ¿Qué sentido tiene hacer esto? Para algunos tiene sentido, para otros no. Este es un dilema moral para el cual no se logra un fácil acuerdo; ni siquiera existen medidas para satisfacer a quienes desean suspender sus vidas cuando no hay mentes. Si la lesión cerebral es irreversible, el paciente no podrá respirar por sí mismo, estará inconsciente, no mostrará reflejos, aunque se detecte alguna actividad cerebral; y sin embargo, muchos sostienen que a ese paciente no puede considerárselo muerto. Usualmente los familiares del paciente creen que este pude oír; un examen médico puede resolver el temor.

Cada uno debería poder definir cuándo se nos debe considerar muertos. Decenas de miles de personas en el mundo esperan un órgano para un trasplante. El objetivo de estar “muertos” a tiempo es poder donar los órganos, cuando todavía están en buen estado. Y sería una decisión que nace de la convicción y el deseo de ser útiles, aun sin conciencia, cuando ese “yo” se ha desactivado, aunque la carcasa siga intacta. Y es que los órganos no pueden extraerse de un paciente hasta que se lo considera muerto. Sin sensaciones no se puede sufrir, entonces qué bueno que otros puedan gozar sus vidas gracias a nuestros órganos. Muchas veces no es un delito desconectar a un paciente, lo que es un delito es mantenerlo conectado.

Categoria: General

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