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Archivo de enero, 2012

26

01

2012

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Alain De Botton: lo que el ateísmo puede aprender de la religión

Por: Ana Cristina Vélez

El filósofo Alan de Botton da una charla en Ted y una conferencia en Philosoybites para hacernos reflexionar sobre esos aspectos de la religión que pueden ser considerados fortalezas. Aspectos que deberían ser utilizados en el mundo laico para aumento del bienestar mental de las personas.

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19

01

2012

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Placer en el arte

Por: Ana Cristina Vélez

Si se dice de la obra de un artista que produce placer o es bella (lo cual también genera placer) no suena a elogio, incluso el artista puede horrorizarse. Dos características que en la actualidad no tienen prestigio y más parecen quitar que agregar valor a la obra de arte. No, los artistas no quieren hacer obras bellas, quieren hacer reflexionar, hacer cambiar de opinión, involucrar socialmente, políticamente, tener peso sicológico en los individuos.
En su historia, no ha sido extraño que el arte haya estado rodeado de un halo de superioridad: llámese alta moral, alto espíritu, misterio, importancia política. Pensemos en Hegel, para quien el arte era una especie de cumbre del espíritu humano, y lo bello artístico se encontraba por encima de lo bello natural pues reflejaba el espíritu y la libertad, que eran, según él, lo único verdadero. En cambio, pensadores de este siglo consideran que el arte es tecnología dirigida a producir placer, como la pornografía o el alcohol.
En general, es verdad que el arte debe proporcionar placer, pues si consistentemente no lo hiciera no tendríamos motivo alguno para buscarlo y en cambio lo evitaríamos, pero no es solo eso. La condición de artístico, ese ente que llamamos arte, se posa sobre ciertas manifestaciones humanas durante unas épocas y períodos históricos, pero así como se asienta y detiene, más tarde puede emprender el vuelo y hasta desaparecer. Un objeto que era artístico durante el Romanticismo puede no serlo en el Modernismo; una obra de arte mayor puede convertirse en una obra de arte menor, y unas pocas resisten el paso del tiempo (recordemos que en la época de Bach, las obras musicales de sus hijos eran consideradas de mucha mayor calidad que las del gran músico).
Nos parece artístico un acto o un objeto cuando sus características alcanzan, dentro del contexto de nuestra cultura, imaginación, conocimiento y expectativa, un nivel por encima de todos nuestros referentes. Ese reconocimiento que otorgamos, ya sea al objeto visual, auditivo, material, conceptual o de comportamiento nos produce un gran placer. Sobrepasar los límites conocidos, rebasar el paradigma produce un nuevo aprendizaje y a lo mejor es adaptativo, beneficioso en términos biológicos, buscar este tipo de recompensa. El placer está allí para hacernos repetir lo que nos es conveniente. Al mejorar, al perfeccionar las acciones y los objetos, conseguimos “algo” y con ello obtenemos placer, y algunas veces llamamos a esos logros “arte”.
Vale agregar que el placer puede esconderse en oscuros rincones: alto costo- estatus, extravagancia- visibilidad y hasta en el dolor.

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13

01

2012

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El masoquismo benigno y el parque de ¿diversiones?

Por: Ana Cristina Vélez

El sicólogo de la universidad de Pensilvania Paul Rozin explica un tipo de masoquismo “benigno” como adicción a la adrenalina. Cuando comemos chiles picantes, vemos películas de horror o nos lanzamos por una montaña rusa estamos indirectamente creando situaciones que despiertan los sentidos, aceleran el corazón, excitan y producen chorros de adrenalina. Nos exponemos a ellas con temor, pero al mismo tiempo, con la certeza de que no corremos un riesgo verdadero. Los gringos han sido los genios del entretenimiento y en sus grandes ciudades pululan las formas más puras de masoquismo benigno: los parques de diversiones. Digámoslo así: una montaña rusa es una manera falsa de producir una emoción verdadera. En los parques de diversiones se paga para entrar. Es la primera pieza en el engranaje. El tiquete incluye todas las pruebas. Los especialistas del mercado saben que lo que se compra es casi siempre una ilusión: no utilizarás todos los juegos por falta de oportunidad y tiempo, pero entras con la ilusión de hacerlo. Al ingresar se revisan los bolsos, los morrales y las carteras. En el negocio se aseguran de hacer negocio. Vas a pagar bastante más por comer y beber, que por el tiquete de entrada. Las filas empiezan desde la carretera: ríos de carros durante el trayecto al parque, y ríos de gente desde la entrada haciendo cola para comprar los tiquetes. Hacer fila es hacer ejercicios de paciencia, que también suben la adrenalina. Que sepas esperar y obedezcas es lo que se espera de ti; además, que te atiborres de comida, mecato, helados gigantes de pura azúcar, bebidas enormes de pura esencia, hamburguesas triples de puro pan y todo envuelto en papeles excesivos, luminosos, brillantes, coloridos, con cintas, dentro de cajas etiquetadas anunciando el producto; ah, y morros de servilletas y pitillos, como si tuvieras más de una boca o te fueras a echar encima la Coca-Cola y la hamburguesa. El parque de diversiones pretende ser un universo en miniatura, la tierra y los astros desafiando las leyes de la física. Haces la primera fila y por curiosidad pones a correr el cronómetro: una hora y media hasta llegar a la prueba de la montaña rusa que traquea. Además del vértigo, experiencia fundamental de las pruebas, el trencito y la escalera con apariencia de madera desvencijada, producen un ruido ensordecedor de algo que está a punto de desbaratarse, para poner los pelos de punta. En el parque de diversiones los objetos no pueden ser lo que parecen ser. Subes por la escalera al cielo y caes verticalmente durante unos cuantos minutos. Como el Correcaminos de las caricaturas, caes al precipicio en caída libre dando giros violentos. Vas dejando la cabeza a la derecha mientras el cuerpo se queda a la izquierda, te han desarticulado vértebra por vértebra. La ley de la deformación de los cuerpos, producida por la aceleración, ha sido experimentada. Te bajas de la máquina de tortura desmembrado, tembloroso pero orgulloso de haber concluido la primera prueba. Ahora caminas kilómetros para la segunda. No tienes entusiasmo de repetir el vértigo en otra prueba, sin embargo, por esto has pagado y debes intentar descubrir ese algo que está oculto y que lleva a la gente al parque. En la prueba siguiente no solamente subirás y bajarás kilómetros sino que verás el mundo al revés; esperas que al menos cambien para siempre tus perspectivas. Giros, la cabeza para abajo y los pies hacía arriba como en una secadora de ropa. Tienes la oportunidad de convertirte en otras cosas: en trapo, o al menos la oportunidad de sentirte como tal. Te amarran con barras, quedas atrapado, y esperas que no se suelten en la mitad del camino. Ya no puedes arrepentirte, en línea ves las caras de temor; el ruido no te permite identificar si son gritos o risas lo que emiten los muñecos colgantes. Una fila de bocas abiertas cruzan a toda velocidad y crecen y se achiquitan con la cercanía y la distancia. Es tu turno, por fin has llegado. Ya ocurrió, qué sorpresa y nada viste, es todo tan rápido. Estás mareado, el piso se mueve, la tierra voltea y la sensación de irrealidad se ha completado. Antes no sabías si las cosas eran lo que parecían; ahora, no sabes dónde está el cielo, pero sabes dónde está el infierno. El día ha terminado. A lo lejos percibes la gente en filas ordenadas que suben como puntos luminosos al cielo. La tarde se enfría en el parque para masoquistas. Nada has comprendido.Tal vez el parque de diversiones sirva para recordar que la vida se parece a esa fila larga en subida en la que al final a todos nos espera un precipicio.

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02

01

2012

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Dolor para el dolor

Por: Ana Cristina Vélez

Sabemos de oídas que, en otras épocas, metían en un baño de agua helada a los niños cuando les daba una rabieta, y con ello la rabieta desaparecía. Sé de algunos hombres que trotan para quitarse el mal genio y he conocido personas que se golpean así mismas o golpean la pared cuando están angustiadas. El dolor físico, dicen algunos investigadores, disminuye el dolor sicológico. Suponga el lector que acaba de meter la pata durante una fiesta. La mente vuelve una y otra vez al asunto, la idea sigue volteando en la cabeza, y produce una sensación terrible de culpabilidad. De repente el afectado se golpea el dedo chiquito del pie contra la pata de una mesa, el dolor “mental” desaparece por completo y la mente se concentra en el dolor físico. El investigador Dr. Brock Bastian, sicólogo de la Universidad de Queensland en Australia, ha notado que las personas afectadas por sentimientos de vergüenza o culpa resisten durante más tiempo el dolor que produce sumergir las manos en un balde con agua helada, que aquellos que se sienten sicológicamente cómodos; y además, dicen los probandos, que la culpa disminuye cuando se ha resistido dolor por un rato. Es decir, la culpa aumenta la voluntad para soportar el dolor. Las doctrinas religiosas ya lo habían descubierto. Para expiar las culpas se sugiere hacer mortificación, atormentarse de alguna manera. El dolor como reparación del “pecado” o sentimiento de culpa presenta los siguientes aspectos según el doctor Brock Bastian: El dolor encarna la expiación. El dolor físico se experimenta como penalidad y al “pagar” se restablece la pureza moral. El autocastigo comunica a los demás sobre el remordimiento propio. Esto reduce el temor de ser castigado más adelante. Tolerar el dolor se toma como una muestra de virtud que reafirma la identidad positiva de uno frente a los demás. No lo dice el doctor Bastian, pero es fácil descubrirlo: las medicinas para el dolor físico también quitan el dolor sicológico, la pena moral. Cuando el novio que usted amaba acaba de romper la relación con usted, tómese un analgésico, un acetaminofén, o váyase a caminar por una loma empinada hasta que le duelan las piernas, ambas cosas ayudan a quitar el dolor sicológico. Por puro contraste, alegra la vida hacer de vez en cuando una pequeña mortificación: un pequeño esfuerzo mental o físico, un trabajito aburridor, no comerse la torta, algo que implique al menos el ejercicio de la voluntad; después, el placer de las cosas “normales” de la vida aumenta.

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