Monumento a Cervantes.
Palacio Real.
Palacio Real.

 

Iniciaba el otoño cuando visité por primera vez Madrid, la Calle de Atocha fue lo primero que vi, luego de tomar el metro en el inmenso aeropuerto de Barajas, la estación que para entonces cuatro años antes había sufrido un atentado. Repuesta con seguridad de ello, la ciudad se mostró imponente, con sus amplias vías, sus esplendorosos parques, sus múltiples plazas y, especialmente, la Gran Vía que nos conecta con la ciudad en una verdad donde Sanchos y Quijotes, Aldonzas y Dulcineas, Curas y Bachilleres, se vierten sobre ella para darle un aire distinto a cualquier ciudad conocida. Corría entonces el año 2008.

Generosa y caprichosa la vida, el año pasado nuevamente visité la ciudad, aunque de paso, el verano le daba otra tonalidad, las personas más libres en su vestimenta, y un maravilloso olor a azahares que se vierte por entre avenidas y callejuelas se convierte en una especie de azimut para encontrar los frescores tan buscados por propios y extraños. Nuevamente la Gran Vía y en Plaza Mayor con mi buen amigo Arturo Prado Lima libamos por la amistad y otras benévolas causas. Por entre callejuelas, las mismas que recorrieron con seguridad Cervantes y Lope de Vega, avanzamos y recreamos con nuestras propias palabras nuestra herencia mestiza.

Este año vuelvo a Madrid en compañía de mi esposa, le comparto a ella todas esas viejas gratas experiencias y la copo de expectativas; la lluvia que nos recibe es un aliciente para un verano que se presiente muy fuerte. El metro o el bus prestan un maravilloso servicio, de tal manera que lo primero que buscamos es el centro, al divisar la Catedral de la Almudena, frente al Palacio Real, descendemos y nos encontramos con los bellos jardines del palacio, lugar destinado para actos oficiales de la rancia y caduca corona española, parece que recibirán a algún presidente o ministro, ya que los caballos se encuentran hermosamente ensillados y los militares lucen sus mejores galas. Poco nos importa la verdad, de tal manera que nos dirigimos a la Plaza de Oriente, donde reposan silentes estatuas de reyes y reinas que parecieran meditar sus glorias y sus derrotas.

Imposible no volver a Plaza España, lugar donde se unen la Gran Vía con la Calle de la Princesa, ahí los olivos del parque permiten la sombra para contemplar a Cervantes, libro en mano, y al pie las estatuas de Don Quijote y Sancho sobre sus jumentos, a un lado Dulcinea y Aldonza, dos mujeres distintas y una sola locura de amor del personaje manchego. Y es que Madrid, como gran parte de Castilla no podrían ser sin el Quijote, ahí parecieran vivenciarse sus imaginativas aventuras, vertidas en recuerdos de todo tipo, desde costosas esculturas hasta dulces que recuerda a la inmortal obra cervantina.

Felipe II preside la Plaza Mayor, alma y nervio de la ciudad, el lugar que sirviera para actos de fe, para venta de todo tipo de mercancías y hasta de conciencias, ahí las viejas construcciones que la rodean sostienen cinco siglos de historia, las huellas de los incendios y de las pretendidas tomas se han borrado, y un enmarcado cielo azul muestra la soberbia en su construcción. Rodeada de todo tipo de comercio de suvenires y de restaurantes, es el lugar perfecto para sentarse y tomar un vino o una caña, degustar una cazuela e imaginar el avance de una ciudad moderna que rompe la estructura de la plaza en la que está enmarcada.

Monumento a Cervantes.
Monumento a Cervantes.

 

Por la calle de Alcalá se encuentra el Oso y el Madroño, monumento que recuerda la heráldica de la ciudad, es el oriente de la famosa Puerta del Sol, lugar donde arranca el kilómetro cero de las vías españolas; siempre en movimiento, hermosos cafés enmarcan esta tradicional plaza donde se yergue la Casa de Correos, el edificio más antiguo de la zona. Siguiendo la misma calle, topamos con la Puerta de Alcalá, “viendo pasar el tiempo”, lástima grande no poder contemplarla en toda su majestad, ya que está en remodelación y lo que se mira es una grúa y una tela que protege más a la misma puerta que a los curiosos impertinentes que se lanzan para tomarse una foto.

Las fuentes de Cibeles y de Neptuno anuncian nuestra cercanía al Paseo del Retiro, en donde el monumento a Alfonso XII se convierte en lugar de llegada, no sin antes apreciar los múltiples elementos que lo componen, como la estatua del Ángel Caído, la Fuente de la Alcachofa o el Palacio de Cristal, todo esto alrededor del Estanque Grande del Buen Retiro, que se convierte en todo un oasis en medio del verano que cada día se siente más fuerte. Los visitantes y turistas, los enamorados de un día o de toda la vida, pareciera que se citan en este lugar, en donde las tonadas musicales de un joven guitarrista encierran el entorno para volverlo realmente mágico, máxime cuando entra la tarde y todo color pareciera cobrar toda su fuerza antes de perderse en la noche.

Reina Sofia es el museo que desde 1992 resguarda la colección de arte moderno más importante de España, ahí Picasso, Dalí, Miró, Gris, parecieran haber vencido todas las diferencias y se unen en las salas de lo que otrora fuera el Hospital General de Madrid, lugar donde se exhibe el Guernica, obra que resume gran parte del dolor sufrido por el país durante la Guerra Civil.

El museo Nacional del Prado resguarda una de las colecciones más importantes del arte Europeo, ahí Velásquez, El Greco, Goya junto a Rubens, El Bosco, Durero o Tintoretto, entre muchos otros más, permiten apreciar las maravillosas obras que resaltan por sus colores y sus inmensos tamaños. Las Meninas parecieran hacernos un guiño y nos permiten entrar en el juego del observador observado que plantea su autor; sin embargo, en esta ocasión, se busca afanosamente El Jardín de las Delicias de El Bosco, obra que rompe con los suyos y se adelanta en el tiempo, sorprende encontrar en la misma sala su obra La mesa de los pecados capitales, donde se retrata al mundo en su más humana condición. No se puede tomar fotos en este museo, de tal manera que ante un intento fallido recibo la reprimenda de una feroz gendarme que persigue a los visitantes como un verdadero can cerbero.

Convento de las Trinitarias Descalzas.
Convento de las Trinitarias Descalzas.

 

Imposible no visitar el Barrio de las Letras, cada rincón guarda su historia: ahí vivieron Cervantes, Quevedo, Góngora, Lope de Vega, con seguridad en esas calles entre chismes se perfilaban insultos y se deslizaban envidias de ida y vuelta; Cervantes dio a luz el Quijote en la Imprenta de Juan de la Cuesta y sus restos reposan en el Convento de las Trinitarias, siempre cerrado, creo que hasta Dios desconoce cómo es ese lugar por dentro. Llama la atención en Madrid, pero en este barrio en especial, los monumentos que recuerdan a literatos y artistas, placas que rememoran sus vidas y muertes, bellos azulejos muestran sus figuras o sus obras, es que hay una intención profunda por afianzarse en sus ancestros culturales y artísticos, intención tan perdida en nuestras plazas y calles, donde se sientan juntos la simonía y el desdén por lo propio.

Los churros con chocolate son una delicia que no se puede dejar de probar, sin ser una tradición propia, me siento como un niño ante ese olor que atrae a todos, y no importa chorrearse o embadurnarse, la pilatuna vale la pena. Cerca al lugar donde nos hospedamos con mi esposa, hemos encontrado una pequeña taberna donde venden licores y deliciosas comidas, es nuestro lugar de descanso al llegar y de avituallamiento al salir. En las noches, los habitantes del barrio se concentran en este lugar, donde la música se opaca con el hablar fuerte de los españoles, una de sus características, ahí las risotadas del tabernero y de sus ayudantes completan el festín, y como a viejos conocidos nos atienden y nos dan generosos acompañamientos para nuestras bebidas: las infaltables aceitunas, los deliciosos jamones y los aromáticos quesos, así como el maní y los tomates secos, que hablan de ese ida y vuelta que mal se llamó conquista.

¿Qué tiene Madrid que encanta?, lo dicho y mucho, pero mucho más. Ciudad de parques, plazas y verdores; de fuentes y de maravillosos monumentos; de avenidas y de callejuelas que conducen a su propia esencia; de gente hermosa y de hablar fuerte que entienden perfectamente como se debe tratar al turista.  En la hermosa plaza de Santa Ana, enmarcados por los edificios del hotel Reina Victoria y del Teatro Español, están los monumentos a Pedro Calderón de la Barca, quien en su “Canción a San Isidro”, anota:

Deje de mi pluma el vuelo,
mi torpe acento el canto,
mi voz aliento tanto;
que aunque alaba a Madrid, Madrid es cielo;
y es bien que a tanto empleo se presuma
suave voz, dulce acento y veloz pluma.

Monumento a García Lorca, Plaza de Santa Ana.
Monumento a García Lorca, Plaza de Santa Ana.

 

Y a Federico García Lorca con una alondra en la mano, quien escribió en Madrid el poema “La veleta yacente” (1920), un fragmento:

Húndete bajo el paño

verdoso de tu lecho,

que ni la blanca monja,

ni el perro,

ni la luna menguante,

ni el lucero,

ni el turbio sacristán

del convento,

recordarán tus gritos

del invierno.

Húndete lentamente,

que si no, luego,

te llevarán los hombres

de los trapos viejos.

Y ojalá pudiera darte

por compañero…

este corazón mío

¡tan incierto!

 

 

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