Tareas no hechas

Publicado el

Si tú tienes muchas ganas de aplaudir

Estoy frente al computador con Bruno en brazos y pongo en youtube el video animado de una canción que me gustaba de niño: si tú tienes muchas ganas de aplaudir, clap, clap, clap (aquí aplaudo con fuerza poniendo las manos entre Bruno y el computador para que vea que soy yo quien le está enseñando, pero él ni se entera, absorto en los colores de los dibujos de la pantalla y sumido en el ritmo juguetón); si tú tienes muchas ganas de aplaudir, clap, clap, clap (vuelvo a aplaudir y Bruno no se inmuta) y si tienes la razón y si no hay oposición no te quedes con las ganas de aplaudir; canto con fuerza para que vea que es su padre quien le está cantando y comprenda que el video del computador es solo un apoyo pedagógico, pero Bruno ha entablado una relación mucho más profunda con el apoyo pedagógico. La canción sigue diciendo que si tú tienes muchas ganas de silbar, fuiii, fuiiii, fuiiii (estiro los labios y me sale un chorrito de aire matizado por un leve pitido que es lo más parecido a un silbido que sé hacer) y la canción sigue diciendo que si tienes la razón y si no hay… y luego sigue reír y río para nadie porque Bruno no me determina y me sorprende que desde tan chiquito cuente con tal capacidad para ignorar al papá.

La canción llega al punto de si tienes muchas ganas de gritar y si tienes la razón y si no hay oposición… un momentico, me detengo: ¿Si no hay oposición? Me quedo pensando y vuelvo a oír el estribillo… ¿Si no hay oposición? ¿O sea que si hay oposición te tenés que guardar el grito? ¿Entonces basta con que algo o alguien se oponga para que nos toque quedarnos con las ganas de silbar, aplaudir, reír o lo que sea que queramos hacer para expresarnos? Paro el video y miro a Bruno que se ha quedado mirando la pantalla detenida con un gesto de extrañeza y frustración. Disculpá que te interrumpa la diversión, Bruno, pero así no son las cosas. ¡¿Con esas canciones nos han criado?! , digo indignado mientras Bruno estira la mano para tratar de agarrar el teclado con la oscura intensión de llevárselo a la boca; separo el computador de su alcance para que no se distraiga y pueda escuchar mis reflexiones: ¿Nos han criado enseñándonos desde la cuna que solo podemos aplaudir, reír, silbar, gritar si no hay oposición? ¡Con razón somos este pueblo sometido y temeroso que vive pidiendo disculpas y permiso! ¡Antes mucha gracia que uno habla alguna cosa!, concluyo moviendo la cabeza a los lados y miro con gesto adusto hacia el otro lado de la ventana. Bruno me mira y leo en su rostro una completa indiferencia hacia el fondo ideológico que he descubierto en la canción, cosa que me decepciona un poco. Entiendo el nivel de superficialidad de las nuevas generaciones y no le voy a quitar a mi hijo el placer de escuchar la canción completa, pero no contribuiré a la prolongación de este orden de cosas. Por lo menos voy a cantarle mi propia versión. Pongo a rodar otra vez los colorinches y la musiquita; Bruno se anima de nuevo, se balancea y sonríe, agradecido. Canto en voz alta para tapar el audio original: y si tienes la razón y aunque haya oposición no te quedes con las ganas de aplaudir, y si tienes la razón y aunque haya oposición no te quedes con las ganas de gritar… y de silbar y de reír.

Horas más tarde estoy sentado con Carolina, la madre de Bruno, en la sala de la casa, y le pregunto:

– Caro, ¿vos chiquita cantaste la canción de si tú tienes muchas ganas de aplaudir?

Caro asiente.

– Sí, ¿por qué?

– ¿Y te has fijado en lo restrictiva que es esa canción?

Caro me mira extrañada.

– La que dice- le digo- que si tienes muchas ganas de aplaudir y varias cosas más, ¿te acordás? Pero que solo podés hacer todas esas cosas – y continúo cantando- si tienes la razón y si no hay oposición…

Caro me mira acordándose. Yo vuelvo a entonar el estribillo. Bruno, que está en el suelo de la sala entretenido en la destrucción de una revista, empieza a balancearse. Cuando voy por la tercera repetición, el rostro de Caro se tensa y sobre su frente aparece la arruga horizontal del enojo.

– ¡No lo puedo creer! – dice más indignada que yo- cómo así que “si tienes la razón”, ¿O sea que uno tiene que tener la razón para reírse? ¡¿Y quién dice quién tiene la razón y quién no?! ¿El que escribió la canción? ¿o el que se opone a que te rías?

Yo en realidad no había sido tan radical y solo había pensado en la primera parte de la restricción.

– Claro que yo me refería era a la parte de “si no hay oposición” –le digo.

– ¡No! ¡Cómo se te ocurre! Esa es solo una parte, la peor es la otra. Uno no tiene que tener la razón para aplaudir o para gritar. O sino ¿Dónde está la libertad?

Sus palabras son contundentes, pero antes de medirlas en su justa medida reacciono defendiendo mi posición en un acto reflejo argumentativo.

– No le había visto problema al asunto de tener la razón como requisito para aplaudir porque me parece que es necesario razonar previamente sobre la pertinencia del acto antes de gritar o reír o aplaudir.

Caro me mira como si yo fuera un representante del cuerpo represivo del Estado.

– No, la libertad no la podés suprimir bajo ningún pretexto.

Su afirmación me parece cierta, pero también me parece cierto lo que pienso. Bruno parece ser imparcial según el rostro ecuánime con que sigue deshojando la revista.

– ¿Y si de pronto, por ejemplo, uno está aplaudiendo un acto deplorable o denostando de un acto justo con silbidos?

Mis palabras son contundentes pero antes de medirlas en su justa medida, Caro responde en un acto reflejo reinvinticativo.

– No importa – contesta, sólida, aunque siento un dejo de duda en el fondo de la firmeza.

Nos quedamos pensativos. En ese momento Bruno ha agarrado la linda edición de un hermoso libro que quiero mucho y lo volea a diestra y siniestra; se lo quito y le digo que no con el dedo.

– Bueno, sí, puede ser – dice después de un largo rato y remata con una frase certera aunque falta de verdadera convicción – pero ese es un asunto de la responsabilidad, y eso no se puede lograr prohibiendo.

Durante todo el tiempo en que ella estuvo reflexionando sobre lo que le dije, yo estuve pensando sobre lo que ella me ha dicho y concluí que estoy de acuerdo. A todas estas, Bruno se ha montado sobre una mesita y está a punto de tirarse encima una lámpara. Luego de impedir la realización de su deseo lo dejo en el suelo y miro a Caro:

– Aunque pensándolo bien, estoy de acuerdo con lo que dijiste sobre eso de que no hay que tener la razón para poder expresarse – le digo.

– Pero yo ahora no estoy de acuerdo con eso y estoy de acuerdo con lo que dijiste de que debe haber un acto de reflexión y, si es preciso, de autocensura previa.

Ahora la situación se ha complicado. Pasa un largo rato en el que yo trato de convencer a Caro de que tenía razón en la idea de la que se había retractado, utilizando los argumentos que ella había usado para contradecirme; y ella trata de convencerme de lo que yo había dicho y que ya no me parece tan sólido, utilizando las ideas que yo había usado para enfrentar su crítica. Hasta que (como dice otra canción que ameritaría otro artículo) al cabo fuimos de una opinión: que somos libres para expresar lo que se nos dé la gana y como se nos dé la gana, estando dispuestos a responder y hacernos cargo de lo que digamos; y que no podemos permitir bajo ninguna circunstancia que la canción diga: y si tienes la razón y si no hay oposición.

Llegados a ese acuerdo sonreímos y de modo automático, en un acto reflejo maternal-paternal, nos ponemos en cuclillas y nos acercamos a Bruno, que trata de morderse un pie, y empezamos a cantarle al unísino y a voz en cuello: Si tú tienes muchas ganas de aplaudir (clap,clap, clap), si tú tienes muchas ganas de aplaudir (clap, clap, clap) aunque no tengas razón y aunque haya oposición, no te quedes con las ganas de aplaudir. Bruno se queda mirándonos con expresión seca antes de arquear los labios hacia afuera en su puchero típico, y se pone a llorar.

Comentarios