Tareas no hechas

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San Cristobal

Se llama Cristóbal, nunca fue un santo y esta es su historia. Lo que le llevó a contármela (él, que poco habla; él, que apenas sabe de cosas nominadas en el crepitar de la mudez), fue la misma razón que cambió el rumbo de su vida: el muchachito.

Llegó a esa fiesta buscando al que, según había descubierto en días anteriores, era el verdadero Patrón. El único ser temido por Don Efrem, su patrón hasta ese momento. Llegó buscando al hombre más poderoso que existiera en estas tierras para ponerse a su servicio, para ser su guerrero, siguiendo el designio que se había autoimpuesto una tarde remota mientras veía arder las paredes de la casa y a los soldados que se llevaban a su hermano.

La semana previa a la fiesta Don Efrem se había reunido con Walter Galeano en la finca de Rionegro para ultimar los detalles de un envío. Cristóbal los escoltaba como siempre, de pie, atento a la más leve inconsistencia de la atmósfera, metralleta en ristre y oído alerta. Al terminar la reunión los capos se dieron la mano.

– Todo va bien. Lo único que espero es que Él no se nos vaya a atravesar en el negocio, porque tiene una ruta que pasa por ahí – dijo Galeano.

La frase, dicha al final de la reunión, y la palabra Él quedaron resonando en el silencio de la tarde. Don Efrem permaneció tieso un instante, apretando la mano de Galeano, y aunque su rostro duro no se modificó una sutil vibración aleteó en sus pestañas. Sólo Cristóbal podría haberlo notado, y le extrañó. Don Efrem, que había acabado (que había mandado a Cristóbal a acabar) con familias enteras sin ningún remilgo; que había eliminado (que había enviado a Cristóbal a eliminar) a los más intocables políticos; que había amedrentado (que había encargado a Cristóbal de amedrentar) a los dueños del país sin que le temblara la voz, no pudo evitar esa reacción; ni otra más sutil: un excedente de aire inflamando el pecho arrogante más de lo habitual; en esa imperceptible infatuación Cristóbal reconoció un sentimiento ya olvidado: el temor. Pero Don Efrem siguió como si nada.

– ¿Y es que ese hijueputa anda por aquí?

– Hace días – contestó Galeano- si quiere saludarlo vaya el sábado a la fiesta de los quince de la hija del doctor Mesa. Allá va a estar.

Don Efrem respondió con una sonrisa de suficiencia y despachó a Galeano con desprecio.

– Yo por ahora no tengo nada que hablar con ese señor. Si me necesita para algo que venga a buscarme.

Esa misma noche Cristóbal empezó a averiguar de quien estaban hablando. Gurbio, el chofer del jefe, lo ilustró largamente sobre la difusa y contundente presencia que estaba detrás de todos los negocios y de la que nadie hablaba: Él; manejaba su inmenso poder desde una sombra cerrada y existía tanto para todos y de una manera tan clara y terrible que nunca se lo mencionaba; iba y venía por todos lados sin que nadie supiera dónde estaba a ciencia cierta, e incluso se decía que muy pocos lo habían visto en persona. Gurbio contó esa noche historias desaforadas (que a otro que no fuera Cristóbal le habrían erizado los pelos), sobre la implacable determinación con que Él regía las cosas, sobre su fría audacia, sobre su terrorífica supremacía; en todas las historias resaltaba la capacidad para eliminar sin dilación ni resquemores, y haciendo uso de cualquier método, los obstáculos que se interpusieran en sus propósitos: personas, familias, empresas, pueblos enteros.

Antes de que Gurbio terminara su relato Cristóbal ya había decidido abandonar a su jefe para ponerse al servicio del verdadero Patrón, del hombre más poderoso; tal cual había hecho dos años antes cuando dejó a Nacho, el comandante de las fuerzas paramilitares, para irse a trabajar con Don Efrem; como ocho años atrás, cuando había abandonado a Robidio, jefe del ejército guerrillero, para irse con el comandante Nacho; con la misma determinación con que aquella tarde remota había decidido unirse a la guerrilla mientras caminaba sobre los rescoldos todavía ardientes de la casa incendiada después de que los soldados se llevaron a su hermano.

El fin de semana pidió una licencia a Don Efrem. Habló con Dayron, el jefe de guardaespaldas del doctor Mesa (compañero de largas y monótonas jornadas de espera mientras su respectivos jefes mezclaban fiesta y negocios), para preguntar detalles de la celebración; y luego llamó a Paula para pedirle que lo invitara. El sábado llegó a la mansión en el alto de Las palmas con la mirada anhelante, atento a la aparición del Más de los más. En el momento propicio lo abordaría. Estaba seguro de que su sola presencia, su aura personal, y dos o tres palabras bastarían para que el Patrón lo llamara a su lado. Sabía que un ser poderoso reconoce a primera vista la inusitada presencia de un hombre que ha perdido el miedo.

Fue directo al segundo piso de la casa, donde ya estaba prendida la parranda, y vio rostros varias veces vistos en otros lugares y fiestas como esa: algunos de los jefes con sus mujeres o sus amantes, políticos reconocidos, militares de civil, empresarios prestantes, curas, periodistas, y la acostumbrada comparsa de damas dudosas, asistentes personales, guardaespaldas, lavaperros y colados. El gremio en realidad era muy pequeño, casi una familia. El doctor Mesa lo saludó cordial y le preguntó por Don Efrem. Cristóbal dijo que no había podido venir y que le mandaba muchos saludos, que luego lo llamaría, y que él estaba ahí por invitación de Paula.

– Bienvenido mijo- le dijo el doctor- usted sabe que ésta es su casa, bien pueda sígase, sírvase lo que quiera y diviértase.

Agarró un whisky de un charol que pasaba y dio sorbos lentos mirando la gente con la sensación extraña de ser un invitado y no un escolta. Vio pasar a Dayron y lo abordó para preguntarle si sabía algo de la llegada del Patrón.

– No se sabe nada, como puede que aparezca puede que no. Él es así. Pero igual todos lo estamos esperando.

Caminó entre los invitados que bailaban al ritmo de una orquesta traída de Puerto Rico, cuando vio a Paula con el niño en la esquina de la terraza. Era sobrina lejana del doctor Mesa, uno de esos parientes pobres que los nuevos ricos meten en su mundo. El doctor la había adoptado y hacía las veces de nana de su hija quinceañera. Cristóbal y ella se habían hecho amigos de tanto encontrarse en fiestas y reuniones en las coincidían Don Efrem y el doctor. Había sido novia de un guardaespaldas de su tío y con él había tenido al niño, pero poco después el hombre apareció muerto en circunstancias confusas (en las que, en un primer momento, quisieron involucrar a Cristóbal). Desde la primera vez que la vio Cristobal había sentido una vibración en el pecho que nunca se manifestó en nada concreto a no ser una eventual risita leve, una mirada de más, una despedida alargada. Nunca la había visto acompañada de su hijo. Se acercó a saludarla, y se deslumbró con la presencia del muchachito: una criatura de cuatro años (Cristobal sabía muy bien su edad), de una belleza de otro mundo; una porcelana recién pulida: los bucles pintados por un artista, la carita redonda y angelical, la mirada pura, y el cuerpecito rechoncho de una de esas figuras que orinan agua en las fuentes de parque; y además, el impresionante parecido con el padre muerto. Estaba pegado a la pierna de Paula, que saludó a Cristóbal con genuina alegría. Hablaron un rato, subiendo la voz por encima del ruido de la orquesta, hasta que la mujer dijo que mejor fueran al patio para poder conversar mejor.

Bajaron las escaleras con el niño agarrado a la pierna de la madre y la mirada trasparente posada en Cristóbal. En el patio el chico se puso a jugar entre los árboles, recogió un palo grueso y largo que había entre la hierba e hizo mandobles ante un enemigo imaginario. Cristóbal le preguntó a la madre sobre la llegada del Patrón y ella contestó lo mismo que había dicho Dayron. Estuvieron un rato charlando en medio del patio desolado, oyendo los ecos de la rumba que llegaban desde la terraza, mientras el niño apuñalaba el aire con el palo. Cristóbal dividía su atención entre los bellos ojos de Paula, la cara del chiquillo que cada tanto fijaba en él su mirada prístina, y la portada de la finca por donde esperaba ver aparecer las luces de las camionetas que traerían al Patrón. Paula interrumpió la charla para contestar el teléfono. Habló un momento y dijo que la necesitaban arriba para algo urgente, que ya volvía. Luego se inclinó ante el niño.

– Sebas ¿Te quedas un ratico con Cristóbal aquí? Me llamó el tío y tengo que ir a hacer algo, pero no me demoro.

Cristóbal la vio subir las escaleras y luego dirigió la mirada ansiosa hacia la portada de la finca. Una sensación extraña, como un roce en el aire que venía desde el suelo, le hizo bajar los ojos. Se encontró con los del niño, fijos en él, las manos apretando el palo con fuerza. La ternura radiante de su expresión había mudado en un gesto oblicuo de malicia adulta; las facciones se habían endurecido y el ceño, cruzado por tres líneas profundas, se había constreñido hasta formar la cara de un hombre viejo y herido. “Qué pasa, campeón”, alcanzó a decir cuando ya recibía un potente palazo en el muslo. Dio un paso atrás sin entender, sobándome la pierna y tratando de conservar la sonrisa, pero el niño avanzó golpeándole, con maneras de energúmeno, una y otra vez, en los brazos, en las piernas, en el torso, hasta donde alcanzaba el palo; “qué pasa, campeón” repitió Cristóbal mientras trataba de apartarlo suavemente. Pero el chico seguía golpeando sin pausa ni orden ni concierto; sus pupilas chispeantes no tenían la simple exaltación de la ferocidad, sino algo más comprimido y denso: odio puro, un odio de alguien mucho más grande, mucho más antiguo que él.

Cristóbal dio vuelta y empezó a alejarse en dirección a la portada; el niño corrió tras él y saltó sobre su espalda agarrándose del cuello con una mano y golpeando con la otra como un jinete colérico. Un fuerte impacto en la cabeza atontó a Cristóbal; alcanzó a pasarse la mano por la frente y vio sus dedos manchados de sangre; trató de conservar la calma pero los golpes, asestados con la fuerza de un adulto fornido, no cesaban; recibió otro porrazo en la coronilla, que lo hizo tambalear y soltó las esclusas de la ira (su antigüa e inveterada ira) que había tratado de retener. Se quitó al muchachito con un manotazo y lo arrojó con toda su fuerza al pavimento. La caída sonó fuerte y Cristóbal avanzó todavía enojado hasta el cuerpo del monstruo para terminar la reprimenda. Pero en el suelo ya no encontró a la fiera que quería matarlo sino el cuerpo indefenso, inocente, de un niño de cuatro años, que se quejaba quedamente. La ira (su alimento, su aliciente, su fuerza) recién desatada se estrelló contra la nada; el enemigo se había esfumado en el aire y había dejado en un su remplazo una criatura delicada y expósita. Apenas alcanzó a respirar hondo, confundido, cuando la cara del niño mudó de nuevo en una expresión torva y el pequeño cuerpo se incorporó abalanzándose en una arremetida más airada aún.

Trató de agarrarlo por los brazos pero el chico se escurrió y descargó un palazo seco en su estómago que le hizo doblarse; luego sintió un golpe en la espalda y otro en la cabeza y uno más en el hombro y ya no supo cuántos más ni en donde, acribillado por un ejército de bestias furibundas que lo hería por todos los flancos y le obnubilaba el entendimiento; hasta que en el momento más agudo del dolor y el desconcierto el instinto aturdido reaccionó. Cristóbal se irguió con todas sus fuerzas, mandó la mano a la pretina y sacó la pistola.

La andanada de golpes paró en seco y Cristóbal se vio de súbito apuntando con una Sig Sauer nueve milímetros a la cabeza de un niño de cuatro años, que además era familiar del doctor Mesa. Movió la cabeza a los lados como tratando de despertar y el monstruo arremetió indiferente a la boca del cañón que le apuntaba. Cristóbal se hizo a un lado para esquivar el embate y en una fracción de segundo alcanzó a ver en los ojos encendidos del muchachito la brutal determinación del hombre que no tiene miedo. Se alejó unos pasos y se puso frente a la criatura, ya no como un adulto ante un niño sino como un hombre ante otro hombre. Levantó la frente, hizo un gesto feroz que dejara claro quien mandaba allí y al mirar fijo a los ojos del enemigo sintió que un excedente de aire inflamaba su pecho arrogante más de lo habitual. Un frío punzante lo paralizó. No era el miedo como lo había conocido en otra época: era desolación, desamparo, la aturdida impotencia de enfrentar un contrincante inconcreto, más fuerte que la fuerza física, más potente que la muerte, que iba y venía por todos lados sin que nadie supiera donde estaba a ciencia cierta. Bajó los brazos, exhausto. El monstruo alcanzó a mandar otros dos golpes que Cristóbal esquivó con desgano cuando al fondo, bajando las escaleras de la casa, apareció Paula.

El chico lanzó el palo entre la hierba, se recompuso la ropa y cuando levantó la cabeza un rostro candoroso y e inmaculado volvió a iluminar la noche. Cristóbal se organizó la camisa como pudo, limpió la sangre de su frente con un pañuelo y dio unos cuantos pasos hasta ubicarse bajo un árbol que obstruía la luz de las lámparas. El niño se ubicó a su lado, angelical, mirando hacia la madre, y en esa posición esperaron a la mujer en la semioscuridad. Cuando Paula se acercó el chico corrió a abrazarla. La madre lo besó y al sentirlo sudoroso y un poco jadeante miró a Cristóbal.

– ¿Se quedaron jugando? Qué fácil que conseguís amiguitos – bromeó.

Cristobal no respondió. Paula dijo que el Patrón había pasado unos pocos minutos por la fiesta y que su tío la había mandado a llamar para que lo saludara rápidamente. Se había reunido en privado con el doctor Mesa y después de dejar el regalo para la quinceañera (un sobre con quinientos mil dólares) había salido sin saludar ni despedirse de nadie.

– Una lástima, vos querías conocerlo ¿cierto?

Cristóbal levantó los hombros sin decir nada y dio vuelta. Paula lo vio alejarse en silencio, convencida de que estaba decepcionado por no haber visto al Patrón. En la portada Cristóbal dio vuelta y observó a la madre y al hijo haciéndole un gesto de despedida con la mano.

Descendió lentamente por los rieles de piedra que llevaban hasta la carretera y a medida que avanzaba empezó a sentir nítidamente el peso de un bulto sobre sus hombros, como si el niño no se hubiera desprendido en el forcejeo; al principio lo adjudicó a una jugarreta de la mente cansada, pero con cada paso el fardo se fue agrandando y la presencia del muchachito se hizo más concreta en su espalda; avanzó con pasos cada vez más dificultosos, el cuerpo paulatinamente encorvado, abrumado por kilos y kilos que se fueron convirtiendo en toneladas hasta alcanzar la densidad del mundo entero. Al dar vuelta en un recodo no pudo más y cayó en una cuneta, al lado de la vía.

Tirado de largo a largo sintió que el peso aumentaba todavía, como si quisiera hundirlo en la tierra, oprimiendo ya no sólo su cuerpo sino sus pensamientos, sus sensaciones, sus recuerdos, presionando hasta desintegrar todo lo que pudiera llamarse Cristóbal y dejar una última sustancia remanente: el odio. Entonces odió al niño con la misma fuerza con la que el peso lo difuminaba, completamente, hasta que la imagen infantil también se desvaneció; y después, no habiendo a quién ni a qué odiar, el odio se odió a sí mismo hasta fundirse en una etérea sustancia esencial de la que estaban hechas todas las cosas: la casa en llamas, su hermano, los soldados, los paramilitares, los guerrilleros, el dolor, el miedo, la ternura, la ira, Don Efrem, Dayron, el doctor Mesa, el niño, Paula…

Cuando cesó el forcejeo hubo un desprendimiento, una liviandad inusitada. Y entonces se vio investido de un tremendo poder sin nombre, de una verdadera ausencia de miedo que no necesitaba la ostentación de la audacia: una potencia tranquila y pobre, más grande que la de cualquier poderoso que hubiera conocido hasta el momento. Y sintió que flotaba, ascendiendo, abrazado al cuerpo del muchachito sonriente.

(Publicado en el suplemento Generación de El Colombiano. Enero 3 de 2016)

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