Tareas no hechas

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Réquiem por un chiste

Henos hoy aquí reunidos, amigos y amigas, para rendir un último homenaje y despedir con palabras de agradecimiento a ese chiste tan querido y entrañable que tantas veces nos hizo reír más allá de la reiteración con que hubiese sido escuchado; y tal vez, me atrevería a decir, mucho más cuanto más lo hubiésemos escuchado; ese chiste generoso y noble a quien los nuevos tiempos fueron asfixiando poco a poco, despojándolo de actualidad, arrebatándole la posibilidad de su comprensión, hasta convertirlo en una secuencia de frases desprovistas de sentido para unas nuevas generaciones cuyas prácticas tecnológicas se distancian cada vez más del contexto en que nació, creció y se reprodujo el querido chascarrillo que hoy nos convoca en su postrer momento; sí amigos, hoy estamos aquí para darle un último adiós a nuestro amado chiste del señor Verdugo:

– ¿Aló?
– Sí buenas, ¿la casa del señor Verdugo?
– Sí con el habla.
– Por favor no me cuelgue.

Estoy seguro de que todos los aquí presentes le llevaremos por siempre en nuestros corazones y sé que ninguno de nosotros olvidará el momento en que lo escuchó por vez primera. Me refiero a todos los que alguna vez hubimos de comunicarnos a través de un artefacto que constaba de una bocina susceptible de ser levantada de una base mamotrética en cuyo su centro destacaba una superficie circular con agujeros perfectamente redondos que coincidían con la serie de números del cero a nueve pintados en la superficie de la base mencionada que permanecía atada a la bocina por medio de un cable largo en espiral. Hablo de las personas que para terminar una conversación en ese aparato debíamos descargar la bocina sobre dos columnas rematadas en horquetas de cuyos vértices sobresalían, tímidos, sendos adminículo pequeños y dúctiles que bajaban y subían, no sin cierta connotación erótica, según sostuvieran o no el peso de la bocina. Al acto de descargarla, aunque la bocina no quedaba propiamente colgando, se le llamaba “colgar la llamada”. Tal vez el nombre de la acción vino de tiempos aún más pretéritos cuando los teléfonos permanecían pegados a la pared y apoyar la bocina sobre las horquetas equivalía, de alguna manera, a colgarla, ya que el teléfono, de alguna manera, lo estaba. Ya nadie cuelga una llamada.

Pero no estamos aquí para hacer recuentos históricos ni para quejarnos de la inevitable y benéfica evolución tecnológica, ni mucho menos para añorar la resurrección de nuestro amado chiste del señor Verdugo. Nos hemos reunido para despedirlo, evocarlo y agradecer las alegrías de que nos hizo objeto durante el tiempo de su existencia, a través de ese mecanismo, más antiguo que cualquier artefacto tecnológico, consistente en confundir dos significados diferentes de una misma palabra, y a través del cruce de esos dos sentidos opuestos generar la explosión liberadora del absurdo, cuya onda arrasadora desmorona los imperativos lógicos y las represiones civilizatorias, redimiéndonos por un instante de las opresoras cadenas que tiranizan nuestra mente racional. Hacíendonos, en últimas, completamente libres por un instante, sin darnos mucha cuenta.

Estamos aquí, pues, para reinvidicar la memoria del chiste del señor Verdugo y para recordar a las nuevas generaciones de chistes, en los que se chatea, se gifea, se memea, se retuitea, foloulea, se postea y se instagramea, que su existencia es producto del trabajo y la entrega de una larguísima tradición de chistes anteriores que con precarios instrumentos y poca tecnología entregaron su vida en la lucha por un mundo menos serio. Y que soñamos con esa mañana venturosa en la que todos los chistes del mundo, sin distinciones de ningún tipo, al fin se unirán para hacer explotar el mundo en el instante redentor de una carcajada universalmente unísona.

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