Tareas no hechas

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Era más grande el muerto (primer capítulo)

portada-novelaLOS ZAPATOS DE CHEPE

Nunca se me van a olvidar esos zapatos verdes de Chepe Molina de los que no me acordaba muy bien aquella noche en el bar El Cielo. ¿Sí serían verdes?, me pregunté varias veces. ¿Sí serían estos mismos?, me volví a preguntar bregando a convencerme de que no. Eran la última imagen que me había quedado de Chepe. Los zapatos más caros y más pinchados y que dieran más estatus que usted pudiera imaginarse en la Villalinda de esa época. Así los había visto pasar dos meses antes de la noche en la que no podía recordarlos: brillantes ya para qué, finos y lindos para nada, con la punta redondeada mirando hacia arriba, en unos pies tiesos que se fueron perdiendo de mi vista hasta entrar del todo en el carro de la morgue.

No pude ver más y no supe qué otra ropa tenía puesta Chepe porque no lo había visto en todo ese día. Con seguridad tenía una camisa calvinkléin y un pantalón cheviñón y una chaqueta dísel. Fijo. Solo alcancé a ver los zapatos porque cuando me avisaron que lo habían matado y corrí desde mi casa hasta el café La Tertulia, encontré a la gente arremolinada afuera del negocio y no pude entrar a mirarlo. Alguien tenía que ir a avisarle a la familia y entonces bajé volado hasta su casa, toqué la puerta y la hermana se asomó por la ventana y le dije Buenas, vea, yo soy un amigo de Chepe, y no más dije eso soltó un grito y el hermano abrió la puerta Qué pasó, qué pasó, y yo dije Chepe tuvo un accidente y los dos pegaron tremendo alarido como si hubieran estado esperando la noticia que no querían con el grito en la punta de la lengua ¡Mamá, mamá, diosmío!, y la mamá que estaba en la casa de enfrente rezando el rosario cruzó la calle con las manos levantadas ¡Diosmío, diosmío, mi muchacho, mi muchacho!, y en un momentico la cuadra se volvió un zaperoco de vecinos y familiares llorando a pierna suelta y el hermano gritándome ¡Dónde está, dónde está, hijueputa!, como bravo conmigo, como si yo fuera el que hubiera matado a Chepe, Por la Plaza de Mercado, le dije, Yo ya me vuelvo para allá, y voltió hacia la mamá y la hermana que estaban a los alaridos rodeadas de vecinos, gritando por encima de los gritos Quédense ustedes aquí tranquilas que yo voy a ver cómo es la cosa, y salió corriendo como un loco y yo me fui detrás y en la esquina paramos un taxi y en el camino el hermano de Chepe empezó a pegarle puños a la silla de adelante gritando Más rápido, braviando al taxista, Más rápido, hijueputa, y el taxista se voltió rojo de la ira braviándolo también Pilas pues que me vas a dañar el carro, malparido, que esta no es tu casa, y yo que Vea, hermano, es que le acaban de matar al hermano, y el hermano de Chepe putiando y golpeando a lo desgualetado y el taxista Pero por eso no me tiene que venir a inrespetar ni a maltratarme el carro que ni que fuera el único al que le han matado gente y además pa’qué tanto afán si ya está muerto, y el hermano más bravo todavía y yo diciéndole Llave, tranquilo, cálmese, y él que Cuál cálmese, hijueputa, y más le pegaba a la silla y más le gritaba al taxista que metió la mano a la gaveta como para sacar un fierro, Ahora sí se acabó de joder esto, pensé entre asustado y triste y verraco, pero calmado o gallina, como soy, le dije Tranquilo, hermano, vea que el hombre está fuera de sus cabales, y el taxista que Cuáles cabales, yo no tengo por qué venir a pagar muertos ajenos como si no tuviera los míos propios, y en esas llegamos y el hermano de Chepe soltó unos billetes enrollados sobre la silla y salió tirando la puerta con un golpe que hizo retumbar el carro y el taxista se bajó con una cruceta en la mano Vos creés que es giratoria o qué, malparido, qué te creés pues, levantando la cruceta con ganas de matar al hermano del muerto y yo Tranquilo, hermano, vea, comprenda, no vamos a formar una tragedia más, mientras el hermano ya iba abriendo trocha a codazo limpio entre la gente del corrillo, embravecido con todo el mundo como si todo el mundo fuera el que hubiera matado a Chepe, Sí, hijueputas, porque todos ustedes lo mataron, y por fin pude calmar al taxista que arrancó con las llantas chirriando y avancé entre el gentío tratando de entrar al negocio pero en ese momento a lo que había sido Chepe ya lo estaban montando en el carro de la morgue y lo único que alcancé a ver entrando en el volcó fueron los zapatos.

Estaban muy nuevos, demás que se los había estrenado hacía poquito. Julia, la pelada con la que estaba en el café esa noche, delante de la que le dieron bala y a la que se llevaron desmayada en una ambulancia y quedó traumatizada varios meses, se los debió haber admirado. ¿Quién más se fijaría en esos zapatos?, pensé sin darme cuenta mientras los seguía viendo en mi cabeza cuando ya la camioneta de la morgue se había ido. Por haberme puesto a pensar esas cosas fue que dos meses después no pude dejar de fijarme en el muchacho larguirucho que estaba tomando cerveza en el bar El Cielo.

Era un sábado y yo había entrado a tomarme un aguardiente porque cuando pasaba por la acera del negocio estaba sonando Te vi pasar tangueando, altanera, con un compás tan hondo y sensual, que no fue más que verte y perder la fe, el coraje, el ansia’e guapear, que me hizo pensar en Andrea. Y porque andaba aburrido y porque me quedaba algo de plata de la que me habían pagado por unos directorios telefónicos que había repartido y porque no había más qué hacer. Me senté en la barra, Dame un guarito sencillo, le dije al Gordo Ceballos que me lo sirvió de una y de una me lo mandé y sentí el escalofrío desde el huesito de la alegría hasta la coronilla y agaché la cabeza mientras me chupaba un casco de naranja. Cuando alcé la cara lo primero que vi fue los zapatos de Chepe Molina, frente a mí. Abrí y cerré los ojos y ahí estaban todavía, patenticos. Voltié la cabeza y le pedí un trago doble al Gordo, tratando de recordar qué le podía haber quedado debiendo yo a Chepe para que se me viniera a aparecer a estas alturas, acordándome del negro Chumbimbo que después de matado siguió rondando por el barrio, apareciéndoseles a los que le caían mal y a los que le habían quedado debiendo plata y también a los que lo habían matado. Pero yo a Chepe no le debía nada. Tal vez era una de esas charlas pesadas suyas. Eso no se le hace a un amigo, Chepe, pensé, Madurá aunque sea después de muerto.

Me mandé el trago y con la fuerza del guarapazo me animé a darles la cara a los zapatos que tenía al frente. ¿Sí serían verdes?, me pregunté varias veces. ¿Sí serían estos mismos?, me volví a preguntar bregando a convencerme de que no. Los reparé un ratico y empecé a subir despacio la mirada por unos bluyines negros, levis originales, nuevos aunque con dos pequeños rotos remendados en unos muslos flacos que no podían ser los de Chepe, cosa que me tranquilizó, y seguí subiendo por una camiseta verde con el muñequito de polo horquetiado en el caballo, levantando ese palo que nunca le pega a nada, original también porque el muñequito no era pintado sino bordado, y más arriba una chaqueta dísel gorda y negra abierta en el pecho, que hacía ver más cuajo al fulano enclenque, una chaqueta de puro cuero de verdad, solo que con un parche de un cuero más oscuro y más barato en el hombro, del tamaño de una moneda de cincuenta. Y arriba, la cara del muchacho: moreno, carirredondo y un poco trompón, churrusco, con el pelo apelmazado como si se lo hubieran untado en la cabeza, con unos ojos cafés y chiquitos que chispiaban cada que hablaba. Esa cara no es para esa ropa, pensé, y seguí mirando al tipo ahí estirado todo lo largo que era sobre la silla que se veía más chiquita de lo normal, recostado sobre el espaldar con las manos cruzadas en la nuca como cuando uno se tira en la manga a mirar pa’rriba. No le falta sino el espartillo en la boca, pensé. Y hablaba y se reía con los amigos como si de verdad estuviera tirado en una manga, sin problemas en el mundo. Yo cuando veo a esa gente sin problemas en el mundo o me tranquilizo o me da rabia, depende del momento. Pero esa noche me tranquilicé.

Aprovechando que el muchacho ni se había inmutado, volví a repararle los zapatos. Eran unos apaches, de esos que apenas se habían empezado a usar cuando Chepe empezó a usarlos después de que don Efrem los puso de moda, porque Chepe siempre copiaba al jefe. Pero ahora ese estilo ya no era tan escaso, los habían perratiado y los vendían chiviados en el centro comercial Villaplaza, no de ese mismo cuero pero sí de uno parecido que ni cuero era. Aquí no es sino que salga algo fino y que pegue y no esperan a que salga y ya lo tienen piratiado, como esa fábrica de relojes casio que hay en La Romelia que tiene el lema Relojes casio: mejores que los casio. Pero a la legua se veía que estos eran de los auténticos, puro cuero de culebra. Lo que esos zapatos valían no me lo alcanzaría a ganar yo en un año entero repartiendo directorios telefónicos por todo el país. Eran de esos sin cordones que se ponen y se sacan de una, como decir unas chanclas tapadas por todos lados, pero elegantes, tirando a puntudos aunque no del todo porque adelante terminaban redondos, y la parte con la que uno chuta era más oscura, con un borde levantado como una murallita y escamas que brillaban, en la suela tenían taches como de guayos pero no chuzudos sino redondos porque no eran guayos. Si yo no hubiera estado tan convencido de que eran tan bonitos como todo el mundo decía, me hubieran parecido feos. Chimbas sí eran, por lo raros, pero bonitos ni poquito. El muchacho se los había puesto sin medias, porque así se los tenía que poner uno si tenía con qué tener unos de esos. ¡Ponerse unos zapatos sin medias en Villalinda! Eso antes no se veía por estos lados, eso era de gente sucia o pobre, de gamines o jipis, de gente baja, hasta que don Efrem empezó a usarlos y la gente empezó a verles la gracia. Estaba enchuspado pensando en esas cosas cuando oí la voz.

—¿Le gustan?

Levanté la cabeza y ahí estaba el moreno trompón mirándome. Me hice el que no era conmigo porque tampoco era para que fuera a creer que yo era de los que van por ahí mostrando hambre por unos zapatos ajenos. ¿Qué?, ¡oigan a este!, yo estoy es aquí pensando en mis cosas, pensé contestarle, pero no dije eso porque le vi cara de tranquilo.

—Sí, están muy bacanos, raritos… chimbitas —respondí en son de amistad.

—Son franceses —dijo el muchacho—, me los trajeron de la usa.

—Qué bien —le dije—, ahí mismo se ve que no son de los que se consiguen por aquí.

El larguirucho se sonrió y me levantó el dedo gordo con la mano empuñada.

—En la buena —le contesté.

 

De una me voltié hacia el Gordo Ceballos que estaba limpiando un vaso detrás del mostrador y le pedí un trago en voz alta, con seguridad, como si fuera un cliente fijo que pasa todas las noches por el negocio después del trabajo y se toma su mediecita de aguardiente antes de irse pa’la casa. Al rato los amigos que estaban con el muchacho se fueron y dejaron unos billetes sobre la mesa. El moreno trompón los contó, sacó la billetera, contó los que tenía en ella, hizo cuentas en la cabeza y pidió otra cerveza. En ese momento entraron tres vallenateros todos contentos. Pusieron el acordeón y la caja sobre la mesa, y un negro fornido con una guacharaca en la mano que parecía el que mandaba le gritó al Gordo levantando la mano, Eche, viejo Goddo, danos una botella de ron y pon la canción esa de Yo adivino el palpadeo de la luce que a lo lejo. El Gordo, que se notaba que los conocía, contestó amable, Ya voy, mijo, y al ratico les puso la canción.

Hice mis cuentas y pedí otro aguardiente. El moreno trompón se paró y salió para el baño con los pasos desgüaletados y a la vez orgullosos de un hombre que camina como le da la gana porque sabe que lleva buena pinta. Para sacarme los zapatos de la cabeza me puse a atisbar a la pelada que atendía en el puesto de chance, afuera del negocio. Pero solo le alcanzaba a ver la espalda descubierta y el pelo teñido de mono recogido en una moña.

—¿Qué número le hago, mi amor? —le estaba preguntando al cliente que tenía parado al frente.

Era un trigueño carepuntudo que no hacía sino mirarle el escote.

—El tres veintisiete por la lotería de Villalinda, mamacita.

—¿Derecho?

—Quinientos derecho y quinientos con cuña y combinado —contestó el tipo pegándose lo más que podía al cajón de madera donde atendía la muchacha—. Y si me lo gano la invito a pasiar, mi amor. ¿Usted se deja invitar?

—No, gracias —dijo ella seria, sin mirarlo, anotando en la hojita del talonario—. Yo ya tengo quién me invite.

—Terminó de escribir, arrancó la hoja y se la estiró al tipo sin mirarlo—: Y no tiene que esperar a ganarse un chance para invitarme.

El tipo arrugó la cara ofendido y le recibió el papel de mala gana.

—No, pues tan picada esta peliteñida —le dijo y se fue refunfuñando.

—¡Peliteñida y todo y ahí estabas soltando baba mirándome el escote, degenerado! —gritó la muchacha y el tipo empezó a andar más rápido haciéndose el que no era con él.

En esas el moreno trompón salió del orinal y en el camino a la mesa trastabilló varias veces. Está prendido, pensé, y me iba a parar cuando sentí que el piso se me movía, Y yo también, me dije y volví a sentarme. La chancera entró con una bolsa de monedas en la mano y se recostó en el borde de la barra, al lado mío, sin determinarme, como si yo fuera el Hombre Invisible.

—Gordis, aquí hay tres mil para que me cambie. ¿Le sirven?

El Gordo recibió las monedas, las desparramó sobre el mostrador y empezó a contarlas mientras yo la miraba a ella, que miraba a ratos al Gordo y a ratos hacia el puesto que había dejado solo. Era alta y acuerpada, tenía la boca carnosa con un lunar encima del labio, la piel suavecita, como recién hecha, y daban ganas de morderla de una. El Gordo acabó de contar, guardó las monedas y le dio tres billetes. La muchacha volvió a su puesto con la cabeza levantada, acostumbrada a que la miraran un mundo de hombres que no le importaban. Altiva y soberbia cual diosa pagana pasaste a mi lado mostrando el rencor, me acordé de la canción mientras le miraba las nalgas grandes forradas en unos pantalones rdj, de esos que hacían ver buena a cualquier mujer, pero que ella no necesitaba porque esas caderas se defendían solas. Además se veía que eran rdj chiviados. Se sentó frente al cajón y me quedé un rato viéndole el pedazo de la espalda descubierta. Cuando voltié me encontré con la mirada del moreno, que también la había estado mirando.

—Está como buena, ¿cierto? —me dijo.

—¿Que si qué? Más buena pa’onde —le contesté y salí pa’l baño.

Cuando volví el moreno movió la cabeza arriba y abajo sonriéndose.

—Pero es muy seria —dije señalando a la chancera con la cumbamba.

—Esas son las mejores. Lo que hay es que saber caerles —dijo como si tuviera tremenda experiencia.

—Lo que hay es que tener moto, esas chanceras son muy gasolineras —le dije sin saber si el tipo tenía moto— o buena pinta y plata —y miré susquiniado los zapatos. El pelao se rio.

—O buen verbo —dijo.

Cuando fui a sentarme había un gordo más gordo que el Gordo Ceballos ocupando mi puesto. Me acerqué para decirle Permiso que ahí estaba yo, pero le vi la cara maluca, el hablado duro, las cadenas de oro en el cuello y el carriel sobre el mostrador y supe que era de esos a los que no se les puede hablar, entonces no dije nada sino que saqué la copa de guaro por un ladito y me quedé parado con ella en la mano. El moreno trompón me hizo señas para que me sentara en su mesa y yo fui, y ahí fue que nos pusimos a conversar. Se llamaba Yovani, Con ye no con ge, me aclaró, y vivía por la calle Cuarenta arriba, yendo para el hospital, que es una zona ni buena ni mala, ahí más o menos, y resultó que era amigo de un amigo mío y habíamos estado varias veces en los mismos lugares en el mismo momento sin habernos visto. Hablamos un mundo, ya ni me acuerdo de qué, de todo debió haber sido, pero lo que sí recuerdo es que yo no podía dejar de mirarle los pies y no quiere decir que no le parara bolas sino que a la vez que lo escuchaba o decía mis cosas estaba pensando en Chepe. Él como que se dio cuenta porque dejó de sentirse orgulloso y se puso incómodo hasta que se quedó callado de un momento a otro. Caí en cuenta y me dio vergüenza.

—Discúlpeme, hermano, pero es que veo esos zapatos y no puedo dejar de ver a un amigo que mataron hace dos meses.

Yovani se puso serio, amagó con esconder los pies bajo la silla y se hizo el bobo.

—Ve, qué tan raro. Demás que había comprado unos igualitos. Estos son escasitos pero no son  los únicos —dijo y se volteó hacia el Gordo, que andaba en el equipo de sonido, y le hizo el signo de la victoria para pedirle dos tragos. Luego volvió a mí

—: ¿Otro güarito?

El Gordo puso Era más blanda que el agua, que el agua blanda, era más fresca que el río, naranjo en flor, y vino hasta donde nosotros apuntando con la puntica de la manguerita adaptada con un corcho de caucho a la boca de la botella y sirvió las copas disparando con una medida automática de su mano especializada en servir. Yovani levantó la copa, brindamos y nos mandamos el trago. Seguimos hablando encarretados hasta que el Gordo apagó la música y gritó pa’todo el mundo Bueno, me van cancelando porque ya es la una y tengo que cerrar. Juntamos entre los dos lo que nos quedaba de plata y contando monedas ajustamos los dosmil pesos que valía media de aguardiente para llevar. A mí sí me extrañó que un tipo con esa ropa estuviera haciendo fuerza para gastar, pero no le paré bolas al asunto y nos fuimos tambaleantes a sentarnos en las bancas duras del parque. Ahí echamos carreta otro rato y era como si nos conociéramos de siempre y, ya todos prendidos sentimos ese cariño que uno tiene guardado para todo el mundo pero que solo le sale borracho con el primero que se encuentra, al que le figuró, así como a veces lo que le toca al que uno se encuentra es la rabia. De un momento a otro Yovani se miró los zapatos, pensativo:

—Le voy a decir la verdad, hermano, porque usted y yo ya somos amigos y entre amigos no nos podemos mentir —dijo sin levantar la cabeza.

No le contesté nada y me quedé también mirando los zapatos.

—Estos zapatos no me los trajeron de la usa. —Y se quedó esperando a ver yo qué decía. No dije nada—. Ni los compré en un almacén.

Como no reaccioné sino que me quedé con la mirada fija en las escamitas brillantes, me miró desde arriba y habló serio.

—Estos son los de su amigo.

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