Tareas no hechas

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Las enseñanzas de Don Duni

Duni y Juan Orrego

(Dunav Kuzmanich 1935-2008)

 

Dunav Kuzmanich aceptaba con naturalidad que le dijéramos maestro, porque lo entendía en la acepción de maestro de obra, como se llama en los barrios a los albañiles experimentados que conocen los distintos oficios de la construcción, o como se le dice en los sectores populares a algunos veteranos zapateros, carpinteros, mecánicos o pintores de brocha gorda, al estilo de los maestros Chinche y Taverita, de la histórica serie de televisión de la que Duni fue artífice. Quien no supiera eso y nos encontrara hablándole con lo de maestro por aquí, maestro por allá, maestro tal cosa, pensaría que habíamos creado una especie de religión alrededor de un gurú flaco y narizón de pantalones morados. Pero ¡qué le iba a importar al renegado de los renegados tener discípulos o gente que le brindara admiración y pleitesía! A Duni lo que le gustaba en la vida, incluso más que hacer cine, era enseñar, transmitir su saber y exponer su visión del mundo, para tratar de despertar la visión propia de cada uno de sus escuchas. Y en cierto momento había encontrado en el cine el mejor instrumento para expresar y someter a discusión ese punto de vista que a él le parecía urgente. Por eso hacía películas y por eso enseñaba cine.

Una vez alguien me hizo un comentario en el sentido de que las películas de Duni no eran tan buenas. Por esa época andaba yo tanteando en la oscuridad con mis escritos y mis cortometrajes en video, siempre con la duda de si lo que hacía era bueno, de si yo sí servía para eso. Cuando me encontré a Dunav una tarde de esos días le hice la pregunta:
– ¿Duni, vos alguna vez te has preguntado si sos bueno o si sí servís para lo que hacés?
De antemano sabía que era estúpido e irrespetuoso hacerle esa pregunta a alguien que tenía cinco largometrajes en sus espaldas, pero con él uno sentía la confianza de preguntar lo que sinceramente le naciera sin temor al ridículo o a la susceptibilidad.
– No – me contestó tranquilamente- nunca me he preguntado esas cosas. Yo solo sé que hay cosas que hay que decir y que soy un instrumento para decirlas.

Esa respuesta resolvió mi conflicto con la importancia personal y me dejó en claro la visión del cine y de la vida que Dunav tenía y de la que derivaban su obra y sus enseñanzas. Aunque hizo parte de esa generación del cine latinoamericano del compromiso político y aunque sus películas son directamente políticas, nunca estuvo casado con ninguna tendencia y denostaba de cualquier ideología que pretendiera someter el arte a su servicio. Para él el compromiso era con la vida y cualquier arte que mereciera la pena debía partir de la vida que vibra y crepita, con el exclusivo, simple y difícil propósito de engrandecer la existencia. “Uno primero es un hombre y después es un artista” dijo muchas veces sin decirlo. Y si su obra es tan claramente política es solo porque él era un hombre claramente político, no porque pretendiera que así se hiciera el cine.

Lo que si pretendía era que cualquier que hiciera una película sobre el tema que fuera y como le diera la gana de hacerla, tuviera algo que decir y una posición frente a la vida. “Una ética hace una estética, y no al revés”, le oí decir muchas veces. Y por eso le molestaban las discusiones bizantinas sobre la forma o las innovaciones manidas de los que querían contar historias al revés solo por contarlas al revés, aunque tuvieran todo el derecho. Reafirmaba cada que podía que la forma y el contenido están imbricados, que son una sola cosa nacida del trabajo silencioso y reflexivo de alguien que se ha jugado algo dentro de sí, para crear un universo único, que él llamaba el código. Y que de ese esfuerzo podían salir tanto exploraciones de vanguardia como narraciones clásicas y simples, pero de cualquier manera algo lleno de sentido.

Dunav tenía, en la vida y en el quehacer cinematográfico, una visión amplia que abarcaba la totalidad y comprendía la interrelación de las cosas, que los demás acostumbramos (y nos conviene) discriminar. Veía el cine como un todo práctico y teórico, poético y prosaico, espiritual y económico, íntimo y político. Lo recuerdo entusiasmado pintando con colores esas grandes sábanas de papel llenas de cifras en las que se transformaban los guiones antes de poder ser grabados. Ese método de producción con el que nos enseñó a convertir en números las palabras: “para que a la hora de la filmación la gente no se enrede diciendo vamos a filmar la escena en que fulano llega en el carro verde a la casa de perano que lleva el vestido rojo… y mejor digamos, evitando malos entendidos: secuencia ocho, locación cinco, personaje dos con vestuario cuatro y elemento de utilería quince…”

Con ese entusiasmo para asumir la aburridora parte de carpintería que conlleva hacer una película, Duni nos trasmitía la idea de que los sueños deben tener los pies en la tierra (algo que, como muchas otras cosas, no aprendimos mucho), que no basta con soñarlos, que hay que hacer las películas a como dé lugar, con plata o sin plata (“conloquehaya” producciones, era la empresa que queríamos crear por esos tiempos), con cámaras de cine o con cámaras de video o con cámaras caseras o con celulares, pero hacerlas; y que entre más planificado y organizado esté el trabajo más nos van a rendir los recursos que nunca tenemos. Ese sistema de la sábana y los cuadritos es hoy en día un tanto retrógrado, teniendo en cuenta la posibilidad de programas de computador especiales para ese proceso; y ya lo era cuando él estaba vivo. Pero Duni lo sostenía porque era un instrumento pedagógico, una manera de interiorizar lo que íbamos a decir, de hacerse cada vez más consciente de la película que se iba a hacer, pasando y repasando el guion en cada etapa.

También lo recuerdo en los talleres de guión, obsesionado con que no perdiéramos el rumbo de la idea central; y en los cursos de fotografía, con su énfasis en el uso de las fuentes naturales de luz (ventanas, velas, focos domésticos) buscando una estética fundada en lo elemental y acorde con nuestra realidad económica; y en los talleres de actuación y dirección de actores, preocupado porque nos hiciéramos conscientes de nuestros cuerpos. En todos esos cursos, relacionados con los distintos oficios que intervienen en una película, Duni transmitía algo más allá del cine, algo que estaba por debajo y por encima de lo técnico, de lo utilitario necesario para hacer un producto. A veces pienso que el cine era solo una disculpa para darnos noticias sobre nosotros mismos, o para abrirnos puertas tras las cuales encontraríamos noticias sobre nosotros y sobre la vida.

Cuando recuerdo todo eso no puedo dejar de pensar en la otra acepción de maestro, la que él evadía, y que tomo del diccionario de María Moliner (que tanto admiraba): “Persona de extraordinaria sabiduría o habilidad en una ciencia o arte: beber de los grandes maestros”, o en otro significado que registra el diccionario de la Real Academia de la Lengua (que tanto usaba): “Palo mayor de una embarcación”. También sé que cuando usábamos ese término para hablarle, en medio del juego con la palabra estaba implícito ese reconocimiento que él no buscaba. Un reconocimiento que solo a nosotros podía engrandecernos y que afortunadamente se empieza a hacer en Colombia con la restauración y difusión de sus películas, ahora que está muerto y su actitud crítica y reinvindicatoria no es tan incómoda. Porque en vida nuestra sociedad conservadora y afianzada en sus estructuras de poder hizo todo lo posible por invisibilizarlo, cosa a la que él contribuyó con decisión.

Pienso en él vivo, en su lucha por seguir diciendo sus cosas hasta el último momento, a pesar de todo, y en la manera como fue juzgado por gente que no lo conocía e incluso por algunos de sus cercanos. Entonces me acuerdo de un fragmento de Abaddón el exterminador de Ernesto Sábato: “ese amigo o conocido (¡qué palabra más falaz!) está demasiado cerca para juzgarte, se siente inclinado a pensar que porque comés como él es tu igual; o ya que te niega, de alguna manera es superior a vos. Es una tentación comprensible: si uno come con un hombre que escaló el Himalaya, observando con suficiencia cómo toma el cuchillo, uno incurre en la tentación de considerarse su igual o su superior olvidando (tratando de olvidar) que lo que está en juego para ese juicio es el Himalaya, no la comida”.

Creo que estuvimos demasiado cerca de Duni. Y él tuvo la gran nobleza, la gran humildad, de acercarse y permitir que nos acercáramos, sabiendo que lo íbamos a juzgar por la manera en que cogía el cuchillo.

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