Tareas no hechas

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Estación Parque de Berrío

Decidió dejarlo ir. Lo miró por última vez, ahí, frente a ella, arrellanado en su silla, el rostro fresco y recién afeitado, la sonrisa tranquila, como si no pasara nada, esa maldita, encantadora e irritante tranquilidad. Sintió tristeza y amor y rabia. Lo miró un último instante antes de ponerse de pie. Se dio ánimos pensando que en esta ocasión no se trataba de cobardía. Le bastaba pensar en los últimos días de la relación, en el terreno plano, extenso y yerto en que los años convierten las pasiones explosivas. En las heridas, en los celos, en las riñas, en el cansancio del final interminable y del eterno retorno. Pero también estaba el comienzo. La belleza de los buenos tiempos que, a pesar de todo, nunca pasan y se implantan en contra de las pruebas más fehacientes de la realidad, como una terca posibilidad, como si haber sido feliz en algún momento fuera garantía para volver a serlo de la misma manera.

Pensó en el cruce de miradas en ese vagón del metro, en el cimbronazo que le puso la piel de gallina y le agitó las pulsaciones con tan inusitada fuerza que la llevó a hacer algo impensable para ella: tomar la iniciativa, hablarle sin atender a la voz del padre que tronaba en su cabeza: una mujer que se le acerca a un hombre es una buscona. Se puso de pie y fue directo a él: Hola; y la mirada suficiente de él se difuminó, como un maestro de ceremonias que pierde el libreto, un cazador sorpresivamente perseguido por su presa: Hola, contestó, atribulado, torpe; y ella, envalentonada: ¿Me puedo sentar? Y él: Claro, dale; y ella: Es que te vi desde que me senté; y él, balbuceante: Sí… yo también te había visto… por si no lo habías visto; y ambos rieron; y luego: Cómo te llamas: Amanda, ¿y vos?; y él: Ricardo; y después de un silencio: ¿Para dónde vas? Y ella: Me bajo en la estación Berrío, trabajo ahí cerca; y él: Qué casualidad, yo también me bajo ahí; y ella: ¿En serio? ¿De verdad? O es solo por perseguirme?; y él, sonrojado, apenas aprendiendo a responder a la inesperada seguridad (una seguridad que ella tenía que forzar a cada momento): Sí, en serio, dice él, como un niño que quiere probar su inocencia, y se queda callado y después balbucea (forzando una seguridad que no le sale): Y… ¿ vas de mucho afán o te da para tomarnos un tintico…?; y ella mira el reloj: Pues tengo como quince minutos, ya ve que sí; y se bajan y se meten en una cafetería y charlan hasta que a ambos los coge la tarde; y ese mismo día la llamada de él y unas cervezas en un bar de La Playa y al siguiente la llamada de ella y esa noche otras cervezas y risas y una discoteca y baile y las mil y una noches en una noche en una cama de un motel de la vía a Caldas; y al día siguiente y al otro y al siguiente y luego los dos juntos a toda horas, semanas y semanas, “en estos días no sale el Sol sino tu rostro”, “¿dónde habías estado todo este tiempo?”, “mi fin del trayecto eres tú”; y luego los meses que, como manos, quitan capas de la superficie rutilante de esa primera imagen en el vagón y descubren, paulatina, lentamente, otra desnudez menos apresurada y más rica que la de la primera noche: los lunares escondidos en el envés del alma, las cicatrices en los pliegues de la historia personal, la barriguita de las manías, la asimetría del mal humor esporádico, transformando y enriqueciendo hasta hacer irreconocible la imagen de ese hombre al que una tarde se le había acercado a decirle hola, y que ahora aparecía en su memoria como la simple cáscara de un hirviente universo múltiple de inusitadas formas que se escapaban por las grietas y se mezclaban con las múltiples e inusitadas formas que salían de la cáscara de ella en una comunión universal de seres defectuosos, en una complicidad de carencias y excesos, en una pletórica y rara solidaridad de imperfección y variedad.

Y luego los años que avanzan como vagones y la domesticación de las rarezas y el letrero de “esto es mío” sobre lo inconmensurable y las familias de ambos y los amigos y los ritos y lo que hay que hacer y “hasta que la muerte los separe” y el apartamento y Manuelita, igualita a él, y Luquitas, igualito a ella, y la finca en La Ceja y el trabajo en la oficina y la pensión y las llegadas de él al amanecer y el olor ajeno y el gimnasio de ella y los músculos del instructor y el estar sin estar y sin poder dejar de hacerlo, y las riñas y los celos, “ni contigo ni sin ti”; y los años y los años como manos que no paran de quitar capas descubriendo ahora agujeros negros debajo de los bellos lunares, puntas de cuchillos en lo hondo de las heridas, tumores oscuros en la base de la barriguita del mal genio, aristas en lo que eran sinuosidades, la sustancia de sombra de la que también estaba hecho el primer resplandor, transformando hasta hacer irreconocible a ese hombre irreconocible que ya nada tenía que ver con el primer hombre del vagón, un ser lejano y difuso al que alguna vez se atrevió a hablarle.

“Próxima estación: Parque de Berrío”. Si el sonido del altavoz no la saca de sus imaginaciones habría empezado a llorar y hasta lo habría insultado. Se puso de pie y lo miró por última vez, ahí, frente a ella, bello, arrellanado en su silla, al lado de los demás pasajeros. Él, que tampoco había dejado de mirarla, respondió con suficiente sonrisa de cazador. Las puertas se abrieron. Salió. Lo dejó ir. En la plataforma respiró hondo. Ahora no se trataba de la voz del padre, cuyo trueno apenas alcanzaba a oírse como entre capas de almohadas. Se quedó detenida en medio de la gente apresurada y una sonrisa nerviosa emergió de entre la confusión de sensaciones. Una frase, entre todas las que la avasallaban, tomó fuerza, y sus labios la pronunciaron en voz baja: “No fue por cobardía”.

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