Tareas no hechas

Publicado el

El policía amigo

Conocí al policía amigo en uno de los peores momento de mi vida, una tarde de frío y desempleo del año dos mil cinco. Caminaba sin rumbo fijo por las calles del barrio Mesa fumándome el último tabaco de liar de un paquete que me había traído mi amigo Andrés Marcel de España, aspirando cada pitazo hasta el fondo del alma con la conciencia de que una vez terminado el cigarro me esperaba la innoble y prolongada abstinencia de la precariedad. Había quedado mal armado, como de costumbre, porque a pesar de años de fumar bareta nunca pude aprender a darle forma, sino a un cilindro perfecto por lo menos a algo parecido a un cigarrillo, y en su defecto brotaban de mis manos monstruosos calambombos ahítos de tolondrones o, en el mejor de los casos, adefesios barrigones con boleros en las puntas como confites mal envueltos. Pero fumables. Y carburadores, que es lo importante. Como ese último al que iba extrayéndole el tuétano aquella la tarde.

 

Pasé echando bocanadas al lado de la estatua de Cristo Rey, un Jesús que apuntaba al cielo con la mano levantada, el monumento más grande de mi pueblo, al que siempre consideré como la Estatua de la Libertad que nos había tocado en suerte y que tal vez nos merecíamos. Cogí por la esquina del bar que llevaba el nombre de la estatua en dirección a la Cooperativa Rosellón y cuando iba en mitad de la cuadra vi aparecer en la esquina un policía alto, moreno y acuerpado que avanzaba con pasos presurosos. Seguí tranquilo, o más bien con esa desesperanza que vista desde afuera parece tranquilidad, mientras el policía se acercaba mirando hacia la esquina que yo había dejado atrás, con unos ojos ansiosos que inicialmente no se percataron de mi presencia pero que luego de ubicarme se centraron en mi mano y en la culminación de ella, donde los dedos apretaban el calambombo deforme y humeante. Dio una rápida ojeada a sus espaldas y aceleró el paso hasta llegar en dos zancadas para abordarme con gesto amenazante y voz atronadora.

– ¡Quieto ahí!

Aunque estaba seguro de que nada debía ni nada llevaba encima me paralizó ese miedo ancestral que imponen las acometidas abruptas de los delincuentes y de los policías.

– No botés el bareto, malparido- gritó casi lanzándoseme encima.

Me quedé mudo y como única respuesta solo atiné a dar una calada honda y tiré el humo al aire, cuidando de que no le diera en la cara pero que se diluyera tan cerca de su rostro como para que pudiera olerlo. Sin siquiera detenerse a sentir el olor, el moreno me volvió a gritar.

– ¡¿Estás fumando marihuana, hijueputa?! – y mandó la mano para arrebatarme el cigarrillo.

Retiré mi mano por reflejo y, también por reflejo, me salió, sin ninguna malicia, sin ninguna provocación, una triste y espontánea confesión personal.

– Ojalá.

Me miró de arriba a abajo con un comienzo de furia que se disipó al ver mi expresión limpia de ironías o segundas intensiones. Entonces olfateo el humo y me miró un instante con un gesto desarmado. Vi en el brillo de sus ojos algo que no había visto antes en la mirada de ningún otro tombo: una vaga ansiedad parecida a la que yo creía mantener, una desesperanza tal vez más tremenda que aquella de la que yo me ufanaba, y que en el caso de él bullía desde el propio centro de su pecho y se dispersaba en gestos nerviososo por todo el cuerpo chocando, sin queja ni posibilidad de justificación o compasión, contra los bordes de su uniforme. Parpedeé esperando un grito o tal vez un golpe. Pero en vez de eso oí el bronquido de su voz mandona.

– ¿Está sin bareta?

Atemorizado, sin saber si la acusación casi paternal escondía una trampa, subí y bajé un poco el mentón. En ese momento aparecieron en la esquina otros tres policías conversando distraídamente. El moreno dio una rápida mirada de reojo y volvió a mí. Se metió la mano al bolsillo, sacó una bolsa y la extendió con firmeza, rapidez y disimulo.

– Esto lo acabamos de decomisar- habló bajito y recio mientras clavaba la bolsa en la palma de mi mano.

Cuando los otros policías estaban a unos diez metros dio un paso atrás, sacó pecho y me miró con fiereza. Gritó duro y retumbante, como para que oyera el mismísimo Cristo Rey.

– ¡Te perdés vago hijueputa y no te quiero volver a ver por aquí!

Crucé rápido la calle y seguí por la acera de enfrente en la dirección que llevaba antes del encuentro. Los otros policías alcanzaron al moreno, le dieron una palmada en la espalda soltando algún chiste y siguieron caminando todos juntos, riéndose y hablando de la mona de una peluquería que estaba muy buena.

Nunca volví a verlo ni a saber de él, hasta meses después, cuando mi amigo Kike Peláez me contó un cacharro que le había ocurrido con un tombo, por los lados de la Sebastiana, una noche en que había ido a mercar bareta.  Pero eso es asunto para otro post.

Comentarios