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Lo que la muerte me ha enseñado

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Andrea Villate, Periodista

 

La mañana del 17 de mayo de 1993 antes de irme para el colegio abrí lentamente la puerta de la habitación de mi papá, pues no quería despertarlos a él y a mi mamá. Esa madrugada escuché a mis hermanas decir que no había pasado una buena noche. Cuando entré, ahí mismo abrió sus ojos, como si me estuviera esperando, me sonrió y extendiendo su mano me lanzo un beso. Yo sonreí, le dije adiós. Y cerré despacito. 4 horas después me fueron a buscar al salón de clase que habían llegado de mi casa a recogerme. Sentí un frio por todo el cuerpo. Cuando llegué mi papá estaba dormido y el médico especialista en Cuidado Paliativo había comenzado a sedarlo. Había llegado el final. No volvió a abrir sus ojos.

Por esa época el cantante mexicano Luis Miguel había sacado un disco de boleros que incluía la canción “Reloj” escrita por Roberto Cantoral. “Reloj no marques las horas, él se irá para siempre cuando amanezca otra vez… y tu tic-tac me recuerda mi irremediable dolor”. No sé por qué esa canción rondó mi cabeza todo ese día… como una premonición. Durante ese tiempo pude tomar su mano, hablarle desde mi corazón, prometerle mejorar en matemáticas, graduarme del colegio y ser periodista. Trascurrieron muchas horas hasta que su corazón dejó de latir.

Unos cuantos meses después soñé con él, que extendía sus brazos para abrazarme y yo sentía su calor. Desperté ese día con una paz increíble en mi corazón y con la sensación que ese abrazo había sido real.

Con mi mamá el panorama era diferente, tal vez porque yo ya era adulta. Las mamás tienen esa percepción mágica, para saber qué les pasa a sus hijos y más cuando mi mamá era mi mejor amiga.

Días antes estaba viendo a alguien que me gustaba mucho, mi mamá me preguntó varias veces, pero preferí no decirle nada por la misma situación, aunque sabía claramente que ella lo sabía. Un día llegué a casa y me sonrió con sus enormes ojos azules, desde su cama me abrió sus brazos y me dijo “me alegra tanto verte tan feliz”, yo lo único que hice fue recostarme en su regazo y dejar que me consintiera como si fuera una niña, resbalaron en mis mejillas unas cuantas lagrimas, porque sabía que tal vez era la última vez que estaría ahí para mí.

Y no me equivoqué, cuatro días después, la mañana del 1 de abril del 2016 me desperté a saludarla como siempre y su semblante lo decía todo, me apretó la mano y me dijo haciendo pausas en su respiración, con sus ojos tristes: -siento que me voy a morir-. Yo sentí nuevamente ese frío que recorría todo mi cuerpo, pero no podía paralizarme. Había sido su cuidadora y en momentos así uno no se detiene a pensar, solo actúa por el bienestar de la otra persona, sacando fuerzas de dónde no las hay.

La abracé, traté de animarla y, con la otra mano comencé a escribirles en el celular a mis hermanas. Llamé a su médico especialista en cuidado paliativo. Recuerdo sus palabras, él notó que me temblaba el alma y me dijo con voz cálida -Necesito que te tranquilices, llegó el momento de poner en práctica todo lo que aprendimos para este momento-. Colgué el teléfono, respiré profundo, la abracé, le di la medicación indicada por el doctor, la consentí, le acaricié sus mejillas hasta que se fue quedando dormida. Poco a poco fueron llegaron mis hermanas, todas alrededor de mi mamá. Consintiéndola largas horas y una vez más el tic-tac del reloj recordaba nuestro irremediable dolor.

Y es que prepararse para la muerte es un proceso de amor, de despedida, de agradecimiento y más que nada de aceptación. Pero eso sí, uno se puede preparar para la muerte, pero jamás para la ausencia.

Haciendo una retrospectiva a todos estos momentos me siento agradecida de haber tenido la oportunidad de despedirme de mis papás. De haberles dicho lo mucho que los quería y de agradecerles todo lo que habían hecho por mí. Fue muy duro verlos vivir una enfermedad tan difícil como el cáncer, ver su entereza y su fuerza que se iba apagando como una velita.

Alguna vez una persona me dijo que el duelo duraba 3 meses. Yo lo miraba en silencio y pensaba para mis adentros <Cómo se nota que no se le ha muerto nadie que realmente quiera> y efectivamente así era. Hablar de cosas que no se han vivido es relativamente fácil. Precisamente porque no somos seres cuadriculados que tenemos un tiempo estipulado para vivir las emociones. Para mí el duelo dura 365 días, hasta que uno viva todo lo referente a un año sin esa persona.

Pero así uno ya no llore como al comienzo, el dolor hace parte de los días y solo se puede aprender a vivir con eso. Ha pasado tanto tiempo de la muerte de mi papá, que aun me gustaría saber su opinión sobre ciertas decisiones que he tomado en mi vida, unas acertadas otras no tanto, escuchar sus consejos, ver fútbol juntos, hablar de la situación mundial, del último libro que leímos o simplemente disfrutar de su compañía. Lo mismo ocurre con mi mamá, extraño sus consejos, sus sopitas, su capacidad de escucha y lo que compartíamos, una buena comida, hablar de todo y a la vez de nada.

La orfandad da una sensación de soledad absoluta. Los padres son los únicos que nos quieren como realmente somos, con toda nuestra maleta de defectos, con nuestra forma de ser, no nos juzgan y solo quieren el bien para nosotros, que no nos dañe ni un mal sueño. No nos van a querer más por ser exitosos o tener dinero, porque les convenimos de alguna manera, o por que actuamos de una forma o de otra, no. Nos quieren tal y como somos y eso es lo único que importa.

Antes aseguraba algo que nadie puede asegurar, que nuestros seres más amados cuando mueren permanecen viéndonos desde algún lugar y de vez en cuando se manifiestan para hacernos saber que nos están acompañando. Y eso creía por lo que todos creemos, por tratar de aferrarnos a algo para que la vida y la ausencia sean menos dolorosas.

Ahora que estoy en esa etapa de la vida donde solté la mano de la ilusión, de la fantasía y me aferro únicamente a la realidad, solo sé que ya no están. Quedan los recuerdos y al mirarme al espejo ver que soy parte de ellos dos. El amor que sentimos por las personas que amamos, estén o no con nosotros, es lo que nos acompaña siempre.

La vida es como una película cuando se muere uno de los personajes. La película sigue su curso. Hasta que existe otra película, en otro tiempo, con el mismo reparto, en diferentes rolles. Otra vida.

Reconozco que esas muertes que se dan de repente me provocan gran temor. Hace casi 10 años, cuando hacia parte del equipo de La W Radio de Caracol, un 29 de diciembre llegamos a trabajar y un periodista del equipo no llegó. Le había dado un derrame y había muerto esa noche. Ver su puesto vacío, recordar que 18 horas atrás había sido nuestro último día de trabajo juntos, habíamos conversado, reído y tomado nuestro último café… y no lo sabíamos. En esos momentos la vida nos recuerda lo vulnerable que somos y que cualquier día puede ser el último.

Creo que estas experiencias han cambiado el rumbo de mi vida radicalmente. Por eso tal vez no me quedo con nada por decir, por hacer ni demostrar, aunque en ocasiones sea una mala estrategia. Intento cada día estar lista, para cuando llegue mi turno yo le diga a la muerte: ok, vamos.

Al final he aprendido que no se puede pelear con el destino, que nadie puede huir de lo que le toca vivir. Uno termina haciendo las paces con las ausencias, gústele o no. Y la muerte… la muerte es solo un paso más, inevitable para todos.

“La muerte: enigmática, oscura, impenetrable, incomprensible. Qué fría y despiadada se nos presenta. Demandante, injusta. Nos arrebata de las manos a nuestros seres más amados sin piedad, sin complacencias. Viene, no sé de dónde y, de un solo zarpazo, irremediable, irrevocable, irreversible, irreparable, arranca una vida al mismo tiempo que nos desgarra las entrañas, como un suspiro que se deja salir” Odin Dupeyron

En Twitter @AndreaVillate

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