Líneas de arena

Publicado el Dixon Acosta Medellín (@dixonmedellin)

La La Land, o la sublimación de lo sencillo

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Hace unos días le recomendaba a un querido amigo, a quien no le gustan los musicales cinematográficos, esta película que resulta tan sencilla como su corto título e intenté darle varios argumentos, pero creo que no lo convencí. Como suelo expresarme mejor escribiendo que hablando (o eso creo), trataré de plasmar lo que me encantó de esta película, independientemente de los premios que coseche en este inicio de año en los diferentes eventos del cine mundial.

Es un musical, cierto, pero no lo es en demasía. A pesar que la escena inicial resulta un homenaje a esas grandes producciones con coreografías multitudinarias como West Side Story (1961), lo que haría presagiar un despliegue de música, color y baile durante las siguientes dos horas, la verdad es que la cinta se va decantando, para encontrarse en un nicho mucho más íntimo. Es decir, hay música, color y baile, pero en dosis adecuadas, en los tiempos necesarios, al ritmo de esta historia de amor y aquí llegamos a la columna vertebral de esta obra, en efecto, es una película romántica.

En este punto, le comentaba a mi amigo Gustavo, que era la típica historia de amor entre dos personajes al filo del fracaso, por un lado, una aspirante a actriz, entre los millones de soñadores que buscan destacarse en Hollywood y por el otro, un músico incomprendido, quien desea escapar de la comodidad de lo comercial para buscar su propio sentido en el jazz. La historia de amor entre dos advenedizos, contada cientos o miles de veces, pero como las grandes obras, aquí no se trata del tema, sino de la manera de contarlo. El joven director, Damien Chazelle, que corre el riesgo que lo cataloguen como niño genio por su evidente precocidad, ha tejido primorosamente los capítulos de su relato, como las estaciones del clima, que van acompañando los encuentros y desencuentros de la pareja protagonista.

¿Ahora bien, es una comedia o un drama? Podría entenderse como una comedia que puede hacer reír o un drama con la capacidad de provocar sonrisas en el espectador. El gran mérito de esta encantadora película es que cuenta un relato como la vida misma, de la misma manera como se condimentan los días de la existencia, entre risas y lágrimas. Nos lleva de la mano durante la mayor parte de la cinta, con un tono pausado y en el clímax de la cinta, condensa en segundos, aquello que pudo haber sido y no fue. No deseo dejar demasiadas pistas a quienes no la han visto, ni adelantarles el final.

En ese sentido, no prosigo la senda de David, el pequeño hijo de mi amigo Gustavo, de diez años de edad, quien al saber que yo deseaba ver la última entrega de la Guerra de las Galaxias, llamada Rogue One, me espetó sin contemplaciones: – ¡Ah, esa película en donde se mueren todos! Bueno, espero no haber incurrido en lo mismo.

Pero regresando a La La Land, la historia no sería creíble, sin las interpretaciones y es que independientemente de la empatía entre los actores/personajes protagonistas, Ryan Gosling nos convence que se trata de un músico, en búsqueda de su propia melodía, así como Emma Stone nos revela todos los matices de los sentimientos, su rostro es un óleo polifacético en el cual el artista, en este caso el director, plasma con intensidad la felicidad y el dolor.

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Ryan Gosling y Emma Stone en La La Land

En fin, creo que se trata de la sublimación de la sencillez. Un producto con el cual uno se identifica y se encariña, como aquel muñeco de trapo, la descolorida camiseta dominguera o como decía un poeta colombiano, los zapatos viejos. Es posible que no haya convencido a Gustavo de ver La La Land, pero espero haberle picado la curiosidad a algún sensible lector. El valor de la boleta será devuelto con creces, intereses medidos en sentimientos.

Dixon Acosta Medellín

En Twitter a veces me encuentran, cuando no estoy trabajando o en cine, como @dixonmedellin

 

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