LA CASA ENCENDIDA

Publicado el Marco Antonio Valencia

POR AQUÍ HAY MUCHO SAPO

 

Salgo al parque de Caldas a saludar a los amigos, como quien sale de “miranda” a un centro comercial.

Me encuentro con amigos de todos los colores y sonidos. Unos que se quejan, otros que cuentan y otros que proyectan y se preguntan alguna cosa. Y otros más que se dedican a mamar gallo.

Los amigos que se quejan están en el grupo de los que escuchan, ven o leen noticias. Por ejemplo, algunos están indignados porque un monstruo ha violado y asesinado una niña. Para ellos, al maldito habría que caparlo, meterlo a cadena perpetua y luego picarlo en pedacitos, o sea que la indignación y la rabia es grande. Les digo que ese vil asesino tiene que pagar todos sus pecados y delitos pero les explico que en Colombia no existe pena de muerte ni cadenas perpetuas y que hablemos claro, pero no entienden y me señalan de defender al maldito violador. Les digo que no, que jamás, ni siendo abogado, defendería a un tipo así. Por demás, les digo que somos seres inteligentes, sensibles pero inteligentes, que los medios de comunicación y todo lo que dicen no nos pueden ponernos en el lugar del asesino volviéndonos asesinos. Ahí fue peor la cosa, me tacharon de de vendido, de falto de pantalones, porque a ese tipo había que matarlo. Y volví a decirles que volviéramos a la realidad, que en Colombia no existe pena de muerte, y que nosotros seres pensantes e inteligentes si nos ponemos a matar a una persona, por mala que sea, es un ser humano, y si lo matamos igual nos convertimos en potenciales asesinos. Y cuando matábamos a una persona somos asesinos, y que para la justicia el asesino de otro ser humano así sea el monstruo de chapinero como le dicen al violador miserable, nos convertimos en asesinos. Pero no, nada, no pude convencerlos y casi me matan a gritos. La indignación y la rabia con este caso, es brutal.

Otro grupo de amigos estaban conversando sobre las campañas de navidad y su eficacia: que no quemar pólvora, que hay que vivir navidad sin pólvora; que no hay que tomar licor si se va a manejar, pero que igual no hay que emborracharse; que hay que cuidarse de la azúcar y cuidar la dieta, que no hay que gastar tanto dinero en pendejaditas, en fin. Según ellos, con cada campaña le quitaban un pedacito a lo bueno de la navidad. Que antes se celebraba mejor, que ahora la navidad era muy dietética, muy sana, muy silenciosa, muy aburrida. Que antes, cuando se bebía sin cuartel, cuando se sacaba la pistola y se disparaba al aire sin cuidado, que cuando se comía de todo y en todas partes, a lo bruto, eso sí era navidad.  Intenté explicar que los tiempos han cambiado, que esos días de hombres salvajes ya pasaron, que ahora somos más civilizados y entendemos que, en tiempos de antes hacíamos y vivíamos incorrectamente, y  por la gracia de la sabiduría de los nuevos tiempos corregimos todas esas cosas. Pero no, en vez de solidaridad, fui abucheado y criticado y casi expulsado de la conversación.

Luego me encontré con un joven universitario que se despedía porque aprovechaba para irse de viaje a “ranear”. Cuando le pregunté qué era eso, me dijo que iba para la costa pacífica a observar ranas, e incluso  me contó que por eso le pagaba y muy bien. Y hasta me dijo que en el Cauca teníamos 250 especies de ranas, cuatro especies de salamandras y cinco especies de cecilias.

En fin, cada loco con su tema.

Lo cierto, es que al final, como buenos patojos le sacamos chiste a la cosa concluyendo que por aquí hay muchos sapso, y mamando gallo comentan “pero hombre, para que se va  a la costa pacífica si por aquí no más en el parque de Caldas hay bastante sapo…

 

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